La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

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Ingeniero militar y visionario
Emilio Sarandeses • La Habana
Fotos: R. A. Hdez. (La Jiribilla)

Hacia 1482, Leonardo da Vinci, con 30 años de vida y radicado en Florencia al servicio de Lorenzo de Médici (Lorenzo el Magnífico), decide que trasladarse a Milán, a la sazón gobernada por Ludovico el Moro —duque de Milán—, sería una elección inteligente a fin de poder obtener los favores de un gran señor. Sin embargo, el viaje de Leonardo estaba matizado por no pocas condicionantes de índole política. Mediante esta “transacción” Lorenzo afianzaba su alianza con Ludovico, evitándose un enemigo de casta militar cuya fama había trascendido como la del padre. Para Leonardo, el movimiento hacia Milán constituía un fracaso mayúsculo en sus aspiraciones de convertirse en gran maestro de la corte florentina, sintiendo subestimado su genio en muchas facetas en la que era su patria. Evidencia de ello es que conjuntamente con las cartas de recomendaciones de los Médici, el Magnífico decide enviarle al Moro un precioso laúd de plata que Leonardo había labrado a modo de cabeza de caballo como obsequio a su mecenas florentino. Esto decepcionaría en grado sumo a da Vinci, quien nunca encontró el apoyo total de Lorenzo en pos de sus diversos intereses y campos. Será en esta etapa en la que el artista deja inconclusa una de sus obras maestras, el “San Jerónimo” (Museos de la ciudad del Vaticano, 1480), donde los críticos e investigadores han observado un síntoma de la naturaleza de sus pensamientos, ya enfocado en encontrar éxito en otras tierras, pero desilusionado ante la única posibilidad de abandonar su patria.

Convencido de la necesidad de abandonar Florencia, Leonardo se dedicó a preparar sus propias cartas de presentación ante el Moro, analizó puntualmente la naturaleza de este y en cada uno de los apartados de la correspondencia que le lleva al duque ofreciéndole sus saberes, incluye oportunamente sus conocimientos de ingeniería militar y civil y muy someramente su genio como artista. Resulta inquietante que Ludovico lo tome en Milán como lo segundo, desestimando las recomendaciones acertadas del joven florentino para mejorar el poderío ofensivo del ejército de un gobernante sereno, como se ha descrito al duque, pero muy decidido a lanzarse a la guerra de ser necesario. Sin embargo, tomar algunos apuntes de esta carta ilustra parte de los proyectos militares en los que da Vinci trabajaba entre 1475 y 1490.


Tanque

Leonardo comenzaba exponiéndole al duque el panorama aburrido y poco prometedor que evidenciaban los proyectos propuestos por otros inventores de la época, reconociendo que estos artilugios no se explayaban más allá de copiar los modelos ya existentes con alguna que otra novedad puntual que no tributaba tanto en la funcionalidad del artefacto como a su decorado o majestuosidad vacua de sentido común o funcionalidad. En varios puntos Leonardo le enuncia a Ludovico sus ideas para convertir el ejercito milanés en una fuerza de ataque indestructible equipada de una fuerte artillería que les llevaría a conquistar todas las fronteras que se propusieran. El joven florentino estaba deseoso e inquieto por revelar sus “secretos” a su nuevo mecenas.

No se puede afirmar en modo alguno que Leonardo estuviera apasionado por la guerra, como el gran hombre de espíritu humanista que fue, no le seducían las contiendas bélicas y mucho menos sus consecuencias en las poblaciones; si es posible apreciar un interés en su obra en cuanto a la proliferación de proyectos de ingeniería militar, es solo un elemento que evidencia su desvelo por alcanzar la trascendencia a través de lo novedoso en sus incursiones como inventor y técnico, entre ellas en el campo militar e, igualmente, encontrar el favor de sus guerreristas benefactores. Sin embargo, no solo podemos observar entre sus dibujos invenciones colosales de modernas armas, sino que aparecen en ocasiones esbozos de artefactos pasados que sedujeron al genio renacentista por la efectividad de sus principios básicos y la funcionalidad de sus estructuras orientadas al combate de tropas.


