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Por encima de cualquier
consideración, dictada
por sus fieles o sus
enemigos, Virgilio
Piñera aparece en la
memoria y en las actas
de la literatura cubana
como un hombre de
destino teatral. Un
carácter que traslada a
todo lo que toca una
percepción histriónica,
una noción dramática,
para demostrarnos, por
encima de todo, el
ridículo que somos
cotidianamente, y cómo
los actos rutinarios nos
van condicionando, nos
van llevando a ser ese
ridículo que nos dice
que vivir puede carecer
de sentido.
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Me gustaría que Piñera
en esta intervención, se
dejara ver no como un
gran escritor, sino como
dos cosas esenciales que
fue: un marginal y un
adelantado. Al final de
su vida, se reveló como
la esencia que era: un
escritor solitario que,
a pesar de haber formado
parte de algún grupo
literario, como Orígenes
y su célebre revista, o
el grupo Ciclón al cual
alentó más tarde para
justamente enfrentarse a
Orígenes, y crear un
ejército de jóvenes
autores a los que empujó
a entrar en la batalla,
era consciente de su
destino, de la idea que
él mismo en tanto
negador, francotirador,
opositor per se,
se hizo como destino, a
sabiendas de que ello lo
condenaba a una
inevitable carga de
soledad. Esa soledad que
se va volviendo un tema
recurrente y reaparece
con golpes y ráfagas
devastadoras en su
poesía final, en la
cual, como Lezama, trata
de llenar con palabras
la ausencia y la espera
que lo acosan. En tal
estado supo reconocerse
como una figura que sabe
llevar la carga de quien
sopesa la culpa o la
gracia de haber estado
en el mundo para
decirnos algo diferente
sobre lo que somos, y
eso conlleva un estado
de apartamiento, una
condición de
marginalidad que tarde o
temprano deja su marca
de ceniza en quien se
atreve a tanto.
Supo que como artista,
como escritor, como
persona de una
sensibilidad y una
agudeza tan singulares,
no podía escapar de esa
suerte y desgracia: la
de no saberse un rostro
en la masa de lo común.
A diferencia de lo que
podrían ensayar otros
autores, tal demarcación
no opera en él como un
acto de soberbia, antes
bien, lo obliga a
regresar pesarosamente a
su oficio, a sabiendas
de que cada pena,
decepción, alegría,
anécdota o anhelo tendrá
que convertirse en una
página, en un puñado de
palabras que justifica
su existencia ante los
demás rostros de su
tiempo.
Por ello, si recorremos
lo que escribió desde
sus primeros esbozos
hasta los manuscritos
editados póstumamente,
puede comprobarse de qué
modo se va difuminando
lo literario en lo
vivencial. Piñera es un
autor que se confiesa
constantemente, que
quiere ser “él”, Piñera,
en tanto persona y
personaje, el centro de
lo que percibimos al
leer sus párrafos o sus
versos. Pero no hay que
ser ingenuo: lo hace a
través de un constante
juego de máscaras, de la
búsqueda de un doble al
que hacer padecer en
efigie lo que su cuerpo
sueña o desprecia, lo
convierte y nos
convierte en un espejo
que tendrá que
reaccionar ante sus
pesadillas más sublimes
o macabras. Y más, supo
que desde la amargura y
el escepticismo podía
extraer de tal fatalidad
un signo provechoso para
el futuro en que
imaginaba a sus
lectores. A los lectores
de Piñera que somos,
ahora, nosotros.
En ese apartamiento,
Piñera encuentra las
fórmulas de su
marginalidad. Lo hace
desde el arranque mismo
de su obra, y al final
de su existencia, el
Destino se habrá
cumplido en un ciclo
cerrado, a la manera de
los que él imponía a los
personajes de sus
mejores cuentos y obras
teatrales. Si en esos
momentos iniciales ser
diferente es una
decisión de estilo, una
norma a la que se apega
para convertirse en el
crítico implacable,
dueño de un verbo frío y
filoso, como lo ve
Cintio Vitier; la década
de los 70 lo despide
como sombra en vida,
muerto civil que bajo
los recelos de ese
instante, se ha
afantasmado del mismo
modo que algunas de sus
propias invenciones. Va
perdiendo partes (su rol
como figura pública, su
voz en tanto
intelectual, su poderío
como dramaturgo
representado), y acaba
reducido a un oscuro
traductor que tiene que
hablar con la garganta e
idiomas de otros: un
húngaro, un vietnamita,
un escritor africano.
