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No se sabe con seguridad
por qué, pero los
inventos de Leonardo
nunca se fabricaron
estando él con vida.
Todo estaba allí, en
esas notas que escribía
para sí mismo, ya fuera
de izquierda a derecha o
de derecha a izquierda,
con ilustraciones
minuciosas o garabatos
apenas inteligibles, con
medidas precisas o
comentarios al vuelo. Da
igual. El caso es que
nadie, ni Ludovico
Sforza ni César Borgia
ni siquiera el rey
Francisco I de Francia,
se atrevió a ejecutar
alguno de sus bocetos.
Con el tiempo, a muchas
de esas piezas se les
harían justicia en
varios modelos de la
sociedad industrial.
Pero solo ahora, más de
500 años después, estas
máquinas han salido
juntas del papel y
pueblan el mundo físico
para el que fueron
diseñadas. No en un
taller polvoriento, sino
en una gran sala
luminosa que
difícilmente podría
nombrarse con mayor
exactitud: el Salón
Blanco, en el Convento
de San Francisco de
Asís, aquí en La Habana.
El genio de Leonardo da
Vinci
es una exposición
financiada por la
Fundación Anthropos, una
institución italiana que
lleva más de 20 años
organizando proyectos
culturales y educativos
de divulgación
científica en todo el
mundo. Por lo general,
patrocinan exhibiciones
similares a esta en
museos científicos,
centros de ciencia,
parques zoológicos o
acuarios.
Hace cinco años pensaron
en la posibilidad de
traer la exposición
permanente a Cuba, pero
no fue hasta el 2011 que
lograron conseguir el
financiamiento para
transportar las enormes
piezas, que solo
cupieron en los
aproximadamente 550
metros cuadrados que
ofrece el Salón Blanco.
Antes de terminar en La
Habana, las máquinas
fueron mostradas en
ciudades como Vancouver,
San Francisco,
Washington, Hong Kong,
Medellín, Sao Paulo,
Santiago de Chile y
Buenos Aires.
Pero entendámonos,
ninguno de estos modelos
funciona, al menos no
como da Vinci alguna vez
lo imaginó, no es ese su
objetivo. Las más de
cien piezas fueron
elaboradas por un equipo
de artesanos e
ingenieros a partir de
interpretaciones de los
cuadernos de Leonardo.
Su función no es otra
que mostrar cómo se
verían los inventos si
alguien se hubiese
tomado el trabajo de
construirlos. O sea,
enseñar a la gente la
faceta por la que menos
se recuerda al hombre
más completo del
Renacimiento y que,
paradójicamente, fue la
que más le obsesionó.
El destino siempre ha
tenido un sentido del
humor bastante sádico,
siglos más tarde los
artistas morían de
hambre en una buhardilla
o padecían en una
sociedad que no estaba
diseñada para quienes no
produjeran bienes de
consumo. Leonardo, en
cambio, tenía que
robarle tiempo al
cincel, el martillo y
los pinceles, que eran
los que le daban de
comer, para dedicarse a
sus investigaciones y
bocetar prototipos. De
ahí que tantas obras
quedaran a la mitad —o
incluso al principio—,
que tantos acreedores se
mesaran los cabellos y
que
sus estudios muchas
veces fueran vistos como
una distracción.
Sin embargo,
Emilio Sarandeses, un joven
museólogo del Convento
de San Francisco, está
convencido de que, con
las dimensiones, los
materiales y los
mecanismos adecuados,
muchas de estas máquinas
hubiesen funcionado a la
perfección. Mientras
habla, en su cuello
centellea un dije que
tiene la forma del
dibujo más famoso de da
Vinci: “Las proporciones
del hombre”, o la divina
proporción, o el hombre
de Vitruvio, es decir,
la aplicación de la
sección áurea al cuerpo
humano hecha por el
arquitecto romano Marco
Vitruvio. Pareciera que,
de pronto, todo aquí
tuviese que ver con
Leonardo.
