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Agradezco a los
relizadores de La
Siempreviva, y en
especial al fraterno
Reynaldo González, la
oportunidad que me
brinda de expresar en
público mi admiración
por esta revista, una de
las mejores que se
editan en Cuba y, sin
dudas, de las más
hermosas, desde su
nombre —que retoma no
solo el de su homóloga
nonocentista, sino el de
la pequeña flor que se
niega a morir—, hasta su
excelente diseño
exterior e interior,
pasando, por supuesto,
por su contenido,
variado, profundo, y
sostenido en las ya más
de una docena de
entregas.
La que hoy presento no
es excepción de lo
dicho. Ilustrada
principalmente por
Carlos Guzmán, recoge
textos de narrativa,
teatro, artículos
ensayísticos, y nada
menos que diez reseñas
de libros recientemente
publicados, cosa que,
como sabe cualquier
revistero, si no es un
récord es un buen
average, y da esperanzas
de que algo tan
necesario para la
creación y la recepción
literaria se incremente
en nuestro país. Y no
solo es la cantidad,
sino la diversidad de
los libros reseñados, y
de las edades,
intereses, y estilos de
los reseñadores lo que
llama la atención de ese
conjunto, que no se
coloca al final de la
publicación, como se
acostumbra, sino
intercalado entre otros
trabajos, lo que le
reconoce su legitimidad
dentro de lo literario.
Como buen augurio, y
para que el número de la
entrega (el 13) no haga
daño, la revista
comienza con un
fragmento de la novela
en la que actualmente
trabaja Leonardo Padura,
ubicada
tempoespacialmente en la
tolerante Amsterdam del
siglo XVII, la ciudad
puerto de los canales,
la burguesía y los
muchos buenos pintores,
con Rembrandt y Vermeer
a la cabeza. “Los
herejes” se llama el
fragmento (y no sé si la
novela), y en él se
muestra la mano segura
del escritor y, como un
ángel no ya protector
sino homenajeado,
sobrevuela el espíritu
de Alejo Carpentier.
Las otras dos muestras
de narrativa desarrollan
sus acciones en un
tiempo-espacio mucho más
cercano a nosotros.
María Elena Llana en
“Chantaje” nos vuelve a
regalar su suave y no
menos atractivo
tratamiento de lo
fantástico en medio de
la más “real”
cotidianidad de La
Habana de hoy. Alex
Fleites, por su parte,
utiliza el recurso
temático de la memoria
afectiva y el
estructural de la
confección de un diario
íntimo, para tratar
asuntos que, en los
oscuros años 70,
lastraron las
perspectivas y muchas
veces destruyeron la
vida de las personas
involucradas en lo que
se consideraba
“desviaciones”. “Dos
veces Karen” enfoca este
tema desde la homofobia,
individual e
institucional de
aquellos años, y sitúa
su manifestación en la
Facultad de Letras,
cronotopo que, por
cierto, aparece, con
cualquiera de los
nombres por los que
transitó, en un número
bastante significativo
de la narrativa cubana
de las últimas décadas.
Dentro de este conjunto
de literatura ficcional
hay que incluir “Feliz a
quemarropa”, de Adela
Fernández, un monólogo
con aclaración, que más
que este es un homenaje
a Roberto Helier, poeta
y pintor mexicano, y a
la vida bohemia de la
cultura beat de
los años 60 en ese país.
Del libro El buen uso
de las enfermedades,
de Carlos Espinosa, se
publica en este número
un largo fragmento que
trata sobre la exclusión
social que sufren los
pacientes de ciertas
enfermedades —en
especial el SIDA, en
nuestros tiempos— y cómo
se ha reflejado en la
literatura, desde los
tiempos de Sófocles
hasta nuestros días,
cuando autores como
Severo Sarduy, Mario
Bellatin, Pascal de Duve
y Hervé Guivert han
abordado el tema desde
distintas sensibilidades
y puntos de vista.
