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Hacia 1482, Leonardo da Vinci, con 30 años de
vida y radicado en
Florencia al servicio de
Lorenzo de Médici
(Lorenzo el Magnífico),
decide que trasladarse a
Milán, a la sazón
gobernada por Ludovico
el Moro —duque de
Milán—, sería una
elección inteligente a
fin de poder obtener los
favores de un gran
señor. Sin embargo, el
viaje de Leonardo estaba
matizado por no pocas
condicionantes de índole
política. Mediante esta
“transacción” Lorenzo
afianzaba su alianza con
Ludovico, evitándose un
enemigo de casta militar
cuya fama había
trascendido como la del
padre. Para Leonardo, el
movimiento hacia Milán
constituía un fracaso
mayúsculo en sus
aspiraciones de
convertirse en gran
maestro de la corte
florentina, sintiendo
subestimado su genio en
muchas facetas en la que
era su patria. Evidencia
de ello es que
conjuntamente con las
cartas de
recomendaciones de los
Médici, el Magnífico
decide enviarle al Moro
un precioso laúd de
plata que Leonardo había
labrado a modo de cabeza
de caballo como obsequio
a su mecenas florentino.
Esto decepcionaría en
grado sumo a da Vinci,
quien nunca encontró el
apoyo total de Lorenzo
en pos de sus diversos
intereses y campos. Será
en esta etapa en la que
el artista deja
inconclusa una de sus
obras maestras, el “San
Jerónimo” (Museos de la
ciudad del Vaticano,
1480), donde los
críticos e
investigadores han
observado un síntoma de
la naturaleza de sus
pensamientos, ya
enfocado en encontrar
éxito en otras tierras,
pero desilusionado ante
la única posibilidad de
abandonar su patria.
Convencido de la
necesidad de abandonar
Florencia, Leonardo se
dedicó a preparar sus
propias cartas de
presentación ante el
Moro, analizó
puntualmente la
naturaleza de este y en
cada uno de los
apartados de la
correspondencia que le
lleva al duque
ofreciéndole sus
saberes, incluye
oportunamente sus
conocimientos de
ingeniería militar y
civil y muy someramente
su genio como artista.
Resulta inquietante que
Ludovico lo tome en
Milán como lo segundo,
desestimando las
recomendaciones
acertadas del joven
florentino para mejorar
el poderío ofensivo del
ejército de un
gobernante sereno, como
se ha descrito al duque,
pero muy decidido a
lanzarse a la guerra de
ser necesario. Sin
embargo, tomar algunos
apuntes de esta carta
ilustra parte de los
proyectos militares en
los que da Vinci
trabajaba entre 1475 y
1490.
|

Tanque |
Leonardo comenzaba
exponiéndole al duque el
panorama aburrido y poco
prometedor que
evidenciaban los
proyectos propuestos por
otros inventores de la
época, reconociendo que
estos artilugios no se
explayaban más allá de
copiar los modelos ya
existentes con alguna
que otra novedad puntual
que no tributaba tanto
en la funcionalidad del
artefacto como a su
decorado o majestuosidad
vacua de sentido común o
funcionalidad. En varios
puntos Leonardo le
enuncia a Ludovico sus
ideas para convertir el
ejercito milanés en una
fuerza de ataque
indestructible equipada
de una fuerte artillería
que les llevaría a
conquistar todas las
fronteras que se
propusieran. El joven
florentino estaba
deseoso e inquieto por
revelar sus “secretos” a
su nuevo mecenas.
No se puede afirmar en
modo alguno que Leonardo
estuviera apasionado por
la guerra, como el gran
hombre de espíritu
humanista que fue, no le
seducían las contiendas
bélicas y mucho menos
sus consecuencias en las
poblaciones; si es
posible apreciar un
interés en su obra en
cuanto a la
proliferación de
proyectos de ingeniería
militar, es solo un
elemento que evidencia
su desvelo por alcanzar
la trascendencia a
través de lo novedoso en
sus incursiones como
inventor y técnico,
entre ellas en el campo
militar e, igualmente,
encontrar el favor de
sus guerreristas
benefactores. Sin
embargo, no solo podemos
observar entre sus
dibujos invenciones
colosales de modernas
armas, sino que aparecen
en ocasiones esbozos de
artefactos pasados que
sedujeron al genio
renacentista por la
efectividad de sus
principios básicos y la
funcionalidad de sus
estructuras orientadas
al combate de tropas.
|

Submarino |
El primero de los
ejemplos es certeramente
ilustrativo de lo
enunciado. En Turín, la
antigua sede de la ex
Biblioteca Real conserva
un manuscrito de
Leonardo (ca. 1485;
f.15583 r) donde se
aprecian dos modelos de
carros de guadañas que
seguramente dibujó
pensando en los cruentos
espectáculos de
gladiadores en la arena
de los coliseos del
imperio romano. Estas
carrozas de guerra, que
proyectaban numerosas y
afiladas cuchillas en su
perímetro se accionaban
en distintos sentidos
movidas por caballos en
carrera, dirigidos por
un jinete, en dirección
a las líneas contrarias.