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Emilio me comenta sobre
la bicicleta de madera
que descansa junto a la
entrada principal. El
dibujo del que proviene
estuvo oculto por más de
360 años en dos medias
páginas que habían
permanecido pegadas. Se
cree que fue hecho por
Salai, alumno y modelo
de Leonardo, inspirado
en uno de los diseños
del maestro.
Irrelevante. Lo que
importa es que la pieza
tiene lo indispensable
para funcionar: ejes de
rotación, una cadena que
transmite la energía,
asiento, timón y
guardafangos. No
necesita nada más, solo
la fuerza del hombre.
“Pero son
las armas las
que más se apegan a un
principio funcional
—asegura Emilio—. Por
ejemplo, los proyectiles
de las bombardas eran de
cuero y al explotar las
costuras se abrían
liberando proyectiles
más pequeños, como las
esquirlas que vienen
dentro de algunas bombas
en la actualidad. El
gran genio de Leonardo
está en que muchas de
sus máquinas de guerra
tienen una capacidad de
disparo de 360 grados y
ninguna muestra un punto
ciego. El país que
hubiese construido armas
como estas en grandes
cantidades, hubiera sido
un imperio durante
muchos años”.
Por otra parte, las
piezas que demuestran
principios de la física
y la mecánica no
responden a una
funcionalidad
determinada, Leonardo
simplemente las
construyó para sus
demostraciones. El
verdadero uso de algunas
de ellas vendría siglos
después, como ocurrió
con aquella que
transformaba el
movimiento rectilíneo en
movimiento circular, muy
utilizada en las
máquinas de vapor.
Con las máquinas de
vuelo sucede algo
diferente. Estos modelos
se dividen en dos
grupos: los del primer
período, que se accionan
mediante la fuerza del
hombre; y los del
segundo, que aprovechan
la potencia del viento y
sus corrientes. Hay
algunas, sobre todo las
del primer período, a
las que llamar máquinas
de vuelo es casi una
exageración, porque
difícilmente se hubiesen
levantado del suelo.
Por ejemplo, el
ornitóptero vertical. Un
artefacto enorme con dos
pares de alas batientes
colocadas en cruz que
utilizaba el mismo
principio del
helicóptero, pero, según
Leonardo —quien en este
caso dejó indicaciones
bastante precisas—,
debía funcionar con la
fuerza de un solo
hombre. El infeliz iría
en el centro de la
máquina y la movería con
todo el cuerpo: manos,
pies y cabeza.
En cambio, las del
segundo período son
mucho más prácticas
porque están
influenciadas por las
observaciones que hizo
da Vinci del vuelo de
las aves. Observaciones
que luego serían
agrupadas en el cuaderno
Sobre el vuelo de los
pájaros. Allí había
descrito que el aire por
debajo de los objetos
volantes es más espeso
que aquel que está por
encima y por detrás, por
eso se sostienen en el
vuelo. Esto coincide, en
gran medida, con una de
las leyes fundamentales
de la aerodinámica
formulada en el siglo
XVIII por Daniel
Bernoulli, según la cual
un plano aerodinámico
debe diseñarse de forma
que el aire fluya más
rápidamente sobre la
superficie superior que
sobre la inferior, lo
que provocará una
disminución de presión
en la primera con
respecto a la segunda.
De ahí, del estudio de
Leonardo, salió el
diseño del Ala Delta.
Esta intenta servirse de
las corrientes de aire y
la incluyó en varios de
sus planeadores, como
ese que ahora cuelga del
techo del Salón Blanco y
que tiene alas en forma
de murciélago
articuladas con un
sistema de correas que
se ata al cuerpo del
hombre.
También colgando del
techo puede verse un
paracaídas, salido de un
dibujo que data de 1485,
durante su estancia en
Milán. Se trata de una
estructura piramidal de
madera recubierta con un
pabellón de tela de 12
brazas por cada cara
—una braza equivale
aproximadamente a poco
más de metro y medio—.
Leonardo aseguraba que
amparándose en este
dispositivo un hombre
podría saltar desde
cualquier altura sin
daño de sí mismo.
Funcionaran o no, sus
mecenas andaban
demasiado ocupados
ofreciendo banquetes
como para comprobarlo.