Puede decirse que toda
su existencia fue una
especie de training
para esa suerte de
nirvana à rebours,
pasando por períodos en
los que fue también
discutido, negado,
censurado, alejado del
canon por aquellos que
se creían en la misión o
la capacidad de
establecerlo.
Se impuso a tales cosas
desde una conciencia
ética, lo cual en esos
mismos ámbitos lo
destacaba aún más. La
honestidad fue el espejo
en el que se miró para
hallar las muecas y los
estertores que sacuden
de vez en vez a quien lo
lee, porque como pocos
escritores cubanos supo
encontrar en esos juegos
de silenciamiento una
mayor razón para su
terquedad, para
ejercitar sus
resistencias.
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Alzó broncas literarias
con la misma intensidad
con la que proclamó
chismes, enredos, bretes
y chanchullos desde ese
papel de agitador, “loca
negadora” dirían algunos
con el máximo desdén.
Pagó tales arrebatos con
prohibiciones,
estampidas, salidas
teatrales a tono con el
aria di bravura
que fue para él la
defensa de lo literario
como una verdad
intachable y que
entonaba ante ese
pequeño mundo literario
cubano al que miró
siempre con
escepticismo, listo para
asestar un golpe de
sarcasmo allí donde
creía ver laureles
dormidos, pompas
fáciles: la oreja de lo
provinciano asomando en
festines de juego
floral, en los que un
poema como “La isla en
peso” no obtendría el
premio nunca por
atreverse a recordarnos
la elementalidad que
somos, aun, en este país
que tantas décadas y
conflictos y traumas
posteriores a aquel 1943
en el que vio la luz ese
poema extraordinario,
seguimos dependiendo de
un concepto demasiado
romántico de lo que
creemos ser, y faltan
aún proyectos de
suficiente solidez como
para que, despertando de
ese sueño, hallemos el
País que tras esa
ilusión verdaderamente
nos corresponde fundar y
asegurar en términos
progresivos.
Oponiéndose a ese ideal
de Nación que imaginaban
nuestros próceres,
nuestras figuras
patrias: Varela, Martí,
los pensadores del XIX y
los polemistas y
pedagogos de inicios del
siglo XX, Piñera
despliega su maniobra
desacralizadora, porque
intuía, para decirlo
rápido y mal, que el
cubano aún piensa más
con el cuerpo que con
sus ideas o sus ideales,
y que las urgencias
primarias son todavía
entre nosotros más
poderosas que las
grandes proclamas que en
tono mesiánico pretenden
guiarnos a ser un
ejemplo tan
cristalizado. Esa
tensión entre el
espíritu y las fuerzas
del cuerpo se dejan ver
a lo largo de toda su
obra, sostiene La
carne de René, su
más lograda novela, o en
numerosas piezas
teatrales donde los
personajes luchan
físicamente entre sí,
como en Una caja de
zapatos vacía, o
niegan ser el que han
dicho ser, como en
Falsa alarma o
Los siervos para
acabar convirtiéndose en
los opuestos que
negaban, como en El
flaco y el gordo o
La niñita querida.
O se fingen muertos, en
Dos viejos pánicos,
para pretender burlar la
vida y sobre todo las
consecuencias del hecho
siempre complicado de
actuar la Vida.
Piñera nos dice que es
imposible eludir las
consecuencias, nos
recuerda que vamos
cometiendo un acto tras
otro y que eso
desencadenará otros,
contaminándonos,
haciéndonos prisioneros
de tales consecuencias.