De forma unánime los
investigadores reconocen
en esta página de
apuntes, uno de los más
logrados dibujos de
Leonardo de los que
tratan este campo
militar. La escena
presenta dos carros con
singularidades
distintivas para cada
uno, basados en los
mismos principios; es
posible que estos
bocetos los realizara
más para complacer el
interés del duque que
para satisfacer sus
propias inquietudes. De
estas piezas el mismo
Leonardo llegó a
reconocer: “estos carros
tenían diferentes formas
y a menudo provocaban no
menos daño a los amigos
que a los enemigos”. Fue
quizá esta consciente
aseveración la que le
hizo desistir de este
tipo de proyectos.
Es posible comprender el
por qué la casi
totalidad de las piezas
militares ideadas por
Leonardo presentan un
enfoque primario desde
la ofensiva; su
personalidad y
naturaleza individual,
sofocada constantemente
por las comparaciones
con Rafael y Miguel
Ángel en las que nunca
quedó en mejor posición
que aquellos, había
convertido el éxito
rotundo en la única
posibilidad de superar a
sus contemporáneos. En
el Códice Atlántico
(f. 391 v.-a), se
observan diseños de
Leonardo más enfocados
en el momento de ataque
a los muros de las
fortalezas que se
imponían como el mayor
obstáculo para subyugar
a las ciudadelas
interiores. Nuevamente
tomando como referencia
elementos de combate ya
empleados en tiempos
pasados, propone un
carro de gran tamaño de
base móvil que, ubicado
a una distancia
prudencial de las
murallas y por medio del
empleo de cuerdas
desplegaba una
plataforma cubierta a
modo de pasarela aérea
que apoyaba su extremo
libre sobre los muros de
las almenas y mediante
ganchos se
imposibilitaba que la
soldadesca a la
defensiva pudiese
impedir la acometida.
Igualmente, en varios
proyectos menos
elaborados técnicamente
que aparecen en el
Códice Foster I (f.
46 v.) y en el Códice
Atlántico (f. 316
v.), se observan varios
modelos de escaleras de
asalto de grandes
longitudes, rígidas o
enrolladas, que podían
ser transportadas por
las tropas con cierta
facilidad hasta la base
de los gigantescos
parapetos. Sin embargo,
resultará curioso que en
el Códice Atlántico
(ca. 1482-1485 f. 139
r.), el artista
florentino sugiera un
modelo de defensa de
muros muy sencillo y
eficaz accionado por
palancas desde el
interior de las
fortalezas, que movían
largos listones de
madera o hierro que
descansaban en la parte
alta al exterior de las
murallas. Una vez
elevadas las escaleras
de asalto, este
mecanismo se accionaba
lanzándolas al suelo
nuevamente y
dificultando así el
asedio enemigo por esta
vía. Es importante
reconocer que este
artilugio de una
sencillez y eficacia
superiores, de haberse
implementado habría
constituido un escollo
para la ofensiva
militar; sin embargo,
nuevamente se
subestimaría el genio de
da Vinci, obviando la
realidad de que, una vez
tomados los muros de
cualquier fortificación
solo era cuestión de
tiempo que la infantería
pudiera penetrar a la
ciudadela y rendirla.
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Catapulta |
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De las armas
tradicionales y de mayor
antigüedad, Leonardo
demostró gran pasión por
el estudio y la
introducción de mejoras
técnicas en las
catapultas. El Códice
Atlántico (ca.
1485-1490 f. 140 a r &
140 b r) reúne varios
bocetos de diversos
proyectos para estos
temidos artilugios
militares en el sitio a
las fortalezas enemigas.
El dibujo nítido y
aislado de cada uno de
los esquemas, sin la
acostumbrada
yuxtaposición de otros
modelos de ideas
posteriores que tanto
abundan en los cuadernos
de Leonardo, permite la
observación de cada
detalle y patrón
mecánicos de estas
armas. El artista
parecía fascinado por la
imponente presencia de
las catapultas. Propone
un gran número de formas
elásticas que
multiplicaban la fuerza
y efectividad del golpe
del proyectil lanzado.
Por medio de un
cabestrante, un hombre
tensa el brazo de la
catapulta con su cuchara
previamente cargada, un
retén impide que,
producto de algún error
humano o ruptura de
alguno de los
mecanismos, el proyectil
sea lanzado antes de
llegar a la posición
correcta. Cada uno de
estos aspectos es tomado
en cuenta por Leonardo
quien los incorpora en
estos novedosos diseños.