Submarino

El primero de los ejemplos es certeramente ilustrativo de lo enunciado. En Turín, la antigua sede de la ex Biblioteca Real conserva un manuscrito de Leonardo (ca. 1485; f.15583 r) donde se aprecian dos modelos de carros de guadañas que seguramente dibujó pensando en los cruentos espectáculos de gladiadores en la arena de los coliseos del imperio romano. Estas carrozas de guerra, que proyectaban numerosas y afiladas cuchillas en su perímetro se accionaban en distintos sentidos movidas por caballos en carrera, dirigidos por un jinete, en dirección a las líneas contrarias. De forma unánime los investigadores reconocen en esta página de apuntes, uno de los más logrados dibujos de Leonardo de los que tratan este campo militar. La escena presenta dos carros con singularidades distintivas para cada uno, basados en los mismos principios; es posible que estos bocetos los realizara más para complacer el interés del duque que para satisfacer sus propias inquietudes. De estas piezas el mismo Leonardo llegó a reconocer: “estos carros tenían diferentes formas y a menudo provocaban no menos daño a los amigos que a los enemigos”. Fue quizá esta consciente aseveración la que le hizo desistir de este tipo de proyectos. 

Es posible comprender el por qué la casi totalidad de las piezas militares ideadas por Leonardo presentan un enfoque primario desde la ofensiva; su personalidad y naturaleza individual, sofocada constantemente por las comparaciones con Rafael y Miguel Ángel en las que nunca quedó en mejor posición que aquellos, había convertido el éxito rotundo en la única posibilidad de superar a sus contemporáneos. En el Códice Atlántico (f. 391 v.-a), se observan diseños de Leonardo más enfocados en el momento de ataque a los muros de las fortalezas que se imponían como el mayor obstáculo para subyugar a las ciudadelas interiores. Nuevamente tomando como referencia elementos de combate ya empleados en tiempos pasados, propone un carro de gran tamaño de base móvil que, ubicado a una distancia prudencial de las murallas y por medio del empleo de cuerdas desplegaba una plataforma cubierta a modo de pasarela aérea que apoyaba su extremo libre sobre los muros de las almenas y mediante ganchos se imposibilitaba que la soldadesca a la defensiva pudiese impedir la acometida.

Igualmente, en varios proyectos menos elaborados técnicamente que aparecen en el Códice Foster I (f. 46 v.) y en el Códice Atlántico (f. 316 v.), se observan varios modelos de escaleras de asalto de grandes longitudes, rígidas o enrolladas, que podían ser transportadas por las tropas con cierta facilidad hasta la base de los gigantescos parapetos. Sin embargo, resultará curioso que en el Códice Atlántico (ca. 1482-1485 f. 139 r.), el artista florentino sugiera un modelo de defensa de muros muy sencillo y eficaz accionado por palancas desde el interior de las fortalezas, que movían largos listones de madera o hierro que descansaban en la parte alta al exterior de las murallas. Una vez elevadas las escaleras de asalto, este mecanismo se accionaba lanzándolas al suelo nuevamente y dificultando así el asedio enemigo por esta vía. Es importante reconocer que este artilugio de una sencillez y eficacia superiores, de haberse implementado habría constituido un escollo para la ofensiva militar; sin embargo, nuevamente se subestimaría el genio de da Vinci, obviando la realidad de que, una vez tomados los muros de cualquier fortificación solo era cuestión de tiempo que la infantería pudiera penetrar a la ciudadela y rendirla.


Catapulta

De las armas tradicionales y de mayor antigüedad, Leonardo demostró gran pasión por el estudio y la introducción de mejoras técnicas en las catapultas. El Códice Atlántico (ca. 1485-1490 f. 140 a r & 140 b r) reúne varios bocetos de diversos proyectos para estos temidos artilugios militares en el sitio a las fortalezas enemigas. El dibujo nítido y aislado de cada uno de los esquemas, sin la acostumbrada yuxtaposición de otros modelos de ideas posteriores que tanto abundan en los cuadernos de Leonardo, permite la observación de cada detalle y patrón mecánicos de estas armas. El artista parecía fascinado por la imponente presencia de las catapultas. Propone un gran número de formas elásticas que multiplicaban la fuerza y efectividad del golpe del proyectil lanzado. Por medio de un cabestrante, un hombre tensa el brazo de la catapulta con su cuchara previamente cargada, un retén impide que, producto de algún error humano o ruptura de alguno de los mecanismos, el proyectil sea lanzado antes de llegar a la posición correcta. Cada uno de estos aspectos es tomado en cuenta por Leonardo quien los incorpora en estos novedosos diseños.

