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Leonardo da Vinci es,
con total certeza, el
más perfecto ejemplar
nacido de raza humana
que la Historia haya
conocido. Bello de
rostro y de cuerpo,
dotado por la Naturaleza
con la absoluta sintonía
de sus hemisferios
cerebrales, pudo
alcanzar con igual
brillo las cimas más
altas del arte, la
ciencia y la técnica. La
mejor prueba de la
infinita distancia
imperante entre su
completud y la talla de
los más grandes y
renombrados genios que
hubo antes y después de
él, es, precisamente, la
capacidad de su
sensibilidad y su
pensamiento, tan
avanzado para su época,
de expandirse en todas
las direcciones posibles
al intelecto del homo
sapiens y abrir
nuevos caminos.
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El espíritu humanista
del Renacimiento no
creía que ciencia y arte
constituyeran
territorios deslindados
para el conocimiento,
pero una cosa es que
fuera esa la proyección
epistemológica de la
época en que vivió
Leonardo —proyección de
la que participaron
todos sus contemporáneos
intelectuales en una u
otra medida—, y otra muy
diferente el amplio
espectro de actividades
en las que él pudo
desarrollarse
demostrando las mayores
dotes en todas las ramas
del saber de su tiempo.
Mientras los más
aventajados individuos
exhiben capacidades a lo
sumo para tres o cuatro
campos, Leonardo,
calificado como polímata
a pesar de no haber
accedido a la educación
académica tan valorada
en los grandes centros
de erudición del
Renacimiento italiano,
fue el más grande
ingeniero de su época,
habiendo diseñado y
construido gran número
de ingenios, algunos
devenidos embriones de
máquinas tan modernas
como el helicóptero y el
ala delta, tecnología de
punta en la cohetería.
Concibió, entre otros
mecanismos,
las bombas hidráulicas,
la máquina para
mecanizar tornillos,
aletas para obuses de
mortero, un cañón a
vapor, el submarino,
varios autómatas, el
carro de combate, el
automóvil, flotadores
para “caminar sobre el
agua”, la concentración
de energía solar, la
calculadora, la
escafandra con casco, el
casco doble para barcos
y los rodamientos de
bolas: el telar
mecánico, la máquina de
cardar y la de “afeitar
las sábanas” fueron, tal
vez, los primeros
intentos de mecanizar la
producción artesanal
hasta entonces en manos
de los gremios. Inventó
una máquina para pulir
espejos y a él debemos
una de las más tempranas
representaciones
gráficas de una prensa
de imprenta.
También fue un gran
arquitecto y uno de los
más aventajados
matemáticos, si no el
mayor, de su época. Y si
no fue el primero en
incursionar en la
anatomía científica,
algo que nunca podrá
demostrarse de modo
definitivo, sí se le
reconoce como el
precursor de esta
ciencia, lo que logró
diseccionando cadáveres
de criminales
a escondidas para
protegerse de la
persecución del Santo
Oficio. Leonardo fue el
primero en dibujar un
feto en el recinto del
útero materno. Sus
observaciones sobre los
sistemas
músculo-esquelético,
cardiovascular,
reproductor, ocular y de
otros órganos internos
del cuerpo humano,
muestran conocimientos
sobre fisiología muy
avanzados para su época.
También fue el pionero
en relacionar el
endurecimiento de las
arterias con una crisis
cardíaca. Estudió la
rabia y otras
enfermedades que
proliferaban en la
Europa de entonces, y en
sus cuadernos se
encuentran miles de
esquemas y dibujos sobre
patologías, deformidades
y disposiciones
anatómicas que los
médicos formados en las
imponentes universidades
italianas desconocían.
Su
curiosidad lo indujo a
límites verdaderamente
impresionantes, como por
ejemplo, dibujar
concienzudamente en su
cuaderno el cadáver de
un hombre muerto por
ahorcamiento, cuyo
cuerpo pendía de una
ventana
en el Palacio del
Capitán de Justicia de
Florencia. Fue un gran
observador de la
Naturaleza y su
curiosidad lo llevó a
extender su actividad
diseccionadora al mundo
animal. Además,
fue físico, biólogo,
filósofo, astrónomo,
geómetra, botánico,
modisto, inventor de
utensilios de cocina y
de juegos de salón para
diversión de los grandes
príncipes italianos que
fueron sus mecenas;
cartógrafo, autor de
tratados de óptica,
diseñador de jardines,
decorador de interiores,
urbanista, fundidor
seducido por el mundo de
los metales, en especial
el oro, aunque no hay
evidencia suficiente
para afirmar que haya
sido un alquimista....
Como artista, fue
Leonardo el más grande
pintor de su tiempo y
uno de los más geniales
de la Historia. Su
retrato de Lisa
Gherardini,
conocido como “La
Gioconda”, está
considerado como la
pintura más importante
ejecutada hasta hoy
sobre la Tierra.
Perfeccionó la técnica
del esfumado de los
colores y desarrolló la
composición, la
perspectiva y los
volúmenes más que
cualquier otro artista
de su época, con
excepción de Miguel
Ángel. Su fresco “La
última cena” ha
despertado a tal grado
la admiración y la
codicia de los hombres
que un rey francés y
Napoleón intentaron
cortar el muro en que
fue ejecutado para
llevarlo a Francia. Las
expresiones faciales de
sus personajes son las
más ricas, profundas y
enigmáticas de la
historia de la pintura.
