La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

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CMQ y Mil Diez:

Entre los buenos y los malos

Eileen Sosin • La Habana

“Hambre, miseria y explotación”. Este es una especie de lema popular que a menudo se utiliza para referirse a todas las calamidades archiconocidas, a las tragedias y problemas que se repiten una y otra vez en el cuento de algún vecino parlanchín, en el noticiero, en un discurso cualquiera. En no pocas ocasiones, la Historia de Cuba sobre todo de la república neocolonial que nos enseñan desde la primaria se adapta a este molde: todo es gris y terrible, todo es “hambre, miseria y explotación”.

Sorprende entonces que en la neocolonia, con sus proverbiales chapucerías, embustes y traiciones en materia de política, economía, proyección cultural, etc., haya existido una maquinaria como la radio de los años 30 y 40, tan perfectamente desarrollada y funcional a los grandes intereses del capital, por supuesto y, por si fuera poco, con una impronta sin precedentes en la vida diaria de la mayoría de los hombres y mujeres de este país.

Lo que empezó como el juguete nuevo de algunos radioaficionados, y tuvo un patético debut oficial en 1922, con el presidente Alfredo Zayas dirigiéndose a los gobernantes de los EE.UU. en términos de infinita “cordialidad”, estuvo condicionado desde esos primeros días por la mano no tan invisible de las grandes compañías norteamericanas. Y no solo las relacionadas con la telefonía y la electrónica; pronto se sumaron al banquete las networks y las transnacionales de los cosméticos.    

Aquí uno de los ejemplos más célebres, si no el que más, lo constituye sin dudas CMQ, especialmente en su etapa de mayor fastuosidad, como Circuito (monopolio), bajo la astronómica dirección de Goar Mestre.  

Sin embargo, todos no pensaban, como él, que la radio era “persuasión que habla al oído, entretenimiento y propaganda a la vez”. Su contrapartida ética, profesional y artística era Mil Diez, la bien llamada “Emisora del pueblo”.

Ambos casos, CMQ como la máxima expresión de la mercantilización de la radio, y Mil Diez como la demostración de las verdaderas potencialidades democráticas y culturales del medio, remiten al prólogo de El Hombre Unidimensional, de Herbert Marcuse. El sistema no perdona, están creadas todas las condiciones para el sometimiento de la gente, quienes además participan inconsciente y hasta felizmente. No obstante, ese mismo sistema hace aguas, ha llegado a un nivel crítico de desgaste, por lo cual la gran burbuja, en cualquier momento, puede, simplemente, romperse. No hay escapatoria, pero y sobre todo se mueve.

Se vale todo

Probablemente sus fundadores no imaginaron, ni siquiera se atrevieron a soñar, que aquella modesta 2OH de la calle 25, inaugurada el 18 de julio de 1928, sería la semilla del emporio radial más grande del país. Aún bajo la propiedad de José Fernández Suviaur, la estación se convierte en CMCB.

El 12 de marzo de 1933 transmite por primera vez bajo la dirección de los nuevos socios y propietarios Miguel Gabriel y Ángel Cambó, quienes la ampliaron y aumentaron su tecnología. Cambó poseía una pequeña tienda de medias de vestir llamada La Casa de las Medias.  Durante los años 30, luego de aumentar su potencia, y como sugerencia de Miguel Gabriel, la emisora saldrá al aire con el nombre de CMQ de La Casa de las Medias. Desde estos momentos de fundación estará ligada a intereses comerciales.

Entre 1933 y 1934 aparecen los primeros noticieros: "La Hora Auténtica" y "La Palabra", dirigida por Gaspar Pumarejo. Luego la "Hora Informativa" del periódico El País se dedica a leer diariamente la edición matutina.

El éxito que logró el “diario hablado”, posibilitó el surgimiento en marzo de 1934 del Noticiero CMQ, el cual ahora contaba, como otros noticieros radiales, con su equipo propio de redactores y reporteros, servicio de agencia, así como los locutores devenidos estelares Manolo Serrano y Miguel Buendía.

Eran tiempos de la dictadura machadista y su posterior derrocamiento, de la represión y la incertidumbre nacional. No es de extrañar entonces que la estructura o la proyección “democrática” de la emisora, al radiar todo tipo de quejas que llegaran a sus instalaciones por escrito y firmadas, se convirtiera en tribuna contra los abusos laborales, en sintonía con movimientos obreros y tendencias revolucionarias. “La caída de Machado en agosto de 1933 favorece al emplazamiento y la CMQ queda aureolada como la emisora revolucionaria, la más popular entre los oyentes.”1

Incluso se dio el caso del asalto nocturno de soldados de Batista, quienes rompieron equipos a golpe de culata, debido a las críticas al General. Este hecho aumentó la identificación del pueblo con la CMQ, y no tuvo mayor trascendencia toda vez que los equipos fueron reparados.

