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Desde la altura de su
apartamento, casi al
final del López Serrano,
Ramiro Guerra divisa
cada día una espléndida
vista de La Habana. La
mira como quien sabe que
esa ciudad le reclama
despertar, no para
creerse dios o persona
tocada por la gracia
que, desde esa
perspectiva, no necesite
hacerse más preguntas.
La mira, desde ese
apartamento al que
maltratan temporales y
ciclones, para
recomponer el paisaje
donde él, terco y tenaz,
nos enseñó a bailar lo
cubano. En cubano y para
lo cubano, lo cual es,
por supuesto, un modo
enteramente universal de
acercarnos al espejo
inquieto que es la
danza.
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Las manías del destino
son siempre extrañas, y
nada pudo hacer
sospechar a la familia
del joven Pedro Ramiro
Guerra Suárez que sus
estudios de Derecho
acabarían torciéndose
hacia la danza. Casi
disfrazado, intervino en
alguna representación
del género durante sus
años de estudiante, pero
la suerte estaba echada
y poco después no
necesitaría máscaras ni
disimulos para abrazar a
la danza como fe de
vida. El cruce con una
maestra tan radical como
Nina Verchinina, su
aprendizaje con ella y
el viaje a Brasil como
uno de sus acompañantes;
el periplo hacia Nueva
York y el encuentro allí
con la técnica de Martha
Graham, José Limón y
otros líderes
esenciales, moldearon el
cuerpo y la mente de
Ramiro, afanado en
imaginar una Cuba que no
solo rindiera tributo al
ballet, como ya habían
ido demostrando los
empeños de Alicia,
Fernando y Alberto
Alonso; sino también a
la raíz de una
idiosincrasia que
pudiera entenderse desde
la modernidad más
ambiciosa. Los
bailarines de Katherine
Dunham, con su
espléndido acercamiento
al movimiento inspirado
en las fuentes negras de
la cultura
norteamericana, le
recordaron de golpe lo
que en su propio país lo
esperaba. A la manera en
que le sucedió a Lydia
Cabrera y tantos
artistas de su época,
fuera de la Isla halló
la clave que le hizo
regresar, para imaginar
aquí una senda
desbrozada hacia la
profundidad de sus
identidades.
Bailó sobre poemas de
Federico García Lorca
(su cercanía a Andrés
Castro y al teatro Las
Máscaras, dirigido por
ese nombre relevante en
La Habana de los 50 le
permitió coreografiar
escenas de Yerma),
sobre piezas de Erik
Satie, en solitario o
acompañado por unos
cuantos delirantes a los
que convocaba para alzar
la utopía de una danza
moderna en Cuba. Tuvo
que enfrentarse a la
falta de apoyo, a los
recelos homofóbicos, a
la sospecha de aquellos
cuerpos no envueltos en
gasas o tutús para
alentar otros deseos más
rebeldes. Colaboró con
el Ballet Alicia Alonso
en varios momentos,
persistiendo hasta
llegar a un 1959 en el
que logra abrir las
puertas del Departamento
de Danza Moderna del
Teatro Nacional de Cuba.
La fundación del
Conjunto sería un punto
de giro no solo en su
vida, sino en la cultura
de la nación.
Mulato,
Mambí, El
milagro del Anaquillé,
Suite yoruba,
Medea y los negreros,
Orfeo antillano,
Chacona,
Improntu galante son
parte de una secuencia
que parecía indetenible.
La fuerza de Ramiro como
coreógrafo, su capacidad
rigurosa como formador y
maestro, al frente de
los 30 bailarines que
escogió para dar la
arrancada definitiva a
la danza moderna en
nuestra geografía, se
multiplicaba y dilataba
en nombres de
colaboradores y fieles.
Eduardo Rivero, Santiago
Alfonso, Julio Matilla,
Eduardo Arrocha, Irma
Obermayer, Gerardo
Lastra, Isidro Rolando
son algo más que sus
discípulos, son los
depositarios de un hacer
y un saber que aún
alienta al ejercicio de
la danza en Cuba no solo
como goce, postal
turística, cortejo o
deleite, sino como una
manera firme de expresar
lo que somos, elevada a
una categoría de
verdadero golpe rotundo,
como arte y no mero
aderezo, como una
fórmula negada a ser
simple alquimia.
