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Siendo estudiante de
periodismo leí, por
azar, un libro donde
Rogelio Martínez Furé se
entrevistaba a sí mismo.
Me pareció entonces una
arrogancia, aunque no
exenta del encantamiento
que una escritura
semejante es capaz de
propiciar en los
iniciados. Cinco años
más tarde, sobre el sofá
en que el folklorista
cubano me espera para
conversar, he hallado su
origen: como seguramente
se citaba a pie de
página, el texto había
sido publicado en la
década de los 70 por el
propio Furé, como
introducción a un
programa de mano —de
brazo y anaquel, pienso
ahora, cuando veo el
grueso del material— del
Conjunto Folklórico
Nacional.
Y no puedo mentir, aun
cuando ya no le tengo
enfrente —Rogelio me
auguraría flores, pero
no frutos—: mientras
contestaba a la
grabadora una de mis
preguntas, releí los
párrafos introductorios
de aquella entrevista.
Por más que me costara
creerlo, este hombre que
me recibía entre sus
orichas, no siempre tuvo
quien le interrogara.
Como nuestra cultura
misma.
Medio siglo ha llovido
desde la concreción de
su sueño, el Conjunto
Folklórico Nacional, y
el pasado 22 de junio,
durante el acto de
inauguración del centro
cultural habanero Raquel
Revuelta, recibió una
felicitación del
presidente Raúl Castro.
Rogelio, cubano
“rellollo” como el
“pueblo pueblo” —le
gusta decirlo así,
marcando la diferencia
con el estereotipo
“pueblo-criollo”— admite
que “no ha sido un
camino de rosas”. Y se
dispone a contar la
historia. En casi dos
horas, no asoma una sola
espina.
¿Qué elementos del
contexto político,
cultural y social en que
se fundó el Conjunto
considera que han
definido la proyección
de la compañía durante
50 años?
El momento fundacional
del Conjunto Folklórico
fue un contexto de
verdadero renacimiento
de la cultura cubana.
Habían transcurrido
apenas dos años del
triunfo revolucionario y
uno, de la creación de
la Unión de Escritores y
Artistas; es decir,
podía sentirse toda una
preocupación entre los
cubanos y, especialmente
entre quienes nos
dedicábamos a la
creación artística, por
aportar algo a aquella
efervescencia. Fue un
momento de encuentro con
nuestras raíces
culturales y de
numerosísimos esfuerzos
por lograr que nuestro
pueblo conociera y
asumiera su historia.
La imagen de lo cubano
había sido deformada
hasta el cansancio por
la voluntad permanente
de exportar, durante
todo el período
republicano, una visión
seudofolklórica de
nuestras tradiciones
musicales y danzarias. Y
con la Revolución, llegó
el tiempo de refundar
también eso, de limpiar
los complejos de
inferioridad que el
pueblo cubano sentía en
relación con sus
tradiciones culturales
como resultado de los
largos procesos
coloniales.
En aquellos años, conocí
al gran coreógrafo
mexicano Rodolfo Reyes
Cortés, y entre los dos
tuvimos la idea de crear
un conjunto folklórico
profesional. Antes de
1959, apenas habían
existido pequeñas
agrupaciones conformadas
por gente de pueblo que
conocía los bailes, las
músicas y las formas de
tocar los instrumentos,
pero que apenas servían
para ilustrar
conferencias de Don
Fernando Ortiz y de
Odilio Urfé. Eran
cantadores, bailadores
natos, pero no
profesionales en el
sentido de la disciplina
estética; personas que
se reunían para
presentarse y luego se
dispersaban hacia sus
labores habituales como
zapateros, amas de casa
o lo que fuere. Nosotros
queríamos un salto
cualitativo.
Ud. acaba de mencionar
dos nombres que serían
decisivos en ese proceso
de conformación no solo
del Conjunto Folklórico
Nacional, sino en toda
aquella reapropiación de
la tradición cultural
cubana en la nueva “hora
cero” que significaba la
Revolución. Y junto con
ellos estaría también
Argeliers León. ¿Cómo
funcionó esta
acumulación de
referentes en los
primeros tanteos de la
agrupación, justamente
cuando lo que estaba en
juego, era alcanzar la
expresión legítima de
nuestro folklore como
garante de ese “salto
cualitativo” que se
proponían?
