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Hay dos ilusiones
peligrosas que tanto en
la derecha, como en la
izquierda, dominan el
análisis político de la
tecnología y muy
particularmente de las
nuevas tecnologías
integradas en la red. La
primera es la de la
neutralidad de los
formatos y las
funciones. La segunda la
del paralelismo entre
progreso tecnológico y
emancipación social.
Esta última viene siendo
firmemente cuestionada
desde hace unos años a
partir de un discurso
ecológico riguroso que
demuestra —registrando
evidencias materiales ya
indisimulables— que las
fuerzas productivas, con
independencia del
sistema del que surgen,
son también fuerzas
destructivas, de manera
que tenemos que aceptar,
como sugería el filósofo
Manuel Sacristán en los
años 70, que hay
artefactos tecnológicos
en sí mismos
no-comunistas. Sacristán
hablaba concretamente
del automóvil, pero más
radical aún es el
ejemplo de la bomba
atómica, de la cual
nadie puede imaginar,
sin un quebranto lógico
irreparable, un uso
emancipador o
socialista.
En cuanto a la presunta
neutralidad de la
tecnología, la
provocativa reflexión de
Sacristán obliga a
repensar la cuestión a
partir más bien del
concepto de “autonomía”.
La autonomía de los
artefactos tecnológicos,
en general, implica la
aceptación de dos
presupuestos: 1, el de
que los objetos
tecnológicos son
relativamente
independientes del modo
de producción y no son,
por lo tanto, puramente
reproductivos, ni desde
el punto de vista
ideológico ni desde el
económico, y 2, el de
que, en todo caso, es el
objeto tecnológico mismo
el que, más allá de su
contexto social, impone
un determinado uso del
mismo, una determinada
recepción mental y un
determinado horizonte de
cambio. Si pensamos, por
ejemplo, en la imprenta,
chinos y coreanos habían
inventado los tipos
móviles 400 años antes
que Guttemberg, pero los
usaron raramente o solo
como juguete; se podía,
pues, inventar la
imprenta “en
cualquier momento”, pero
eran necesarias
concretas condiciones
económico-sociales para
justificar y extender su
uso. Al mismo tiempo, la
imprenta, que se
convirtió en un poderoso
instrumento
democratizador, sirvió
también o sobre todo
para universalizar la
religión (y excluir cada
vez más al sector no
letrado de la
población), pero
generalizó en todo caso
un modelo de percepción,
el “paradigma letrado”,
vinculado a la
narración, la sucesión y
la “objetividad”,
condiciones de la
racionalidad ilustrada y
occidental.
Lo que de algún modo
producen todos los
objetos tecnológicos es
a sus usuarios. Si
aceptamos que estamos
pasando muy deprisa —en
el curso de una
generación— del
paradigma letrado, aún
no agotado en sus
potencialidades, a un
paradigma posletrado, es
importante explorar las
consecuencias de este
pasaje. Es difícil
porque formamos parte de
él y porque el análisis
mismo se hace desde una
posición anfibia, con
medio cuerpo en las
letras y medio cuerpo en
los dígitos. No sabemos
aún qué son exactamente
las nuevas tecnologías
ni qué nueva mente están
engendrando. No sabemos
si Internet es una
técnica como la
escritura, una
herramienta como la
imprenta, un nuevo
continente como América
o un órgano como nuestro
riñón derecho.
Probablemente es todo
eso al mismo tiempo. Lo
que sí podemos decir es
que nos introduce —nos
está introduciendo ya—
en una condición
posletrada; en una
condición en la que lo
decisivo, como nuevo
marco de percepción, no
es ya la letra pública
ni, como a menudo se
cree, el “dígito”
oculto sino “la
pantalla”
encendida. La expresión
no es elegante, pero a
la espera de forjar una
mejor podríamos hablar
de “condición pantállica”.
El papel está condenado
a desaparecer no porque
sea ecológicamente
insostenible o caro,
sino porque está muerto:
recibe la luz de
nuestros ojos y exige,
por lo tanto, una
atención intensa y
disciplinada. Por eso,
la filosofía está
orgánicamente atada a la
madera y no sobrevivirá
a su muerte. En su
lugar, la pantalla está
viva; emite su propia
luz y, si resulta por
ello más atractiva,
demanda una atención
mucho más débil y
superficial; una
atención dispersa,
fugitiva, vaporizada, si
se quiere, en la
simultaneidad de las
muchas pantallas
abiertas al mismo tiempo
ante nuestros ojos.
Ningún cerebro finito
estará jamás a la altura
de la infinita potencia
tecnológica de la red;
ninguna razón finita
podrá encontrar ahí la
linealidad y sucesión
que le proporcionan la
frase y la hoja de papel
—que solo se puede pasar
“despacio”.
