Entre las grandes
figuras de la actuación
contemporánea en Cuba,
el nombre de Osvaldo
Doimeadiós resulta
imprescindible.
Versátil, lúdico y
sumamente profesional,
este actor ha sabido
ganarse un lugar en la
memoria espiritual de
cubanos y cubanas que lo
identifican con
personajes humorísticos
como Margot y Mañeña,
pero también saben
perseguirlo cuando se
anuncia en las
carteleras teatrales o
cinematográficas.
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La faceta humorística ha
sido una apuesta
sustentada con rigor e
inteligencia por más de
20 años, tanto en
espectáculos escénicos
y unipersonales como en
programas televisivos al
estilo de Sabadazo,
durante los años 90, o
Deja que yo te cuente,
actualmente en el aire.
Desde su graduación en
1987 de la Facultad de
Artes Escénicas del
Instituto Superior de
Arte (ISA) trabajó junto
al grupo humorístico
Salamanca, separado en
1996. Fue, además, el
primer director del
Centro Promotor del
Humor, fundado en 1995,
desde donde impulsó la
superación de los
humoristas, el
pensamiento teórico
sobre este arte y su
merecida legitimidad
entre los predios
intelectuales.
Dentro del cine, ha sido
parte de películas como
Habana Blues,
Operación Fangio y
Amor Vertical,
entre otras, mas en el
teatro dramático es
donde ha venido
entregando en los
últimos años saltos
cualitativos importantes
dentro de su carrera.
Siguiendo la batuta de
Carlos Díaz en el grupo
El Público, ha formado
parte del elenco de
Fedra, Ceremonia
para actores
desesperados,
Tartufo y ha
desdoblado sus
capacidades histriónicas
en los unipersonales
Santa Cecilia y
Josefina la viajera,
con textos de Abilio
Estévez.
Reconocimientos en los
principales certámenes
de las artes escénicas
del país han remarcado
la merecida lisonja,
mas, por estos días, el
anuncio de que un jurado
unánime le concedió el
Premio Nacional del
Humor vuelve a poner
sobre su figura luces y
micrófonos. Se trata del
más joven laureado con
el galardón cimero
dentro del gremio
humorístico. Para
Doimeadiós, la emoción
se asume con humildad,
pues trabajar
sinceramente ha sido su
único objetivo. Tal vez
ahora recuerde aquellos
primeros intentos en una
emisora de la radio
holguinera, cuando de
niño entrenaba la
capacidad de hacer voces
y afianzaba con seriedad
una vocación
ininterrumpida. Desde
entonces, mucho ha
llovido, pero el ansia
de retarse y ascender
cada vez más sin caerse
de la cuerda floja, aún
continúa vigente.
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Un jesuita de la
literatura,
puesta de Carlos
Díaz |
Aunque es conocida la
historia de sus inicios
en el humor con el Grupo
Salamanca a finales de
los años 80, me gustaría
saber por qué apostó con
tanta fuerza por esta
modalidad cuando todo
parecía indicar un
futuro promisorio en el
teatro dramático.
El grupo Salamanca nos
tomó por sorpresa
incluso a los
estudiantes del
Instituto Superior de
Arte (ISA) que lo
formamos. Empezamos casi
en un juego, hasta que
un día nos vimos
actuando en la propia
escuela. Al graduarme en
1987 me decidí a seguir
ese camino y varias
personas del mundo
intelectual se
espantaron, porque para
muchos se trata de un
género menor o al menos
periférico dentro del
arte en general; mas yo
nunca encontré en eso
nada extraño.
Los antecedentes venían
del preuniversitario,
donde había realizado
algunos números
humorísticos como
aficionado, y en la
radio en Holguín, de
niño, en los programas
infantiles, ejercitaba
un poco lo de hacer
voces y siempre notaba
que las cosas que
estaban envueltas con
humor tenían una
recepción distinta. En
una academia de arte
todo el mundo piensa en
lo más grave y denso,
pero nadie en las cosas
más ligeras, como puede
ser la comedia.
Influyó una excelente
profesora y actriz, Ana
Viñas, que le daba a la
comedia tremenda
importancia. Asimismo,
la tradición acumulada
tras haber disfrutado la
actuación de grandes
humoristas cubanos,
hombres y mujeres, fue
otra influencia, a
través de programas de
televisión icónicos como
San Nicolás del
Peladero y Detrás
de la fachada.
Enrique Santiesteban,
por ejemplo, era un
actor con un registro
muy amplio, que trabajó
bien en todos los
géneros y medios.