En lo que respecta a las
armas de fuego, Leonardo
da Vinci proyectó un
considerable número de
modelos de los cuales
hacía un análisis
detallado acopiando
notas alrededor de cada
dibujo. Seguramente
sería apasionante
escucharle en la corte
milanesa exponiéndole
sus ideas a Ludovico
Sforza quien no solo
reconocía el talento de
su ingeniero, sino
también su poder
imaginativo, y su pasión
en la descripción de los
detalles de aquellas
invenciones, como si se
tratara de una anécdota
militar vivida
personalmente por este
florentino ahora a su
servicio.
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Cañón de
vapor de
agua |
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“Architrónito” fue el
nombre escogido por
Leonardo para una
máquina que pretendía
sustituir el empleo de
la pólvora por vapor de
agua. Este modelo que
aparece en el
Manuscrito B. (f. 33
r) —defendía da Vinci—,
lo había tomado de uno
semejante propuesto por
Arquímedes, de ahí la
semejanza etimológica
del nombre del artefacto
con el del matemático
griego de la antigüedad.
El proyecto consistía en
sobrecalentar la culata
de la máquina a
elevadísimas
temperaturas y una vez
colocado el proyectil en
el cañón verter gran
cantidad de agua a la
culata, la cual,
explica: “de inmediato
se convertirá en tanto
humo que parecerá un
portento, especialmente
viendo el ímpetu y
oyendo el estrépito”.
Leonardo confiaba en que
la presión del vapor de
agua generada de golpe,
sería tan potente que
lanzaría muy lejos los
proyectiles. Es muy
frecuente encontrar en
la obra de da Vinci cómo
su genio e intelecto
eran seducidos con
facilidad por las
imágenes de poderosas
invenciones producto de
su imaginación. Ello sin
dudas le impedía
observar algunas
objeciones en el
funcionamiento ideal y
eficaz de estos
artefactos; en este caso
particular el artista
florentino ha olvidado
que todo el vapor
generado de golpe podría
escapar de la culata al
exterior no solo por el
cañón y en el mejor de
los casos eyectando el
proyectil, que, además
podría afectar la
integridad física de los
operarios del arma,
alrededor de la misma.
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Ametralladora |
No hay dudas de que es
el Códice Atlántico
la compilación
documental que reúne
mayor número de diseños
militares de la obra de
Leonardo. Allí se
encuentra (ca. 1504; f.
33 r) un interesante
esbozo de bombarda a
modo de mortero que
lanza proyectiles que
luego de ser expulsados
del cañón se despliegan
en numerosas bolas que
son capaces de estallar
al hacer contacto con
los objetivos situados a
media y larga distancia
e igualmente incendiarse
entre ellas para
infringir más daño en
las líneas enemigas.
Estos proyectiles
presentan similitudes
básicas en las muy
conocidas actualmente
bombas de racimo, las
granadas personales y
los cartuchos de
perdigones. La idea de
crear un proyectil que
pudiera multiplicarse y
así cubrir un área mayor
de efectividad sedujo a
Leonardo para pensar
este artefacto incluido
en su cuaderno con un
dibujo bien explicado y
certero. Da Vinci
probablemente se
inquietaba al pensar la
devastación y mortandad
que producirían estas
balas; sin embargo, se
preocupaba al no saber
qué material emplear que
permitiera que las
pequeñas bombardas
dentro del proyectil se
desplegaran una vez
lanzadas lejos de las
tropas y no al salir del
cañón quemadas por la
pólvora.
En el Códice Arundel
(f. 54 r), Leonardo
realiza numerosos
estudios respecto a la
idoneidad de la forma de
los proyectiles para que
estos no opusieran
resistencia al aire y
aprovechar así toda la
energía que imprime la
explosión sobre estos,
traducido en un mayor
alcance en el campo y
efectividad sobre los
objetivos a batir. Sus
estudios de balística
coinciden de forma muy
precisa en que un
proyectil ojival con
aletas direccionales en
su extremo sería lo
suficientemente
aerodinámico como para
imponerse frente a otros
modelos de balas más
populares en la época.
Resulta en extremo
interesante lo certero
del dibujo leonardesco
si se compara con los
modelos balísticos que
comenzaron a usarse
varios siglos después.
Uno de los problemas que
se plantea Leonardo a
resolver con sus diseños
es aumentar la
efectividad de las armas
de fuego y el número de
disparos, así como la
continuidad de los
mismos y la posibilidad
de cubrir un mayor campo
de alcance de los
proyectiles, tal como se
aprecia en las
condicionantes que lo
llevaron a realizar el
proyecto de la bombarda
enunciada anteriormente.
