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Hurgar en nuestra prensa
plana del siglo
xix, más que una
aventura, es adentrarse
también en el mundo
complejo, posible en
cualquier circunstancia
y lugar, de la política.
Dieciséis de noviembre
de 1868. Apenas 36 días
antes, el 10 de octubre,
había ocurrido el
levantamiento de Carlos
Manuel de Céspedes en su
finca La Demajagua. El
día citado un cubano,
Nicolás Azcárate
(1828-1894), vio con
orgullo cómo por las
calles de la capital
española se voceaba
La Voz del Siglo, en
cuyo editorial,
redactado por él, y bajo
el título de
“Declaración de
principios”, se lee:
“La Voz del Siglo
viene a defender los
principios proclamados
por la revolución, o lo
que es lo mismo, la
libertad de cultos,
entendiendo que si
verdadera fórmula es la
separación de la Iglesia
y del Estado. La
libertad de enseñanza.
La libertad industrial y
comercial”.
Y comentaba más
adelante:
“Nuestras doctrinas
tendrán especialmente
por objeto su defensa y
aplicación a las
provincias de ultramar.
Ellas son, como todas
las demás, parte de la
nación; pero habiendo
vivido largos años bajo
un odioso y funesto
sistema político y
administrativo, exigen
de nuestra parte
especial predilección a
que son acreedores los
que han estado privados
de los bienes del
progreso. Además, en
ellas existe la
esclavitud, y La Voz
del Siglo no podría
escribir una sola línea,
después de su programa,
si no proclamara su
abolición. Creemos
sinceramente que la
revolución, que viene a
reparar tantas
injusticias, tiene por
misión gloriosa la de
borrar de las Antillas
los amargos recuerdos
que allí ha dejado el
despotismo, vinculando
para siempre la unidad
nacional entre aquellas
provincias y las de la
Península, con lazos
estrechos de fraternidad
y de confianza; tal es
la vehemente aspiración
de La Voz del Siglo.”
¿Quién era Nicolás
Azcárate, fundador de
este periódico, de cuyas
palabras se teje y se
desteje cierto, pero muy
lejano, aire separatista
unido a un innegable
efluvio reformista?
Había nacido en La
Habana en 1828. En 1854
se graduó de abogado en
Madrid y a su regreso a
Cuba fundó en 1856,
junto con José Manuel
Mestre y Francisco
Fesser, la Revista de
Jurisprudencia. En
1861 organizó el Liceo
de Guanabacoa, de cuya
sección de literatura
fue presidente, pero la
sociedad cayó bajo la
sospecha de las
autoridades españolas
debido a reuniones que
allí se efectuaban, que,
aunque de carácter
literario, provocaron el
recelo de las
autoridades. Decidió
entonces Azcárate que
esas tertulias se
organizaran en su propia
casa de Guanabacoa, que
se convirtió en un
verdadero centro
cultural: recitales,
audiciones musicales y
hasta un pequeño
escenario se levantó
donde actuaron, entre
otras figuras, la
poetisa Julia Pérez
Montes de Oca, hermana
de Luisa Pérez de
Zambrana, que representó
allí el proverbio
dramático Antes que
te cases mira lo que
haces, de la autoría
de Carlos Navarrete y
Romay, posteriormente
recogido en los dos
volúmenes que forman
Noches literarias en
casa de Nicolás Azcárate
(1866), donde se
agruparon, a modo de
florilegio, muchas de
las composiciones,
preferentemente las
poéticas, que allí se
declamaron. En el propio
año 1866, viajó a Madrid
y fundó el citado
periódico, además de
colaborar en el titulado
La Constitución.
La Voz del Siglo
publicó en el mencionado
primer número una larga
lista de colaboradores
residentes en Cuba,
tales como Luisa Pérez
de Zambrana, el conde de
Pozos Dulces, por
entonces director del
periódico habanero El
Siglo (1862-1868),
vocero del movimiento
reformista, Anselmo
Suárez y Romero, José
Morales Lemus, Juan
Clemente Zenea, José
Antonio Echeverría, José
Ignacio Rodríguez y
Enrique Piñeyro, aunque
no apareció en el
periódico ningún trabajo
de ellos.
En el número
correspondiente al 20 de
noviembre de 1868,
apareció un trabajo
titulado “Advertencias”,
en el que se señalaba:
“La identidad de
doctrinas, propósitos y
aspiraciones de La
Voz del Siglo y
La Gaceta Economista
hace innecesaria la
publicación de esta, que
se refunde en nuestro
diario [...] La Voz
del Siglo será,
pues, desde hoy, como
antes lo era La
Gaceta Economista,
órgano oficial de la
Sociedad Libre de
Economía Política y de
la Asociación para la
reforma de los aranceles
de Aduana”.
No se caracterizó La
Voz del Siglo por
publicar materiales
literarios, sino que
prefirió dedicarse a
cuestiones económicas,
crónicas políticas y
algunos trabajos sobre
música y teatro. Entre
los dedicados a la
música, hay aportes de
autores españoles y
cubanos.
La publicación cesó con
el número 57,
correspondiente a enero
de 1869, ejemplar en el
que apareció una nota
que decía:
“Causas ajenas a nuestra
voluntad nos obligan a
suspender la publicación
de nuestro diario.
Fundado con el noble
propósito de defender
las conquistas de la
revolución, y su
extensión a las
provincias de América,
como medio de consolidar
su unión con la
metrópoli, que ha sido
siempre la vehemente
aspiración de su
Dirección, suspende sus
tareas con la
satisfacción de haber
cumplido lealmente,
durante su corta vida,
los fines que se
propuso”.
Nicolás Azcárate regresó
a La Habana en 1875,
pero se vio obligado a
trasladarse a México por
las amenazas recibidas
del conde de Valmaseda,
por entonces, y por
segunda vez, Capitán
General de la Isla,
enfrascado en ese
momento en contener el
avance de las tropas
mambisas. En la capital
azteca, redactó, junto
con Antenor Lezcano,
quien sería cercano
amigo de José Martí,
El Eco de Ambos Mundos.
En 1878 regresó a Cuba y
reanudó sus reuniones
literarias, esta vez en
la casa de José María
Céspedes, entre 1882 y
1886. Fundó el Liceo de
La Habana y, junto con
otros intelectuales y
artistas, creó la
Asociación de Escritores
y Artistas Cubanos.
Falleció en La Habana en
1894.
En tanto político
reformista, Nicolás
Azcárate contribuyó con
su quehacer a través de
la prensa a afincar el
sentido de cubanía ya
adquirido por nuestra
sociedad en los albores
mismos del estallido
revolucionario. Si no se
le puede dar la cualidad
de revolucionario
separatista del yugo
español, estuvo imbuido
de la necesidad de que
en Cuba eran necesarias
las transformaciones
para salir adelante. Si
su aspiración se quedó
en hacer de Cuba una
provincia más de la
llamada Madre Patria, no
puede obviarse su gesto
de sentirse cubano y,
sobre todo, su afán por
llevar adelante empeños
culturales de la mayor
nobleza.
La Voz del Siglo,
con el reformismo
latente en sus páginas,
fue también, dentro de
esas posiciones, una
voz, aunque en germen,
de futuro. |