La Habana. Año XI.
14 al 20 de JULIO de 2012

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Una profecía fatal

Raúl Ramos* • La Habana

Una cuestión polémica en la vida del político negro cubano Martín Morúa Delgado fue la Enmienda que dio nombre al artículo 17 de la Ley Electoral de la República durante la primera década del pasado siglo XX.

Presentada al Senado el 11 de febrero de 1910 —último año de su gestión como congresista y casualmente, el último de su existencia— tenía como supuesto objetivo evitar una lucha racial en Cuba, pero su verdadero trasfondo fue eliminar de la escena política al Partido Independiente de Color, organización surgida en agosto de 1908 bajo la dirección del veterano de la Guerra del 95 Evaristo Estenoz Corominas, como una respuesta al orden social impuesto que afectaba los derechos de los ciudadanos negros.

De las intervenciones en torno al tema, presentamos la del Senador Cristóbal de Laguardia, quien se opuso a dicha legislación hasta el punto de vislumbrar un desenlace sangriento que, fatalmente, tuvo lugar dos años después y representó una mancha de incalculables proporciones para la joven República en formación.

El fundamento jurídico-legal del Partido Independiente de Color, organización surgida durante el período final de la segunda intervención norteamericana en Cuba, es un tema poco estudiado de la historia nacional. Por ello, en el centenario de la masacre cometida por el gobierno contra sus militantes y una numerosa cantidad de personas desvinculadas de aquel proyecto político, ponemos a consideración del lector este alegato de defensa que refleja las contradicciones y temores de la administración presidida por el Mayor General José Miguel Gómez (1909- 1913) contra los negros que tomaron la decisión —discutible o no— de organizarse legalmente en partido, en pro de la defensa de sus intereses y libertades amparadas por la Constitución.

Llama la atención el hecho de que Cristóbal de Laguardia —español de nacimiento y residente en la Isla desde temprana edad— enfatizara en el aspecto jurídico del asunto. Esta personalidad fue una de las más versadas en la jurisprudencia de su época, pues a su autoría se debieron varias obras de texto, no solo sobre leyes cubanas, sino también de varios sistemas jurídicos de Hispanoamérica.

A principios del siglo XX pretendió dar vida a un titulado Partido Obrero Socialista y se mostró defensor de las aspiraciones del incipiente movimiento obrero cubano, al que contribuyó en ocasiones, de su propio presupuesto personal, a pagar los alquileres de locales que ocupaban algunas organizaciones laborales, a lo que se puede agregar el hecho de haber sido uno de los firmantes de los llamados Estatutos Provisionales del Partido Popular Obrero, en agosto de 1901, junto con otras personalidades como Joaquín Alba, José Paredes Gómez, Manuel Cendoya, Nicolás Alfonso Ayala, Wenceslao Chávez y Facundo Martínez, entre otros1

Teniendo en cuenta estos argumentos a su favor, es lógico pensar que como representante de la más alta instancia de poder legislativo en la naciente República, a Laguardia no le fuera ajena la circunstancia legal que amparaba al PIC, como tampoco la inminente violación de derechos jurídicos que tendría lugar —con sus consabidos riesgos de violencia  futura— en caso de aprobarse aquella enmienda, en cuyo texto se planteaba:

“No se considerará, en ningún caso, como partido político o grupo independiente, ninguna agrupación constituida exclusivamente por individuos de una sola raza o color y grupos independientes que persigan un fin racista”2.

Los debates suscitados a tenor de esta legislación fueron claros y apasionados, a favor y en contra de la misma, como evidenció no solo el discurso del propio Laguardia, sino también el del veteranísimo Salvador Cisneros Betancourt, contrario a la aprobación de la enmienda en aquella histórica jornada senatorial, a los que se unieron más tarde los representantes a la Cámara Silverio Sánchez Figueras, Policarpo Madrigal y José A. González Lanuza.

Cuando Laguardia avizoró ante el Senado que, si se cerraban las vías legales a aquellos hombres “…daríamos lugar a que esos individuos, no teniendo ya un terreno legal, franco, donde moverse, se lanzaran al de la violencia…”, no estaba descartando, a nuestro juicio, la posibilidad real de que el gobierno de Gómez desplegara toda una maquinaria propagandístico-militar en contra del proyecto político de su líder y fundador, Evaristo Estenoz, quien a su criterio y experiencia personal, canalizaba una forma de oposición legal y bien articulada con el objetivo de lograr una verdadera representatividad del negro cubano en todas las esferas de gobierno. 

A este respecto, debe recordarse la clara alusión de Estenoz a José Miguel, incluida en el mensaje de saludo a este, tras su éxito en las elecciones de noviembre de 1908:

“…la exaltación de Ud. al poder, como ha sido su más ferviente y cordial deseo, sea para la nivelación de todos los intereses cubanos y la más equitativa participación de todos los elementos étnicos que pueblan la República.”3

A tono con su inalterable radicalismo político, Evaristo fue un decidido defensor de la tesis de que los negros y mestizos cubanos tendrían mayores ventajas sociales y una verdadera representación en los cargos públicos del país, si practicaban una candidatura aparte a la de los partidos tradicionales. Esta tesis, que no fue compartida por muchos políticos negros de prestigio e historia como Juan Gualberto Gómez o el propio Morúa Delgado, generó la preocupación de una elite de poder que, a la larga, trataría de impedir la pérdida de un electorado numeroso y su base fundamental de gobierno —por el número de votos que aportaban— que ahora, aunque no en mayoría, se desplazaba hacia la nueva agrupación racial.

