La Habana. Año XI.
30 de JUNIO al 6 de JULIO
de 2012

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Los conflictos 2.0
Ernesto Yhanes • La Habana

Internet no es una realidad alternativa o un universo paralelo, se trata, más bien, de otro espacio de la realidad, donde esta se configura, resemantiza y transforma. Al conectar a los hombres más allá de los límites territoriales conocidos, el mundo físico se contrajo, y la realidad, por paradójico que suene, se expandió.

Las guerras convencionales no desaparecieron, pero ahora el campo de batalla ha adquirido una nueva dimensión. Hace dos años, después que Julian Assange fuera detenido en Londres, comenzó lo que muchos medios calificaron como la primera ciberguerra de la historia. De un lado, los hacktivist —o hackers activistas, como se prefiera— saboteaban a las empresas que habían cerrado cuentas de WikiLeaks. Del otro, hackers que se hacían llamar “patrióticos” atacaban al sitio por considerarlo una amenaza al poner en riesgo la vida de los soldados de EE.UU. y sus relaciones diplomáticas.

Aunque, en realidad, los hacktivist no peleaban por Assange o su sitio de goteras informativas, sino por una Internet libre. En Londres, uno de ellos aseguraba: “Esto se está convirtiendo en una guerra, pero no es una batalla convencional. Es una guerra de datos. Estamos tratando de que Internet se mantenga como un lugar libre y abierto, como siempre ha sido. El problema es que en los últimos meses y años hemos visto cómo los gobiernos están tratando de cortar nuestra libertad en Internet”.

Sin embargo, no era la primera vez. Un día de agosto de 2001, por ejemplo, La Jiribilla estuvo offline a causa de un ciberataque. El mismo procedimiento que impidió durante una mañana a MasterCard y PayPal hacer transacciones financieras a través de Internet, imposibilitaba el acceso de miles de lectores de una revista de cultura cubana.

Desde luego, no fueron las mismas personas ni los mismos intereses ni el mismo contexto. Pero también demuestra que las tecnologías y el mundo digital no son tan inocentes ni tan neutrales. A Internet se han extrapolado los mismos intereses económicos y políticos, los mismos juegos de poder del mundo físico. Aquí, el capital simbólico ha cobrado un valor que quizá nunca antes haya tenido. Los mensajes y la información, más que poder, son bienes de consumo que reproducen ideología.

Esto, en un contexto como el de Cuba, donde todo lo que se genera adquiere connotaciones políticas, tiene implicaciones mucho mayores. Por eso, con el discurso adecuado y un poco de suerte, alguien tal vez pueda llegar a vivir de ello, ya sea mediante un premio —como el Ortega y Gasset—, una beca, el financiamiento de algún banco extranjero —como el BBVA— o, quizá, una tajada de esos 20 millones que destina el Departamento de Estado de EE.UU. “con la esperanza de expandir el flujo de información libre” en Cuba.

Entonces, con ese dinero, algunos pueden twitear desde un celular —algo que en la Isla muy pocos consiguen por razones de infraestructura—, mantener un blog u organizar un festival, en plan Comic-Con, que afirma aglutinar a entusiastas de la tecnología —ella, tan neutral, tan inocente— sin fines políticos, pero hace exactamente lo contrario.

Aunque, en realidad, la cuestión va mucho más allá. A fin de cuentas, es lógico que el poder que actualmente rige el mundo emplee millones en reproducir su manera de verlo, su verdad. El intento de perpetuarse, de legitimar su control, de proveer esa sensación de libertad que, ya se sabe, no es más que eso, una sensación, todo es parte de su naturaleza.

El verdadero problema trasciende, incluso, a las evidentes limitaciones de acceso y conectividad que existen en Cuba, ya sea por la carencia de infraestructuras, el Bloqueo o la burocracia. Tiene que ver con las competencias que de cada individuo demanda el mundo digital.

Antes, para vivir en sociedad había que saber leer, conocer las leyes y los códigos morales. Ahora, no basta con eso, se necesita un cúmulo de saberes que van mucho más allá de dominar las tecnologías. Se trata de que el individuo tenga la capacidad de cuestionar toda la información que recibe y de que, quizá por primera vez en la historia de la comunicación, se convierta verdaderamente en un receptor activo.

La red ha propiciado que nadie tenga que enajenar su voz en función de otro que hable en su lugar, cada cual, siempre que tenga acceso, posee su propia cuota de poder. El modo en que se articuló el 15-M da idea de cómo puede llegar a ser una sociedad verdaderamente participativa. Tanto es así, que el nuevo saber se construye cada vez menos en instituciones y centros de poder, y más en comunidades donde varias personas tienen la posibilidad de legitimar conocimientos o desacreditarlos públicamente en cuestión de segundos.

Eso, por supuesto, entraña una responsabilidad. La responsabilidad de no ser ingenuos, de entender cómo funciona el mundo, de conocer los intereses que operan tras cada mensaje.

En Cuba, por ejemplo, implica aprehender una realidad extremadamente compleja, cuyo correlato web lo es tanto o más. En toda la información que se genera desde y sobre la Isla hay tantos matices como opiniones, muchas de ellas respetables. Pero detrás, en el fondo, los intereses no siempre tienen que ver con la idea de un proyecto de nación, y términos como libertad, verdad o democracia, a veces se entienden según de qué lado venga el dinero.

Por eso, el mayor reto está ahí, en hacer de cada individuo un ente social activo, capaz de juzgar, de opinar, de asumir una posición ética. Porque en Internet, como en el resto del mundo moderno, la neutralidad no existe, y, al final, de la suma de posiciones individuales que asumamos, dependerá el destino de nuestra sociedad.

 
 
 
 
 

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