Almudena Grandes,
narradora madrileña de
52 años, conocida
internacionalmente por
sus novelas Las edades
de Lulú, Te llamaré
viernes, Malena es un
nombre de tango, Atlas
de geografía humana e
Inés y la alegría, con
la cual obtuvo el Premio
de la Crítica de Madrid
en el año 2010, escribió
hace un lustro el libro
que hoy nos disponemos a
presentar, publicado
cuidadosamente por la
editorial Arte y
Literatura. Esta novela,
que nos llega precedida
por las distinciones
Fundación Manuel Lara y
la del Gremio de
Libreros de Madrid que
alcanzara en el año
2008, puede
considerarse, como hizo
la propia autora, una
obra de ficción en la
cual los episodios más
inverosímiles y
dramáticos, se inspiran
en hechos reales.
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Al contrario de
muchos escritores y
escritoras que utilizan
la Historia como telón
de fondo o apoyatura
para sus narraciones
centrales, en esta
novela Almudena le
otorga vida autónoma a
los acontecimientos que
se refieren a dos
momentos concretos de
España: los años
inmediatos al zarpazo
franquista, con toda la
carga de angustia,
decepciones y espantos a
que condujo, y la
actualidad, vistos ambos
períodos a través de
sendas familias, que, al
estilo de los Montescos
y los Capuletos, parecen
estar irremediablemente
enemistadas.
Antes de adentrarme en
la motivación literaria
del mundo familiar, que
resulta imprescindible
para el agarre que esta
novela consigue,
permítanseme algunas
consideraciones acerca
del primero de los
momentos históricos al
cual hace referencia. En
el valiosísimo libro Ve
y cuenta lo que pasó en
España, antología de
documentos realizada en
el año 2000 por la
catedrática Aránzazu
Usandizaga, esta refiere
en la introducción que
“las generaciones
españolas posteriores a
la guerra tenemos un
sentimiento ambivalente
hacia el conflicto
porque hemos crecido a
la sombra del recuerdo
privado y público de la
tragedia, en la
conciencia cultural
común de un pasado
reciente a menudo
silenciado, de un punto
de la historia
intencionadamente
olvidado que determinó
un final y un principio
para tantos. Aunque sean
ya pocos los
combatientes que
sobreviven, la guerra
civil sigue siendo parte
íntima de nuestra
historia, una
experiencia remota y
próxima, una vivencia
reconstruida entre
silencios y palabras
entrecortadas [….] pero,
aunque profundamente
enraizada en la historia
de España, cultural e
históricamente, la
guerra civil, es además
de española, propiedad
internacional”.
Precisamente el carácter
definitorio que encierra
la división de España en
dos profundas franjas
ideológicas donde
coexiste la sensación de
lejanía y de proximidad
en los hijos y en los
nietos de quienes
protagonizaron dicha
incisión, determina el
lecho palpitante que
borbotea por debajo de
la trama de esta novela,
de modo que el público
lector percibe el
peligro de una tragedia
causada por heridas
cerradas en falso. Muy a
propósito he evadido
hasta aquí el título de
esta ambiciosa y
apasionante obra. Ello
se debe a que antes, he
de señalar que nunca han
sido más explícitos los
endeudamientos que un
autor o autora reconoce
haber contraído, que en
el caso de El corazón
helado. Once
cuartillas dedica
Almudena Grandes a sus
agradecimientos, con lo
cual no solo da muestras
de su honestidad como
escritora, sino, sobre
todo, como ser humano.
Además de encontrar allí
nombres conocidos por
los cubanos como el
cantautor Joaquín
Sabina, el editor Chus
Visor, el poeta Luis
García Montero, la
señora María Teresa
León, madre de nuestra
querida Aitana Alberti,
aparecen otros
personajes, como esos
dos inmensos maestros
que son Benito Pérez
Galdós (a quien la
autora agradece por
haber escrito), y
Antonio Machado, por
todo y por el título.
Fue así que me di a la
tarea de buscar el
último poema de
“Proverbios y Cantares”
donde aparecen los
versos que, como exergo,
dan inicio a las casi
900 páginas de la
novela:
Ya hay un español que
quiere
Vivir y a vivir empieza,
Entre una España que
muere
Y otra España que
bosteza.
