|
“Hambre, miseria y
explotación”. Este es
una especie de lema
popular que a menudo se
utiliza para referirse a
todas las calamidades
archiconocidas, a las
tragedias y problemas
que se repiten una y
otra vez en el cuento de
algún vecino parlanchín,
en el noticiero, en un
discurso cualquiera. En
no pocas ocasiones, la
Historia de Cuba
—sobre
todo de la república
neocolonial—
que nos enseñan desde la
primaria se adapta a
este molde: todo es gris
y terrible, todo es
“hambre, miseria y
explotación”.
Sorprende entonces que
en la neocolonia, con
sus proverbiales
chapucerías, embustes y
traiciones en materia de
política, economía,
proyección cultural,
etc., haya existido una
maquinaria como la radio
de los años 30 y 40, tan
perfectamente
desarrollada y funcional
—a los grandes intereses
del capital, por
supuesto—
y, por si
fuera poco, con una
impronta sin precedentes
en la vida diaria de la
mayoría de los hombres y
mujeres de este país.
Lo que empezó como el
juguete nuevo de algunos
radioaficionados, y tuvo
un patético debut
oficial en 1922, con el
presidente Alfredo Zayas
dirigiéndose a los
gobernantes de los
EE.UU. en
términos de infinita
“cordialidad”, estuvo
condicionado desde esos
primeros días por la
mano no tan invisible de
las grandes compañías
norteamericanas. Y no
solo las relacionadas
con la telefonía y la
electrónica; pronto se
sumaron al banquete las
networks y las
transnacionales de los
cosméticos.
Aquí uno de los ejemplos
más célebres, si no el
que más, lo constituye
sin dudas CMQ,
especialmente en su
etapa de mayor
fastuosidad, como
Circuito (monopolio),
bajo la astronómica
dirección de Goar Mestre.
Sin embargo, todos no
pensaban, como él, que
la radio era “persuasión
que habla al oído,
entretenimiento y
propaganda a la vez”. Su
contrapartida ética,
profesional y artística
era Mil Diez, la bien
llamada “Emisora del
pueblo”.
Ambos casos, CMQ como la
máxima expresión de la
mercantilización de la
radio, y Mil Diez como
la demostración de las
verdaderas
potencialidades
democráticas y
culturales del medio,
remiten al prólogo de
El Hombre Unidimensional,
de Herbert Marcuse. El
sistema no perdona,
están creadas todas las
condiciones para el
sometimiento de la
gente, quienes además
participan inconsciente y
hasta felizmente. No
obstante, ese mismo
sistema hace aguas, ha
llegado a un nivel
crítico de desgaste, por
lo cual la gran burbuja,
en cualquier momento,
puede, simplemente,
romperse. No hay
escapatoria, pero
—y
sobre todo—
se mueve.
Se vale todo
Probablemente sus
fundadores no
imaginaron, ni siquiera
se atrevieron a soñar,
que aquella modesta 2OH
de la calle 25,
inaugurada el 18 de
julio de 1928, sería la
semilla del emporio
radial más grande del
país. Aún bajo la
propiedad de José
Fernández Suviaur, la
estación se convierte en
CMCB.
El 12 de marzo de 1933
transmite por primera
vez bajo la dirección de
los nuevos socios y
propietarios Miguel
Gabriel
y
Ángel Cambó, quienes la
ampliaron y aumentaron
su tecnología. Cambó
poseía una pequeña
tienda de medias de
vestir llamada La Casa
de las Medias. Durante
los años 30, luego de
aumentar su potencia, y
como sugerencia de
Miguel Gabriel, la
emisora saldrá al aire
con el nombre de CMQ de
La Casa de las Medias.
Desde estos momentos de
fundación estará ligada
a intereses comerciales.
Entre 1933 y 1934
aparecen los primeros
noticieros: "La Hora
Auténtica" y "La Palabra",
dirigida por Gaspar
Pumarejo. Luego la "Hora
Informativa" del
periódico El País
se dedica a leer
diariamente la edición
matutina.
