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Muchas personas se
asombraron en Cuba
cuando se estrenó
Vinci,
debut en el largometraje
del reconocido guionista
y realizador
Eduardo del
Llano, quien se arriesgó
a escribir y poner en
escena el relato sobre
unos días en la vida del
pintor de “La
Gioconda”
y “La
última cena”.
La sorpresa obedecía a
razones como la
infrecuencia en nuestro
cine de reflexiones
sobre los grandes
creadores universales.
Tal vez algunos piensen
que hacer un filme sobre
Leonardo y Miguel Ángel,
Shakespeare y los
Beatles, Cervantes y Buñuel, sea privilegio
exclusivo que detentan
italianos, británicos y
españoles, además de
Hollywood y la Disney,
que decidieron hace años
autotitularse como los
grandes relatores de
todas las historias
nacionales y del
patrimonio cultural
universal.
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Del Llano asumió
sin complejos
tercermundistas de
ningún tipo su visión
personal sobre Leonardo
y la Italia
renacentista, e intenta
retratar a un artista de
24 años, encarcelado por
graves cargos de
sodomía, y arrojado a un
calabozo florentino,
donde tiene que
compartir el espacio con
dos delincuentes
comunes. El joven
aprendiz del maestro
Verrocchio solo tiene su
talento para impresionar a
los otros y obtener el
respeto de sus rudos y
lascivos compañeros de
celda. Su arte y su
inteligencia se ponen
entonces en función de
manipular a sus
acompañantes, a
dominarlos con el
impacto de su inventiva,
que es inmensa. Recordar
que estamos hablando no
solo de un pintor, sino
también de un
anatomista, arquitecto,
botánico, escritor,
escultor, filósofo,
ingeniero, inventor,
músico, poeta y
urbanista.
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Como casi todos
los artistas del
Renacimiento, da Vinci
estaba preocupado por la
belleza y el
conocimiento de la
figura humana, por la
perspectiva, e incluso
se le considera uno de
los primeros científicos
capaces de adelantarse
al principio básico del
cine cuando ideó una
cámara oscura dentro de
la cual se reflejaban
objetos en movimiento.
El filme cubano, y la
civilización occidental
en pleno, le rinden
homenaje al espíritu
idealista y al
pensamiento en constante
evolución de un artista,
y un soñador, capaz de
sobrevolar el cerrado
cerco de la
irracionalidad y el
salvajismo.
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Proyector |
El hecho de que la película ocurra
en un período de
juventud del genio,
sugiere una metáfora
generalizadora, o
alusión más o menos
velada, sobre conceptos
de eterna relevancia
como la incomprensión
del artista, la
intolerancia, la
contradicción entre
vulgaridad y altura.
Precisamente en esta
contradicción o
contraste entre lo
común, chato, basto,
brutal y prosaico, y la
esfera del espíritu, la
belleza, la creatividad,
lo excepcional y la
lógica más elevada, se
localiza lo que a este
cronista le parece el
principal conflicto de
Vinci cuya
anécdota transcurre de
manera bastante lineal,
sencilla. Es en la
defensa a toda costa de
la segunda escala de
valores antes mencionada
que se estipulan los mejores lances
de la cinta, y
vienen a la mente otros
enfrentamientos de este
tipo en la filmografía
de Eduardo del Llano
como guionista. Recuerdo
el denuedo de la
instructora de arte
contra un medio
adocenado y grotesco en
Alicia en el pueblo de
las maravillas;
el empeño de los tres
protagonistas de
La vida es silbar
por crecer
espiritualmente en un
medio marcado por la
doble moral y el hastío
y las concesiones del
intelectual interpretado
por Luis Alberto García
con tal de adaptarse a
un contexto carnavalesco
e hipócrita en
Perfecto amor equivocado.
Por supuesto que la colisión entre
lo común y lo
excepcional también
aparece en otras
películas escritas por
Del Llano como
Hacerse el sueco,
Kleines Tropicana
y
Lisanka,
o en la decena de
cortometrajes sobre el
inconforme
Nicanor
O'Donnell, tantas veces
interpretado por Luis
Alberto García, y está
en el sustrato temático
de muchas
extraordinarias, como
Amadeus,
Andrei Rubliov
o
José Martí, el ojo del
canario.
Sin embargo, debe
agradecérsele a Vinci su
bien urdida trama, con
algunas inflexiones
hacia el verbalismo y la
redundancia, la muy
útil e inspiradora
apuesta a favor de la
belleza, la inteligencia
y el respecto a la
diferencia, sobre todo
en una época que si bien
dista mucho de los
calabozos florentinos,
todavía exhibe el
triunfo de ciertos
hábitos marginales y
manifestaciones de
intolerancia, rapacería
y egoísmo.