Macedonio Fernández y su
obra son objeto de
reflexión crítica del
argentino Mario Goloboff,
quien considera y
demuestra lo adelantado
a su tiempo de este
autor, incomprendido en
su momento y casi
olvidado en el nuestro.
Este artículo se
acompaña de la
valoración que, dedicada
a este autor, realizó
Margarita Mateo en su
texto “Repensando la
vanguardia narrativa
latinoamericana”,
publicado en el número
66 de Temas.
Y, para cerrar el
número, como quien
aprueba, Virgilio
Piñera, mediante un
preciso y precioso
artículo crítico traído
de Espuela de plata
y fechado en 1941,
no enfrenta, sino
complementa “dos poetas,
dos poemas, dos modos de
poesía”: nada menos que
Lezama Lima y Emilio
Ballagas, nada menos que
“Muerte de Narciso” y
“Elegía sin nombre”,
nada menos que dos modos
poéticos que Virgilio
supo valorar como hitos
en la obra de ambos y
definitorios de una
nueva etapa en la poesía
cubana: “La [elegía] que
no se nombra cierra, en
cierto modo, un ciclo de
madurez poética. La que
pronuncia el suyo
inicia, de modo cierto,
un ciclo de juventud
poética”.
He dejado para el final,
con toda intención, los
comentarios sobre el
dossier “Ausencia no
quiere decir olvido” que
centra la presente
entrega. El hecho de
que La Siempreviva
recoja en sus
páginas algunas de las
conferencias que procura
y organiza la Fundación
Alejo Carpentier —y muy
especialmente Graziella
Pogolotti— sobre
escritores olvidados, no
solo amplía su
recepción, sino que
contribuye a la
necesaria cruzada de
rescatar del olvido a
tantos escritores
cubanos.
Antón Arrufat, uno de
los culpables del ciclo
de conferencias
Escritores olvidados de
la República —que ya
cuenta con varias
“temporadas”—, confiesa
en su texto sobre
Armando Leyva, incluido
en este número, que
había confeccionado un
“melancólico” listado de
esos “dados de baja” (la
frase es también suya),
que contaba con más de
50 nombres. Creo que la
lista pudiera ampliarse
si tenemos en cuenta que
escritores que
estuvieron presentes y
actuantes hasta hace
relativamente poco
tiempo, han sido, si no
totalmente borrados aún
de la memoria, sí
relegados a segundos o
terceros planos en la
consideración crítica y
editorial.
Por supuesto, como
también aclara Antón,
hay indudables
jerarquías en el censo
de autores de cualquier
país y época, pero
jerarquía no es
exclusividad, y muchos
de los olvidados
merecen, por derecho
propio, un lugar en la
historia de la
literatura cubana y en
las valoraciones
críticas. Si seguimos a
Martí, estaremos de
acuerdo en que el cosmos
de la creación cultural
está conformado por
montañas y colinas. De
la literatura universal,
por su inmensidad,
podemos seleccionar las
grandes cumbres, pero de
la nacional no hay que
discriminar las colinas,
que son, por otra parte,
las que les dan sentido
a las cimas, y, como
dice Graziella en su
texto, “para reconstruir
el gran mosaico de una
época faltan todavía
muchas piezas, entre
ellas, las que muestran
el rostro de los
perdedores”.
Pero no siempre se trata
de autores de segundo
plano, o episódicos en
la historia literaria
cubana. Si repasamos lo
que está pasando
últimamente vemos que
nombres como Onelio
Jorge Cardoso, Mirta
Aguirre, José Antonio
Portuondo, Félix Pita
Rodríguez, José Juan
Arrom, Ezequiel Vieta
(por solo nombrar unos
pocos) van pasando
también al olvido
crítico habiendo sido
reconocida su calidad en
sus respectivas
especialidades. Es esa
discriminación la que
quiere contribuir a
eliminar Graziella con
su ciclo de conferencias
y lo que propugna La
Siempreviva con la
publicación, en esta
oportunidad, de tres de
ellas —la de Antón,
titulada “Olvidados de
la República: Armando
Leyva”, la de la propia
Graziella: “Flora Díaz
Parrado: anatomía de un
proyecto literario
fallido”, y la de Cira
Romero: “Pluma y piel en
la obra de Jesús
Castellanos”, en el
dossier “Ausencia no
quiere decir olvido”.
