La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

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Leonardus Vincius: quid plura?*
Gina Picart • La Habana

Leonardo da Vinci es, con total certeza, el más perfecto ejemplar nacido de raza humana que la Historia haya conocido. Bello de rostro y de cuerpo, dotado por la Naturaleza con la absoluta sintonía de sus hemisferios cerebrales, pudo alcanzar con igual brillo las cimas más altas del arte, la ciencia y la técnica. La mejor prueba de la infinita distancia imperante entre su completud y la talla de los más grandes y renombrados genios que hubo antes y después de él, es, precisamente, la capacidad de su sensibilidad y su pensamiento, tan avanzado para su época, de expandirse en todas las direcciones posibles al intelecto del homo sapiens y abrir nuevos caminos.

El espíritu humanista del Renacimiento no creía que ciencia y arte constituyeran territorios deslindados para el conocimiento, pero una cosa es que fuera esa la proyección epistemológica de la época en que vivió Leonardo —proyección de la que participaron todos sus contemporáneos intelectuales en una u otra medida—, y otra muy diferente el amplio espectro de actividades en las que él pudo desarrollarse demostrando las mayores dotes en todas las ramas del saber de su tiempo. Mientras los más aventajados individuos exhiben capacidades a lo sumo para tres o cuatro campos, Leonardo, calificado como polímata a pesar de no haber accedido a la educación académica tan valorada en los grandes centros de erudición del Renacimiento italiano, fue el más grande ingeniero de su época, habiendo diseñado y construido gran número de ingenios, algunos devenidos embriones de máquinas tan modernas como el helicóptero y el ala delta, tecnología de punta en la cohetería. Concibió, entre otros mecanismos, las bombas hidráulicas, la máquina para mecanizar tornillos, aletas para obuses de mortero, un cañón a vapor, el submarino, varios autómatas, el carro de combate, el automóvil, flotadores para “caminar sobre el agua”, la concentración de energía solar, la calculadora, la escafandra con casco, el casco doble para barcos y los rodamientos de bolas: el telar mecánico, la máquina de cardar y la de “afeitar las sábanas” fueron, tal vez, los primeros intentos de mecanizar la producción artesanal hasta entonces en manos de los gremios. Inventó una máquina para pulir espejos y a él debemos una de las más tempranas representaciones gráficas de una prensa de imprenta. También fue un gran arquitecto y uno de los más aventajados matemáticos, si no el mayor, de su época. Y si no fue el primero en incursionar en la anatomía científica, algo que nunca podrá demostrarse de modo definitivo, sí se le reconoce como el precursor de esta ciencia, lo que logró diseccionando cadáveres de criminales a escondidas para protegerse de la persecución del Santo Oficio. Leonardo fue el primero en dibujar un feto en el recinto del útero materno. Sus observaciones sobre los sistemas músculo-esquelético, cardiovascular, reproductor, ocular y de otros órganos internos del cuerpo humano, muestran conocimientos sobre fisiología muy avanzados para su época. También fue el pionero en relacionar el endurecimiento de las arterias con una crisis cardíaca. Estudió la rabia y otras enfermedades que proliferaban en la Europa de entonces, y en sus cuadernos se encuentran miles de esquemas y dibujos sobre patologías, deformidades y disposiciones anatómicas que los médicos formados en las imponentes universidades italianas desconocían. Su curiosidad lo indujo a límites verdaderamente impresionantes, como por ejemplo, dibujar concienzudamente en su cuaderno el cadáver de un hombre muerto por ahorcamiento, cuyo cuerpo pendía de una ventana en el Palacio del Capitán de Justicia de Florencia. Fue un gran observador de la Naturaleza y su curiosidad lo llevó a extender su actividad diseccionadora al mundo animal. Además, fue físico, biólogo, filósofo, astrónomo, geómetra, botánico, modisto, inventor de utensilios de cocina y de juegos de salón para diversión de los grandes príncipes italianos que fueron sus mecenas; cartógrafo, autor de tratados de óptica, diseñador de jardines, decorador de interiores, urbanista, fundidor seducido por el mundo de los metales, en especial el oro, aunque no hay evidencia suficiente para afirmar que haya sido un alquimista....

Como artista, fue Leonardo el más grande pintor de su tiempo y uno de los más geniales de la Historia. Su retrato de Lisa Gherardini, conocido como “La Gioconda”, está considerado como la pintura más importante ejecutada hasta hoy sobre la Tierra. Perfeccionó la técnica del esfumado de los colores y desarrolló la composición, la perspectiva y los volúmenes más que cualquier otro artista de su época, con excepción de Miguel Ángel. Su fresco “La última cena” ha despertado a tal grado la admiración y la codicia de los hombres que un rey francés y Napoleón intentaron cortar el muro en que fue ejecutado para llevarlo a Francia. Las expresiones faciales de sus personajes son las más ricas, profundas y enigmáticas de la historia de la pintura. Su dibujo del Hombre de Vitruvio es la manifestación más acabada del pensamiento renacentista acerca de la importancia del hombre como centro y modelo del universo, por encima de cualquier divinidad, pero como parte de un plan “universal” en el cual Leonardo parecía creer, aunque sus escritos y anotaciones, conservados en sus Diarios, denotan que nunca fue un espíritu propiamente místico, pues había en su estructura mental un predominio absoluto de la orientación racional, que lo llevó a preconizar la importancia de la experimentación como base de todo conocimiento y toda ciencia, y a negar credibilidad a cualquier enunciado que no estuviera precedido y justificado por ella.