“La indiscutible audiencia del noticiario, conjuntamente con su equipo de periodistas, locutores, la presentación de artistas de cine y el cuadro de comedias Radio Teatro Ideas Pazos, la convierten por esta etapa en la emisora más oída de Cuba.”2

En su libro La radio en Cuba, Oscar Luis López establece una periodización del desarrollo de la CMQ, y en esta primera etapa, de 1933 a 1937, los mencionados programas ("Noticiero" y "Radio Teatro") catapultan el resto de la programación, hasta que la estación se traslada a Monte y Prado, ya con mayor potencia.

Al instalarse en sus nuevos estudios queda inaugurada la “tradición jabonera” que caracterizará a la CMQ, manifiesta desde su temprana alianza con la Cadena Crusellas. Esta es una de las firmas cubanas de productos de aseo y tocador, a su vez filial de la estadounidense Colgate-Palmolive. Ahora la emisora “correspondía” al amplio apoyo financiero y artístico, cuando se presenta como “CMQ, del Jabón Candado, transmitiendo desde los Estudios RCA-Victor”3.

Según explica Raúl Garcés en su libro Los dueños del aire, la publicidad y la radio mantuvieron una deuda recíproca, pues cuando los productores radiales norteamericanos vieron en peligro su presupuesto, y en consecuencia la calidad artística y técnica de los programas, aparecieron los patrocinadores y los salvaron del fracaso. En cambio, esta unión muchas veces produjo que se impusieran modelos comerciales, divorciados de toda empresa cultural radiofónica; pero no hubo otra manera de evitar que el medio naufragara.

En el caso cubano, la publicidad se convirtió en objeto y sujeto de las transmisiones radiales; pero, en vistas de que este tópico resulta central, y de que además alcanzó sus más álgidas expresiones en la segunda mitad de los 40, conviene ahora seguir la pista cronológica de otros hechos que marcaron el ascenso de la CMQ.

En diciembre de 1937 aparece un programa que, a juicio de Oscar Luis López, marca una “nueva era en la radio”. Se trata de La Corte Suprema del Arte, el primer cambio notable en la que el autor califica como “Etapa comercializada”.

En ese momento la radio era mayoritariamente “hablada”. Cuando Gabriel y Cambó quisieron imprimirle mayor variedad al espectáculo, se encontraron con que los pocos artistas líricos disponibles cobraban demasiado por su actuación, con respecto a los recursos con que ellos contaban. Entonces surgió la idea de convertir, espectacularmente, en “estrellas de radio” a todos aquellos aficionados con determinadas condiciones. 

El público decidía mediante aplausos quién era el triunfador, y a los que no clasificaban se les tocaba una campana. Los premios motivaron la concurrencia de muchos aspirantes, lo cual constituyó, junto al estilo del conductor José Antonio Alonso, un importante factor de éxito. 

Una nueva hornada de muchachos y muchachas, convertidos masiva y repentinamente en “estrellas” sustituyó a las tradicionales figuras líricas. De allí surgieron Rosita Fornés, Raquel Revuelta, Elena Burke, entre otras.

CMQ marcó otra pauta en relación con los programas de perfil campesino. Durante la que López llama “época de oro” de la controversia, sobresalían figuras conocidas, como Jesús Orta Ruiz (El Indio Naborí), y Justo Vega. Es aquí, con el traspaso de La Calandria y Clavelito de CMH Cadena Azul de Santa Clara a la CMQ, que se pueden establecer los orígenes de la famosa pugna-competencia entre Amado Trinidad y la CMQ.

El Suceso del Día, más conocido como La Guantanamera llegó a ocupar cuatro frecuencias diarias, con la dramatización de sucesos de crónica roja, publicados en la prensa u obtenidos de los juzgados. El aval que le otorgaba la décima, le aportaba elementos de cultura popular, de manera que los celos y la violencia se sugerían como parte de nuestra identidad. 

Entre 1941 y 1942 la popularidad de CMQ decrece ante el empuje de RHC Cadena Azul. Por esta fecha Oscar Luis López ubica el comienzo de la llamada “guerra del aire”. A pesar de que esos acontecimientos tuvieron mucho de componente personal, de voluntariedad y hasta capricho, algunos elementos indican que las características del medio radial entiéndase también propagandístico sirvieron de excelente caldo de cultivo.