Españolito que vienes
Al mundo, te guarde
Dios.
Una de las dos Españas
Ha de helarte el
corazón.
Luego de la agudeza de
mostrarnos la amarga
advertencia que hiciera
el poeta, Almudena nos
deja en la disyuntiva de
escoger cuál de sus dos
países ha de helarnos a
todos, porque, como bien
señalara Aránzazu,
aquella guerra fue y
sigue siendo
internacional, y en lo
que nos atañe a los
cubanos, España es tan
cercana a nosotros para
bien y para mal, que
nada de ella nos puede
resultar ajeno. Baste
señalar cuando Pablo de
la Torriente Brau se
incorporó a la guerra y
allí perdió la vida en
1936, los mil
combatientes cubanos que
integraron las Brigadas
Internacionales, y los
lazos familiares que nos
han unido desde siempre.
Así como la novela El
hombre que amaba los
perros, de Leonardo
Padura ofrece un
panorama del terror
estalinista, El
corazón helado
descubre, quizá por
primera vez, los turbios
telones tras los cuales
se esconde un elenco
macabro integrado por
quienes robaron,
delataron, contribuyeron
al desfalco material de
muchas familias
españolas y a la ruina
física y moral de un
considerable número de
víctimas.
Inevitablemente existen
puntos comunes entre
estas dos novelas, dado
el hecho de que abordan
similares épocas. Invito
a los lectores y a las
lectoras al encuentro de
dichas coincidencias,
aunque me permito el
siguiente adelanto, de
la boca de la propia
Almudena: “Es verdad
que, al final de la
Segunda Guerra Mundial,
los aliados volvieron a
traicionar de una manera
vergonzosa, por segunda
y definitiva vez, a la
democracia española en
general, y, en
particular, a las
decenas de miles de
antifascistas españoles
que habían combatido
contra los nazis y que
se encontraron con que
su lucha, y su
sacrificio, solo habían
servido para afianzar a
Francisco Franco en el
poder”. A través de la
descripción objetiva de
las condiciones en que
vivieron los refugiados
españoles que habían
apoyado a la República o
sido ellos mismos
militantes rojos, la
escritora ofrece el
panorama desolador de
esas sobrevivencias,
donde la añoranza por el
país natal y la rabia de
la derrota actuaron como
fantasmas aniquiladores.
La otra España, la
actual, es mostrada
según el buen vivir de
que lo pudiera
calificarse “una familia
pija”, utilizando
términos que nos llegan
en seriales españoles de
última hora. La
habilidad de esta autora
para tejer la complicada
urdimbre donde llegan a
entrelazarse los
rencores del pasado con
las pasiones del
presente, representadas
ambas emociones por cada
clan familiar, desborda
todo intento de
encasillamiento. Con
elementos de un buen
melodrama, de un
cuidadoso suspense, y
también con recursos de
la novela negra, elabora
un complicadísimo
argumento que atrapa a
los lectores de
principio a fin. No solo
es su capacidad de
fabular respetando la
Historia dentro de su
versión novelada en el
sentido más clásico del
término lo que nos
atrae, sino su hábil
modo para regresar a la
narración inicial sin
que nos percatemos de
este juego literario
hasta que no hemos
concluido la lectura.
Sucede un raro dejá vu
que lejos de
incomodarnos, nos
complace sobremanera, ya
que es fácil comprender
que en 900 páginas,
hasta el más acucioso
espectador puede
sentirse extraviado en
algún momento de la
lectura. El corazón
helado no permite
semejante pérdida. Si
alguna duda nos asalta
cuando vamos llegando al
final, Almudena Grandes,
hace honor a su apellido
y nos conduce tierna,
discretamente al punto
de partida, vuelve a
repasarnos su narración,
hasta que llegamos
satisfechos al punto del
desenlace definitivo.
Para concluir esta
aproximación que espero
motive la lectura de tan
abarcadora novela,
quisiera citar de nuevo
a Machado, en estos
otros versos que resumen
lo que padecí cuando no
supe si sentir pena por
lo que se ha perdido, o
entusiasmo por lo que
debemos alcanzar:
Que el mismo albo lino
Que te vista, sea
Tu traje de duelo,
Tu traje de fiesta.
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