La Habana. Año XI.
20 al 27 de JULIO de 2012

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La Siempreviva
Venturas del número 13
Denia García Ronda • La Habana

Agradezco a los relizadores de La Siempreviva, y en especial al fraterno Reynaldo González, la oportunidad que me brinda de expresar en público mi admiración por esta revista, una de las mejores que se editan en Cuba y, sin dudas, de las más hermosas, desde su nombre —que retoma no solo el de su homóloga nonocentista, sino el de la pequeña flor que se niega a morir—, hasta su excelente diseño exterior e interior, pasando, por supuesto, por su contenido, variado, profundo, y  sostenido en las ya más de una docena de entregas.

La que hoy presento no es excepción de lo dicho. Ilustrada principalmente por Carlos Guzmán, recoge textos de narrativa, teatro, artículos ensayísticos, y nada menos que diez reseñas de libros recientemente publicados, cosa que, como sabe cualquier revistero, si no es un récord es un buen average, y da esperanzas de que algo tan necesario para la creación y la recepción literaria se incremente en nuestro país. Y no solo es la cantidad, sino la diversidad de los libros reseñados, y de las edades, intereses, y estilos de los reseñadores lo que llama la atención de ese conjunto, que no se coloca al final de la publicación, como se acostumbra, sino intercalado entre otros trabajos, lo que le reconoce su legitimidad dentro de lo literario.

Como buen augurio, y para que el número de la entrega (el 13) no haga daño, la revista comienza con un fragmento de la novela en la que actualmente trabaja Leonardo Padura, ubicada tempoespacialmente en la tolerante Amsterdam del siglo XVII, la ciudad puerto de los canales, la burguesía y los muchos buenos pintores, con Rembrandt y Vermeer a la cabeza. “Los herejes” se llama el fragmento (y no sé si la novela), y en él se muestra la mano segura del escritor y, como un ángel no ya protector sino homenajeado, sobrevuela el espíritu de Alejo Carpentier.

Las otras dos muestras de narrativa desarrollan sus acciones en un tiempo-espacio mucho más cercano a nosotros. María Elena Llana en “Chantaje” nos vuelve a regalar su suave y no menos atractivo tratamiento de lo fantástico en medio de la más “real” cotidianidad de La Habana de hoy. Alex Fleites, por su parte, utiliza el recurso temático de la memoria afectiva y el estructural de la confección de un diario íntimo, para tratar asuntos que, en los oscuros años 70, lastraron las perspectivas y muchas veces destruyeron la vida de las personas involucradas en lo que se consideraba “desviaciones”. “Dos veces Karen” enfoca este tema desde la homofobia, individual e institucional de aquellos años, y sitúa su manifestación en la Facultad de Letras, cronotopo que, por cierto, aparece, con cualquiera de los nombres por los que transitó, en un número bastante significativo de la narrativa cubana de las últimas décadas.

Dentro de este conjunto de literatura ficcional hay que incluir “Feliz a quemarropa”, de Adela Fernández, un monólogo con aclaración, que más que este es un homenaje a Roberto Helier, poeta y pintor mexicano, y a la vida bohemia de la cultura beat de los años 60 en ese país.  

Del libro El buen uso de las enfermedades, de Carlos Espinosa, se publica en este número un largo fragmento que trata sobre la exclusión social que sufren los pacientes de ciertas enfermedades —en especial el SIDA, en nuestros tiempos— y cómo se ha reflejado en la literatura, desde los tiempos de Sófocles hasta nuestros días, cuando autores como Severo Sarduy, Mario Bellatin, Pascal de Duve y Hervé Guivert han abordado el tema desde distintas sensibilidades y puntos de vista.

Macedonio Fernández y su obra son objeto de reflexión crítica del argentino Mario Goloboff, quien considera y demuestra lo adelantado a su tiempo de este autor, incomprendido en su momento y casi olvidado en el nuestro. Este artículo se acompaña de la valoración que, dedicada a este autor, realizó Margarita Mateo en su texto “Repensando la vanguardia narrativa latinoamericana”, publicado en el número 66 de Temas.

Y, para cerrar el número, como quien aprueba, Virgilio Piñera, mediante un preciso y precioso artículo crítico traído de Espuela de plata y fechado en 1941, no enfrenta, sino complementa “dos poetas, dos poemas, dos modos de poesía”: nada menos que Lezama Lima y Emilio Ballagas, nada menos que “Muerte de Narciso” y “Elegía sin nombre”, nada menos que dos modos poéticos que Virgilio supo valorar como hitos en la obra de ambos y definitorios de una nueva etapa en la poesía cubana: “La [elegía] que no se nombra  cierra, en cierto modo, un ciclo de madurez poética. La que pronuncia el suyo inicia, de modo cierto, un ciclo de juventud poética”.

He dejado para el final, con toda intención, los comentarios sobre el dossier “Ausencia no quiere decir olvido” que centra la presente entrega.  El hecho de que La Siempreviva recoja en sus páginas algunas de las conferencias que procura y organiza la Fundación Alejo Carpentier —y muy especialmente Graziella Pogolotti— sobre escritores olvidados, no solo amplía su recepción, sino que contribuye a la necesaria cruzada de rescatar del olvido a tantos escritores cubanos.