Ambas emisoras contaban con gran cantidad de personal, una amplia barra de programas y 18 horas de transmisión, desde las seis de la mañana hasta las 12 de la noche.

Cuando se funda una Federación de Radioemisores, estructurada en dos escaños de acuerdo con las proporciones de las transmisoras, los pequeños propietarios buscan ubicarse en la zona de influencia de una u otra, previendo la eventual necesidad de respaldo financiero, político o técnico. Así se perfilan las posiciones, inevitablemente contrapuestas por las leyes del mercado, de los dos magnates de la radio: Amado Trinidad de RHC Cadena Azul, y Miguel Gabriel de CMQ.

“Cuando la competencia entre ambos llegaba a un grado de fervor personal, de cuestión de amor propio, entró en el juego un nombre hasta entonces desvinculado del sector radial: Goar Mestre.”4

¿Quién es este hombre? Graduado de la Universidad de Yale en Business Administration, regresa a Cuba como representante de la Bestov Products (fabricante del chocolate Kresto), y funda la agencia de publicidad Mestre y Cía.

Sin duda había aprendido bastante: primero se acercó a la RHC y reforzó su programación. Cuando Gabriel estuvo debilitado y sin salida, compró la CMQ, para convertirla en su imperio y de paso acabar con su antiguo aliado. El enfrentamiento, prolongado despliegue de artimañas e intrigas, colocó a ambos contrincantes en el mismo (bajo) nivel ético.

El despojo desleal de los artistas más famosos, ofreciéndoles mejores sueldos, y la implementación de concursos, rifas y “sorpresas”, con dispendiosos regalos (bicicletas, carros, dinero, refrigeradores, planchas eléctricas… hasta casas) fueron parte de la gran puesta en escena del conflicto, que incluyó los “dimes y diretes” publicados en periódicos y revistas.

Mestre propina un golpe maestro a su rival cuando inaugura en 1948 el edificio Radiocentro, portento tecnológico y arquitectónico que costó tres millones de pesos y dos años de construcción, con condiciones superiores, incluso, que emisoras norteamericanas. A partir de marzo de ese año ya se habla de “Circuito CMQ”.

“El novelón radial aporta a la guerra del aire su munición fundamental y sirve de campo de batalla para sus lances definitivos. El Circuito CMQ considera que la RHC Cadena Azul ya ha gastado sus recursos y se lanza al contraataque. La avanzada comienza con la radionovela por antonomasia El derecho de nacer, en 1948.”5

Trinidad no solo había perdido la novela, el más rotundo éxito de la radio cubana, a juicio de Reynaldo González, sino también a su guionista. Félix B. Caignet pasó de asalariado de la RHC, a ser el escritor mimado de la CMQ. 

Para colmo, en el propio año 1948 Goar Mestre es nombrado presidente de la Asociación Interamericana de Radiodifusores, que afiliaba a más de 3000 emisoras del continente. Por su conducto eran conocidas sus cercanas relaciones con la NBC EE.UU. logró ingresar al grupo, y pronto se hizo con el control gracias al mecanismo de la mayoría numérica.

Por su parte, “el Guajiro” Trinidad, apasionado y no muy culto, poco logró con sus arremetidas, cada vez más arriesgadas dado el estado de desorganización en que se encontraba la RHC. Mestre opuso su ecuanimidad, la eficiencia y las cifras. “…Goar Mestre era el monopolio organizado, tecnificado, importado del país de los trust, del seno de los monopolios, del vientre del imperialismo.”6 Pronto la RHC Cadena Azul quedó fuera de juego.

Todos estos sucesos constituyen el escenario donde, como habíamos mencionado, se proyecta infinitamente el gran negocio de la publicidad. “Se establece una mutua dependencia entre el medio difusor y la producción: la eficacia del primero determina el alcance del segundo, así como las ganancias empresariales suponen mayores inversiones en la promoción radiofónica.”7

Los estudios realizados por las empresas productoras arrojan que son los pobres o las personas de entradas medias, quienes más compran y hacia ellos va dirigida la publicidad. Los más bajos niveles de comprensión fueron considerados como los valores estándar.

Los mensajes (spots, jingles, o menciones) se colocaban a manera de puente entre los programas. A su vez, los programas estaban divididos en bloques y cada uno constituía un coto cerrado, los cuales se compraban por los anunciantes por concepto de horas de transmisión. También podía ocurrir que los locutores y actores sencillamente mencionaran los productos como parte del libreto.