Por otra parte, me
motivó el contacto que
en los 80 tuvimos con el
grupo de humor argentino
Les Luthiers, algo que
no solo marcó a
Salamanca sino a casi
todos los humoristas de
esos años. Con sus
visitas a Cuba nos dimos
cuenta de que había
muchas maneras de hacer
el humor y bombardear el
espectáculo desde
distintos ángulos, y no
solo teníamos que
apegarnos al
costumbrismo. Hasta ese
momento habíamos estado
muy cerrados y no
sabíamos lo que se hacía
en materia de humor en
el mundo, pero esas
visitas fueron
importantísimas, lo
mismo que un congreso
internacional de
humoristas que a finales
de los 80 organizó
Virulo con la
participación de Leo
Maslíah y Alberto
Fontanarrosa. A partir
de todas esas
experiencias me decidí
conscientemente por el
humor.
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Un jesuita de la
literatura,
puesta de Carlos
Díaz |
En esa época y a inicios
de los 90 era más usual
encontrar grupos
humorísticos, pero en la
década más reciente la
tendencia derivó hacia
el unipersonal.
Aunque en los 80 había
quienes hacían
unipersonales,
básicamente el humor de
esa década era de
grupos. Con Salamanca,
por ejemplo, estuvimos
trabajando hasta 1996;
pero la irrupción de la
fractura que tuvo la
realidad en los 90 y lo
que trajo aparejado el
período especial,
provocó que en el afán
de sobrevivir varias
personas abandonaran el
grupo y se lanzaran a
intentarlo en solitario.
Como fórmula, en el
mundo es más común el
stand up; el actor
que se dedica a
monologar en un teatro,
en la televisión o en
otros medios.
A mí me gusta más
trabajar en grupo, pero
la propia realidad y las
necesidades de los
miembros de Salamanca
fueron aflorando hasta
que nos separamos.
Algunos ya no están en
Cuba, pero los que
quedamos aquí a veces
pensamos en hacer cosas
juntos. No obstante, en
estos años también he
trabajado mucho con
Pagola la Paga, Humoris
Causa, con Carlos
Gonzalvo y otros actores
del movimiento
humorístico. Me gusta el
ejercicio del trabajo en
colectivo, solo que a
veces la diversidad de
compromisos que estoy
afrontando al mismo
tiempo no me permite
atarme a un grupo, sino
que lo hago más
esporádico.
Algunos sostienen que el
humor cubano transita
por una crisis
prolongada. ¿Lo cree?
La creación siempre está
en crisis. Si uno se lo
toma de otra manera, no
salen buenos resultados
del trabajo.
A finales de los 80
irrumpimos sobre la
escena cubana muchos de
los que todavía hacemos
humor. Teníamos ideas
frescas y el mismo
trabajo en grupo hacía
que aparecieran maneras
novedosas para hacer
reír. Después, en los
90, también salió un
grupo considerable de
humoristas y este
fenómeno se amplificó
desde la capital a las
provincias, sobre todo
con humoristas que
salieron del Oriente
cubano, porque esa fue
una de las prioridades
del Centro Promotor del
Humor.
En los últimos años ese
proceso se había
enquistado y no
aparecían tantas
experiencias nuevas.
Ahora, con Kike Quiñones
dirigiendo el Centro, se
han retomado muchas de
las iniciativas
anteriores y han
despuntado aspectos
positivos. El
espectáculo Reír es
cosa muy seria tiene
muy buena calidad, y en
el último Aquelarre
disfrutamos de una joven
holguinera graduada del
ISA, Venecia, con un
trabajo excelente. Se
han reeditado los
eventos teóricos para
continuar ese espíritu
de búsqueda, de
investigación, que nos
caracterizó al
principio. Es importante
trazar nuevos objetivos,
porque de ahí saldrá lo
nuevo. Los cursos de
superación para los
humoristas se reanudaron
este año y es una gran
iniciativa, porque de
experiencias similares
en los 90 surgieron los
principales exponentes
del humor en la
actualidad. Es una gran
carrera de relevo y hay
mucha gente que quizá en
distintos lugares no han
tenido la mano que les
oriente.
Todo eso dice que se
está trabajando sobre la
crisis, no dentro de
ella.
¿Cuáles son las
tensiones o fronteras
entre ese humor de
aficionados que utiliza
la comicidad de la
idiosincrasia cubana y
el que se asume desde
una pretensión
artística?
Esa es la primera
contradicción que salta
a la vista, porque hay
muchas personas que
vienen con bríos y
química para el humor, a
lo mejor porque tienen
condiciones personales
para eso, pero el
espectáculo es otra
cosa.
La función del Centro
Promotor del Humor es ir
limando esas
diferencias. Una de las
fuentes está en los
cursos de verano, que se
organizaron en los 90 y
se retoman ahora, aunque
no hay universidad para
los humoristas. El
público reclama de un
actor, amén de su
procedencia y estudios,
todo el instrumental
técnico posible, y
mientras más recursos
tenga para desarrollar,
lo que hace será más
productivo.
