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I
Siempre admiré a
Leonardo da Vinci, desde
mis estudios de Historia
del Arte, en la
Universidad de La
Habana, durante la
primera mitad de los 80.
Era un rey Midas, un
profeta, un inmortal. El
tipo de artista que, de
nacer en la Cuba de hoy,
se las vería moradas
para que le evaluaran y
pagaran por todo lo que
hacía. Sobre todo cuando
interpretaba por la
libre los encargos, y
algunos de sus
inventos
no parecían tener
utilidad inmediata.
Hay figuras de la
historia que parecen
exactamente eso, y otras
que uno sospecha serían
gente con swing.
Leonardo era,
decididamente, un tipo
con swing.
Adelantado a su época,
gruñón y conflictivo,
dotado con un genio
milagroso para encontrar
la suprema belleza,
creaba a Dios con las
manos y la idea.
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Rodaje de la
película:
Vinci
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¿Cómo puede la “Mona
Lisa” ser un eterno
misterio? No el misterio
ramplón de los best
sellers, sino el de
una atmósfera y una
sonrisa que nos
inquietan porque casi
podemos reconocerlos.
¿Cómo pueden estar vivos
sus animales, ser
pétreas sus rocas y
vibrar la carne de
niños, mujeres, mancebos
y ángeles? ¿Cómo se
pueden inventar todas
las máquinas, funcionen
o no? ¿Qué había en ese
chico provinciano
llegado a Florencia con
las ambiciones bajo el
brazo, como tantos
otros, para ser el
Creador, el Demiurgo, el
Artista supremo?
II
Vinci
constituye mi opera
prima como
realizador de películas
de (más o menos)
largometraje. La
anécdota que vertebra el
relato es rigurosamente
histórica. En 1476, a la
edad de 24 años,
Leonardo es víctima de
una denuncia anónima que
lo conduce a prisión.
Aprendiz por entonces en
la bottega
florentina de Verrocchio
—y, a esas alturas, ya
mejor pintor que su
maestro, según las
habladurías— la
acusación era lo
bastante grave como para
terminar con su carrera
y, eventualmente, con su
vida. Un par de meses
después fue liberado; se
ignora lo que ocurrió
dentro de la prisión. Mi
película aventura lo que
podría haber sucedido.
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Rodaje de la
película:
Vinci
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La convivencia del genio
por excelencia del
Renacimiento —del cual
el espectador conoce, al
menos a grandes rasgos,
el desempeño futuro— con
un par de delincuentes
de poca monta,
individuos sin educación
y que nunca antes se
expusieron al arte, y
con el carcelero que les
vigila, constituye el
hilo y el escenario de
esta pieza de cámara.
Los criminales
reaccionan al arte de
Leonardo; el joven toma
de ellos conocimientos
que luego le serán
útiles, en tanto el
guardia mira con recelo
cómo el jovencito
brillante mete ideas
incómodas en la cabeza
de sus, hasta entonces,
mansos inquilinos.
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Fotograma
de la película:
Vinci
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Vinci
es una metáfora acerca
de la creación
artística, el sentido de
la belleza, las
relaciones entre el
artista y el poder.
Tiene una lectura
universal, lo que de
ninguna manera excluye
interpretaciones
locales. El cine cubano
se ha mirado demasiado
el ombligo; Vinci
da un paso hacia un cine
nacional que no excluya
personajes y temas que
pertenecen a la
humanidad entera, y que
con lamentable
frecuencia asociamos en
exclusiva a iconos
hollywoodenses. |