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Ha abierto en La Habana
por estos días una
exposición permanente
con las invenciones que
proyectara, durante su
larga vida, el genio
italiano Leonardo da Vinci. En la misma
pueden apreciarse
diseños de las máquinas
que ideara, así como
varios de sus bocetos,
modelos, notas,
diagramas y apuntes,
reproducidos en copias a
tamaño natural a partir
de algunos de sus
manuscritos más
conocidos.
Conocido y reverenciado
como pintor por sus
contemporáneos —baste
citar aquí que su cuadro
“La Gioconda” es, sin
dudas, el retrato más
famoso de todos los
tiempos—,
Leonardo fue lo que se
conoce como polímata
(una persona que destaca
en diversas áreas del
saber humano por la
amplitud de sus
conocimientos). Además
de artista plástico fue
científico, ingeniero,
inventor,
anatomista,
escultor, arquitecto,
urbanista, botánico,
músico, poeta, filósofo
y escritor; lo que
posiblemente le
convierte en la persona
con el mayor talento
para distintas
disciplinas que alguna
vez haya existido. Es
por eso que, con
frecuencia, se le cita
como el arquetipo del
hombre del Renacimiento,
período histórico
durante el cual
transcurrió toda su
vida, y en el que dejó
para la posteridad su
huella indeleble.
Tras su muerte, la
figura de Leonardo da
Vinci —de hecho, todo lo
concerniente a su obra
no pictórica— fue
ganando, por siglos, un
progresivo
reconocimiento,
fundamentalmente en la
medida en que se
expandía la Revolución
Industrial. Existen,
sin embargo, varias
razones por las que los
contemporáneos de da Vinci no le admiraron
por sus invenciones y
máquinas con la misma
pasión y el
reconocimiento que por
sus pinturas y
esculturas. Muchas veces
sus ideas se encontraban
muy por delante de las
posibilidades
tecnológicas de su
tiempo. O, si lo
estaban, las técnicas a
su alcance por lo
general eran incapaces
de proporcionar los
resultados que se
avizoraban en sus
diseños.
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Tanque |
Esto se nota con
insistencia en sus
modelos de
máquinas de
guerra, por ejemplo en
los diseños de un tanque
o un submarino. Sin
dudas, muy avanzadas
conceptualmente para los
siglos XV y XVI y, sin
embargo, tan
extrañamente familiares,
en objetivo y
funcionalidad, para
quienes vivimos estos
dos últimos siglos.
No obstante lo inusual
del diseño de las mismas
—con la madera ocupando
el lugar que hoy
correspondería al metal;
o el empleo del trabajo
directo como generador
de energía para ponerlas
en movimiento, donde hoy
simplemente
utilizaríamos un motor
de combustión interna o
eléctrico—, parece como
si el genio italiano
hubiese tenido la
capacidad visionaria
para acertar sobre cómo
sería el futuro, si los
principios de la ciencia
se aplicaran para
intentar resolver tanto
los problemas más
acuciantes, como los más
caros anhelos del
hombre.
En la exposición en el
Salón Blanco del
Convento San Francisco
de Asís, nada más
entrar, ya tiene el
visitante una muestra de
esas paradojas de la
visión adelantada del
genio italiano: un
diseño de bicicleta. Con
dos ruedas, dos pedales,
y hasta un asiento, que
puede que no sea
incómodo para el posible
ciclista; con
transmisión por correas,
en vez de cadenas, sí.
Pero salta a la vista
que esta bicicleta
“podría” haber
funcionado. De hecho,
podría haber funcionado
(conceptualmente
hablando) “demasiado
bien” para un hombre de
estos tiempos, por lo
que no es extraño que su
autoría por parte de
Leonardo haya suscitado
tantas dudas entre los
estudiosos, cuando se
descubrió el diagrama de
esta invención entre las
notas que guardara uno
de sus discípulos, y que
fueran encontradas en el
año 1966.
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Bicicleta |
Caminando entre las
distintas reproducciones
de sus mecanismos, algo
llama rápidamente la
atención. Si nos guiamos
por estos diseños, da
Vinci (cuya curiosidad
fue insaciable, según la
leyenda) aplicaba
escalonadamente sus
descubrimientos. Parece
como si, trabajando
muchas veces sobre
problemas individuales,
terminara integrando las
distintas soluciones que
encuentra a proyectos
posteriores y mucho más
complejos. Una forma de
trabajo que no llamaría
mucho la atención hoy,
pero que no esperaría
uno encontrar, de una
forma tan sistemática,
en la época en que
vivió.