Nunca fuimos realmente
letrados; nunca llegamos
a ser letrados, y ya no
podremos serlo. La
población mundial está
cada vez más dividida
entre analfabetos y
posletrados. La franja
propiamente letrada se
encoge cada vez más y
con ella todas las
posibilidades
entrevistas hace cuatro
mil años y nunca
desplegadas por
completo. ¿También el
socialismo? Frente al
entusiasmo acrítico de
tantos internautas, la
izquierda debe atreverse
quizá a reconocer que
también tecnológicamente
está perdiendo la
partida. Enseñar a leer
ya no sirve. Y es a
partir de este hecho
desnudo —la condición
posletrada y tal vez
poshumana de la
historia— que debe
replantearse todas sus
estrategias.
Con ese nuevo medio
—simbolizado
enigmáticamente en la
metáfora de la “red”—
tenemos que mirar y
abordar el mundo. Como
técnica, la informática
es en realidad mucho más
complicada que la
escritura. Aprender a
leer es muy difícil,
pero una vez descifradas
las letras, uno se
convierte en un escritor
potencialmente activo:
leer y escribir son dos
operaciones
inseparables. ¿Cuántas
personas saben
confeccionar, descifrar
y modificar un programa
informático? Todos
podemos navegar por
Internet, como todos
podemos disfrutar de una
interpretación al piano;
pero son muy pocos los
que verdaderamente
gestionan el tejido
digital, como son muy
pocos los que saben
tocar un instrumento
musical.
Como continente, la red
no es un territorio
liberado, sino un
territorio aún por
liberar en el que las
relaciones de fuerzas
—izquierda/derecha,
socialismo/capitalismo—
son muy parecidas a las
que dominan en el mundo.
En ese marco fluido y
metastásico, nuestros
medios son mucho menos
numerosos y se
reproducen mucho más
despacio que la
totalidad radial del
magma audiovisual que
conforma la subjetividad
del usuario, construida
en la inmediatez
sincrónica del consumo y
la renovación mercantil.
Como órgano, entraña —en
las entrañas— la tiranía
biológica de todos los
órganos. Podemos
renunciar a usar el
martillo si no tenemos
que clavar clavos, pero
no podemos renunciar a
usar nuestro riñón
derecho o nuestro
hígado. Nuestro
ordenador conectado a la
red es, en realidad, la
dependencia orgánica de
un cuerpo conectado a un
gran riñón exterior que
sigue vivo mientras
nosotros dormimos o
mientras cocinamos
—tiempo residual inútil—
y del que solo podemos
emanciparnos, cada vez
que lo hacemos, mediante
una enorme violencia.
Hay que aceptar que
frente a un martillo
somos mucho más libres
que frente a la pantalla
del ordenador.
Lo mismo pasa con la
televisión: apagarla
exige el coraje atroz de
practicar la eutanasia a
un pariente o, peor, a
uno mismo. Pero la
televisión está dejando
también paso, muy
deprisa, a este formato
pantállico integrado,
multifuncional, que se
ajusta e impone un nuevo
tipo de poder y un nuevo
tipo de resistencia. La
televisión se
correspondía a un tipo
de poder centralizado,
de autoridad oral
fiduciaria, en el que la
saturación de
visibilidad desprendía
una personalidad estable
y carismática: no en
vano la televisión fue
inventada por el nazismo
y su uso está muy
limitado a la propaganda
o —lo que es lo mismo—
la publicidad. Las
nuevas tecnologías, en
cambio, producen un
nuevo tipo de autoridad
rapsódica y fluida, tan
deslocalizada como las
nuevas fábricas, tan
zigzagueante como los
mercados financieros, y
producen también un
nuevo sujeto resistente,
joven, transfronterizo y
volátil, cuya expresión
política, con su fuerza
explosiva y sus límites,
podemos localizar en las
revueltas árabes y en el
movimiento indignado del
15-M.
De este nuevo paradigma
no se puede escapar,
pero no es en sí mismo
emancipatorio; hemos de
luchar desde él, pero
conociendo qué conductas
y qué percepciones nos
impone su “autonomía”
pregnante. Sería absurdo
no tratar de comprender
quiénes somos y dónde
nos movemos cuando
tratamos de cambiar el
mundo desde un medio
—con un medio— del que
nuestra mirada y
nuestros dedos son de
algún modo un producto.
Con el producto que
somos, tenemos que
producir un nuevo mundo.
La pregunta es: ¿podrá
ser socialista? La
cuestión es saber si el
obstáculo es solo
económico o también
tecnológico... |