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Internet no es una
realidad alternativa o
un universo paralelo, se
trata, más bien, de otro
espacio de la realidad,
donde esta se configura,
resemantiza y
transforma. Al conectar
a los hombres más allá
de los límites
territoriales conocidos,
el mundo físico se
contrajo, y la realidad,
por paradójico que
suene, se expandió.
Las guerras
convencionales no
desaparecieron, pero
ahora el campo de
batalla ha adquirido una
nueva dimensión. Hace
dos años, después que
Julian Assange fuera
detenido en Londres,
comenzó lo que muchos
medios calificaron como
la primera ciberguerra
de la historia. De un
lado, los hacktivist
—o hackers
activistas, como se
prefiera— saboteaban a
las empresas que habían
cerrado cuentas de
WikiLeaks. Del otro,
hackers que se
hacían llamar
“patrióticos” atacaban
al sitio por
considerarlo una amenaza
al poner en riesgo la
vida de los soldados de
EE.UU. y sus relaciones
diplomáticas.
Aunque, en realidad, los
hacktivist no
peleaban por Assange o
su sitio de goteras
informativas, sino por
una Internet libre. En
Londres, uno de ellos
aseguraba: “Esto se está
convirtiendo en una
guerra, pero no es una
batalla convencional. Es
una guerra de datos.
Estamos tratando de que
Internet se mantenga
como un lugar libre y
abierto, como siempre ha
sido. El problema es que
en los últimos meses y
años hemos visto cómo
los gobiernos están
tratando de cortar
nuestra libertad en
Internet”.
Sin embargo, no era la
primera vez. Un día de
agosto de 2001, por
ejemplo, La Jiribilla
estuvo offline a
causa de un ciberataque.
El mismo procedimiento
que impidió durante una
mañana a MasterCard y
PayPal hacer
transacciones
financieras a través de
Internet, imposibilitaba
el acceso de miles de
lectores de una revista
de cultura cubana.
Desde luego, no fueron
las mismas personas ni
los mismos intereses ni
el mismo contexto. Pero
también demuestra que
las tecnologías y el
mundo digital no son tan
inocentes ni tan
neutrales. A Internet se
han extrapolado los
mismos intereses
económicos y políticos,
los mismos juegos de
poder del mundo físico.
Aquí, el capital
simbólico ha cobrado un
valor que quizá nunca
antes haya tenido. Los
mensajes y la
información, más que
poder, son bienes de
consumo que reproducen
ideología.
Esto, en un contexto
como el de Cuba, donde
todo lo que se genera
adquiere connotaciones
políticas, tiene
implicaciones mucho
mayores. Por eso, con el
discurso adecuado y un
poco de suerte, alguien
tal vez pueda llegar a
vivir de ello, ya sea
mediante un premio —como
el Ortega y Gasset—, una
beca, el financiamiento
de algún banco
extranjero —como el BBVA—
o, quizá, una tajada de
esos 20 millones que
destina el Departamento
de Estado de EE.UU. “con
la esperanza de expandir
el flujo de información
libre” en Cuba.
Entonces, con ese
dinero, algunos pueden
twitear desde un celular
—algo que en la Isla muy
pocos consiguen por
razones de
infraestructura—,
mantener un blog u
organizar un festival,
en plan Comic-Con, que
afirma aglutinar a
entusiastas de la
tecnología —ella, tan
neutral, tan inocente—
sin fines políticos,
pero hace exactamente lo
contrario.
Aunque, en realidad, la
cuestión va mucho más
allá. A fin de cuentas,
es lógico que el poder
que actualmente rige el
mundo emplee millones en
reproducir su manera de
verlo, su verdad. El
intento de perpetuarse,
de legitimar su control,
de proveer esa sensación
de libertad que, ya se
sabe, no es más que eso,
una sensación, todo es
parte de su naturaleza.
El verdadero problema
trasciende, incluso, a
las evidentes
limitaciones de acceso y
conectividad que existen
en Cuba, ya sea por la
carencia de
infraestructuras, el
Bloqueo o la burocracia.
Tiene que ver con las
competencias que de cada
individuo demanda el
mundo digital.
Antes, para vivir en
sociedad había que saber
leer, conocer las leyes
y los códigos morales.
Ahora, no basta con eso,
se necesita un cúmulo de
saberes que van mucho
más allá de dominar las
tecnologías. Se trata de
que el individuo tenga
la capacidad de
cuestionar toda la
información que recibe y
de que, quizá por
primera vez en la
historia de la
comunicación, se
convierta verdaderamente
en un receptor activo.
La red ha propiciado que
nadie tenga que enajenar
su voz en función de
otro que hable en su
lugar, cada cual,
siempre que tenga
acceso, posee su propia
cuota de poder. El modo
en que se articuló el
15-M da idea de cómo
puede llegar a ser una
sociedad verdaderamente
participativa. Tanto es
así, que el nuevo saber
se construye cada vez
menos en instituciones y
centros de poder, y más
en comunidades donde
varias personas tienen
la posibilidad de
legitimar conocimientos
o desacreditarlos
públicamente en cuestión
de segundos.
Eso, por supuesto,
entraña una
responsabilidad. La
responsabilidad de no
ser ingenuos, de
entender cómo funciona
el mundo, de conocer los
intereses que operan
tras cada mensaje.
En Cuba, por ejemplo,
implica aprehender una
realidad extremadamente
compleja, cuyo correlato
web lo es tanto o más.
En toda la información
que se genera desde y
sobre la Isla hay tantos
matices como opiniones,
muchas de ellas
respetables. Pero
detrás, en el fondo, los
intereses no siempre
tienen que ver con la
idea de un proyecto de
nación, y términos como
libertad, verdad o
democracia, a veces se
entienden según de qué
lado venga el dinero.
Por eso, el mayor reto
está ahí, en hacer de
cada individuo un ente
social activo, capaz de
juzgar, de opinar, de
asumir una posición
ética. Porque en
Internet, como en el
resto del mundo moderno,
la neutralidad no
existe, y, al final, de
la suma de posiciones
individuales que
asumamos, dependerá el
destino de nuestra
sociedad. |