Después de todo, da
Vinci era una naturaleza
rara, cautivante, tenía
demasiados talentos
atrayentes como para que
sus contemporáneos
repararan en sus
estudios. Tal es el caso
de Ludovico Sforza,
duque de Milán, quien lo
llevó a su corte para
hacer una estatua
ecuestre de su padre —de
la que solo acabaría el
caballo— o tañer la lira
en las fiestas —hay
quien asegura que
Leonardo era uno de los
mejores improvisadores
de versos de su época—,
no para hacer ciencia.
Porque aquella era una
etapa de transición,
donde el mundo era lo
suficientemente lúcido
para admirar la
perfección de su arte,
pero no lo
necesariamente
pragmático y racional
para convertir sus
inventos en fetiche. La
modernidad estaba en el
primer estadio de su
etapa embrionaria y
quizá fue Leonardo el
único que lo intuyó. Por
eso, a pesar del
reconocimiento, la
admiración, el halo de
sabio que siempre llevó
entre los suyos, nunca
dejó de ser un
incomprendido.
Su impaciencia, su
incapacidad para
terminar nada, venían
del futuro. Su ritmo de
vida era el de un tiempo
que estaba por llegar,
igual que sus inventos.
La exposición que ahora
vemos en un museo, con
aire meditativo y rictus
de sorpresa, hubiera
provocado la misma
reacción en el hombre
común del Renacimiento,
aunque por las razones
contrarias. Aquel
sujeto, incluso con su
sífilis, juegos de
poder, maquinaciones e
intrigas, todavía era
demasiado inocente,
demasiado medievalmente
supersticioso para no
asustarse con estas
máquinas.
Quizá por eso la
escafandra de cuero para
bucear, el submarino, el
tanque de guerra sin
ángulos ciegos, la
ametralladora en
abanico, su proyecto de
ciudad ideal, el
vehículo autopropulsado
—antecesor del automóvil
que se movía gracias a
un complejo mecanismo
similar al de la
ballesta, y al cual
Leonardo se refirió como
el invento más
importante de la
humanidad—, todos, en
fin, o al menos su gran
mayoría, nunca salieron
de esas páginas
dispersas.
Como buen incomprendido,
Leonardo miró allá donde
otros aún no alcanzaban
a ver. Además del mundo
de la razón, la ciencia
y las producciones en
serie, también intuyó su
reverso, la cara menos
agradable. Por eso, la
dicotomía que algunos
ven entre el
artista-científico y el
ingeniero militar, no es
más que una muestra de
pragmática lucidez.
Había comprendido que el
romanticismo del combate
cuerpo a cuerpo, el
honor de los dos hombres
que se acuchillan en un
descampado,
irremediablemente iba a
desaparecer para dar
paso a la ventaja del
que tiene las armas de
mayor alcance, capacidad
de destrucción,
municiones más
eficientes y dinero para
fabricarlas.
Demasiadas ideas para
que quepan en una sola
exposición de 550 metros
cuadrados. De ahí que
pretendan renovarla cada
seis meses, en este
mismo lugar, siempre con
da Vinci de
protagonista. Emilio me
asegura que su obra será
puesta a dialogar con la
de otros grandes
maestros como Miguel
Ángel, Perugino o
Botticelli. Incorporarán
una reproducción de “La
última cena” en el
tamaño original del
fresco, junto con un
estudio de la obra, que
es en sí un tratado de
pintura.
Y, por supuesto, tampoco
puede faltar una
exposición sobre el
cuadro favorito de
Leonardo. Los
misterios de la Mona
Lisa abordará todos
los estudios e
investigaciones que se
han hecho del cuadro,
las enfermedades que
pudo haber padecido la
tercera mujer de
Francesco di Giocondo,
los pigmentos
originales, las marcas
de fantasmas que existen
detrás de la pintura y,
de paso, intentarán
averiguar de qué se
reía. Aunque en este
caso la explicación tal
vez sea la más simple,
pues Giorgio Vasari
cuenta que, mientras la
pintaba, el artista
“procuraba que alguien
cantara o tocara para
ella, o que la
divirtiera con
payasadas, para evitar
la expresión melancólica
tan común en los
retratos”.