El éxito que logró el
“diario hablado”,
posibilitó el
surgimiento en marzo de
1934 del Noticiero CMQ,
el cual ahora contaba,
como otros noticieros
radiales, con su equipo
propio de redactores y
reporteros, servicio de
agencia, así como los
locutores devenidos
estelares Manolo Serrano
y Miguel Buendía.
Eran tiempos de la
dictadura machadista y
su posterior
derrocamiento, de la
represión y la
incertidumbre nacional.
No es de extrañar
entonces que la
estructura o la
proyección “democrática”
de la emisora, al radiar
todo tipo de quejas que
llegaran a sus
instalaciones por
escrito y firmadas, se
convirtiera en tribuna
contra los abusos
laborales, en sintonía
con movimientos obreros
y tendencias
revolucionarias. “La
caída de Machado en
agosto de 1933 favorece
al emplazamiento y la
CMQ queda aureolada como
la emisora
revolucionaria, la más
popular entre los
oyentes.”1
Incluso se dio el caso
del asalto nocturno de
soldados de Batista,
quienes rompieron
equipos a golpe de
culata, debido a las
críticas al General.
Este hecho aumentó la
identificación del
pueblo con la CMQ, y no
tuvo mayor trascendencia
toda vez que los equipos
fueron reparados.
“La indiscutible
audiencia del
noticiario,
conjuntamente con su
equipo de periodistas,
locutores, la
presentación de artistas
de cine y el cuadro de
comedias Radio Teatro
Ideas Pazos, la
convierten por esta
etapa en la emisora más
oída de Cuba.”2
En su libro La radio
en Cuba, Oscar Luis
López establece una
periodización del
desarrollo de la CMQ, y
en esta primera etapa,
de 1933 a 1937, los
mencionados programas
("Noticiero" y "Radio
Teatro") catapultan el
resto de la
programación, hasta que
la estación se traslada
a Monte y Prado, ya con
mayor potencia.
Al instalarse en sus
nuevos estudios queda
inaugurada la “tradición
jabonera” que
caracterizará a la CMQ,
manifiesta desde su
temprana alianza con la
Cadena Crusellas. Esta
es una de las firmas
cubanas de productos de
aseo y tocador, a su vez
filial de la
estadounidense Colgate-Palmolive.
Ahora la emisora
“correspondía” al amplio
apoyo financiero y
artístico, cuando se
presenta como “CMQ, del
Jabón Candado,
transmitiendo desde los
Estudios RCA-Victor”3.
Según explica Raúl
Garcés en su libro
Los dueños del aire,
la publicidad y la radio
mantuvieron una deuda
recíproca, pues cuando
los productores radiales
norteamericanos vieron
en peligro su
presupuesto, y en
consecuencia la calidad
artística y técnica de
los programas,
aparecieron los
patrocinadores y los
salvaron del fracaso. En
cambio, esta unión
muchas veces produjo que
se impusieran modelos
comerciales, divorciados
de toda empresa cultural
radiofónica; pero no
hubo otra manera de
evitar que el medio
naufragara.
En el caso cubano, la
publicidad se convirtió
en objeto y sujeto de
las transmisiones
radiales; pero, en
vistas de que este
tópico resulta central,
y de que además alcanzó
sus más álgidas
expresiones en la
segunda mitad de los 40,
conviene ahora seguir la
pista cronológica de
otros hechos que
marcaron el ascenso de
la CMQ.
En diciembre de 1937
aparece un programa que,
a juicio de Oscar Luis
López, marca una “nueva
era en la radio”. Se
trata de La Corte
Suprema del Arte, el
primer cambio notable en
la que el autor califica
como “Etapa
comercializada”.
En ese momento la radio
era mayoritariamente
“hablada”. Cuando
Gabriel y Cambó
quisieron imprimirle
mayor variedad al
espectáculo, se
encontraron con que los
pocos artistas líricos
disponibles cobraban
demasiado por su
actuación, con respecto
a los recursos con que
ellos contaban. Entonces
surgió la idea de
convertir,
espectacularmente, en
“estrellas de radio” a
todos aquellos
aficionados con
determinadas
condiciones.
El público decidía
mediante aplausos quién
era el triunfador, y a
los que no clasificaban
se les tocaba una
campana. Los premios
motivaron la
concurrencia de muchos
aspirantes, lo cual
constituyó, junto al
estilo del conductor
José Antonio Alonso, un
importante factor de
éxito.
