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“Mientras viva seré
inmortal. Si toco mi
corazón, es como si lo
tocara eternamente”.
Virgilio Piñera1
Para
Virgilio Piñera, el
año de 1912 carecía de
trascendencia. “Juzgo
ocioso declarar el año
de mi nacimiento. Se
cita el año de llegada
al mundo cuando se
pertenece a un país
donde, en el momento en
que se nace, algo ocurre
—ya sea en el campo de
lo militar, de lo
económico de lo
cultural... Pero no,
¡qué curioso! cuando en
1912 (ya ven, pongo la
fecha para que no queden
con la curiosidad) yo
vine al mundo nada de
esto ocurría en Cuba”2.
Corridos cien
almanaques, la fecha ha
quedado estampada en la
historia casi como
precursora de un culto.
El 4 de agosto de aquel
año en que nada aparente
sería capaz de trocar
los destinos de la Isla,
ganaba su primer aliento
uno de los escritores
más notables de la
literatura
latinoamericana; un
hombre irreverente y
precursor; marginal en
tanto ser consecuente,
de genio mordaz,
dinamitador de esquemas
vanos; incitante hasta
el punto de marcar
generaciones enteras de
poetas, dramaturgos y
ensayistas que le
sucedieron, en esa misma
tierra de circunstancia
maldita que obliga a
sentarse en la mesa del
café y cuya literatura,
después de él, no pudo
ser más la misma.
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Cuenta Antón Arrufat,
uno de sus más cercanos
amigos, que una noche de
poco optimismo Virgilio
intuyó que su centenario
sería grandioso. Y ha
sido cierto, no por las
pomposidades y
fanfarrias que en
ocasiones acompañan a
ciertas conmemoraciones.
Virgilio, proveniente
“de un lugar de demonios
y de ángeles”, no puede
ser estatua sino materia
viva. “Si en la vida he
sido carne, en la muerte
no quiero ser mármol”,
dijo en su Testamento3,
de modo que celebrarlo
debió de tocar con las
manos el corazón de la
inmortalidad.
La publicación de su
obra completa en una
coherente colección
preparada en conjunto
por varias editoriales y
de ensayos sobre su
labor creativa; la
puesta en escena de
algunas de las obras que
lo convierten en el más
importante dramaturgo
cubano del siglo XX; los
dosieres dedicados a su
impronta por diversas
revistas; coloquios,
cursos temáticos y
homenajes prodigados
dentro y fuera de Cuba;
la realización de
documentales,
exposiciones de artes
plásticas; la grabación
por parte de la
televisión cubana de más
de diez de sus obras,
entre otras iniciativas,
han sido constancia de
la necesaria
reivindicación de una
presencia imprescindible
en las letras cubanas.
Una comisión presidida
por Antón Arrufat e
integrada por escritores
y representantes de
diversas instituciones
culturales, ha venido
preparando de manera
acuciosa las actividades
que durante todo este
año han traído de vuelta
al dramaturgo, poeta,
narrador, traductor y
ensayista desde la letra
impresa, la evocación y
la escena.
Por estos días, casi 40
académicos, escritores,
traductores y amigos
cercanos se han reunido
en La Habana para hablar
de su obra, en el
Coloquio Internacional Piñera tal
cual, celebrado
entre el 19 y el 22 de
junio en el Colegio San
Gerónimo del Centro
Histórico de la capital
cubana.
Como buen iconoclasta,
Virgilio ha de haber
visitado incógnito la
calle Obispo, en La
Habana Vieja, con su
camisa de mangas cortas,
el gesto garbo y un
paraguas negro cerrado
colgando del brazo para
echar una carcajada o
apostillar un comentario
irónico luego de
escuchar las múltiples
valoraciones que es
capaz de suscitar su
creación y su vida
irreverente, vertidas
por investigadores
provenientes de
EE.UU., España, México,
Hungría, Reino Unido,
Venezuela y Cuba. Para el autor de La
isla en peso nada
mejor que el absurdo, la
profundidad y el
sarcasmo podría coronar
su profana existencia.
Bien lo señaló Arrufat
en las palabras de
presentación del
Coloquio:
“Si existen obras y
autores con un destino
patético, Piñera podría
figurar en esa legión
extraña. Murió antes que
su rehabilitación se
iniciara. Murió en la
mayor oscuridad: pese a
que sus escritos no se
publicaban ni su teatro
se estrenaba, su fe se
volvió apremiante, le
exigía que pusiera en
práctica su confianza en
la díscola diosa
profana, su fe requería
alimentarse con obras, y
silencioso y en la
sombra, siguió
escribiendo, entre dudas
inesperadas y desánimos;
pero con una fuerza
oculta que volvía
renovada”.