“Los programas obedecían a los propósitos de ventas y a razones comerciales, por encima de las razones estéticas y culturales que habían predominado en los primeros pasos de la radiodifusión.”8

Hubo intentos por elaborar campañas y anuncios más ricos y creativos, incorporando el trabajo de cantantes y artistas de renombre. “La gente los acepta, entona su música y tararea los textos más pegajosos”9. En efecto, las ventas aumentaban.

Sin embargo, Reynaldo González reseña una “fiebre de los jingles”, que ya “venden por fatiga”. La gente baja el volumen cada vez que puede durante los “puentes” entre programas. El mismo autor explica que incluso estas reacciones parecen resultar funcionales, pues ocurren de acuerdo con el “principio de irritabilidad”: no importa que hablen para bien o para mal, lo que importa es que hablen. 

Otra modalidad era el patrocinio directo de programas. Garcés comenta que la Cadena Crusellas patrocinaba la mayoría de las radionovelas de la CMQ, y se autoproclamaba como su principal anunciante, llegando a abonar $150 000 anuales solo por concepto de compra de tiempo. Este es el caso, por ejemplo, de la novela Palmolive.

Crusellas alcanzó tal grado de independencia y de contradicción con respecto a CMQ, que llegó a tener sus propios talentos y estudios de grabación. No era lo mismo, en el caso de los artistas, pertenecer a  CMQ que pertenecer a Crusellas; se consideraba “un estado dentro de otro estado”.

Merece justa mención el espacio La Universidad del aire, donde temas de interés nacional eran abordados de manera crítica y profunda, sin concesiones ni didactismos. Allí impartieron conferencias eminentes figuras de la intelectualidad cubana como Fernando Ortiz, Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Roa y Jorge Mañach. Otro tanto debe ser para el informativo La hora de Chibás, que llegó a batir récords de audiencia.

Y sin embargo se escucha

Durante una reunión del Partido Unión Revolucionaria Comunista (para todos Partido Comunista, luego Partido Socialista Popular), Blas Roca había anunciado como perspectivas del movimiento, la necesidad de colocar a muchos de sus miembros en cargos públicos a todo los niveles (funcionario, concejal, alcalde, etc.). Con las retribuciones de cada uno, el partido contaría tentativamente con un capital que le permitiera tener una imprenta y una emisora propia. Este parece el antecedente inmediato de la creación de Mil Diez.

El partido había comprendido la importancia de los medios de difusión, de su alcance e impacto social. Ya tenía la experiencia y la certeza de que debía apostar todas sus esperanzas y esfuerzos a sí mismo, que todas sus posibilidades dependían de su propia capacidad. Si bien contaban con su periódico Noticias de Hoy, la radio constituía un campo inexplorado.

En febrero de 1943 se anunció la gigantesca meta de alcanzar, por colecta popular, la suma de 75 mil pesos, monto necesario para comprar la planta de los hermanos Lavín. En 30 días, a partir del 23 de febrero casi se había alcanzado el total de lo propuesto.

Que la gente donara 75 mil pesos en 30 días, en momentos de escasez de trabajo y altos precios, para adquirir algo que no les daría casa, comida, ni salud, representó, tal como afirma Oscar Luis López “una proeza política histórica del proletariado cubano”.

Existió un proyecto de nombre: Radio Popular Onda Colectiva Hoy, que luego se convirtió definitivamente en Radio Mil Diez, “La emisora del pueblo”, que permitiría ubicarla en el dial y definir su misión. El 10 de marzo se realizó el acto oficial de compra y el primero de abril de 1943 salió al aire por primera vez.

Oscar Luis López explica en un testimonio emocionado que la emisora tuvo desde el comienzo (18 horas de transmisión desde el primer día) una persistencia marcada en cuanto a la formación de cuadros técnicos. Se caracterizó por su vocación de servicio al pueblo y a la cultura, y el enfrentamiento a su mercantilización. “…Fue en su tiempo la expresión radiofónica de la independencia y la soberanía nacional (…) del antifascismo, del socialismo, del comunismo.”10

Constituyó la restructuración revolucionaria de la organización radial, transformó el tono y el estilo de la producción, así como las posibilidades de uso de la tecnología del medio.

Su postura partidista, ética y de defensa de la cultura se demuestra con hechos. Es la única estación cubana que plantea y discute los problemas de la posguerra. Busca educar distrayendo y le otorga preeminencia a los espacios de noticias.