Una nueva hornada de
muchachos y muchachas,
convertidos masiva y
repentinamente en
“estrellas” sustituyó a
las tradicionales
figuras líricas. De allí
surgieron Rosita Fornés,
Raquel Revuelta, Elena
Burke, entre otras.
CMQ marcó otra pauta en
relación con los
programas de perfil
campesino. Durante la
que López llama “época
de oro” de la
controversia,
sobresalían figuras
conocidas, como Jesús
Orta Ruiz (El Indio
Naborí), y Justo
Vega. Es aquí, con el
traspaso de La
Calandria y
Clavelito de CMH
Cadena Azul de Santa
Clara a la CMQ, que se
pueden establecer los
orígenes de la famosa
pugna-competencia entre
Amado Trinidad y la CMQ.
El Suceso del Día,
más conocido como La
Guantanamera llegó a
ocupar cuatro
frecuencias diarias, con
la dramatización de
sucesos de crónica roja,
publicados en la prensa
u obtenidos de los
juzgados. El aval que le
otorgaba la décima, le
aportaba elementos de
cultura popular, de
manera que los celos y
la violencia se sugerían
como parte de nuestra
identidad.
Entre 1941 y 1942
la popularidad de CMQ
decrece ante el empuje
de RHC Cadena Azul. Por
esta fecha Oscar Luis
López ubica el comienzo
de la llamada “guerra
del aire”. A pesar de
que esos acontecimientos
tuvieron mucho de
componente personal, de
voluntariedad y hasta
capricho, algunos
elementos indican que
las características del
medio radial
—entiéndase
también propagandístico—
sirvieron de excelente
caldo de cultivo.
Ambas emisoras contaban
con gran cantidad de
personal, una amplia
barra de programas y 18
horas de transmisión,
desde las seis de la
mañana hasta las 12 de
la noche.
Cuando se funda una
Federación de
Radioemisores,
estructurada en dos
escaños de acuerdo con
las proporciones de las
transmisoras, los
pequeños propietarios
buscan ubicarse en la
zona de influencia de
una u otra, previendo la
eventual necesidad de
respaldo financiero,
político o técnico. Así
se perfilan las
posiciones,
inevitablemente
contrapuestas por las
leyes del mercado, de
los dos magnates de la
radio: Amado Trinidad de
RHC Cadena Azul, y
Miguel Gabriel de CMQ.
“Cuando la competencia
entre ambos llegaba a un
grado de fervor
personal, de cuestión de
amor propio, entró en el
juego un nombre hasta
entonces desvinculado
del sector radial: Goar
Mestre.”4
¿Quién es este hombre?
Graduado de la
Universidad de Yale en
Business Administration,
regresa a Cuba como
representante de la
Bestov Products
(fabricante del
chocolate Kresto), y
funda la agencia de
publicidad Mestre y Cía.
Sin duda había aprendido
bastante: primero se
acercó a la RHC y
reforzó su programación.
Cuando Gabriel estuvo
debilitado y sin salida,
compró la CMQ, para
convertirla en su
imperio y de paso acabar
con su antiguo aliado.
El enfrentamiento,
prolongado despliegue de
artimañas e intrigas,
colocó a ambos
contrincantes en el
mismo (bajo) nivel
ético.
El despojo desleal de
los artistas más
famosos, ofreciéndoles
mejores sueldos, y la
implementación de
concursos, rifas y
“sorpresas”, con
dispendiosos regalos
(bicicletas, carros,
dinero, refrigeradores,
planchas eléctricas…
hasta casas) fueron
parte de la gran puesta
en escena del conflicto,
que incluyó los “dimes y
diretes” publicados en
periódicos y revistas.
Mestre propina un golpe
maestro a su rival
cuando inaugura en 1948
el edificio Radiocentro,
portento tecnológico y
arquitectónico que costó
tres millones de pesos y
dos años de
construcción, con
condiciones superiores,
incluso, que emisoras
norteamericanas. A
partir de marzo de ese
año ya se habla de
“Circuito CMQ”.