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Virgilio Piñera
junto a Antón
Arrufat |
La literatura fue, sin
duda, la única
convicción irrevocable.
“Su necesidad de creer
en algo permanente,
autónomo, por encima de
las contingencias
sociales que al final de
su vida de escritor le
fueron muy adversas
—continúa Arrufat—, lo
indujo a realizar una
violenta sustitución: la
del Dios trascendente
por la literatura
trascendente, pese a sus
burlas y sarcasmos, a su
aparente desconfianza en
esa singular diosa
profana, díscola y
caprichosa, que era para
él, a la vez, la
literatura. En su fe, el
artista se instala como
el creador supremo de un
descubrimiento decisivo
para el hombre. Aunque
mutilado, perseguido,
marginado, excluido y
detestado resulta en
realidad eficaz: es el
descifrador de la
irrealidad, según Piñera
mismo decía, que se
desprende de la
realidad”.
El Coloquio exaltó la
condición excepcional de
Virgilio en el panorama
dramatúrgico, poético y
narrativo de las letras
del continente. Tanto en
la relación con sus
contemporáneos
—Borges, Guillermo
Cabrera Infante y
Lezama—, como desde su
recuperación en las
posteriores generaciones
de teatristas y
literatos, Piñera se
revela como uno de los
autores más influyentes
del siglo XX en Cuba.
Los diversos rasgos de
su escritura, el
tratamiento del cuerpo,
su regreso a la prensa y
la vuelta al proscenio
de sus piezas
dramáticas, fueron
algunos de los temas
examinados durante estos
días.
En palabras del
prominente crítico
peruano
Julio Ortega, Piñera
es un
poeta solitario de
muchas voces, que se
suceden a través del
valor de su lenguaje,
agudo y sarcástico,
reflejo de su rebeldía,
nostalgia del deseo,
melancolía y conciencia
de la muerte.
Textos teatrales como
Electra Garrigó,
Dos viejos pánicos,
Jesús y Aire
frío;
poemas como
“La Isla en peso”, “Las
furias”, “Testamento” y
“Vida de Flora”; las
novelas La carne de
René, Pequeñas
maniobras y
Presiones y diamantes,
así como los exquisitos
absurdos de sus
Cuentos fríos, entre
una larga lista de
textos, deben alcanzar
de una vez y por todas
el merecido espacio
dentro del canon de la
literatura cubana.
Casi como pagando una
deuda con este nuevo
siglo donde tampoco
parece ocurrir nada
supremo como para
remarcar el instante de
algún nacimiento,
Virgilio regresa a
conmover las intimidades
del espíritu de quienes
le leen, a sacudir el
panorama cultural de la
isla en peso que lo
coloca, aun con timidez,
en el sitial que le
corresponde. Mas no
habrá más reverencia a
un autor de su talante
que la disconformidad
hasta con la propia
grandeza, que una
cultura que transgreda
los límites supuestos,
rete a la norma y sea
capaz de crear, sobre lo
real, un espacio
literario auténtico.
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El 18 de octubre de 1979
a
Virigilio Piñera se le
quebró de un tajo el
corazón, dejando listas
para publicar
siete obras de teatro,
dos libros de
narraciones y un
poemario, entre otros
textos inconclusos,
producidos desde el
ostracismo pero con la
seguridad de lo
imperecedero.
Varios de sus poemas lo
ubican en la disyuntiva
de la muerte y, ante ese
temor a la nada, su
reacción se esfuerza en
exaltar la vida: “Tan
vivo estoy, que la
historia/desfila ante mi
vista/ y puedo
acompañarla en su
incesante marcha/haber
sido, ser y llegar a
ser”4.
Desde aquel haber sido,
Piñera trasciende la
dimensión ignota y, como
en certeza profética,
regresa transformado en
la esencia de su Isla:
“Aunque
estoy a punto de
renacer,/no lo
proclamaré a los cuatro
vientos/ni me sentiré un
elegido:/solo me tocó en
suerte,/y lo acepto
porque no está en mi
mano/ negarme, y sería
por otra parte una
descortesía/que un
hombre distinguido jamás
haría./Se me ha
anunciado que mañana,/a
las siete y seis minutos
de la tarde,/me
convertiré en una
isla,/isla como suelen
ser las islas./
Mis piernas se irán
haciendo tierra y mar,/
y poco a poco, igual que
un andante chopiniano,/empezarán
a salirme árboles en los
brazos,/ rosas en los
ojos y arena en el
pecho./ En la boca las
palabras morirán/ para
que el viento a su deseo
pueda ulular./Después,
tendido como suelen
hacer las islas,/ miraré
fijamente al horizonte,/
veré salir el sol, la
luna,/ y lejos ya de la
inquietud,/diré muy
bajito:/
¿así que era verdad?”5
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