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Demasiado pronto las
tensiones generadas por
duras encrucijadas de la
vida cerraron el
productivo camino de
Vicente Rodríguez
Bonachea. Su
preocupación de
individuo sensible,
padre ejemplar y
artífice en la lucha por
lograr la obra que
deseaba, propiciándole a
la vez un destino
favorable, sobrecargaron
la psiquis y
repercutieron en el
organismo natural
indispuesto,
conduciéndole a una
cruenta crisis
cerebro-vascular que a
la larga tuvo fatal
desenlace. En la noche
de la simbólica
despedida, fueron muchos
los de su generación y
de otras anteriores o
posteriores que
estuvieron junto a su
cuerpo yerto, para
demostrar así la alta
valoración que tenían de
él como profesional y
como ese amigo que nunca
dejó de serlo, ni por
razones subjetivas que
minan la comunicación
humana, ni por ese afán
desmedido por el dinero
y la imagen lucrativa o
de poder, que enajena,
deshumaniza y conduce
—incluso— a traicionar u
olvidar a otras
personas.
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"Una oscura pradera me
convida" |
V. R. Bonachea siempre
fue el mismo de
personalidad, no
obstante haber logrado
superarse en el oficio y
haber conseguido
articular un lenguaje
plástico identitario y
evolutivo. Mucha gente
sabe que nunca dejó de
ser como era cuando
estudiaba en la Academia
San Alejandro, cuando
vivía en el barrio
habanero conocido por El
Fanguito, cuando
participó en la nómina
de ilustradores para
libros infantiles y
juveniles, o cuando
visitaba atento a
pintores y dibujantes
formados antes que él
con el ánimo de aprender
y establecer sincera
relación entre colegas.
Su rostro y su proceder
mantuvieron un registro
estable que expresaba
los nobles sentimientos,
la actitud franca, la
sorpresa ante lo genuino
e inusitado del arte, el
respecto por los demás,
cierta mezcla de
transparencia y timidez,
así como el saber
disfrutar sin desviarse
y sin perder la
sencillez que le era
característica.
“Bona” —como le
decíamos— se me apareció
un día, impulsado por su
profesor de dibujo
Osvaldo García y por
nuestro común amigo Juan
Moreira, para mostrarme
un grupo de sus primeros
dibujos ilustrativos y
solicitarme algún juicio
al respecto. Entonces
hablamos de lo
importante que eran el
diseño y la ilustración
editorial, y de que en
estos no se trataba de
un “arte menor”, sino
sencillamente de un
género de servicio que a
la vez podía llegar a
trascender como imagen
ancilar de lo artístico,
o como parte de esa joya
inmortal de la cultura
que es el libro. Fui
jurado de concursos del
“arte del libro” que lo
reconocieron, y así
mismo le dediqué un
artículo periodístico a
su destacada condición
de ilustrador interesado
en trasmitirle al lector
noticias comprimidas del
texto referente y
evocaciones fantásticas
o metafóricas que le
estimularan la
percepción estética.
Desde el primer lustro
de los años 80, Vicente
ocupó un espacio
significativo dentro de
quienes daban cuerpo
gráfico a contenidos
narrativos y poéticos
fijados en páginas de
cuadernos, revistas y
libros.
Más adelante me tocó ser
también testigo de su
ingreso a la “aventura”
del pintor. Y pude ver
que, sin abandonar las
claves figurales del
ilustrador, avanzó
resuelto por las vías
del lienzo en óleo y
sobre todo en acrílico.
En los cuadros
que expuso en muestras
personales y colectivas
estaba lo asimilado
durante la práctica de
imaginación editorial,
pero había también una
búsqueda de autenticidad
constructiva de lo
visual que lo llevaba a
erigir visiones donde
parecía existir un
espacio de retablo y
muñecos con vida que
encarnaban, cual signos
de una ideación lírica y
“surreal”, su manera de
concebir el amasijo de
gentes y circunstancias,
ensoñaciones y
pesadillas existentes
dentro de sus
coordenadas
existenciales. Poco a
poco arribó a un
personal bestiario que
fundía lo humano y lo
zoomorfo, a un código
traslaticio que
convertía lo familiar y
lo histórico en
sustancia posible de
tipo onírico,
aproximándose con
acelerado ritmo al
trabajo tridimensional
ya anunciado durante la
tendencia a modelar de
forma cúbica y tubular
sus figuraciones
pictóricas. La gráfica
ilustrativa de su primer
tiempo y una necesidad
por lo escultórico que
fue despertando e
instalándose a
posteriori, se
habían reunido así en la
sintaxis de su pintura.
Al conversar con María
Milián sobre qué
pediríamos a cada
artista integrante, para
armar la muestra del
Proyecto AB&C
establecida en el Hotel
Nacional de Cuba durante
la última Bienal, en el
caso de Bonachea optamos
por una de sus piezas
de tres dimensiones
(¿escultura, juguete,
ídolo o artefacto…? ¿ o
todo eso a la vez?),
porque en esa parte de
su creación hay una
síntesis más acabada de
su trayectoria
expresiva, la
exteriorización integral
de su espíritu
imaginero, y algo así
como una especie de
parodia objetual del ser
humano con sus
proyecciones,
hibridaciones y
simbolismos. El día de
la apertura de AB&C
advertí que el montaje
de las obras había
puesto a dialogar mi
cuadro con la
interesante pieza
ambivalente de Vicente.
Él se sintió bien
representado y contento
de participar con muchos
amigos artistas que
ahora lo recordamos con
tristeza, aunque seguros
de que Vicente Rodríguez
Bonachea continuará
exponiendo su arte junto
a nosotros.
La Habana,
julio del 2012 |