Para redondear su proyección nacionalista, es seleccionado como tema identificador de la emisora nada más y nada menos que "La Bayamesa". “En el fárrago de música extranjera que impregnaba el ambiente musical cubano, en 1943, escoger esa música como tema de una emisora cubana era algo insurgente y comprometedor.”11 

“Si lo dice Mil Diez…” era la frase que pronto comenzó a escucharse y que daba fe de la veracidad y el prestigio que alcanzó el Noticiero. Los miembros del partido y el movimiento sindical hacían las veces de reporteros, para 12 ediciones regulares diarias que podían ser de dos, cinco, 15, y en el caso de los compendios informativos tal cual, hasta 30 minutos.

Aunque los anunciantes eran pocos nadie quería “meterse en política”, y menos con los comunistas, aquellos que alquilaran para su propaganda un espacio en Mil Diez, lo hacía a sabiendas de que todo el tiempo al aire podía ser usado para lanzar “noticias de última hora”. Incluso Gravi y Partagás, dos de los más importantes, tuvieron interrupciones en sus espacios.

Desde esta tribuna “La emisora del pueblo” luchó contra desahucios, despidos, discriminaciones y atropellos, y nunca hubo entrada para la crónica roja. En su frecuencia se escucharon las voces de Jesús Menéndez, Lázaro Peña y Aracelio Iglesias.

La música en Mil Diez era de lo que más vale y brilla. Una constelación de nombres la llenaba de mérito, desde Adolfo Guzmán como su Director Musical, hasta figuras de altos quilates que por allí transitaron: Bebo Valdés, Elena Burke, Celia Cruz, Pacho Alonso, César Portillo de la Luz, Beny Moré, Chano Pozo, y otros muchos entre cantantes, agrupaciones y arreglistas que formaron parte de su personal.

En todas sus formas y estilos, la música cubana fue protagonista, con espacio para sus más ponderados autores: Ignacio Cervantes, Manuel Saumell, Esteban Salas… La orquesta de la emisora comprendía también en su registro piezas argentinas, españolas, mexicanas y estadounidenses. “Música de todo el mundo, grabada y en vivo, se entrecruzaba allí, folclórica, “culta”, popular, tango, jazz, lied, jazz band, charangas…”12

Como “biblioteca y laboratorio” califica Oscar Luis López a la sección de música de Mil Diez, por su dedicación y seriedad en las investigaciones musicales. Producto de la popularidad y el respeto que alcanzó mediante su Canal Libre Internacional, al año de creada ya era un suceso en América.

La condición de “todos estrellas” de "La emisora del pueblo" se manifestaba también en los dramatizados. Prestigiaban su elenco de escritores y actores Félix Pita Rodríguez, Mirta Aguirre, Onelio Jorge Cardoso, Raquel Revuelta, Violeta Casals, el propio Oscar Luis López, Ángel Toraño, y otros menos recordados hoy.

Los programas solían tener un corte histórico y pedagógico, evitando fáciles didactismos y aprovechando lo mejor de las radionovelas. Algunos ejemplos son las representaciones de episodios de la lucha contra el fascismo, el espacio de biografías Desfile de titanes y una adaptación de Sandokan.

El staff de actores y actrices se propuso presentarse en sindicatos, teatros, fábricas, actos políticos. Para los que carecían de experiencia en escenarios se creó el Club Los Amigüitos (sí, con diéresis), donde recibían entrenamiento de esgrima, gimnasia, mímica, etc.

En mayo de 1948 decenas de policías irrumpen en la sede de Mil Diez en Reina no. 314, y la clausuran sin otra explicación que supuestos desperfectos técnicos. La Asociación de Radiodifusores se hizo de la vista gorda y "La emisora del pueblo" quedó reducida al silencio. La repuesta a esa violación no se hizo sentir con toda la fuerza que merecía, más allá de los órganos y el ámbito partidistas, probablemente por temor a la represión.

No obstante, su trascendencia perdura, llega, crece. Fue una emisora sin capital, literalmente del pueblo, porque fue este quien la compró mediante bonos y colaboraciones. Innovó desde la nada, sin hacer negocio y en representación de una ideología opuesta a la oficial. Tal vez su máximo legado haya sido la concepción de la radio como bien social, y la negación rotunda de la vieja máxima burguesa de que, según dice Eduardo Galeano, “si el pueblo come mierda, es porque le gusta”.