“El novelón radial
aporta a la guerra del
aire su munición
fundamental y sirve de
campo de batalla para
sus lances definitivos.
El Circuito CMQ
considera que la RHC
Cadena Azul ya ha
gastado sus recursos y
se lanza al
contraataque. La
avanzada comienza con la
radionovela por
antonomasia El
derecho de nacer, en
1948.”5
Trinidad no solo había
perdido la novela, el
más rotundo éxito de la
radio cubana, a juicio
de Reynaldo González,
sino también a su
guionista. Félix B.
Caignet pasó de
asalariado de la RHC, a
ser el escritor mimado
de la CMQ.
Para colmo, en el propio
año 1948 Goar Mestre es
nombrado presidente de
la Asociación
Interamericana de
Radiodifusores, que
afiliaba a más de 3000
emisoras del continente.
Por su conducto
—eran
conocidas sus cercanas
relaciones con la NBC—
EE.UU. logró ingresar al
grupo, y pronto se hizo
con el control gracias
al mecanismo de la
mayoría numérica.
Por su parte, “el
Guajiro” Trinidad,
apasionado y no muy
culto, poco logró con
sus arremetidas, cada
vez más arriesgadas dado
el estado de
desorganización en que
se encontraba la RHC.
Mestre opuso su
ecuanimidad, la
eficiencia y las cifras.
“…Goar Mestre era el
monopolio organizado,
tecnificado, importado
del país de los trust,
del seno de los
monopolios, del vientre
del imperialismo.”6
Pronto la RHC Cadena
Azul quedó fuera de
juego.
Todos estos sucesos
constituyen el escenario
donde, como habíamos
mencionado, se proyecta
infinitamente el gran
negocio de la
publicidad. “Se
establece una mutua
dependencia entre el
medio difusor y la
producción: la eficacia
del primero determina el
alcance del segundo, así
como las ganancias
empresariales suponen
mayores inversiones en
la promoción
radiofónica.”7
Los estudios realizados
por las empresas
productoras arrojan que
son los pobres o las
personas de entradas
medias, quienes más
compran y hacia ellos va
dirigida la publicidad.
Los más bajos niveles de
comprensión fueron
considerados como los
valores estándar.
Los mensajes (spots,
jingles, o
menciones) se
colocaban a manera de
puente entre los
programas. A su vez, los
programas estaban
divididos en bloques y
cada uno constituía un
coto cerrado, los cuales
se compraban por los
anunciantes por concepto
de horas de transmisión.
También podía ocurrir
que los locutores y
actores sencillamente
mencionaran los
productos como parte del
libreto.
“Los programas obedecían
a los propósitos de
ventas y a razones
comerciales, por encima
de las razones estéticas
y culturales que habían
predominado en los
primeros pasos de la
radiodifusión.”8
Hubo intentos por
elaborar campañas y
anuncios más ricos y
creativos, incorporando
el trabajo de cantantes
y artistas de renombre.
“La gente los acepta,
entona su música y
tararea los textos más
pegajosos”9.
En efecto, las ventas
aumentaban.
Sin embargo, Reynaldo
González reseña una
“fiebre de los
jingles”, que ya
“venden por fatiga”. La
gente baja el volumen
cada vez que puede
durante los “puentes”
entre programas. El
mismo autor explica que
incluso estas reacciones
parecen resultar
funcionales, pues
ocurren de acuerdo con
el “principio de
irritabilidad”: no
importa que hablen para
bien o para mal, lo que
importa es que hablen.
Otra modalidad era el
patrocinio directo de
programas. Garcés
comenta que la Cadena
Crusellas patrocinaba la
mayoría de las
radionovelas de la CMQ,
y se autoproclamaba como
su principal anunciante,
llegando a abonar $150
000 anuales solo por
concepto de compra de
tiempo. Este es el caso,
por ejemplo, de la
novela Palmolive.
Crusellas alcanzó tal
grado de independencia
—y de contradicción—
con
respecto a CMQ, que
llegó a tener sus
propios talentos y
estudios de grabación.
No era lo mismo, en el
caso de los artistas,
pertenecer a CMQ que
pertenecer a Crusellas;
se consideraba “un
estado dentro de otro
estado”.