No nos interesaban las
reproducciones
etnográficas, sino
espectáculos teatrales
de avanzada que
mantuvieran un respecto
con nuestras tradiciones
musicales y danzarias. Y
la clave fue justamente
esta: el Conjunto
Folklórico Nacional
nunca hizo folklore,
sino proyecciones
escénicas inspiradas en
él.
El folklore verdadero
solo lo puede hacer el
pueblo… el “pueblo
pueblo”: sabemos que es
una expresión anónima,
colectiva, no
institucional. Y los
estudios realizados por
Ortiz, Argeliers y Urfé
fueron definitivos para
beber de todo ello.
¿Cómo recibió entonces
el “pueblo pueblo”
aquella —vamos a decirlo
así— profesionalización
de su expresión
intuitiva?
Fue maravilloso. El
estreno en el teatro
Mella fue uno de los
grandes momentos del
acontecer cultural de la
época. Todos los diarios
y las revistas del país
dedicaron espacios
importantes a relatar
aquel espectáculo, a
alabar la belleza de la
propuesta y a celebrar
el salto estético. Las
representaciones
simples, casi primarias,
espontáneas, habían
conformado una puesta en
escena.
¿Qué caracterizaba al
proceso de montaje?
Yo era el asesor
folklórico y el
libretista, al mismo
tiempo. Hacía la
investigación de campo,
imaginaba los
espectáculos y escribía
los libretos como si
fuesen obras de teatro:
separaba las escenas y
los cuadros, apuntaba la
forma en que pensaba la
escenografía y sugería
incluso elementos
coreográficos… Todo ello
estaba sustentado en una
investigación previa, en
un proceso complejo de
recolección de cantos,
bailes, características
de los vestuarios.
Todavía guardo todos
esos libretos.
Teníamos como coreógrafo
al propio Cortés; como
diseñador de
escenografía, a Salvador
Fernández; como
diseñadora de vestuario,
a María Elena Molinet;
como diseñador de luces,
a Ramiro Maseda; y
lógicamente, a los
bailarines.
Me contaba que, por
aquellos años, pasó por
aquí un gran dramaturgo
francés y sugirió que el
espectáculo sería un
gran éxito en París.
Ante ese exigente
público se iniciaría la
ruta casi surrealista
del Conjunto Folklórico
Nacional por escenarios
internacionales…
En 1964 estuvimos en el
Festival de Teatro de
las Naciones en París.
En esa primera gira
estuvimos también en
Bélgica, Argelia y
España. Tengo
recolectada toda la
crítica que se nos hizo:
fue un éxito rotundo
nuestra presencia allí.
¿Cómo se explica Ud. el
éxito de las propuestas
ante un público cuyas
referencias sobre “lo
cubano” estaban quizá
permeadas por
representaciones nacidas
de las estructuras
coloniales de
pensamiento —me refiero
sobre todo a España?
¿Cuáles fueron las
claves de esa sintonía?
Una sola, muy simple: la
autenticidad. Además de
hombre de letras, soy un
folklorista, un defensor
de la verdad. Nunca he
aceptado que se cree
seudofolklore ni que se
le llame así a
manipulaciones groseras
para satisfacer el
hambre de lo exótico. Y
eso se vio en nuestras
propuestas de aquella
gira, como en todas las
que vinieron después.
Durante medio siglo, el
Conjunto ha sido también
un gran proyecto
comunitario. ¿Cómo ha
contribuido el barrio en
que tiene su sede la
compañía al encuentro de
su expresión, de su
“sello”, digamos?
El folklore es también
comunicación. Y eso se
logra, en una compañía
profesional, no solo a
través de los
espectáculos. Cada vez
que hemos podido hemos
hecho presentaciones en
teatros arena, para
propiciar el encuentro
con el público, la
cercanía, el roce y el
contacto entre la gente
y los cuerpos de los
bailarines, el contagio
del ritmo y de la fuerza
expresiva. Pero eso
nunca nos satisfizo.
Empecé en 1975 a hacer
actividades en el patio
del Conjunto: nuestras
famosas Sabatinas. En
1982 creamos los Sábados
de la Rumba: el primer
espacio en Cuba donde el
público tenía una
participación activa en
la representación
cultural. En el folklore
no hay público pasivo,
es una comunicación
directa donde todos
somos artistas. El
espacio se mantiene aún,
y se ha replicado en
otras provincias cubanas
y en ciudades como
Buenos Aires o Nueva
York.