En lo que respecta a las armas de fuego, Leonardo da Vinci proyectó un considerable número de modelos de los cuales hacía un análisis detallado acopiando notas alrededor de cada dibujo. Seguramente sería apasionante escucharle en la corte milanesa exponiéndole sus ideas a Ludovico Sforza quien no solo reconocía el talento de su ingeniero, sino también su poder imaginativo, y su pasión en la descripción de los detalles de aquellas invenciones, como si se tratara de una anécdota militar vivida personalmente por este florentino ahora a su servicio.


Cañón de vapor de agua

“Architrónito” fue el nombre escogido por Leonardo para una máquina que pretendía sustituir el empleo de la pólvora por vapor de agua. Este modelo que aparece en el Manuscrito B. (f. 33 r) —defendía da Vinci—, lo había tomado de uno semejante propuesto por Arquímedes, de ahí la semejanza etimológica del nombre del artefacto con el del matemático griego de la antigüedad. El proyecto consistía en sobrecalentar la culata de la máquina a elevadísimas temperaturas y una vez colocado el proyectil en el cañón verter gran cantidad de agua a la culata, la cual, explica: “de inmediato se convertirá en tanto humo que parecerá un portento, especialmente viendo el ímpetu y oyendo el estrépito”. Leonardo confiaba en que la presión del vapor de agua generada de golpe, sería tan potente que lanzaría muy lejos los proyectiles. Es muy frecuente encontrar en la obra de da Vinci cómo su genio e intelecto eran seducidos con facilidad por las imágenes de poderosas invenciones producto de su imaginación. Ello sin dudas le impedía observar algunas objeciones en el funcionamiento ideal y eficaz de estos artefactos; en este caso particular el artista florentino ha olvidado que todo el vapor generado de golpe podría escapar de la culata al exterior no solo por el cañón y en el mejor de los casos eyectando el proyectil, que, además podría afectar la integridad física de los operarios del arma, alrededor de la misma.


Ametralladora

No hay dudas de que es el Códice Atlántico la compilación documental que reúne mayor número de diseños militares de la obra de Leonardo. Allí se encuentra (ca. 1504; f. 33 r) un interesante esbozo de bombarda a modo de mortero que lanza proyectiles que luego de ser expulsados del cañón se despliegan en numerosas bolas que son capaces de estallar al hacer contacto con los objetivos situados a media y larga distancia e igualmente incendiarse entre ellas para infringir más daño en las líneas enemigas. Estos proyectiles presentan similitudes básicas en las muy conocidas actualmente bombas de racimo, las granadas personales y los cartuchos de perdigones. La idea de crear un proyectil que pudiera multiplicarse y así cubrir un área mayor de efectividad sedujo a Leonardo para pensar este artefacto incluido en su cuaderno con un dibujo bien explicado y certero. Da Vinci probablemente se inquietaba al pensar la devastación y mortandad que producirían estas balas; sin embargo, se preocupaba al no saber qué material emplear que permitiera que las pequeñas bombardas dentro del proyectil se desplegaran una vez lanzadas lejos de las tropas y no al salir del cañón quemadas por la pólvora.

En el Códice Arundel (f. 54 r), Leonardo realiza numerosos estudios respecto a la idoneidad de la forma de los proyectiles para que estos no opusieran resistencia al aire y aprovechar así toda la energía que imprime la explosión sobre estos, traducido en un mayor alcance en el campo y efectividad sobre los objetivos a batir. Sus estudios de balística coinciden de forma muy precisa en que un proyectil ojival con aletas direccionales en su extremo sería lo suficientemente aerodinámico como para imponerse frente a otros modelos de balas más populares en la época. Resulta en extremo interesante lo certero del dibujo leonardesco si se compara con los modelos balísticos que comenzaron a usarse varios siglos después.