Merece justa mención
el espacio La
Universidad del aire,
donde temas de interés
nacional eran abordados
de manera crítica y
profunda, sin
concesiones ni
didactismos. Allí
impartieron conferencias
eminentes figuras de la
intelectualidad cubana
como Fernando Ortiz,
Carlos Rafael Rodríguez,
Raúl Roa y Jorge Mañach.
Otro tanto debe ser para
el informativo La
hora de Chibás, que
llegó a batir récords de
audiencia.
Y sin embargo se escucha
Durante una reunión del
Partido Unión
Revolucionaria Comunista
(para todos Partido
Comunista, luego Partido
Socialista Popular),
Blas Roca había
anunciado como
perspectivas del
movimiento, la necesidad
de colocar a muchos de
sus miembros en cargos
públicos a todo los
niveles (funcionario,
concejal, alcalde,
etc.). Con las
retribuciones de cada
uno, el partido contaría
tentativamente con un
capital que le
permitiera tener una
imprenta y una emisora
propia. Este parece el
antecedente inmediato de
la creación de Mil Diez.
El partido había
comprendido la
importancia de los
medios de difusión, de
su alcance e impacto
social. Ya tenía la
experiencia y la certeza
de que debía apostar
todas sus esperanzas y
esfuerzos a sí mismo,
que todas sus
posibilidades dependían
de su propia capacidad.
Si bien contaban con su
periódico Noticias de
Hoy, la radio
constituía un campo
inexplorado.
En febrero de 1943 se
anunció la gigantesca
meta de alcanzar, por
colecta popular, la suma
de 75 mil pesos, monto
necesario para comprar
la planta de los
hermanos Lavín. En 30
días, a partir del 23 de
febrero casi se había
alcanzado el total de lo
propuesto.
Que la gente donara 75
mil pesos en 30 días, en
momentos de escasez de
trabajo y altos precios,
para adquirir algo que
no les daría casa,
comida, ni salud,
representó, tal como
afirma Oscar Luis López
“una proeza política
histórica del
proletariado cubano”.
Existió un proyecto de
nombre: Radio Popular
Onda Colectiva Hoy,
que luego se convirtió
definitivamente en Radio
Mil Diez, “La emisora
del pueblo”, que
permitiría ubicarla en
el dial y definir su
misión. El 10 de marzo
se realizó el acto
oficial de compra y el
primero de abril de 1943
salió al aire por
primera vez.
Oscar Luis López explica
en un testimonio
emocionado que la
emisora tuvo desde el
comienzo (18 horas de
transmisión desde el
primer día) una
persistencia marcada en
cuanto a la formación de
cuadros técnicos. Se
caracterizó por su
vocación de servicio al
pueblo y a la cultura, y
el enfrentamiento a su
mercantilización. “…Fue
en su tiempo la
expresión radiofónica de
la independencia y la
soberanía nacional (…)
del antifascismo, del
socialismo, del
comunismo.”10
Constituyó la
restructuración
revolucionaria de la
organización radial,
transformó el tono y el
estilo de la producción,
así como las
posibilidades de uso de
la tecnología del medio.
Su postura partidista,
ética y de defensa de la
cultura se demuestra con
hechos. Es la única
estación cubana que
plantea y discute los
problemas de la
posguerra. Busca educar
distrayendo y le otorga
preeminencia a los
espacios de noticias.
Para redondear su
proyección nacionalista,
es seleccionado como
tema identificador de la
emisora nada más y nada
menos que "La Bayamesa".
“En el fárrago de música
extranjera que
impregnaba el ambiente
musical cubano, en 1943,
escoger esa música como
tema de una emisora
cubana era algo
insurgente y
comprometedor.”11
“Si lo dice Mil Diez…”
era la frase que pronto
comenzó a escucharse y
que daba fe de la
veracidad y el prestigio
que alcanzó el
Noticiero. Los miembros
del partido y el
movimiento sindical
hacían las veces de
reporteros, para 12
ediciones regulares
diarias que podían ser
de dos, cinco, 15, y en
el caso de los
compendios informativos
tal cual, hasta 30
minutos.