Los tres autores
estudiados corresponden
a las partes primera y
segunda del citado ciclo
de conferencias. De
ellos, el “menos
olvidado” es Jesús
Castellanos, de quien
dice su exégeta Cira
Romero que está
“preterido, pero no
olvidado”.
Efectivamente, a pesar
de su corta vida, su
actuación pública a
favor de la cultura, en
los inicios de la
República, y haber sido
el primero en tratar
asuntos rurales en su
narrativa, han hecho que
su nombre se mantenga en
las historias de la
literatura cubana, pero
eso no garantiza que se
le lea y se aprecie su
obra en su justo valor.
Eso es lo que hace Cira
en este acercamiento.
Los otros dos
escritores, de obra más
irregular y menos
conocida, son igualmente
merecedores de
recordación y estudio,
cumplidos, en este caso,
por Antón Arrufat y
Graziella Pogolotti.
Antón propone en su
artículo “Quince razones
para ser olvidado”, de
las cuales me interesan
especialmente cuatro en
esta oportunidad. Una de
ellas es “Cuando su
influencia declina en
los jóvenes”. Esta razón
es contundente, pero es
un resultado, por lo
menos, de otras dos:
“Cuando ningún crítico
influyente se ocupa de
su obra” y “Cuando
carece de promoción
editorial”. Estas
“razones” también tienen
causas, algunas veces
relacionadas con
cuestiones
extra-literarias como la
emigración del autor y
su consecuente distancia
del ambiente literario
cubano, y su ausencia,
por uno u otro motivo,
de los planes
editoriales. La cuarta
razón es, simplemente,
la muerte, prematura o
no, del escritor. La
idiosincrasia cubana,
según se dice, es
olvidadiza, y si al
autor que muere no lo
sostienen, además de su
calidad artística, una
suficiente promoción
editorial y mediática,
un sostenido estudio
sobre su obra, y quizá
hasta un determinado
mito que despierte el
interés de las nuevas
generaciones, irá
desvaneciéndose,
despegándose de la
memoria colectiva hasta
desaparecer “sin dejar
huella palpable”, como
sugiere Graziella en su
texto.
He mencionado en alguna
oportunidad otra causa
que no contradice las de
Antón, sino que, dentro
de la complejidad de
este asunto, se
convierte en
consecuencia de algunas
de las señaladas por él.
Se trata de lo que he
llamado “moda crítica”
que funciona
pendularmente y que se
debe, bien a cuestiones
ideológicas, de política
cultural en un momento
dado, bien a un
agotamiento receptivo de
obras y autores, cambio
de sensibilidad, etc.,
etc. El caso es que, por
ejemplo, hubo una “moda
lezamiana” —más tarde
sustituida por una
“virgiliana” —como
reacción a las
anteriores exclusiones y
al sobrerreconocimiento
editorial y mediático de
escritores de tendencia
realista y/o de
ideología marxista o
cercanos a ella, quienes
después han sido
prácticamente olvidados
o preteridos, lo que se
puede ejemplificar en
los niveles de
celebración de algunos
centenarios.
Espero que La
Siempreviva siga
publicando las
conferencias del ciclo
Escritores olvidados de
la República y que
nuestros estudiosos y
estudiantes se convenzan
de que, sin desconocer
las cimas de nuestra
literatura, esta está
conformada por muchas
colinas que tienen mucho
que decir para su
historia. Porque, como
dice Antón en el cierre
de su conferencia “no
todo está en Carpentier
o en Lezama”.
Y, finalmente, también
espero que La
Siempreviva siempre
viva con resultados tan
venturosos como este
número 13, que niega la
fatídica fama del
dígito.
Palabras en la
presentación del No. 13
de La Siempreviva.
Casa del Alba Cultural,
La Habana, Julio 2012. |