Esto puede apreciarse en
algunos mecanismos,
ubicados al inicio de la
exposición, y en los que
utiliza diferentes tipos
de engranajes para poder
transmitir energía; o en
los sucesivos modelos en
los que busca poder
convertir la energía
generada por un
movimiento circular en
fuente de energía para
un movimiento lineal. Se
les puede ver luego como
partes funcionales de
otras obras (en su
diseño del movimiento
del tanque, por
ejemplo), en los cuales
muestran su utilidad
práctica. Desde el punto
de vista mecánico, es
muy interesante su
solución al problema de
cómo podría doblar un
vehículo autopropulsado,
mostrando uno de los
primeros pasos en la
consecución de un
diferencial, algo tan
común hoy en los
automóviles.
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Engranaje |
La exposición también
muestra el interés de
Leonardo da Vinci por
acceder a entornos para
los cuales el hombre no
está naturalmente
preparado, como el
espacio submarino, o el
aéreo. Se exhibe un
modelo de escafandra, un
modelo de submarino, y
varios de los bocetos y
modelos de alas y
máquinas para volar,
salidas de su
imaginación. En el caso
de los diseños para
acceder al mar, se
encuentran por lo
general asociados a
proyectos militares, y
sus ideas en este campo
pretendían siempre
lograr una ventaja sobre
el contrario de una
forma totalmente
inesperada para este, o
posibilitando un
desplazamiento más
rápido a las tropas que
utilizaran sus inventos.
En sus proyectos para
conquistar el aire, sin
embargo, parece como si
la intención bélica no
hubiese estado presente
—o al menos, como si no
estuvieran limitados
únicamente a fines
militares—, y que el
inventor se hubiese
guiado en ellos más por
su deseo irreprimible de
poder volar, que por la
necesidad de obtener
victorias militares para
sus distintos mecenas y
empleadores, como fue
por ejemplo Ludovico
Sforza, duque de Milán.
Se puede observar,
además, un ala delta,
inventada por Leonardo,
y dos máquinas para el
vuelo, utilizando dos
aproximaciones
diferentes, también
varios diagramas y
bocetos de sus estudios
sobre este tema.
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Máquina de vuelo |
Mirándolos, no puede uno
menos que detenerse, en
el mejor estilo de la
ciencia ficción, y
pensar: “¿qué habría
pasado si…?”
Hay muestra de sus
estudios sobre
arquitectura, en
particular, sobre la
flexión, lo cual le
permite idear un puente
capaz de sostener mucha
mayor carga de lo
esperado, por la
colocación de las vigas
que lo componen. También
sus conocimientos de
arquitectura le
permitieron idear
máquinas de asedio, de
las cuales es posible
ver algunos modelos a
escala, junto con otros
inventos más dedicados a
la guerra en sí, como
armas de fuego de
múltiples bocas, el ya
mencionado proyecto de
tanque para el combate
(con capacidad para dos
personas), o incluso un
intento de utilizar la
energía del vapor para
disparar un cañón.
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Puente |
Algo a destacar, sin
embargo, es que Leonardo
da Vinci fue también un
filósofo humanista. Y se
aprecia en esta
exposición que es,
precisamente, el ser
humano, en última
instancia, quien está
siempre en el centro de
su curiosidad. Intentar
separar su faceta
artística de su faceta
de inventor —o de su
faceta de anatomista,
por ejemplo, que tantos
problemas le acarreara
con el clero del
Vaticano en cierta etapa
de su vida—, es
imposible. Muestra de
ello es una cámara de
espejos, ubicada casi a
la salida del Salón
Blanco, gracias a la
cual se podía visualizar
el cuerpo de sus modelos
desde todos los ángulos.
Para Leonardo, parece
decirnos esta cámara, el
interés último está
siempre en el ser
humano, y a él dirige
siempre su mirada.
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Cámara de
espejos |
Esta nueva exposición en
La Habana permite
acercarse a un da Vinci
casi desconocido, y
sumar nuevos escorzos de
su genialidad a la
comprensión de este
hombre universal.
Visitarla es,
simplemente, ineludible. |