Aunque los anunciantes
eran pocos
—nadie quería
“meterse en política”, y
menos con los
comunistas—, aquellos
que alquilaran para su
propaganda un espacio en
Mil Diez, lo hacía a
sabiendas de que todo el
tiempo al aire podía ser
usado para lanzar
“noticias de última
hora”. Incluso Gravi y
Partagás, dos de los más
importantes, tuvieron
interrupciones en sus
espacios.
Desde esta tribuna “La
emisora del pueblo”
luchó contra desahucios,
despidos,
discriminaciones y
atropellos, y nunca hubo
entrada para la crónica
roja. En su frecuencia
se escucharon las voces
de Jesús Menéndez,
Lázaro Peña y Aracelio
Iglesias.
La música en Mil Diez
era de lo que más vale y
brilla. Una constelación
de nombres la llenaba de
mérito, desde Adolfo
Guzmán como su Director
Musical, hasta figuras
de altos quilates que
por allí transitaron:
Bebo Valdés, Elena Burke,
Celia Cruz, Pacho
Alonso, César Portillo
de la Luz, Beny Moré,
Chano Pozo, y otros
muchos entre cantantes,
agrupaciones y
arreglistas que formaron
parte de su personal.
En todas sus formas y
estilos, la música
cubana fue protagonista,
con espacio para sus más
ponderados autores:
Ignacio Cervantes,
Manuel Saumell, Esteban
Salas… La orquesta de la
emisora comprendía
también en su registro
piezas argentinas,
españolas, mexicanas y
estadounidenses. “Música
de todo el mundo,
grabada y en vivo, se
entrecruzaba allí,
folclórica, “culta”,
popular, tango, jazz,
lied, jazz band,
charangas…”12
Como “biblioteca y
laboratorio” califica
Oscar Luis López a la
sección de música de Mil
Diez, por su dedicación
y seriedad en las
investigaciones
musicales. Producto de
la popularidad y el
respeto que alcanzó
mediante su Canal Libre
Internacional, al año de
creada ya era un suceso
en América.
La condición de “todos
estrellas” de "La emisora
del pueblo" se
manifestaba también en
los dramatizados.
Prestigiaban su elenco
de escritores y actores
Félix Pita Rodríguez,
Mirta Aguirre, Onelio
Jorge Cardoso, Raquel
Revuelta, Violeta
Casals, el propio Oscar
Luis López, Ángel Toraño,
y otros menos recordados
hoy.
Los programas solían
tener un corte histórico
y pedagógico, evitando
fáciles didactismos y
aprovechando lo mejor de
las radionovelas.
Algunos ejemplos son las
representaciones de
episodios de la lucha
contra el fascismo, el
espacio de biografías
Desfile de titanes y
una adaptación de
Sandokan.
El staff de
actores y actrices se
propuso presentarse en
sindicatos, teatros,
fábricas, actos
políticos. Para los que
carecían de experiencia
en escenarios se creó el
Club Los Amigüitos (sí,
con diéresis), donde
recibían entrenamiento
de esgrima, gimnasia,
mímica, etc.
En mayo de 1948 decenas
de policías irrumpen en
la sede de Mil Diez en
Reina no. 314, y la
clausuran sin otra
explicación que
supuestos desperfectos
técnicos. La Asociación
de Radiodifusores se
hizo de la vista gorda y
"La emisora del pueblo"
quedó reducida al
silencio. La repuesta a
esa violación no se hizo
sentir con toda la
fuerza que merecía, más
allá de los órganos y el
ámbito partidistas,
probablemente por temor
a la represión.
No obstante, su
trascendencia perdura,
llega, crece. Fue una
emisora sin capital,
literalmente del pueblo,
porque fue este quien la
compró mediante bonos y
colaboraciones. Innovó
desde la nada, sin hacer
negocio y en
representación de una
ideología opuesta a la
oficial. Tal vez su
máximo legado haya sido
la concepción de la
radio como bien social,
y la negación rotunda de
la vieja máxima burguesa
de que, según dice
Eduardo Galeano, “si el
pueblo come mierda, es
porque le gusta”.