Antón Arrufat, uno de los culpables del ciclo de conferencias Escritores olvidados de la República —que ya cuenta con varias “temporadas”—, confiesa en su texto sobre Armando Leyva, incluido en este número, que había confeccionado un “melancólico” listado de esos “dados de baja” (la frase es también suya), que contaba con más de 50 nombres. Creo que la lista pudiera ampliarse si tenemos en cuenta que escritores que estuvieron presentes y actuantes hasta hace relativamente poco tiempo, han sido, si no totalmente borrados aún de la memoria, sí relegados a segundos o terceros planos en la consideración crítica y editorial.

Por supuesto, como también aclara Antón, hay indudables jerarquías en el censo de autores de cualquier país y época, pero jerarquía no es exclusividad, y muchos de los olvidados merecen, por derecho propio, un lugar en la historia de la literatura cubana y en las valoraciones críticas. Si seguimos a Martí, estaremos de acuerdo en que el cosmos de la creación cultural está conformado por montañas y colinas. De la literatura universal, por su inmensidad, podemos seleccionar las grandes cumbres, pero de la nacional no hay que discriminar las colinas, que son, por otra parte, las que les dan sentido a las cimas, y, como dice Graziella en su texto, “para reconstruir el gran mosaico de una época faltan todavía muchas piezas, entre ellas, las que muestran el rostro de los perdedores”.

Pero no siempre se trata de autores de segundo plano, o episódicos en la historia literaria cubana. Si repasamos lo que está pasando últimamente vemos que nombres como Onelio Jorge Cardoso, Mirta Aguirre, José Antonio Portuondo, Félix Pita Rodríguez, José Juan Arrom, Ezequiel Vieta (por solo nombrar unos pocos) van pasando también al olvido crítico habiendo sido reconocida su calidad en sus respectivas especialidades. Es esa discriminación la que quiere contribuir a eliminar Graziella con su ciclo de conferencias y lo que propugna La Siempreviva con la publicación, en esta oportunidad, de tres de ellas —la de Antón, titulada “Olvidados de la República: Armando Leyva”, la de la propia Graziella: “Flora Díaz Parrado: anatomía de un proyecto literario fallido”, y la de Cira Romero: “Pluma y piel en la obra de Jesús Castellanos”, en el dossier “Ausencia no quiere decir olvido”.

Los tres autores estudiados corresponden a las partes primera y segunda del citado ciclo de conferencias. De ellos, el “menos olvidado” es Jesús Castellanos, de quien dice su exégeta Cira Romero que está “preterido, pero no olvidado”. Efectivamente, a pesar de su corta vida, su actuación pública a favor de la cultura, en los inicios de la República, y haber sido el primero en tratar asuntos rurales en su narrativa, han hecho que su nombre se mantenga en las historias de la literatura cubana, pero eso no garantiza que se le lea y se aprecie su obra en su justo valor. Eso es lo que hace Cira en este acercamiento. Los otros dos escritores, de obra más irregular y menos conocida, son igualmente merecedores de recordación y estudio, cumplidos, en este caso, por Antón Arrufat y Graziella Pogolotti.   

Antón propone en su artículo “Quince razones para ser olvidado”, de las cuales me interesan especialmente cuatro en esta oportunidad. Una de ellas es “Cuando su influencia declina en los jóvenes”. Esta razón es contundente, pero es un resultado, por lo menos, de otras dos: “Cuando ningún crítico influyente se ocupa de su obra” y “Cuando carece de promoción editorial”. Estas “razones” también tienen causas, algunas veces relacionadas con cuestiones extra-literarias como la emigración del autor y su consecuente distancia del ambiente literario cubano, y su ausencia, por uno u otro motivo, de los planes editoriales. La cuarta razón es, simplemente, la muerte, prematura o no, del escritor. La idiosincrasia cubana, según se dice, es olvidadiza, y si al autor que muere no lo sostienen, además de su calidad artística, una suficiente promoción editorial y mediática, un sostenido estudio sobre su obra, y quizá hasta un determinado mito que despierte el interés de las nuevas generaciones, irá desvaneciéndose, despegándose de la memoria colectiva hasta desaparecer “sin dejar huella palpable”, como sugiere Graziella en su texto.  

He mencionado en alguna oportunidad otra causa que no contradice las de Antón, sino que, dentro de la complejidad de este asunto, se convierte en consecuencia de algunas de las señaladas por él. Se trata de lo que he llamado “moda crítica” que funciona pendularmente y que se debe, bien a cuestiones ideológicas, de política cultural en un momento dado, bien a un agotamiento receptivo de obras y autores, cambio de sensibilidad, etc., etc. El caso es que, por ejemplo, hubo una “moda lezamiana” —más tarde sustituida por una “virgiliana” —como reacción a las anteriores exclusiones y al sobrerreconocimiento editorial y mediático de escritores de tendencia realista y/o de ideología marxista o cercanos a ella, quienes después han sido prácticamente olvidados o preteridos, lo que se puede ejemplificar en los niveles de celebración de algunos centenarios.

Espero que La Siempreviva siga publicando las conferencias del ciclo Escritores olvidados de la República y que nuestros estudiosos y estudiantes se convenzan de que, sin desconocer las cimas de nuestra literatura, esta está conformada por muchas colinas que tienen mucho que decir para su historia. Porque, como dice Antón en el cierre de su conferencia “no todo está en Carpentier o en Lezama”.

Y, finalmente, también espero que La Siempreviva siempre viva con resultados tan venturosos como este número 13, que niega la fatídica fama del dígito.

 

Palabras en la presentación del No. 13 de La Siempreviva. Casa del Alba Cultural, La Habana, Julio 2012.

 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.