Y si esos actos han sido
dictados por la
hipocresía y la doble
moral, terminaremos
siendo víctimas de
nuestras propias
convicciones y
cobardías, siendo
responsables de un
Destino en el que ningún
Dios interviene. Porque
tal vez no haya Dios,
dice Piñera. Aunque lo
dice desde la cultura,
lo cual es siempre una
posibilidad engañosa.
En cuanto a su condición
de adelantado, no hay
que olvidar que para
Piñera ese privilegio
también era entendido
como fatalidad. Lo
reconoció en el prólogo
a su Teatro completo,
reconociendo que de poco
le había valido, en
estas tierras caribeñas,
imaginar diálogos del
teatro del absurdo poco
antes de que Ionesco lo
hiciera en París. Sin
embargo, a la agudeza
con la cual pergeñó
páginas que sonaban
estridentemente según el
gusto de sus
contemporáneos, debemos
la señal de alerta que
nos es todavía útil para
identificar el yeso que
se disimula como mármol,
el vacío de ciertos
gestos que aún abundan
en nuestra literatura,
en todo nuestro ámbito,
no solo el cultural.
Su capacidad para
recibir los síntomas no
solo estéticos, sino el
temblor que podía ganar
temperatura en la calle,
se multiplicará cuando
se publiquen las
crónicas que bajo el
seudónimo de El Escriba
redactó para Lunes de
Revolución: son un
capítulo esencial de ese
Piñera al que hay que
ver con ojos menos
cercanos a los del
estereotipo, y que nos
revelará la velocidad de
su pensamiento, en
plenitud, en lo mejor de
su época más reactiva.
Se adelantó al absurdo,
al teatro de la
crueldad, para que sus
lectores futuros lo
reconocieran como
extraño profeta en el
trópico. Un profeta
acaso venido a menos,
pero de revelaciones
deslumbrantes.
Léanse ciertas escenas
de obras como Los
siervos, o su delirante
relato “Concilio y
discurso” para que se
entienda de qué manera
Piñera nos imaginó en
una Cuba que es
escenario y a la que
quiso aportar no pocos
golpes de efecto. Eso,
insisto, también lo
coloca en un plano
marginal. Su habilidad
en términos de
progresión le hizo
siempre dudar de la
posteridad. Juró, poco
antes de morir, que
alcanzaría los cien años
de existencia. Lo ha
logrado de un modo más
sutil para seguir
diciéndonos revelaciones
tremendas.
Nada de ello lo ha
librado de ser
eternamente discutido.
Lo fue prácticamente
desde su irrupción, y
esas furias van a
perseguirlo sin
misericordia. El estreno
de Electra Garrigó
le costó diez años de
silenciamiento: la
prensa oficial de la
época se negó a
mencionarlo, cobrándole
en mutismo la altura de
sus atrevimientos. Aún
hoy he escuchado a
jóvenes dramaturgos
confesar que detestan a
Piñera, que anhelan
dejarlo muerto ya como
modelo, aunque sus
propios esfuerzos no
consigan siquiera la
mitad del impacto que
Virgilio provocó con sus
piezas más endebles. O
se le intenta arrebatar
el espacio de poder e
influencia que dejó
precisado en la
dramaturgia mediante
argumentos que más que
un criterio sólido,
anhelan desterrarlo
desde una negación
vacía, como pretende el
autor de un artículo
aparecido en un número
de la revista Unión
fechado en 2009,
aduciendo que en toda su
producción hay solo dos
obras de “alcance y
verdadera dimensión:
Electra Garrigó y
Aire frío tiene
puntos a objetar”. La
ingenuidad de tal
ataque, que propone
estimar de mejor modo,
convirtiendo en
dispositivos
antipiñerianos a Carlos
Felipe y José Triana,
olvida la manera en que
Piñera mismo engloba y
discute los modelos de
esos y otros
dramaturgos, y que él,
autor siempre en
movimiento, rechazaba la
idea de una helada
perfección, para saberse
más interesante como
fenómeno inquietante.