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En una locación casi única, y con
recursos mínimos en
cuanto a la
ambientación, el
vestuario y la utilería,
Del Llano y sus
excelentes colaboradores
—mención aparte para la
hermosa música de
Osvaldo Montes, la foto
claustrofóbicamente
lírica de Raúl Pérez
Ureta, y la excelente
apropiación de los
primorosos dibujos
realizados por Roberto
Fabelo—,
Vinci
confía no solo
en la potencialidad de
los diálogos, sino
también, y mucho, en la
intencionalidad y
talento de los
intérpretes para
reedificar ante nuestros
ojos un Renacimiento
bastante sombrío y
convulso, todavía
medievalista. Sus
actores comunican con
certeza y convicción las
ideas del autor en torno
al papel del artista en
la sociedad, solo que la
dirección de actores
insiste en pintarnos un
Leonardo cuya
inspiración y suavidad
se confunde con
amanerada petulancia.
Luego de su elogiado descubrimiento
mediante
Boleto al paraíso,
y la popularidad
conquistada con la
aventura televisiva
Adrenalina 360,
Héctor Medina asume con
gran responsabilidad y
entereza el papel del
Leonardo juvenil, el
creador absoluto, el
genio por antonomasia,
un hombre decidido a
adelantarse a su época
en todos los órdenes. En
general, los pocos
actores que aparecen en
la película
—a Héctor Medina se suman Manuel
Romero, Carlos Gonzalvo
y Fernando Hechavarría— logran comunicar la esencia de una
época de ignorancia y
oscuridad que muchas
veces socavó al artista,
pero que también
contribuyó a mejorar su
obra. Porque cuando el
reo trastornado por la
envidia, el encierro y
la concupiscencia le
grita a Leonardo que
nunca llegará a nada ni
será alguien, el
espectador —conocedor de
que el joven artista se
transformará en uno de
los más grandes que ha
dado la humanidad—
sonríe con el delirio
del pobre imbécil,
aferrado a la
balaustrada de sus
instintos bestiales.
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Porque cualquier espectador puede
compartir el
convencimiento de
Leonardo respecto a que
el amor a la belleza
puede embellecer los
grises muros de la
vulgaridad, y conferir
poderosas alas para
escapar a la prisión de
la grosería. Viendo
Vinci quedamos en
total acuerdo con el
pintor respecto a que el
placer más noble es el
júbilo de comprender, de
conocer, de entender las
cosas, y por lo visto
ese regusto por el
conocimiento también
inspira a los
productores
norteamericanos, porque
la Universal está
preparando un biopic más
de acción y aventuras
que histórico, sobre la
figura del genio
renacentista. Se titulará Leonardo,
y al igual que el filme
cubano, aborda los años
jóvenes de un hombre en
plena lucha para que la
inteligencia
renacentista se imponga
en Europa y no
regrese a la oscuridad
de la Edad Media. Por
otra parte, David S. Goyer, guionista de los
Batman y del nuevo
Superman, está
trabajando en Da
Vinci's Demons, una
serie de televisión que
abordará el lado más
oscuro del genio a
partir del género
fantástico y
especulativo. En 1971 se
estrenó en Europa otra
serie de televisión,
bastante seria y cercana
a lo poco que se
conoce sobre la vida
personal del pintor y
científico. La dirigía
Renato Castellani y
protagonizaba Philipe
Leroy.
En el terreno de la manipulación
interesada del símbolo
que significan Leonardo
y sus obras hay que
anotar El código da Vinci, libro y
película, pues en su
empeño por lograr un
escándalo anticatólico
ganador de millones de
dólares en ventas de
ejemplares y entradas,
Dan Brown, el autor de
la novela, asegura que
la “Mona Lisa” fue
pintada por Leonardo da Vinci como un
autorretrato para
satisfacer las
tendencias homosexuales
y travestis del autor, y
que también su título es
una referencia
codificada a los nombres
de los dioses egipcios
de la fertilidad, Amón e
Isis. Esta última
durante un tiempo se
llamó Lisa, así que la
superposición de los
nombres Amon Lisa
provocaría el nombre del
cuadro famoso. Las
fuentes más fidedignas
aseguran, a diferencia
de Dan Brown, que la
modelo es Lisa
Gherardini, y que el
nombre de Mona Lisa no
fue escogido por
Leonardo y se le aplicó
a la pintura solo en el
siglo XIX. Mona es una
contracción de Madonna
(que significa dama o
señora) y además el
nombre de “La Gioconda”,
que fue el nombre usado
por el pintor para
referirse a su obra,
obedece al apellido de
casada de la ya
mencionada Lisa
Gherardini, pues se
trata de la forma
femenina de Giocondo, el
apellido de su esposo.
De manera que tomar, sin ninguna
seriedad ni base
científica, la profunda
simbología latente en la
pintura de Leonardo da
Vinci para convertirla
en frívola punta de
lanza contra ciertos
baluartes civilizatorios
e históricos, ha venido
a ser uno de los últimos
y más rentables negocios
de los medios de
comunicación
globalizados. Alguien
anunció el fin de la
historia, y Dan Brown
con El Código da
Vinci pretende
resucitar el pasado
tratando de subvertir,
desde el morbo, la
provocación y el chisme
de alcoba, la
significación de un
artista cuyas luces son
capaces de vencer
cualquier infamia o
suspicacia. De hecho, el
escandalito urdido por
un habilidoso
comerciante yanqui
apenas significa algo
frente a los siglos de
cultura que Leonardo da
Vinci ha impulsado. |