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I
Manita en el suelo,
una cuenta pendiente
La escritura y
musicalización en los
años 30, de la ópera
bufa de cámara en 1 acto
y 5 escenas Manita en
el suelo, concebida
por dos grandes talentos
de nuestra cultura:
Alejandro García Caturla
(asesinado en 1934) y
Alejo Carpentier, marcan
un hito imprescindible
en la búsqueda de un
teatro de arte con
títeres en nuestro país.
Sin embargo, ese primer
traspaso del teatro de
títeres cubano, si se
entiende en este asunto
la palabra traspaso como
transmisión o
transferencia de
procesos creativos
escénicos del mundo
hacia el color, ritmo y
sonoridad de nuestra
Isla, puede considerarse
también nuestro primer
tropiezo. Una colisión a
nivel musical, literario
y de imágenes con unas
características
potentes. Un encuentro
de posibilidades y
alcances artísticos en
el que el género
titiritero todavía se
debate.
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Manita en el suelo,
llamada también por
Carpentier Farsa
afrocubana y acción
burlesca, como hecho
cultural nacional
titiritero se adelanta
al Concurso de
dramaturgia para títeres
de la Academia de Arte
Dramático, ganado con la
versión para retablo de
La caperucita roja,
firmada por Modesto
Centeno, en 1943. Los
hermanos Pepe y Carucha
Camejo no eran aún
estudiantes de aquella
institución
imprescindible en la
conformación de la
historia de nuestras
tablas; tampoco Andrés
Castro había estrenado
con el Grupo de
Experimentación Libre,
su visión del
Retablillo de Don
Cristóbal, de
Federico García Lorca,
en 1949, elemento
decisivo en la fundación
del Guiñol titiritero de
los hermanos mencionados
anteriormente; nuestro
poeta nacional Nicolás
Guillén no había escrito
su pieza Floripondito
o los títeres son
personas, obra de
marcado acento
filosófico y popular,
todavía no comprendido y
asumido del todo por
nuestro movimiento
titeril y sus
especialistas.
La pequeña ópera de
Caturla y Carpentier
recibe el traspaso que
significó La historia
del soldado del
músico ruso Igor
Stravinski, composición
representable en
cualquier espacio, con
posibilidades para un
elenco que pudiera no
ser profesional, tan
solo buenos aficionados
al canto lírico. Desde
entonces, sus autores
tenían en mente el
tropiezo que podía
significar no tener los
intérpretes idóneos para
defender una “ópera
moderna”, ni los dineros
suficientes para
producirla. Por pura
economía entran los
títeres, considerados en
aquel entonces por
Carpentier —luego sabría
que no lo eran tanto—
como de “manejo fácil”.
Por aquella época
también se le exige al
proyecto el tan ansiado
y esperado mensaje del
espectáculo. Me pregunto
qué explicaría hoy un
titiritero como el
francés Phillippe Genty
ante esa pregunta
teniendo en cuenta que
sus montajes son
marcadamente visuales,
poéticos y sin ningún
afán de narratividad. La
respuesta dada entonces
por Carpentier se
vincula lógicamente a
otro traspaso
titiritero:
“Manita… no tiene
más “mensaje” que El
retablo de Maese Pedro,
de Manuel de Falla. Es
un mero pretexto para
que un compositor de
enorme talento, pueda
escribir una partitura
graciosa y variada. En
cuanto al “mensaje”, no
creo que un libreto de
ópera bufa sea el mejor
vehículo para comunicar
“mensajes”. Como decía
Picasso (otro artista de
la vanguardia pictórica
enlazado al universo de
los títeres) para
llevar mensajes no hay
nada mejor que los
mensajeros.”
Manita en el suelo,
reivindicando su esencia
popular y criolla, elige
personajes de la
mitología de la nación,
los tres Juanes y la
Virgen de la Caridad.
Estos protagonistas son
utilizados como mismo se
hacía con los dioses del
Olimpo en las óperas de
cámara del siglo XVIII.
La Caridad, como una
Oshún sandunguera y
sensual, aparece igual
que lo hiciera el dios
Apolo en una ópera de
magia, de las que se
representaban en Venecia
o en Nápoles, en tiempos
de Vivaldi. Pero
Manita… era más, era
denuncia social,
exhibición de nuestro
ajiaco racial,
exposición de
tradiciones de carácter
religioso y diferencias
sociales.
II
La historia
1860. Los tres Juanes
pescadores tiraban de
sus redes sin fortuna
alguna, por eso deciden
comerse al gallo
Motoriongo, santo animal
que Manita en el suelo,
curro del manglar tenía
destinado para su
iniciación en los ritos
de la potencia abakuá;
lleno de ira por el
robo, el negro va a una
misa espiritista en casa
de Tata Cuñengue, allí
la médium Candita la
loca le revela que
fueron los tres Juanes.
Entonces, Manita (lo de
en el suelo viene por lo
alargado de los brazos
del personajes —nada tan
titiritero—) enfurecido
apuñalea a la Luna para
que se hagan las
tinieblas y los peces no
acudan al anzuelo de los
Juanes. Se desata una
tempestad que casi mata
a los pescadores, pero
la Caridad los salva,
Manita es perseguido
por el capitán y la
guardia civil, pero el
chino hace aparecer una
nueva luna, y todos se
convencen de que Manita
solo la apagó en su
imaginación.