El propio Vasari, en su
Vidas de los más
excelentes pintores,
escultores y arquitectos,
cuenta cómo fue la etapa
final de Leonardo, quien
había pasado dos años en
Roma bajo el mecenazgo
de Giuliano Médici —hijo
de Lorenzo el Magnífico,
su primer protector, y
hermano del papa León
X—. Da Vinci ya no era
el mismo de antes, en la
corte papal estaba
relegado por artistas
más jóvenes que se
encontraban en la cumbre
de su carrera. Miguel
Ángel y Rafael —el
primero había sido su
rival en la decoración
del Palazzo Vecchio y
ahora tenía 38 años; el
segundo, 29— miraban por
encima del hombro al
viejo sabio, mientras
este dedicaba sus horas
al estudio de la
anatomía, las
matemáticas y la óptica.
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Luego, en diciembre de
1516, marchó a Francia
como protegido del rey
Francisco I. Le fue
conferido un generoso
estipendio y un
castillo, el de Cloux,
para que pasara sus
últimos días muy cerca
de la residencia real en
Amboise. Aunque tal vez
lo que más le complacía
fuera la deferencia con
que lo trataba el propio
rey. Francisco era un
hombre de armas, pero
admiraba la enciclopedia
en lengua vulgar —porque
no hablaba latín— que
era da Vinci y lo
visitaba con bastante
frecuencia, escuchando
lo que tenía que decir
desde una posición de
humildad muy poco común
entre la realeza.
Leonardo ya no pintaba,
su pulso de más de 60
años se lo impedía, pero
aún podía dibujar y
enseñar a otros. En
especial a Francesco
Melzi, un joven pintor
que conoció cuando vivía
en las afueras de Milán
y a quien adoptó como
discípulo, llevándolo
consigo a Roma y a su
último hogar en Francia.
Hizo bien, porque Melzi
permaneció junto a su
cama de enfermo hasta el
final. Melzi escuchó de
cerca cuando recibió la
extremaunción
precisamente él, un
hombre que nunca había
creído en la Iglesia.
Melzi contempló con el
rostro desencajado cómo
cerraba los ojos aquel 2
de mayo de 1519 —quizá
con la vaga esperanza de
que el maestro se
hubiera equivocado esta
vez y que el alma,
después de todo, pudiese
vivir sin el cuerpo—. Y
sería Melzi, único
heredero de todos sus
manuscritos, el
encargado de velar
porque sus papeles
permanecieran juntos.
Tras la muerte del
discípulo, las páginas
donde da Vinci pensó,
dibujó y habló consigo
mismo, se desperdigaron
y siguieron distintos
derroteros. Algunas
fueron agrupadas como el
Códice Atlántico
y descansan en la
Biblioteca Ambrosiana de
Milán. Otras, bajo el
nombre de Manuscrito
B, están en
París. El tratado
Sobre el vuelo de los
pájaros terminó en
la biblioteca de Turín.
Varios códices
enumerados permanecen en
la Biblioteca Nacional
de Madrid. El Códice
Arundel acabó en el
British Museum. Mientras
el Códice Forster
fue repartido entre la
Royal Library de Windsor,
el British Museum y el
Victoria and Albert
Museum; un cuarto
legajo, el de la
Leicester Collection de
Holkham Hall, terminó en
manos de Bill Gates.
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Aquí, en un rincón del
Salón Blanco del
convento de San
Francisco de Asís, casi
opacados por el
deslumbramiento de las
máquinas, hay ediciones
facsimilares de varios
de estos cuadernos. Ahí
se ve la caligrafía
firme, los dibujos y la
famosa escritura de
derecha a izquierda de
Leonardo. Si el lector
tiene un espejo y un
poco de suerte, tal vez
podrá leer: “Dirán que
por no ser yo un hombre
de letras, no puedo
expresar bien lo que
deseo tratar. Pero ellos
no saben que mis cosas
han de ser tomadas, más
que de las palabras
ajenas, de la
experiencia, que es la
maestra de quien bien
escribe”. |