Uno de los problemas que se plantea Leonardo a resolver con sus diseños es aumentar la efectividad de las armas de fuego y el número de disparos, así como la continuidad de los mismos y la posibilidad de cubrir un mayor campo de alcance de los proyectiles, tal como se aprecia en las condicionantes que lo llevaron a realizar el proyecto de la bombarda enunciada anteriormente. En un mismo folio del Códice Atlántico (ca. 1482; f. 157 r), da Vinci esboza varios modelos de ametralladoras tanto en abanico como en varias líneas de disparo. Uno de ellos propone una sección circular de 11 cañones que abarca aproximadamente unos 45º de campo. Aunque el modelo busca mejorar la efectividad de los disparos, el inventor hace confluir las bocas de carga en un espacio muy limitado que imposibilita disponer allí un mecanismo de implosión que pudiese accionar los numerosos cañones ya fuera al unísono o individualizando cada disparo. Este mismo error de apreciación se observa en su modelo de ametralladora de tres líneas que idealmente propone tres momentos de fuego, ofreciendo continuidad y masividad en el tiro. Sin embargo, el dibujo de da Vinci no toma en cuenta el gran tamaño que debía tener este artefacto para ser completamente funcional al apreciar que cada uno de estos 11 cañones necesita estructuralmente de un mecanismo de carga e implosión individual que accionara las tres líneas, mientras una sección realizaba el tiro, la otra estaba siendo cargada y la tercera que acababa de dispararse se enfriaba para ser cargada.


Ametralladora

Como conclusión a esta breve aproximación a un apartado de los muchos proyectos que el genio del Renacimiento presentara en sus cuantiosos apuntes y bocetos, propongo la observación de un curioso e interesante aparato móvil que facilitaba la visibilidad de todo el campo perimetral y la realización del tiro efectivo en iguales condiciones. La idea de un pesado carro de guerra cubierto, de estructura desmontable y de fácil transportación que se abriera paso entre las huestes enemigas sin que sus operarios recibieran impactos de las armas contrarias y permitiera el acceso de la infantería a las líneas de combate del enemigo, se había esbozado desde tiempos de la antigüedad. En el Códice Atlántico (ca. 1478-1485 f. 154 b r), Leonardo propone un modelo de tanque armado que puede realizar el tiro de forma perimetral. Este móvil estaría reforzado con placas de metal en el exterior que impedirían que su estructura recibiera el impacto de los proyectiles o el daño producido por las balas incendiarias. Igualmente, algo que da una visión del tamaño aproximado que, según el artista, debía tener este artefacto es que insiste que un aproximado de ocho individuos en su interior debían accionar tanto el mecanismo de locomoción como la efectividad del tiro de 360º de campo. Uno de los aspectos más impresionantes de este diseño es que en opinión de Leonardo, con unas pocas modificaciones, aquel aparato podría emplazarse con igual efectividad en el medio acuático, ello puede apreciarse en un dibujo que realizara casi 20 años después del proyecto de carro armado esta vez enfocado en su funcionalidad en el agua (Códice Atlántico, ca. 1503-1505 f.1 a r).

Es apreciable la continuada y consciente labor de Leonardo da Vinci en tantos campos del conocimiento e igualmente su apasionante interés por acercarse a los distintos saberes, lo cual, acompañado de su maestría y buen oficio de la pintura y el dibujo, contribuyó a que sus ideas llegasen a nuestra contemporaneidad. En ocasiones nos sorprende por las semejanzas de sus proyectos con los modelos que vemos a diario y otras tantas veces nos hace reflexionar acerca de la naturaleza singular de este hombre que desbordó una época. Desafortunadamente, Leonardo nunca superaría a lo largo de su vida lo infértil de sus estadías en Florencia. Acarició el éxito en Milán y fugazmente en Roma, donde sería opacado de inmediato por la fama y el renombre de Miguel Ángel —quien había terminado los frescos de las bóvedas de la Capilla Sixtina un año antes de la llegada de Leonardo— e igualmente subestimado ante Rafael por las simpatías que este último se había ganado en el estado pontificio. Fue en Francia donde se le defendió sin demora en cualquier circunstancia y donde, al servicio de Francisco I, encontró algo de paz para vivir confiado los últimos años de su vida; sin embargo, siempre se ató a reservar cierto recelo hacia los Médici y a la sociedad florentina que nunca le reconoció como el hombre ilustre que fue.

 

Bibliografía:

Cianchi, Marco. Las máquinas de Leonardo da Vinci. BECOCCI Editore. Florencia. s/a

Laurenza, Domenico. Leonardo´s Machines. Secrets and Inventions in the Da Vinci Códices. GIUNTI Editore S.p.A. Milán. 2005

 Palenque, Amado. Leonardo da Vinci. Editorial Arte y Literatura. La Habana. 1984

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

El genio de Leonardo
da Vinci

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.