Cuando Maurice Béjart
llega a La Habana y se
encuentra al Conjunto en
su esplendor, no puede
hacer sino rendirse ante
la plenitud de lo que
encuentra. Las giras a
Europa, ellas mismas
dignas de un libro
pletórico de anécdotas
que se han vuelto
legendarias, son la
confirmación del hombre
que es Ramiro Guerra
ante su ejército de
bailarinas y bailarines,
rostros de una Isla
donde la danza era
también Revolución.
Los años 70 fueron
oscuros también para él.
Los atrevimientos de su
anunciado Decálogo
del Apocalipsis le
impidieron el estreno
oficial, y el disgusto
creado por la suspensión
puso igualmente en
“suspenso” el devenir de
todo lo que se había
logrado. Ramiro se aleja
del Conjunto, sus piezas
poco a poco irán
desapareciendo de los
repertorios. Para saber
qué era Suite yoruba,
clásico inicial de la
danza moderna en Cuba y
clave de la unión entre
lo folclórico y lo
contemporáneo, habría
que acudir al documental
que recoge escenas de su
primera versión,
Historia de un ballet.
O confiar en que los
bailarines de Elfrida
Mahler, en Guantánamo,
la repusieran hasta que
lo permitió el tiempo de
vida de esa maestra a la
que Ramiro venera tanto.
El silenciamiento y la
distancia del salón de
ensayos abren paso a la
escritura, dejando que
lo que fueran ensayos y
artículos en revistas
como Prometeo, se
convirtieran en más
volúmenes.
Teatralización del
folklore, Calibán
danzante,
Coordenadas danzarias,
se unirán a
Apreciación de la danza,
editada en los 60, para
demostrar que para
Ramiro el cerebro del
bailarín tiene que ser
también un músculo,
dispuesto a bailar desde
el aprendizaje y el
intelecto, sin lo cual
un ejecutante de esta
expresión no será nunca
un artista verdadero.
Cuando las aguas
recuperan su nivel,
Ramiro Guerra se niega a
volver a los salones de
los cuales se le
distanció. Encuentra en
el equipo del Conjunto
Folclórico Nacional un
eco posible para sus
investigaciones, y de
ahí nacen nuevos
espectáculos. Su diálogo
entrañable con Fernando
Alonso lo encamina a
Camagüey, donde monta
una versión de Los
dos ruiseñores para
el ballet de dicha
ciudad. Siempre en
movimiento, siempre
polémico, supo percibir
lo mejor de la danza
teatro, de las
tendencias más
vanguardistas, supo
reconocer en figuras
como Marianela Boán y
Rosario Cárdenas a
seguidoras de lo que él
mismo sembró.
Escribiendo, ensañando,
impulsando talentos,
discutiendo y
bronqueando como solo él
sabe hacerlo, ha hecho
que sus amigos sepamos
que tras esa serie de
actitudes palpita un
hombre que nunca ha
vestido togas doctorales
para ejercer su
magisterio: un
magisterio de vida,
nunca de simple pose o
arrogancia, que hoy, a
sus 90 años, desmiente
cualquier síntoma de
senilidad en su firmeza
de talento y de
carácter. En 1989,
cuando estrena De la
memoria fragmentada,
organiza un collage que
repasa su trayectoria.
Sin asomo de nostalgia o
autoconmiseración. Ver
La Habana desde cierta
altura nos permite
evitar esos gestos
patéticos, como quien
mira a la ciudad en su
vida, y viceversa.
No todos los días puede
rendirse tributo a un
fundador. En la
celebración de su
cumpleaños, Ramiro
Guerra estuvo rodeado de
sus fieles, sus alumnos,
de los alumnos de sus
alumnos, en una línea
que se prolonga hacia el
futuro. Sentado cerca de
Fernando Alonso, dueño
de unos 97 años también
desmentidos por su
elegancia y seguridad,
ambos son exactamente
eso: fundadores a los
que deberíamos saludar
con más frecuencia, y
agradecer a ambos el
color y el calor que
somos, la intensidad que
somos, gracias a los
delirios que alguna vez
emprendieron personas
como ellos. Una Isla
fundada en el sueño que
tantos tildaron de
imposible. Una Isla que
baila porque algunos la
ensoñaron en esa calidad
distinta de expresar
nuestro secreto. Una
Isla que se llama hoy
Ramiro Guerra. Y que se
mira a sí misma, cada
mañana, desde la ventana
del mundo, para
entenderse como ritmo,
vibración y biografía
por habitar.
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