“Todas las cosas tienen
su tiempo (…) Hay tiempo
de nacer y tiempo de
morir”, dice El
Eclesiastés. Aunque
acepto la sabiduría
eterna contenida en el
libro que más admiro del
Viejo Testamento, junto
al Cantar de los
Cantares y los Salmos de
David, no entiendo —o no
está al alcance del
entendimiento humano—
por qué una persona en
plenitud de facultades
se le anticipa su tiempo
de morir. Este es el
caso del pintor Vicente
Bonachea. Su muerte nos
sorprendió a todos.
Estaba en provincia
cuando me enteré de la
noticia. Hace ya más de
un cuarto de siglo que
conocí al artista y al
amigo en el Instituto
Politécnico de Diseño
Industrial, sita en
Belascoaín entre
Estrella y Maloja. Él
impartía clases de
dibujo e ilustración en
dicha institución
docente; yo, Historia
del Diseño Gráfico.
Desde el primer momento
admiré en él su voluntad
para crear una obra. De
tiempo en tiempo me
mostraba sus
ilustraciones para
libros de cuento y
poesía. Vi cómo el
artista crecía a
despecho de las
dificultades que a
diario nos imponía —y
nos impone— la vida.
Creaba con humildad, sin
hacer ostentación alguna
de un quehacer que iba
ubicándose con voz
propia en el ámbito
artístico de inicios de
los 90. Todo el
vocabulario expresivo
que entonces logró
concebir en la
ilustración, lo llevó a
la pintura con lenta
pero progresiva
organicidad, tanto en lo
formal como en lo
conceptual. De la
narración poética pasó a
la poesía contada. Su
identidad visual,
enriquecida con las
fabulaciones
aprehendidas de los
libros que con verdadero
oficio ilustró, devino
una poética cada vez más
personal. En un momento
en que las fronteras
entre géneros empezaron
a hacerse cada vez más
imprecisas y la
diversidad de lenguajes,
desde las posiciones más
tradicionales hasta las
más trasgresoras y
originales, generó una
verdadera marea visual,
no ajena del todo a un
mercado del arte en
ciernes, la obra de
Bonachea se insertó con
valores muy propios en
el firmamento visual de
la época, sin alboroto
ni inmodestia alguna,
tal y como él era en
persona.
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"Como un divino
reptil" |
En tal contexto Vicente
Bonachea también fue de
los pintores que
asumieron la renovación
de la imagen de nuestro
icono mayor, José Martí,
con la misma voluntad
poética con que ponía a
una salamandra a tocar
el violín en una noche
de luna. Su flora y su
fauna se erigieron
únicas en su momento, y,
entre ambas, Martí fue
más nuestro, más hijo
del arroyo y de la
palma. De ahí que cuando
concebí la Antología
visual de José Martí
(Editorial Letras
Cubanas, 2004), no dudé
en darle a Vicente el
espacio que, por derecho
propio, le pertenecía,
aun cuando las
limitaciones económicas
y el inmenso caudal de
obras relativas al
Apóstol, me obligó a
solo elegir una imagen
por auto, lo que hizo en
extremo difícil la
selección, sobre todo,
en el período
correspondiente al arte
de los 90. “En un carro
de hojas verdes”
(óleo / madera, 2000),
fue mi elección con
respecto a Vicente. En
esta obra asume la
interpretación pictórica
de los conocidos versos
“Yo quiero salir del
mundo / por la puerta
natural / en un carro de
hojas verdes / a morir
me han de llevar”.
Esta obra fue la
escogida por el escritor
villaclareño Yamil Díaz
Gómez, para la cubierta
de su libro Crónicas
martianas (Editorial
Capiro, 2007). “Hazme el
favor de hablar con
Vicente, para que me
autorice a usar su obra
en mi libro”, me pidió
Yamil, a quien le había
hecho entrega de un
ejemplar de mi
Antología visual.
“No te preocupes —le
respondí—, con Vicente
no hay problema”. Y no
lo hubo. Por el
contrario, se sintió
dichoso de ser el
preferido por el joven
autor. Siempre aceptó
toda convocatoria a
exposiciones
relacionadas con las
efemérides de nuestro
Hombre Mayor, sin poner
reparo alguno en la
galería elegida ni en la
juventud de los artistas
que iban a exponer su
obra junto a la suya.
Para él la única
jerarquía posible fue la
humana. “Todas las cosas
tienen su tiempo”, reza
la prédica del sagrado
texto. Sin duda, él tuvo
el suyo… Y lo tendrá por
siempre no solo entre
los que lo conocieron,
sino también entre los
que han hecho grande
nuestra historia del
arte.
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