Su dibujo del Hombre de
Vitruvio es la
manifestación más
acabada del pensamiento
renacentista acerca de
la importancia del
hombre como centro y
modelo del universo, por
encima de cualquier
divinidad, pero como
parte de un plan
“universal” en el cual
Leonardo parecía creer,
aunque sus escritos y
anotaciones, conservados
en sus Diarios,
denotan que nunca fue un
espíritu propiamente
místico, pues había en
su estructura mental un
predominio absoluto de
la orientación racional,
que lo llevó a
preconizar la
importancia de la
experimentación como
base de todo
conocimiento y toda
ciencia, y a negar
credibilidad a cualquier
enunciado que no
estuviera precedido y
justificado por ella.
Pero si aún cupiera
alguna duda acerca de si
Leonardo es merecedor en
la mayor justicia del
célebre calificativo
Primus inter pares,
referida a los gigantes
del intelecto humano, yo
aportaría otra prueba
que se me antoja
definitiva: el
minimalismo —por no
emplear un epíteto más
descarnado— de los
cuestionamientos que aún
hoy se siguen haciendo a
su genio y a su vida:
¿Fue verdaderamente un
inventor o solo
desarrolló las ideas y
trabajos de otros que le
precedieron? ¿Fue
homosexual? ¿Fue un
efebo el modelo de “La
Gioconda” o una mujer?
¿Fue su amante Francisco
Melzi? ¿Erotizaba
Leonardo a sus
discípulos? Estulteces e
intrascendencias de tan
poca e indigna sustancia
son las que hoy
continúan inquietando a
un número increíble de
individuos con respecto
a una criatura a quien
Martí no habría
escatimado el título de
Homagno. Nada demuestra
con más aplastante
clamor la magnificencia
de un titán que las
mezquinas agitaciones
que despierta en su
prójimo.
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“La Gioconda”
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Sin embargo, aunque me
humillo la primera ante
su Gloria, y declaro que
junto con Shakespeare y
Marguerite Yourcenar
preside Leonardo mi
altar personal a la
grandeza del Hombre
moderno, concuerdo con
el rey Francisco I de
Francia cuando, dos
décadas después de la
desaparición del
Maestro, comentó al
escultor Benvenuto
Cellini: “Nunca ha
habido en el mundo otro
hombre que supiera tanto
como Leonardo, no tanto
en pintura, escultura y
arquitectura, sino en
filosofía.”
Me permito, sin ninguna
soberbia intelectual,
dudar de la exactitud de
la primera parte de esta
traducción, porque la
frase pertenece a un
príncipe que fue culto,
espiritual y refinado, y
el único que trató a
Leonardo no con la
condescendencia de un
mecenas arrogante, como
hicieron los grandes
señores de Italia, sino
como un discípulo
humilde y constelado por
la divina Luz del sabio
venerable. Pero también,
por esa misma razón, se
me antoja magnífica la
segunda parte del
enunciado, pues, aunque
de acuerdo con la
estrechez del criterio
académico no pueda
considerarse a Leonardo
propiamente un filósofo,
puesto que no fundó
ningún sistema ni
escuela de pensamiento,
sí fue, sin duda, un
pensador, y tal vez sea
su personalidad el mayor
atractivo que poseyera.
Esa personalidad que
continúa siendo inasible
como un perfume antiguo,
evanescente, imposible
de describir. Leonardo
fue una naturaleza
profundamente enigmática
y vigorosa, en la que se
conjugaron del más
extraño modo la frialdad
del raciocinio y la
sensibilidad y la pasión
del arte, pero tuvo
también una singular
capacidad para el dolor,
como dejan entrever
muchas frases suyas que
consignó en sus
Diarios con su
curiosa escritura
especular, y que
descubren el perfil de
un hombre que observó,
vivió y conoció
intensamente la vida,
agotando el cáliz amargo
que la Fortuna mantiene
siempre rebosante con
sus movimientos
caprichosos e
impredecibles, de cuyos
efectos no escapan ni
ricos ni poderosos, ni
sabios ni gobernantes.
Él mismo aseguró: “Donde
hay más sensibilidad,
allí es más fuerte el
martirio”, y con estas
palabras, estoy segura,
nos legó la clave
visceral de su carácter.
Pero dijo también en
postura admirable: “No
se puede poseer mayor
gobierno, ni menor, que
el de uno mismo”. Fue
también el mismo hombre
que pintó —quien sabe si
con mano de amor
profundo y arrebatado—,
el rostro más bello y
misterioso de la
Historia, quien afirmara
con la helada lucidez de
un escalpelo: “Son vanas
y están plagadas de
errores las ciencias que
no han nacido del
experimento, madre de
toda certidumbre.”
Leonardo da Vinci, mayor
gigante intelectual de
la Humanidad, Príncipe
de los artistas, me
fascinas por lo que
intuyo de tu naturaleza
secreta, lacerada por la
herida de quien se supo
mero divertimento del
Poder, coloso entre los
dedos superficiales de
la Soberbia y la
Desmesura. Vinci, yo no
soy capaz de escribirte
una declaración de
sentimientos con la
misma fuerza y poesía
con que una joven cubana
dio su corazón a Tut Ank
Amón un día, porque mi
antiguo amor por las
palabras se ha agostado.
Pero no dudes nunca,
donde quiera que estés,
que soy de ti con la
misma lealtad y devoción
que mereciera de Ella el
joven faraón asesinado.
*
Leonardus
Vincius: quid
plura? Divinum
ingenium, divina
manus, emori in
sinu regio
meruere. Virtus
et fortuna hoc
monumentum
contingere
gravissimis
impensis cura
verunt.
(Leonardo De
Vinci, ¿qué más
se puede decir?
Su genio divino
y su mano divina
le merecieron
expirar sobre el
pecho de un rey.
La virtud y la
fortuna velan,
premio a los
grandes gastos,
en este
monumento que le
corresponde).
Giorgio Vasari
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