En este sentido, cabe destacar la relevante movilización ciudadana que acompañó esta nueva propuesta asociativa, que llegó a contar con numerosos comités a todo lo largo de la Isla y, en principio, un órgano de prensa, el periódico Previsión4, del cual el propio Estenoz fue su director y propietario y cuyo enfoque informativo se distanciaba de los cánones tradicionales de información, si lo comparamos con otros medios de prensa de la época como La Lucha, El Mundo o el Diario de la Marina, grandes exponentes de la politiquería y el sensacionalismo, por solo citar algunos.  

Aquellos argumentos de Laguardia no dejaron de ser proféticos en el sentido que, a dos años de haber sido expuestos, la máxima dirigencia de los Independientes decidió iniciar una protesta armada en varias localidades de la Isla, fundamentalmente en la antigua provincia de Oriente, como un modo de presión contra el gobierno para que derogase aquella enmienda.

Lo que se inició como un intento de solución “a la brava”, en realidad, tuvo un evidente carácter efectista, al no contar sus iniciadores con el armamento necesario para medirlo con la fuerza del Ejército, ni haber sido esa su intención como patriotas, pues no deseaban un enfrentamiento entre hermanos. La denominación de “protesta armada” incluida por los Independientes de Color en el léxico de la época, tuvo por finalidad una especie de reto al poder del Presidente que le obligara a negociar una variante de solución a la prohibición congresional que pesaba sobre ellos; una táctica discutible y demasiado confiada que le dio al mismo la posibilidad real de dirigir contra ellos a toda la opinión pública, que los tildó de antipatriotas y racistas y, por lo tanto, merecedores de un castigo ejemplarizante.

Aquella táctica errónea desembocó, lamentablemente, en un verdadero holocausto humano, producto de la manipulación política por parte del presidente Gómez.

El gigantesco despliegue bélico, organizado y dirigido por el Mayor General José de Jesús Monteagudo, jefe de las Fuerzas Armadas, contaría además con una movilización popular sin precedentes en contra de los protestantes, así como el empleo de los más modernos medios de combate para la época: cañones de tiro rápido, ametralladoras y granadas, a lo que se agrega la participación de embarcaciones de guerra nacionales y de los EE.UU., todo con el objetivo de aplastar con saña el movimiento e impedir cualquier intento de diálogo entre las partes.

Se cumplía así, de alguna manera, la fatal predicción de aquel anónimo senador de la República, quizá ignorado a pesar de su larga visión.

Más allá de las posibles lecturas a las condicionantes que dieron lugar a estos acontecimientos y los móviles de actuación de sus principales protagonistas, la represión a la protesta armada de los Independientes de Color nos revela, a cien años de ocurrida, el alto grado de degradación de una burguesía elitista que, por demás, fue incapaz de interpretar y satisfacer los sueños de justicia e igualdad de blancos, negros y mestizos, todos, forjadores de la nacionalidad cubana en la manigua redentora (al igual que los protestantes de 1912); esa misma burguesía que consiguió — porque no le convenía ni el recuerdo— silenciar y eliminar de la memoria histórica durante largo tiempo, cualquier referencia posible al gran crimen cometido, que impidiera la institucionalización del racismo como uno de los más sólidos pilares de dominación con que iban a contar los diferentes gobiernos  en la Cuba republicana.

La lectura de este alegato que a continuación transcribimos, es una invitación a la reflexión y el análisis.

 

Notas:

1- Rivero Muñiz, José: El Movimiento Obrero cubano durante la primera intervención norteamericana. Universidad Central de Las Villas, 1961.

2- Archivo Nacional de Cuba: Fondo Congreso de la República de Cuba 1902-1959, leg 943, Nro.42582.

3- Periódico Previsión, 25 de noviembre de 1908.

4- Hacia finales del año 1911 el Partido Independiente de Color sostenía cinco periódicos, los cuales  se editaban en distintas provincias: Reivindicación, en Sagua la Grande; La Razón, Unión Oriental  y Equidad, en Santiago de Cuba y Solución, en Guantánamo. Ver Manifiesto de la Comisión Reorganizadora del PIC en los municipios y provincia de La Habana, en Archivo Nacional de Cuba. Fondo Audiencia de la Habana. Leg. 710-1 exp2.

 

Bibliografía:

1. Colectivo de Autores: Impresiones de la República en el siglo XX, Lloyds Greater Britain Publishing Company, LTD, 1913, p. 198.

2. Rivero Muñiz, José: El Movimiento Obrero cubano durante la primera intervención norteamericana. Universidad Central de Las Villas, 1961.

 

Fondos de Archivo

-Archivo Nacional de Cuba.  Fondo Audiencia de La Habana

-Archivo Nacional de Cuba. Fondo Congreso de la República de Cuba 1902-1959

-Instituto de Literatura y Lingüística. (Hemeroteca)  Periódico Previsión

 

* Especialista del Archivo Nacional.

 


Anexo: Intervención del Senador Cristóbal de Laguardia, 11 de febrero de 1910
 

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENES

Los Independientes
de color en la prensa norteamericana

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.