Por no recordar que
también esos otros
autores, dueños de
piezas de indudable
interés, no carecen de
“puntos que objetar”1.
Una pieza de Piñera vale
por dos o más de muchas
de las que firmaron sus
contemporáneos porque no
se limita a ser
simplemente teatro: son
provocaciones que el
escritor, desde un
ejemplar trabajo crítico
hacia sí mismo, lanza a
sus rivales vivos,
muertos y por venir,
devorando lo mismo a
Sófocles que a los
riesgos del happening,
replanteando la
tradición que él mismo
construye desde la
perspectiva de una
sucesiva destrucción
desde la cual nos
seguirá retando.
Varios directores han
demostrado que aun las
obras menores de Piñera,
llevadas a las tablas
con soltura e
imaginación, son mucho
más intensas que las más
logradas de aquellos a
los que algunos querrían
oponerle. La lectura
cabal de su Teatro
completo debiera
incitarnos a pronunciar
algo más que gustos
personales. Recordemos
de qué manera tan
enfática insistía en que
lo leyéramos dentro de
sus propias claves, y no
en vana oposición a
otros nombres
reverenciados, en un tú
a tú que ya el tiempo ha
negado a Shakespeare o a
Ibsen, pero que él, en
tanto autor (casi autor
teatral se identifica,
se margina para no
saberse parte de una
corte ya congelada),
exige como respuesta
inmediata. En ese
desafío estaba él
emplazado ya desde 1948,
cuando firmaba sus
artículos en la revista
Prometeo. Y aún
esas páginas no se han
releído lo suficiente.
A las seis de la mañana,
cuando la ciudad que
podía entrever desde su
balcón apenas comenzaba
a despertar, Virgilio
Piñera se levantaba para
escribir. Los vecinos de
su apartamento, en 25 y
N, deben haberlo
detestado por esa
insistencia en teclear a
hora tan impropia, sin
saber que ese hombre
viejo, flaco, desgarbado
escribía para los
lectores que hoy
procuran los tomos de su
obra completa. Pocos
tocaban a la puerta, el
timbre del teléfono
anunciaba breves
conversaciones. La
llamada que lo
devolvería de nuevo a la
vida pública nunca le
llegó, mientras otros
veían abrirse los
escenarios de los cuales
habían sido expulsados.
Concebirse como Hombre
Problema, homosexual,
pobre y artista fue una
divisa que le servía de
estímulo rabioso en esa
Nada. Sobrevivió a la
muerte de Lezama para
reafirmarse en su
soledad y, desde el
punto marginal en el que
vio descender su
cadáver, nos entregó,
con un soneto como “El
hechizado”, una de las
lecciones más
estremecedoras de la
literatura cubana, a
veces tan escasa de
humildad y
confraternidad. Hizo de
ese estoicismo una
prueba de fe, y solo a
la Literatura rendía su
culto. Halló en la
marginalidad de la
página en blanco su
prueba de Sísifo, y
escaló mañana tras
mañana el monte cargando
la piedra que acabaría
estallando en palabras.
A eso le llamamos hoy
Destino. Lo cumplió,
hombre teatral, con
excelencia de gran
histrión. Lo leemos hoy,
cien años más tarde,
para aplaudirlo en el
teatro de una Cuba cuyo
calor nos arranca varios
de los mejores
parlamentos que firmó.
Seis de la mañana. Se
levanta a escribir. El
teclear impertinente de
la máquina se va
volviendo, en nuestros
oídos, en los suyos, eco
de una ovación
estruendosa.
Notas:
1. En “¿Surrealismo
trasnochado o
surrealismo dramático?”,
texto de Rubén Sicilia
publicado en el número
66 de la revista
Unión, pp. 84-89,
2009.
Versión ampliada de
varias intervenciones
públicas, desarrolladas
en La Habana y Santa
Clara para acompañar la
presentación de los
primeros títulos de las
Obras Completas,
de Virgilio Piñera,
editadas por su
Centenario en este 2012.
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