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La escultura cubana
cuenta en su historia
con el nombre de una
mujer que no solo hizo
obra destacada destinada
a espacios interiores y
para la decoración de
diversos ambientes
públicos del territorio
nacional, sino que fue
una infatigable
fundadora de proyectos
en pos del desarrollo y
el uso social de esa
manifestación del arte
visual. Decir su nombre
es suficiente para
abarcar una vertiente
cultural de importancia
en el oficio
escultórico.
Relieves,
estatuaria, fuentes de
agua, señalización
histórica
tridimensional, sitios
de interés turístico
provistos de figuras
suyas cuyas formas y
ritmos reencarnan
simbólicamente a las
etnias que poblaron
nuestro archipiélago
antes de la llegada de
los europeos, parecen
repetirnos su nombre:
Rita Longa.
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Toques finales a
la escultura
"Virgen del
camino", 1951 |
Rita Longa se sitúa
generacionalmente dentro
de la hornada artística
—de pintores, dibujantes
y escultores— que
irrumpen en el medio
cultural habanero a
mediados de la década de
los 30. Se trata de
creadores que le dieron
mayor calado,
variabilidad individual
y alcance temático a la
posición moderna y
nacionalista que a
partir de la mitad de
los años 20 había
generado una nueva
perspectiva estética en
la plástica de Cuba.
Artistas, esos de la
llamada “primera
Vanguardia”, que
superaron la Academia
impuesta en tiempos
coloniales y recibieron
las improntas de los
ismos europeos de la
primera etapa, para dar
paso a un arte entonces
nuevo y capaz de
expresar con
universalidad la
conciencia de cubanía.
Ese punto de vista sobre
el arte encarnado por la
joven Rita y sus
colegas (Mariano,
Portocarrero, Carreño,
Martínez Pedro, Cundo
Bermúdez, Lozano,
Estupiñán, Mijares,
Mirta Cerra y otros) les
permitió dar continuidad
a las búsquedas
metafóricas de la nación
para sí en términos de
poética visual. Y
algunos de ellos,
incluso, se sintieron
conectados con
preocupaciones
sociológicas y
formativas en lo
artístico, como el
Estudio Libre de Pintura
y Escultura, donde la
Longa figuró como
instructora de una
manera conceptualmente
más avanzada que lo que
en los 60 fue la
fabricación de un
ejército de instructores
de arte. No obstante,
tener que depender de
encargos publicitarios
(como el diseño del
“indio” de la Cerveza
Hatuey) y propios de los
intereses y afanes de
simbología y lucro de
los sectores
económicamente poderosos
de la República, lógicos
en una vertiente
nacional del arte —la
escultura— que no
contaba con los medios
necesarios para su
desarrollo autónomo como
hecho creador, Rita
siempre se identificó
espiritualmente con
acciones que ponían de
manifiesto las ansias de
soberanía y libertad de
la gente de su país.
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"Náyade", 1943 |
La obra de Rita Longa
—tanto la realizada
antes de la existencia
del Estado
Revolucionario, como la
que corresponde a su
funciones como partícipe
escultórica de este— ha
estado signada por su
sentido de indagación en
la memoria insular, el
interés hedonista, la
inserción de piezas
fuertes en el paisaje
natural, la suma de lo
alegórico con lo
ornamental y al
estructuración de un
sistema de
producción-promoción-encargo
estatal-valoración y
estética ambiental que
permitiera a los
escultores cubanos no
solo vivir y realizar
sus obras, sino
igualmente establecerla
en espacios donde
tuvieran algún tipo de
utilidad práctica o
espiritual. Por ello,
podemos decir que los
aportes de esa
escultora nuestra fueron
de dos tipos:
intraartísticos
(personales, verificados
por las imágenes de sur
realizaciones) y de
proyección pública del
movimiento nacional de
escultura (compartido
con otros artífices,
sobre todo de
generaciones
posteriores, que la
respetaban y seguían).
En lo concreto de su
hacer, Rita desplegó
numerosas series de
piezas de salón, de
monumentaria y
decorativas que
abarcaron contenidos
religiosos, históricos,
arqueológicos,
mitológicos y
románticos. Todo ello
mediante una tectónica y
estilo que fue variando
de lo acentuadamente
figurativo a
figuraciones en cuyo
diseño participaba la
abstracción
tridimensional como
recurso plástico. Formas
suaves en algunas obras
contrastaron con otras
donde ángulos y planos
participaban de la
imagen con dinamismo
casi “futurista”, pero
dentro de un hacer de
profesión que tendía al
sentido de los ritmos,
la composición estable y
una especie de acceso al
espacio real desde la
orientación de las
líneas de fuerza de sus
estructuraciones. Rasgos
aparentemente opuestos
de su personalidad
artística —dureza y
ternura, lo apolíneo y
lo racional, lo
ilustrativo y el
acercamiento a la gestualidad
lírica— están presentes,
de una u otra manera,
dentro de toda su
producción: en lo hecho
como exteriorización de
una percepción lírica,
en las visiones que
dieron presencia
plástica a determinado
tema encomendado, en sus
fuentes y en diseños
escultóricos
embellecedores o
resueltos en pos de
trazar señalizaciones
para sitios de la
memoria histórica.
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"Bosque de los
héroes", 1973 |
Cuando los que la
conocimos recordamos a
Rita Longa, la vemos
como siempre fue:
solícita con sus
conocidos, escrutadora
de morfologías que la
naturaleza y la vida
histórica aportan
constantemente al ojo
adiestrado, en diálogo
franco que exponía su
modo de imaginar y
concebir la función
pública de lo
escultórico, exigente
con la calidad del
carácter material de la
obra propia y ajena,
identificada de esencia
con un proyecto de
utopías sociales que
ella había aceptado como
suyo. Sin dejar el don
de mando que le
caracterizaba, asomaban
en la escultora su
transparencia y una
sensibilidad que ponía
en actos tanto cuando se
afanaba por lograr
algún propósito de
alcance y servicio
nacional, como en sus
piezas concebidas como
obra autónoma o en las
destinadas a sitios
institucionales y
ámbitos abiertos. Rita
Longa aceptó el reto de
aquella manifestación
considerada “cenicienta”
y quiso hacer de la
escultura, en su obra y
en la de sus colegas
compatriotas, un crisol
paisajístico acompañante
de la vida del hombre
común, un reservorio de
sueños y testimonios
subjetivos que
proyectara el presente
hacia las aspiraciones
de futuro. Lo que hizo
en su trabajo de artista
y lo que impulsó desde
la CODEMA que cofundó y
presidió, le asignan un
significativo sitial en
el patrimonio cultural
cubano generado durante
la segunda mitad del
siglo XX. |