El reto del humor sigue
siendo encontrar el
punto que convierte ese
hecho gracioso en arte.
No se trata de un
discurso tangencial,
sino que se conciba
dentro de un espectáculo
donde funcione la
escenografía, el
vestuario, y confluyan
todos los elementos
escénicos que hacen de
la actuación un hecho
artístico. Es de los
aspectos que adolece el
humor cubano. Se
vislumbra que va
recuperándose, pero
falta todavía.
¿De qué manera enfrenta
ese reto?
No separo tanto las
aguas porque no creo que
estén divididas. La
formación actoral en el
ISA con el ejercicio
cotidiano del humor me
ha servido también en el
teatro para pasar de un
lugar a otro sin pedir
tanto permiso, para
organizar un espectáculo
que se mueva en todos
los sentidos y, aun
cuando apele a la
síntesis, tenga un
pensamiento detrás.
Siempre digo que el
humor es como un
equipaje del cual no me
puedo desprender aun
cuando realice otros
géneros como el drama.
Incluso, Carlos Díaz no
ha querido que
desaparezca cuando he
trabajado con el grupo
El Público, porque forma
parte de mi historia
personal.
El humor nace de los
contrastes y nosotros
somos personas con
contrastes, texturas,
colores. Por eso los
personajes y
espectáculos tienen que
tener esos claroscuros,
esa manera de
equilibrarse
internamente y, sobre
todo, mucha luz. El
humor arroja luz sobre
un acontecimiento, sobre
un personaje o hecho
que, en la medida en que
alguien lo enfoca de una
manera determinada,
descubre otras caras.
Tiene entonces una
responsabilidad social.
¿Cómo la está asumiendo?
El humor puede parecer
en un primer instante
una válvula de escape,
pero, lo mismo que se
movilizan tantos
músculos en la risa,
también debe moverse
todo el pensamiento. La
cuestión está en apelar
a espectáculos de
calidad y a espectadores
que salgan enriquecidos
desde todo punto de
vista, con más claridad
sobre los
acontecimientos. La
hiperseriedad de los
medios, no solo en Cuba,
tiende a condicionar la
manera de ver un asunto.
Por tanto, abrir esas
compuertas para apreciar
la vida desde otros
ángulos es también tarea
del humor.
La mayoría de los
humoristas que están
trabajando hoy en Cuba
enrumban su trabajo por
ahí, y es saludable para
la sociedad. El hecho de
romper ese molde que nos
impone el estrés, lo
institucional y el modo
de ser ceremonioso
totalmente ajeno a
nuestras esencias y
tradiciones, para reír
en grupo, nos une.
Con el grupo de teatro
El Público, en la última
década ha logrado
personajes memorables.
¿Qué rol ocupa dentro de
su carrera esta alianza
con Carlos Díaz?
La relación con El
Público ha sido
imprescindible para mi
trabajo en los últimos
nueve años. Siempre
admiré la labor de
Carlos como espectador
silencioso de su teatro,
desde que vi un montaje
con su grupo de Bejucal.
Aunque uno haga humor
debe ir a otras zonas de
la creación como
ejercicio cotidiano para
mantener el rigor. Luego
coincidíamos en la calle
y nos decíamos que
queríamos trabajar
juntos, pero el hecho no
se materializó hasta
2003 y fue para mí un
hallazgo, una suerte.
Carlos ha sido la
persona que me ha subido
el rasero bien alto y me
ha hecho saltar, porque
mi carrera es una antes
y otra después de El
Público, y de trabajar
sobre todo con textos de
Abilio Estévez, además
de otros dramaturgos.
Carlos tiene una magia
muy especial para tratar
a los actores, y es un
director que siempre va
caminando muy adelante,
pero te da la mano. Lo
admiro por 18 amigos. A
veces uno la trata de
separar la creación,
pero con él he aprendido
a no hacer solo una
cosa, sino a pasar de un
lado al otro, a
complementar mis
personajes.
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Ha sido Santa Cecilia,
Josefina la Viajera,
Margot… ¿Cómo asume el
travestismo dentro de su
carrera?
Si yo revisara los
personajes que he hecho,
son más los masculinos.
Lo curioso es que los
femeninos como Margot,
Mañeña o los que hacía
con Salamanca, siempre
han sido muy bien
recibidos por el
público. Será porque
siempre me los he
planteado desde la
manera más seria, o
menos, pero tratando de
llegar con todo el rigor
a la esencia del
personaje y no tanto a
su manifestación
exterior. Esos son
personajes que a veces
la gente hace
criticándose a sí
mismos, tratando de
distanciarse o de
identificarse demasiado.
