El Hechizado
A
Lezama, en su muerte
Por un plazo que no
pude señalar
me llevas la ventaja
de tu muerte:
lo mismo que en la
vida, fue tu suerte
llegar primero. Yo,
en segundo lugar.
Estaba escrito.
¿Dónde? En esa mar
encrespada y
terrible que es la
vida.
A ti primero te
cerró la herida:
mortal combate del
ser y del estar.
Es tu inmortalidad
haber matado
a ese que te hacía
respirar
para que el otro
respire eternamente.
Lo hiciste con el
arma Paradiso.
—Golpe maestro,
jaque mate al hado—.
Ahora respira en
paz. Viva tu
hechizo.
Testamento
Como he sido
iconoclasta
me niego a que me
hagan estatua:
si en la vida he
sido carne,
en la muerte no
quiero ser mármol.
Como yo soy de un
lugar
de demonios y de
ángeles,
en ángel y demonio
muerto
seguiré por esas
calles…
En tal eternidad
veré
nuevos demonios y
ángeles,
con ellos conversaré
en un lenguaje
cifrado.
Y todos entenderán
el yo no lloro, mi
hermano….
Así fui, así viví,
así soñé. Pasé el
trance.
Los Desastres
I
Nadie medita la
murena.
Un tema de la
romanidad:
yo no sugiero los
esclavos,
no digo la
voracidad.
Entre la cabeza y la
cola,
en ese espacio sin
salida
la murena se desola.
No es un problema de
comida.
Todo el mundo
pontificaba
que la murena
resolvía
un punto de
gastronomía.
Quizá si el césar
sabía…
El esclavo bajo las
aguas
era un pretexto
romano;
el pueblo chocaba
las manos,
la murena se
oscurecía.
La beatitud de la
murena
no salía a la
superficie.
¿Qué cabellera para
asirla?
si la murena es la
calvicie.
La salvación por un
cabello,
la beatitud en el
espacio;
la murena como un
palacio
deshabitado no
podría.
Nadie defina que es
marino
el silencio de la
murena;
es un silencio
repentino
el silencio de la
murena.
Escucha entre dos
sonidos
su silencio como una
almena.
Su silencio de
murena
es la flor del
escalofrío.
Muerde la memoria
acuática
la fulguración de su
lomo
y la tristeza como
un plomo
muestra la murena
enigmática.
II
La ostra en su
tiniebla asume
el quietismo, el
modo linfático;
su duración se
resume
en el estar
matemático.
Entre nadas su ser
inunda.
Chorros de nada para
hacerla,
¿cómo puede ser que
la perla
sea la enfermedad de
una tumba?
La delectación en su
costra
es el juego de la
mortaja
¿no sabe separar la
ostra
el abanico de la
caja?
El abanico
inconsolable
en el aire de la
campana
sobre la ostra se
amortaja
como un estilo
memorable.
Ninguna mano pueda
alzarte
en su concha Venus
surgente;
bajo ese techo era
su arte:
el de la ostra
secamente.
Hila su palpitación
verde
con simetría de
sepulcro;
yo no sugiero llamar
pulcro
al consonante que se
pierde.
Pero su ataraxia
anula
al motor del
conocimiento:
no rima la ostra
simula
el artificio del
acento.
El artificio donde
habita
la música que no se
escucha:
la música como una
trucha,
bajo su hielo se
ejercita.
En el artificio se
afina
la única testa que
no piensa.
Y apoyada sobre su
ruina
la ostra la música
trenza.
III
Esa manera de la
hiena
Despide un olor
especial;
no es un capítulo
del mal
esa manera de la
hiena.
Su pestilencia
desconoce.
Ese tema de la
literatura.
La cantidad de su
fragancia
reconstruye esa boca
pura.
Si la hiena se
estimula
con la víscera
nauseabunda
su instrumento no
disimula:
sabed que un estilo
funda.
El estilo de la
carroña
O la indiferencia
glacial.
¿Se vio sonreír a
este animal?
Esto lo sabe la
carroña.
En el amarillo vuelo
del diente
la indiferencia se
retrata;
el vuelo que resume
la hiriente
sordera de la
catarata.
Se desune los
vendados pies
su hocico como un
insulto
su hocico entre las
tumbas es
la duda de una
animal culto.
Ese cuerpo de más a
menos
desorienta el juego
del ojo.
¿Quién pudo mirar de
lleno
al triángulo
inscrito en su ojo?
Ese melancólico
asalto
erige la insepulta
memoria;
su respiración de
contralto
se afina en el son
de la escoria.
¡Oh, tú, nocturna,
fría, aniquila
la piedad, la piel
inmunda;
allí tu perfume
destila
fragante dama de las
tumbas!
Virgilio Piñera:
Poeta, dramaturgo,
narrador. En 1938 se
instaló en La
Habana, en cuya
universidad se
doctoró en Filosofía
y Letras en 1940. Ya
el año anterior
había empezado a
publicar, sobre todo
poemas, en la
revista Espuela
de plata,
predecesora de
Orígenes, en la
que coincidió con
José Lezama Lima. En
1941 vio la luz su
primer poemario,
Las furias, y
ese mismo año
escribió también la
que es quizá su obra
teatral más
importante,
Electra Garrigó.
En 1942 fundó la
efímera revista
Poeta, de la que
fue director. Al año
siguiente publicó el
extenso poema “La
isla en peso”, una
de las cumbres de la
poesía cubana.
Cuando en 1944
Lezama y Rodríguez
Feo fundaron la
revista Orígenes,
Piñera formó parte
del plantel inicial
de colaboradores. En
1948 se estrenó en
La Habana Electra
Garrigó, mal
acogida por la
crítica. Por
entonces escribió
otras obras
teatrales: Jesús
y Falsa alarma,
obra considerada una
de las primeras
muestras de teatro
del absurdo. En 1952
publicó su primera
novela, La carne
de René. Tras el
triunfo de la
Revolución Cubana,
Piñera colaboró en
el periódico
Revolución y en
su suplemento
Lunes de Revolución.
En 1960 reestrenó
Electra Garrigó
y publicó su
Teatro completo.
En 1968 recibió el
Premio Casa de las
Américas de teatro
por Dos viejos
pánicos.