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Dicen que una raya más
al tigre no le hace,
pero en el caso de los
cinco cubanos las rayas
no escampan. Son tan
seguidas, son tan negras
y son tan tantas, que ya
el tigre no es más tigre
sino una pura mancha
redonda, enorme, oscura
y cerrada.
Un hueco, un hueco negro
—un hueco que mejor que
nadie conocen en su
propia carne, Gerardo,
Antonio, Ramón, René,
Fernando—, un hueco
negro que todo lo
devora, que toda luz
apaga, una garganta que
todo se lo traga. Solo
que ellos son el hueso
duro que se atraviesa,
la espina de pescado que
se clava.
Sus perseguidores no se
cansan. Y es que han
apostado mucho en la
jugada. Este es un año
de elecciones, pero el
otro será un año de
ganancias, y siempre
habrá una excusa,
siempre tendrán a mano
alguna trampa. No
tendrán siquiera el
cuidado de la sutileza,
sino que harán y
desharán a cara
destapada, como en el
reciente caso de las
visitas legales y
consulares a Gerardo,
con el autorizo del
Departamento de Estado
(por delante) que luego
una mano desaparece del
buró del carcelero (la
misma larga mano del
State Department, por
detrás).
Si escandalosa resulta
la reiterada violación
de los derechos de
Gerardo, más que
escandalosa, resulta
perversa la estrategia
aplicada contra René
González, quien ya
cumplió tras las rejas
su condena, día por día,
cana por cana.
René, después de 13 años
de cárcel, debe cumplir
otros tres años de
libertad supervisada,
una accesoria sobre la
cual la propia Corte
Suprema ha dejado claro
que: “El Congreso
intenta que la libertad
supervisada asista a los
individuos en su
transición hacia la vida
comunitaria.” —United
States v. Johnson, 529
U.S. 53, 59 (2000).
Sin embargo, esos tres
años de libertad
supervisada se le
impusieron a René justo
para todo lo contrario,
pues contra toda lógica
son el estorbo que le
impide reintegrarse
plenamente a su
comunidad, a su barrio,
a su gente, a su
familia: a su casa. Así
se socava, con alevosía,
el propósito de dicha
libertad supervisada.
Encima, una de las 13
condiciones estándar de
libertad supervisada
impuestas a René, reza
que “debe de apoyar a
los familiares que
dependen de él y cumplir
con otras
responsabilidades
familiares”. Poco y mal
podrá nadie ayudar y
cumplir ninguna
responsabilidad
familiar, si se le
retiene y obliga a
permanecer lejos de sus
padres, de su esposa, de
sus hijas. Si se le mira
bien, a todas luces René
estaría incumpliendo esa
condición, lo cual
constituye una violación
de las condiciones de su
libertad, y por ello
podría volver tras las
rejas.
Durante todo el proceso,
el gobierno y el sistema
de justicia
norteamericano han
reconocido plenamente su
ciudadanía cubana. Basta
como evidencia de ello
el que le hayan
permitido la asistencia
consular. Incluso, la
mala prensa que el
gobierno pagó para
demonizarlo —a él y a
sus compañeros— mientras
duró la farsa judicial,
insistió una y otra vez
en calificarlo como un
“espía cubano”.
Entonces, si es un
cubano y hasta ha
declarado su disposición
a renunciar a la
ciudadanía
norteamericana, ¿por qué
se le impide regresar a
su país, toda vez que ha
cumplido íntegramente su
condena?
Mientras René permanezca
en territorio
norteamericano, su vida
correrá peligro. Y quizá
es por ello que se le
obliga a estar allí. Ese
es un plus, un bonus
track, una condena
más después de su
condena.
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