La imagen
Carpentier pide un telón
de boca que acompañe la
obertura indicando
motivos alusivos a la
trama a representar. La
escena se verá adornada
con pencas de guano,
banderitas de papel,
como se hace en los
pueblos cubanos en los
días de fiesta. Fondo de
vegetación o de
alrededores de la aldea,
a gusto del decorador.
En el centro un pequeño
teatro con techo de
guano —¿como en el
Retablo de Maese Pedro,
de Falla o el que
aparece en el ballet
Petrushka, de
Stravinski? ¿Otro
traspaso titiritero y
artístico en Manita…?—,
que exige cambios de
atmósferas y que será
ilustración de lo que
narra Papá Montero, cual
trujamán ibérico. Dicho
pequeño teatro presenta
el aspecto de un bohío
al que faltará la pared
que mira hacia el
público —o sea, sin
cuarta pared—, y dice
más: sobre el telón del
pequeño teatro puede
haber una gran
litografía como las
cajas de tabaco Fonseca
—sí, las mismas que
menciona Lorca en su
poema “Son de negros en
Cuba”, con su rosa de
Romeo y Julieta, o sea,
siguen los traspasos
titiriteros, ahora
mediante los enlaces con
un dramaturgo fanático
del mundo de los
retablos—, sugiere una
mesa para sentar al
narrador Papá Montero,
ambiente general de
teatro de carpa,
traspaso a su vez con la
atmósfera circense, y
concluye pidiendo muchos
colorines “todo muy
popular, arrabalero”,
ahí está lo auténtico,
lo moderno, el teatro de
títeres que soñaría un
negro. Caturla le
propone a Carpentier
escenas muy titiriteras
para el futuro montaje,
una tempestad que haga
alusión a la cabalgata
de las valquirias,
trucos escénicos para el
desplazamiento de la
guardia civil, habla de
hacer un teatro moderno,
alerta, teatral y
viviente, se permite
incluso decir que
Manita… es mejor que
el libreto de La
pájara pinta,
escrito por Rafael
Alberti para Oscar Esplá,
al que tilda de
interesante, pero
demasiado largo,
insignificante su
acción, y llena de
efectos repetidos.
Los personajes
Papá Montero (actor)
Los demás serán
representados por
títeres o en su ausencia
mimos
Juan Odio, Juan Indio y
Juan Esclavo
El gallo Motoriongo
La Virgen de la Caridad
del Cobre
Candita la loca
Tata Cuñengue (el negro
brujo), el mismo
personaje a quien Bola
de nieve le hace
posteriormente una
entrañable canción
El Chino de la Charada
Eribó
El capitán general de
España
Seis o cuatro negras y
negros que saldrán en
grupo
Ocho guardias civiles
agrupados en una
carriola
Luna 1 desinflada
Luna 2 inflada
Manita en el suelo (Iyamba
de los negros en tiempos
de España)
La orquesta aparecerá en
el escenario.
III
De tropiezos y
esperanzas
Tropiezo 1. Nunca se
estrenó, los autores
originales no vieron su
propuesta en escena,
quizá por la
inexistencia de una
manifestación titiritera
profesional en la Isla.
Tropiezo 2. Finalmente
se estrenó Manita en
el suelo 50 años
después, por el Ballet
Nacional de Cuba, con
coreografía de Alberto
Alonso, y hermosos
diseños de Reymena. Las
representaciones, a
pesar de sus muchos
valores, no pasaron de
las funciones de rigor
para el estreno, el
ballet no tuvo éxito.
Aclaramos que el
verdadero origen de
Manita… fue pensado
para el ballet, y data
de 1928. Se llamaría
El Embó, inspirados
en los ballet rusos de
Diaghilev.
Tropiezo 3. Pensada para
hacerse en noviembre de
1996, en Santa Clara, en
la Jornada Provincial de
Música de Concierto,
finalmente no se llevó a
cabo. ¿Libreto
envejecido? ¿Ausencia de
tensión dramática,
soluciones confiadas a
mecanismos arbitrarios y
arcaicos para la
dramaturgia actual?
Queda de este majestuoso
proyecto, imaginado por
dos grandes de nuestra
cultura, un disco con la
Orquesta Sinfónica
Nacional dirigida por
Rembert Egües, con
Adolfo Casas como Papá
Montero, Tony del Río
como Manita, Nelson
Ayoub como Capitán
general de España, Hugo
Marcos como Chino de la
Charada y Tata Cuñengue,
María Eugenia Barrios
como Virgen de la
Caridad, entre otros.
Valioso e histórico
tesoro fonográfico.
Queda también la
posibilidad de que,
alguna vez, los
titiriteros de Cuba
logren un equipo sin
limitaciones
conceptuales y un
verdadero conocimiento
del origen y creación de
esta singular pieza
escénico-musical para
hacerle justicia al
argumento de Manita…,
tan singular como
inquietante, tan
arriesgado como
tentador. |