Muchos de los
entrevistados de Raúl
Garcés en su libro
Los dueños del aire,
protagonistas del ámbito
radiofónico de la época,
afirman que quienes allí
laboraban lo hacían casi
“por amor al arte”,
porque la Mil Diez no
podía pagar altos
salarios. Enrique Núñez
Rodríguez comentaba que
los artistas, locutores
e intelectuales llegaban
a la planta en busca de
un espacio creativo,
distinto. Héctor de Soto
da fe del prestigio y la
calidad de su
programación, y afirma
que sentó cátedra por su
proyección cultural.
Elvira Cervera acota que
sería incorrecto
considerar que tenía una
audiencia de masas,
porque la gente temía a
las represalias
relacionadas con las
posturas abiertamente
comunistas. Sin embargo,
otros testimonios
indican que alcanzó una
popularidad y un respeto
enormes, a pesar de su
corto tiempo al aire y
de que nunca llegó a
tener cobertura
nacional.
Al cierre
Un primer vistazo al
panorama radial de la
república neocolonial,
podría resumirse así:
“Cuba, seguidora fiel de
las enseñanzas
provenientes del Norte,
llegó a la década del 40
con un sistema radial
que había importado
prácticamente desde sus
inicios —y a veces sin
la mera adaptación al
contexto criollo— los
estilos prevalecientes
en las más importantes
emisoras
norteamericanas. El
diseño de la
programación de nuestras
principales plantas
constituía una prueba
—otra más— del grado de
penetración alcanzado
por el modelo de
sociedad yanqui en la
Isla, y demostraba, por
otro lado, las
potencialidades de la
radio como institución
legitimadora de la
dominación extranjera
sobre nuestro país.”13
No obstante, si
coincidimos otra vez con
Garcés, es preciso
analizar este, nuestro
modelo de radio
comercial “sin
maniqueísmos ni visiones
extremas”. Como dice en
el propio libro
Leovigildo Díaz de la
Nuez, la radio no estaba
incumpliendo ningún
“mandamiento”, sino
simplemente carecía de
otros propósitos más
allá.
Aunque hemos escogido
dos casos ubicados en
polos radicalmente
opuestos, parece llegado
el momento de encontrar
matices y de cuestionar
ciertas “verdades”. Si
bien CMQ y RHC Cadena
Azul en segundo puesto,
fueron los ejemplos
cimeros de la
mercantilización de la
radio, existen elementos
que demuestran que estos
“malos”, a diferencia de
los personajes de
novela, no eran tan
malos.
Así por ejemplo, la
emisora de Trinidad
transmitía Por la
cultura popular,
programa de divulgación
de los avances de la
ciencia y la técnica.
CMQ no se quedaba detrás
con La humanidad en
marcha,
dramatizaciones de
grandes sucesos de la
historia universal. Eso,
además de los ya
mencionados La hora
de Chibás y La
Universidad del aire.
Tampoco debe verse a la
publicidad como la raíz
de todos los males, la
Caja de Pandora de la
radio durante la
neocolonia. Es sabido
que aquellos primeros
spots, evidentes,
pobres, ridículos,
contribuyeron, aunque de
modo indirecto, al
trabajo de realización
radiofónica, al oficio;
cuando menos, a señalar
lo que no se debe hacer.
El caso de la Mil Diez
es ilustrativo y
aleccionador: se puede
hacer buena radio y
(buena) publicidad al
mismo tiempo.
Convendría entonces
enrumbar futuras
investigaciones hacia
cuestiones específicas,
circunscribirlas a
personalidades,
procesos, instituciones…
La CMQ merece
—seduce,
ofrece—
un buen libro, y
la Mil Diez otro.
Bibliografía:
-Garcés, Raúl. Los
dueños del aire.
Editorial Pablo de la
Torriente, La Habana,
2005.
-González, Reynaldo.
Llorar es un placer.
Editorial Letras
Cubanas, La Habana,
2002.
-López, Oscar Luis.
La radio en Cuba.
Editorial Letras
Cubanas, La Habana,
2005.
-Salas, Daniel. Las
mil (y diez) maravillas.
Una conversación con
Félix Contreras. En:
La Gaceta de Cuba.
Mayo-Junio 2008.
|