Pero si aún cupiera alguna duda acerca de si Leonardo es merecedor en la mayor justicia del célebre calificativo Primus inter pares, referida a los gigantes del intelecto humano, yo aportaría otra prueba que se me antoja definitiva: el minimalismo —por no emplear un epíteto más descarnado— de los cuestionamientos que aún hoy se siguen haciendo a su genio y a su vida: ¿Fue verdaderamente un inventor o solo desarrolló las ideas y trabajos de otros que le precedieron? ¿Fue homosexual? ¿Fue un efebo el modelo de “La Gioconda” o una mujer? ¿Fue su amante Francisco Melzi? ¿Erotizaba Leonardo a sus discípulos? Estulteces e intrascendencias de tan poca e indigna sustancia son las que hoy continúan inquietando a un número increíble de individuos con respecto a una criatura a quien Martí no habría escatimado el título de Homagno. Nada demuestra con más aplastante clamor la magnificencia de un titán que las mezquinas agitaciones que despierta en su prójimo.


“La Gioconda”

Sin embargo, aunque me humillo la primera ante su Gloria, y declaro que junto con Shakespeare y Marguerite Yourcenar preside Leonardo mi altar personal a la grandeza del Hombre moderno, concuerdo con el rey Francisco I de Francia cuando, dos décadas después de la desaparición del Maestro, comentó al escultor Benvenuto Cellini: “Nunca ha habido en el mundo otro hombre que supiera tanto como Leonardo, no tanto en pintura, escultura y arquitectura, sino en filosofía.”

Me permito, sin ninguna soberbia intelectual, dudar de la exactitud de la primera parte de esta traducción, porque la frase pertenece a un príncipe que fue culto, espiritual y refinado, y el único que trató a Leonardo no con la condescendencia de un mecenas arrogante, como hicieron los grandes señores de Italia, sino como un discípulo humilde y constelado por la divina Luz del sabio venerable. Pero también, por esa misma razón, se me antoja magnífica la segunda parte del enunciado, pues, aunque de acuerdo con la estrechez del criterio académico no pueda considerarse a Leonardo propiamente un filósofo, puesto que no fundó ningún sistema ni escuela de pensamiento, sí fue, sin duda, un pensador, y tal vez sea su personalidad el mayor atractivo que poseyera. Esa personalidad que continúa siendo inasible como un perfume antiguo, evanescente, imposible de describir. Leonardo fue una naturaleza profundamente enigmática y vigorosa, en la que se conjugaron del más extraño modo la frialdad del raciocinio y la sensibilidad y la pasión del arte, pero tuvo también una singular capacidad para el dolor, como dejan entrever muchas frases suyas que consignó en sus Diarios con su curiosa escritura especular, y que descubren el perfil de un hombre que observó, vivió y conoció intensamente la vida, agotando el cáliz amargo que la Fortuna mantiene siempre rebosante con sus movimientos caprichosos e impredecibles, de cuyos efectos no escapan ni ricos ni poderosos, ni sabios ni gobernantes. Él mismo aseguró: “Donde hay más sensibilidad, allí es más fuerte el martirio”, y con estas palabras, estoy segura, nos legó la clave visceral de su carácter. Pero dijo también en postura admirable: “No se puede poseer mayor gobierno, ni menor, que el de uno mismo”. Fue también el mismo hombre que pintó —quien sabe si con mano de amor profundo y arrebatado—, el rostro más bello y misterioso de la Historia, quien afirmara con la helada lucidez de un escalpelo: “Son vanas y están plagadas de errores las ciencias que no han nacido del experimento, madre de toda certidumbre.”

Leonardo da Vinci, mayor gigante intelectual de la Humanidad, Príncipe de los artistas, me fascinas por lo que intuyo de tu naturaleza secreta, lacerada por la herida de quien se supo mero divertimento del Poder, coloso entre los dedos superficiales de la Soberbia y la Desmesura. Vinci, yo no soy capaz de escribirte una declaración de sentimientos con la misma fuerza y poesía con que una joven cubana dio su corazón a Tut Ank Amón un día, porque mi antiguo amor por las palabras se ha agostado. Pero no dudes nunca, donde quiera que estés, que soy de ti con la misma lealtad y devoción que mereciera de Ella el joven faraón asesinado.

 

* Leonardus Vincius: quid plura? Divinum ingenium, divina manus, emori in sinu regio meruere. Virtus et fortuna hoc monumentum contingere gravissimis impensis cura verunt. (Leonardo De Vinci, ¿qué más se puede decir? Su genio divino y su mano divina le merecieron expirar sobre el pecho de un rey. La virtud y la fortuna velan, premio a los grandes gastos, en este monumento que le corresponde). Giorgio Vasari

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

El genio de Leonardo
da Vinci

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.