Hay que buscar una media
y hacerlo sin complejo o
inhibición.
Margot tiene más de 20
años y cuando Carlos me
propuso hacer Santa
Cecilia y luego
Josefina, me dio miedo
porque estaba muy
marcado por estos otros
personajes femeninos del
humor y temía repetirlo.
Pero al final salieron.
No veo diferencias,
porque un actor tiene
que estar abierto a
interpretar personajes
masculinos, femeninos,
vegetales y animales.
Eso está en el contenido
del trabajo y el hecho
de travestirme lo he
mirado siempre de manera
desprejuiciada. Lo he
tomado casi como un
juego, porque ese tipo
de personajes también
tiene una carga de
ingenuidad que el
público recibe, y los
trata con mucho afecto.
También es complejo
rozar el estereotipo sin
llegar a convertirse en
uno.
Has tocado un punto
importante porque ahí
radica la clave del
humor: tiene que llegar
al borde y regresar sin
pasarse, porque si no se
convierte en otra cosa.
El humorista tiene que
caminar sobre el
precipicio, arriesgarse,
cruzar la cuerda, pero
no caerse para un lado o
el otro. Uno les presta
a los personajes su voz,
su cuerpo, su manera de
ver las cosas, pero no
puede perder la
objetividad de que es un
actor interpretando un
personaje en una
circunstancia
determinada.
Se ha convertido en el
Premio Nacional del
Humor más joven
concedido hasta el
momento. ¿Qué desafíos
impone este
reconocimiento?
Nunca soñé con ese
premio y en una ocasión
pedí que me sacaran de
las nominaciones, porque
me gustan poco las
ceremonias. Llevo 25
años haciendo humor y
pienso que, con toda
justicia, muchos de los
otros nominados lo
merecían, como Alejandro
García Virulo, a quien
le debo mucho porque en
los 80 aunó a todos los
grupos y humoristas que
comenzábamos. Pero
también personas con las
que he trabajado como
Mario Aguirre, Carmita
Ruiz o un caricaturista
como Blanquito, que ha
dedicado toda su vida al
ejercicio del humor
desde los medios. Fue
una gran sorpresa el
hecho de que el jurado
me defendiera
unánimemente.
La entrega del premio
fue tremendamente
emotiva, al ver que
muchas de las personas
con las cuales he
trabajado y han sido mis
alumnas en talleres o le
ayudé en sus
espectáculos, estén
entregándome un premio.
Pero mi mayor alegría es
que no se ha perdido lo
que queríamos hacer en
los 90 cuando fundamos
el primer Centro
Promotor del Humor en el
Cine Teatro Acapulco
que, por incomprensiones
institucionales, no
progresó. Después
seguimos luchando, lo
reorganizamos en el 95 y
hemos tenido personas
que nos han ayudado
mucho, pero también
detractores. Ahora con
Kike Quiñones al frente
y otros humoristas más
jóvenes ayudándolo
continúa ese ejercicio
de persistencia, de
lucha cotidiana por
preservar la calidad de
un género y por
defendernos
gremialmente, aún cuando
algunas veces nos
sentimos solos en esa
lucha.
De todas maneras, ya
tengo los turnos para
hacerme un chequeo
médico.
Seriedad y humildad,
¿cómo las asume en su
vida?
No sé qué me pasa que
cuando la gente me mira
me pregunta por qué
estoy tan serio, aunque
a veces me estoy riendo.
Debe ser un problema de
carácter o hechura de
fábrica, algún rictus
que tengo en la cara;
pero soy una persona que
hace muchas bromas entre
amigos, aunque no voy
por la calle
prodigándome con un
cartel de humorista.
Como he dicho otras
veces, el teatro enseña
la lección de que cuando
la función se acaba todo
terminó y al otro día
hay que volverlo a
reconstruir sobre un
escenario. El teatro nos
enseña también una
elección de humildad,
porque no hay que
creerse nada, sino que
todo deberá recomenzar.
Tengo las mismas
funciones vitales que
cualquier ser humano y
mis condiciones
materiales no están por
encima de la realidad,
así que asumir la vida
de esta manera la hace
pródiga en resultados.
Lo que hay es que
trabajar todos los días
sin esperar nada a
cambio, por el placer.
Escogí esta vocación, o
ella a mí, no sabría
decirte, y si no la
realizara no sabría qué
hacer con mi vida.
Entonces, por amor y
respeto a ella, trabajo
todos los días lo mejor
posible, con todos los
obstáculos que se
presenten. Y si por el
camino se recoge un
fruto, como es el caso
de este premio, lo
recibo con la misma
humildad con que trabajo
a diario.
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