El proyecto se convirtió
en un centro cultural
contracorriente. Casi
nadie le hacía caso a la
rumba por aquellos años,
se le consideraba un
objeto museable. La
comunidad que nos
rodeaba aprendió a
valorarla y respetarla,
a interpretar sus
temáticas. Así
comenzamos a insertar
poco a poco todas
nuestras tradiciones
culturales.
También creamos el
espacio llamado El
rincón del tío Makuto,
en el patio de nuestra
sede. Los niños de las
escuelas asistían todos
los sábados por las
mañanas y compartíamos
cantos, bailes,
tradiciones culinarias
cubanas que ni sus
padres conocían
siquiera.
Lo que me cuenta
silenciaría, casi con
certeza, a quienes aún
se cuestionan la
supervivencia del arte
folklórico en la era
digital. ¿Cómo percibe
el Conjunto la
preferencia de
expresiones
contemporáneas de la
música y la danza entre
los cubanos más jóvenes;
especialmente de
propuestas que, con la
cercanía que propician
las nuevas tecnologías,
se han tornado cada vez
más homogéneas y
homogeneizadoras?
¿Significa esto una
amenaza para el
folklore?
[Ríe... Y mientras trata
de disimularlo, pasa por
mi mente toda su
biografía: Rogelio
Martínez Furé.
Folklorista. Cantante de
música aleatoria, de
música renacentista.
Cofundador del grupo
Oro, junto a Cintio
Vitier. En la plaza
Cadena de la Universidad
de La Habana saludó al
Che Guevara con música
aleatoria, cantos
funerarios yoruba y
tambores batá…]
…la cultura cubana
siempre ha sido deudora
de todas las culturas
del mundo. ¿Quién dijo
que la globalización
vino con Internet? A
estas costas llegaron
los españoles, los
africanos, los chinos
hace siglos, con sus
culturas a cuestas… Lo
importante no es el
préstamo cultural, sino
la forma en que asumes
el préstamo en tu
sistema de valores.
No te olvides, por
ejemplo, de algo
importante: cuando aquí
llegó la contradanza
francesa, nuestra clase
esclavista la condenaba
por pervertir la pureza
de las señoritas; sin
embargo, los músicos
negros y mulatos que
tocaban en las orquestas
de la época fueron
incorporando poco a poco
ritmos de origen
africano y surgió la
contradanza cubana.
Sucedía lo mismo cada
vez que entraba una
nueva sonoridad. Al
danzón, a la conga, a la
rumba y al son se les
tiró con el rayo, como
decimos. Siempre ha
existido una respuesta
conservadora en torno a
lo nuevo. Incluso,
respuestas
reaccionarias.
Sin embargo, no hay que
ser custodios severos de
todo esto: el genio del
pueblo bota lo que no
sirve y asimila lo
bueno. No le temo ni a
la tecnología ni a
ninguna globalización,
que no son nada nuevo.
Quienes conocen nuestro
repertorio saben que no
solo abordamos lo
religioso, sino también
lo profano, las raíces
caribeñas, africanas y
europeas; la trova
antigua y la moderna; el
punto cubano; el danzón…
todo lo que constituya
nuestro patrimonio
musical. Pero no nos
limitamos al pasado:
cada expresión cultural
creada o defendida por
el pueblo la hemos
incorporado a nuestro
repertorio… ¡hasta el
reguetón!
El folklore no es un
museo, sino una cantera
de formas vitales. El
arte que asume el
folklore debe ser capaz
de hablarles a los
hombres y las mujeres de
hoy con conciencia de su
pasado. Lo importante es
no imponer. Nada
destruye la cultura de
un pueblo si este está
convencido de sus
valores.
A 50 años de la
fundación del Conjunto,
¿cuáles cree que sean
sus desafíos?
Los mismos que enfrenta
toda la cultura cubana:
evitar el espejismo de
convertirse en producto
exótico para el consumo
de turistas ociosos. El
país de la sensualidad,
de la sandunga, del
ritmo… no, Cuba es más
que eso. Contra el
jineterismo
seudocultural de
inspiración
folklorizante y el
jineterismo religioso,
dos parásitos que
carcomen muchos espacios
de la sociedad cubana
contemporánea, deben
luchar los creyentes
honestos y los artistas.
Y yo vivo tranquilo,
porque conozco el
proverbio africano: la
mentira da flores, pero
no da frutos. |