En un mismo folio del
Códice Atlántico
(ca. 1482; f. 157 r), da
Vinci esboza varios
modelos de
ametralladoras tanto en
abanico como en varias
líneas de disparo. Uno
de ellos propone una
sección circular de 11
cañones que abarca
aproximadamente unos 45º
de campo. Aunque el
modelo busca mejorar la
efectividad de los
disparos, el inventor
hace confluir las bocas
de carga en un espacio
muy limitado que
imposibilita disponer
allí un mecanismo de
implosión que pudiese
accionar los numerosos
cañones ya fuera al
unísono o
individualizando cada
disparo. Este mismo
error de apreciación se
observa en su modelo de
ametralladora de tres
líneas que idealmente
propone tres momentos de
fuego, ofreciendo
continuidad y masividad
en el tiro. Sin embargo,
el dibujo de da Vinci no
toma en cuenta el gran
tamaño que debía tener
este artefacto para ser
completamente funcional
al apreciar que cada uno
de estos 11 cañones
necesita
estructuralmente de un
mecanismo de carga e
implosión individual que
accionara las tres
líneas, mientras una
sección realizaba el
tiro, la otra estaba
siendo cargada y la
tercera que acababa de
dispararse se enfriaba
para ser cargada.
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Ametralladora |
Como conclusión a esta
breve aproximación a un
apartado de los muchos
proyectos que el genio
del Renacimiento
presentara en sus
cuantiosos apuntes y
bocetos, propongo la
observación de un
curioso e interesante
aparato móvil que
facilitaba la
visibilidad de todo el
campo perimetral y la
realización del tiro
efectivo en iguales
condiciones. La idea de
un pesado carro de
guerra cubierto, de
estructura desmontable y
de fácil transportación
que se abriera paso
entre las huestes
enemigas sin que sus
operarios recibieran
impactos de las armas
contrarias y permitiera
el acceso de la
infantería a las líneas
de combate del enemigo,
se había esbozado desde
tiempos de la
antigüedad. En el
Códice Atlántico
(ca. 1478-1485 f. 154 b
r), Leonardo propone un
modelo de tanque armado
que puede realizar el
tiro de forma
perimetral. Este móvil
estaría reforzado con
placas de metal en el
exterior que impedirían
que su estructura
recibiera el impacto de
los proyectiles o el
daño producido por las
balas incendiarias.
Igualmente, algo que da
una visión del tamaño
aproximado que, según el
artista, debía tener
este artefacto es que
insiste que un
aproximado de ocho
individuos en su
interior debían accionar
tanto el mecanismo de
locomoción como la
efectividad del tiro de
360º de campo. Uno de
los aspectos más
impresionantes de este
diseño es que en opinión
de Leonardo, con unas
pocas modificaciones,
aquel aparato podría
emplazarse con igual
efectividad en el medio
acuático, ello puede
apreciarse en un dibujo
que realizara casi 20
años después del
proyecto de carro armado
esta vez enfocado en su
funcionalidad en el agua
(Códice Atlántico,
ca. 1503-1505 f.1 a r).
Es apreciable la
continuada y consciente
labor de Leonardo da
Vinci en tantos campos
del conocimiento e
igualmente su
apasionante interés por
acercarse a los
distintos saberes, lo
cual, acompañado de su
maestría y buen oficio
de la pintura y el
dibujo, contribuyó a que
sus ideas llegasen a
nuestra
contemporaneidad. En
ocasiones nos
sorprende por las
semejanzas de sus
proyectos con los
modelos que vemos a
diario y otras tantas
veces nos hace
reflexionar acerca de la
naturaleza singular de
este hombre que desbordó
una época.
Desafortunadamente,
Leonardo nunca superaría
a lo largo de su vida lo
infértil de sus estadías
en Florencia. Acarició
el éxito en Milán y
fugazmente en Roma,
donde sería opacado de
inmediato por la fama y
el renombre de Miguel
Ángel —quien había
terminado los frescos de
las bóvedas de la
Capilla Sixtina un año
antes de la llegada de
Leonardo— e igualmente
subestimado ante Rafael
por las simpatías que
este último se había
ganado en el estado
pontificio. Fue en
Francia donde se le
defendió sin demora en
cualquier circunstancia
y donde, al servicio de
Francisco I, encontró
algo de paz para vivir
confiado los últimos
años de su vida; sin
embargo, siempre se ató
a reservar cierto recelo
hacia los Médici y a la
sociedad florentina que
nunca le reconoció como
el hombre ilustre que
fue.
Bibliografía:
Cianchi, Marco. Las
máquinas de Leonardo da
Vinci. BECOCCI
Editore. Florencia. s/a
Laurenza, Domenico.
Leonardo´s Machines.
Secrets and Inventions
in the Da Vinci Códices.
GIUNTI Editore S.p.A.
Milán. 2005
Palenque,
Amado. Leonardo da
Vinci.
Editorial Arte y
Literatura. La Habana.
1984 |