Muchos de los entrevistados de Raúl Garcés en su libro Los dueños del aire, protagonistas del ámbito radiofónico de la época, afirman que quienes allí laboraban lo hacían casi “por amor al arte”, porque la Mil Diez no podía pagar altos salarios. Enrique Núñez Rodríguez comentaba que los artistas, locutores e intelectuales llegaban a la planta en busca de un espacio creativo, distinto. Héctor de Soto da fe del prestigio y la calidad de su programación, y afirma que sentó cátedra por su proyección cultural.

Elvira Cervera acota que sería incorrecto considerar que tenía una audiencia de masas, porque la gente temía a las represalias relacionadas con las posturas abiertamente comunistas. Sin embargo, otros testimonios indican que alcanzó una popularidad y un respeto enormes, a pesar de su corto tiempo al aire y de que nunca llegó a tener cobertura nacional. 

Al cierre

Un primer vistazo al panorama radial de la república neocolonial, podría resumirse así: “Cuba, seguidora fiel de las enseñanzas provenientes del Norte, llegó a la década del 40 con un sistema radial que había importado prácticamente desde sus inicios —y a veces sin la mera adaptación al contexto criollo— los estilos prevalecientes en las más importantes emisoras norteamericanas. El diseño de la programación de nuestras principales plantas constituía una prueba —otra más— del grado de penetración alcanzado por el modelo de sociedad yanqui en la Isla, y demostraba, por otro lado, las potencialidades de la radio como institución legitimadora de la dominación extranjera sobre nuestro país.”13

No obstante, si coincidimos otra vez con Garcés, es preciso analizar este, nuestro modelo de radio comercial “sin maniqueísmos ni visiones extremas”. Como dice en el propio libro Leovigildo Díaz de la Nuez, la radio no estaba incumpliendo ningún “mandamiento”, sino simplemente carecía de otros propósitos más allá.

Aunque hemos escogido dos casos ubicados en polos radicalmente opuestos, parece llegado el momento de encontrar matices y de cuestionar ciertas “verdades”. Si bien CMQ y RHC Cadena Azul en segundo puesto, fueron los ejemplos cimeros de la mercantilización de la radio, existen elementos que demuestran que estos “malos”, a diferencia de los personajes de novela, no eran tan malos.

Así por ejemplo, la emisora de Trinidad transmitía Por la cultura popular, programa de divulgación de los avances de la ciencia y la técnica. CMQ no se quedaba detrás con La humanidad en marcha, dramatizaciones de grandes sucesos de la historia universal. Eso, además de los ya mencionados La hora de Chibás y La Universidad del aire

Tampoco debe verse a la publicidad como la raíz de todos los males, la Caja de Pandora de la radio durante la neocolonia. Es sabido que aquellos primeros spots, evidentes, pobres, ridículos, contribuyeron, aunque de modo indirecto, al trabajo de realización radiofónica, al oficio; cuando menos, a señalar lo que no se debe hacer. El caso de la Mil Diez es ilustrativo y aleccionador: se puede hacer buena radio y (buena) publicidad al mismo tiempo. 

Convendría entonces enrumbar futuras investigaciones hacia cuestiones específicas, circunscribirlas a personalidades, procesos, instituciones… La CMQ merece seduce, ofrece un buen libro, y la Mil Diez otro.

 

Bibliografía:

-Garcés, Raúl. Los dueños del aire. Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2005.

-González, Reynaldo. Llorar es un placer. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002.

-López, Oscar Luis. La radio en Cuba. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005.

-Salas, Daniel. Las mil (y diez) maravillas. Una conversación con Félix Contreras. En: La Gaceta de Cuba. Mayo-Junio 2008.

 

Notas:

1- Reynaldo González. Llorar es un placer, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002, p.94.

2- Oscar Luis López. La radio en Cuba, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005, p.134.

3- Ibídem, p.248

4- Ib., p.162.

5- Reynaldo González. Llorar es un placer, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002, p.152.

6- Oscar Luis López. La radio en Cuba, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005, p.172.

7- Reynaldo González. Llorar es un placer, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002, p.101.

8- Oscar Luis López. La radio en Cuba, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005, p.158.

9- Raúl Garcés. Los dueños del aire, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2005, p.53.

10- Oscar Luis López. La radio en Cuba, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005, p.292.

11- Ib. p.308

12- Daniel Salas. Las mil (y diez) maravillas. Una conversación con Félix Contreras. En: La Gaceta de Cuba. Mayo-Junio 2008, p.41.

13- Raúl Garcés. Los dueños del aire, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2005, p.8.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.