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Herencia, palabra cuyo
sinónimo es sucesión,
legado, debiera tener en
el teatro de títeres de
nuestro país un
significado mayúsculo.
Debe ser hermoso para
cualquier artista que
oficia sus habilidades
en el retablo, conocer
sobre su origen, el día
del llamado a la
iniciación, quienes
fueron sus principales
responsables, estar al
tanto de cada recodo del
camino transitado por
quienes nos anteceden,
repasar cada sitio
construido o abandonado,
donde seguro quedan
huellas de un pasado que
nos compromete y nos
entrega hoy en las manos
tantas preguntas como
respuestas sobre la
esencia de nuestra amada
profesión.
Desconocer el paso por
nuestra isla de
saltimbanquis y juglares
en la época de la
colonia, venidos en
barcos desde lejanas
tierras, tan solo para
buscar fortuna a través
del entretenimiento a
los primeros pobladores
de la Tierra más hermosa
que ojos humanos vieron,
es sencillamente no
entender el principio de
las cosas, la fuerza de
los muñecos en la
arrancada de un futuro
teatro. A la palabra
herencia le sigue el
vocablo evolución,
maniobra del tiempo que
permitió que
recibiéramos desde
aquellos inaugurales
años a compañías con más
de un integrante, dúos,
tríos, cuartetos de
volatineros, inventores
de artilugios escénicos
que encendieron las
miradas de niños y
mayores, porque no había
un público específico
para los títeres en
aquel momento. Entre los
nombres de Buenaventura
Pascual Ferrer y
Vittorio Podrecca,
cómicos de la legua,
procedentes del llamado
Primer Mundo y
visitadores de nuestro
país en diferentes
períodos, median
demasiados aplausos,
alegrías y tristezas,
datos que cuando no se
tienen en cuenta, nos
hacen fallar en nuestros
análisis sobre quienes
somos, y exponer
criterios que rondan lo
ingenuo y lo vacío
acerca de la posible
verdad del nacimiento y
principio de nuestro
arte titeril.
Alejo Carpentier,
Alejandro García
Caturla, Modesto
Centeno, Pepe Camejo,
Carucha Camejo, Pepe
Carril, María Antonia
Fariñas, Eurípides La
Mata, Beba Farías, Dora
Carvajal, Nicolás
Guillén, Vicente
Revuelta, Clara Ronay,
Tomás Gutiérrez Alea,
Andrés Castro, Roberto
Diago, Paco Alfonso,
Nancy Delvert, Roberto
Fernández, Glauca Diago,
Georgina Almanza, Tomás
Oliva… y otros que se me
enredan en la madeja
tempranera de nuestra
trayectoria titiritera,
deberían ser nombres
imprescindibles a la
hora de citar, exponer,
clarificar, ubicar y
promover. No conocer
quiénes fueron, apaga
los faroles que ellos
con su propio ejemplo
colocaron en las vías
añejas de lo que en la
actualidad sucede en
escena; enceguece la
mirada de quienes alzan
las manos mirando al
cielo con sus muñecos de
guante heredados de
aquellos que no sabemos
su nombre ni su vida,
mucho menos de sus
aportes. Sucede lo mismo
con los que animan en
perspectiva hacia la
tierra, moviendo otra
vez los hilos de las
marionetas que abrieron
una brecha por donde
pasaron personas que
después se volvieron
maestros, hombres y
mujeres imprescindibles
en su hora vital,
artistas que
desgraciadamente ya no
están.
El investigador y
dramaturgo Freddy
Artiles insistía una y
otra vez en repasar
cualquier fenómeno
titiritero nacional. Se
divertía casándolo con
sucesos universales,
ubicando ecos de aquí
allá o de allá aquí, en
un toma y daca
iluminador. Lo hizo
Carucha en artículos
esclarecedores,
aparecidos en nuestras
revistas especializadas
en arte, también lo hizo
Carril, inquieto
siempre, creador de
espectáculos y
publicaciones
artesanales, sin saber
que esos documentos nos
enseñarían después el
color de nuestro linaje,
su relevancia, su razón.
Pedro Valdés Piña,
Armando Morales, Julio
Cordero, siguieron de
manera indistinta, el
vicio compartido de
actuar, animar e
historiar. ¡Cuántas
veces esos papeles
amarillos, fotos
desvaídas y apuntes
hechos por ellos nos han
enfocado el sendero,
como si tuviéramos una
lámpara de límpido y
duradero aceite! ¿Cómo
no hablar entonces de
herencia, de estirpe, de
escuela, de familia con
orgullo?
¿Cuántos titiriteros de
hoy conocen la labor de
Luis Interián en el
Teatro de Muñecos de La
Habana? ¿Cuántos han
hurgado en la acción de
aquel grupo de
titiriteros nombrado Los
Solari, extranjeros
afincados por amor y
trashumancia en Cuba?
Nos dedicamos a
investigar la larga
historia del bunraku
japonés o las sombras de
Java y de la China,
antes de cuestionarnos
asuntos tan sensibles
como la aportación
académica de la mítica
Escuela de Güira de
Melena, la fundación de
los guiñoles
provinciales en los 60 o
el daño irreparable que
significó la destrucción
de la labor artística
del trío Camejos-Carril
en el Teatro Nacional de
Guiñol (1963-1971), así
como de otras células
creativas que comenzaban
a identificar las formas
de un retablo nacional
en pleno y lógico
ascenso. Es imposible
hablar de conservación o
de rescate de lo que no
se ama por
desconocimiento, de lo
que no se defiende por
ignorancia, de lo que no
se blasona por soberbia
ingenua y fuera de
lugar.
La esencia del títere es
tan quimérica como las
novelas de caballería,
tan atrevida como los
deportes de alto riesgo,
tan popular como las
comidas y bebidas
criollas, tan
provocadora como el sexo
y la política. Por eso
sobrevivió la profesión.
No se puede matar la
vida que nace en un
títere por obra y gracia
del propio hombre. Cada
grupo de teatro
subvencionado por este
país, protector de los
derechos culturales de
la población, debería
convertirse en una
academia de arte y ética
no en simple fábrica,
después no habrá ni
opción ni tiempo para
hablar de continuidad,
la palabra que sumo yo a
los términos herencia y
evolución. El teatro no
puede acabar en nosotros
mismos, cuando eso
ocurre la tarea de
rescate o de nacimiento
se torna lenta y
traumática, o en su
diferencia, abrupta e
ignorante de todo lo que
ya se vivió, como si se
prendiera fuego de forma
cínica e irresponsable a
los recuerdos más
especiales de nuestra
memoria titiritera.
Cada década es una lucha
denodada entre sociedad
y universo. La
televisión llegada en
los 50 se vio enseguida
llena de títeres, pero
estos fueron marcados
por la fuerza
tecnológica de un medio
que llevó a los
titiriteros, aún
actuando en vivo, a usar
sus voces en
grabaciones. Los 60 se
vieron tan dinamitados
por la onda luminosa de
la naciente Revolución,
como marcados por el
llamado quinquenio gris
que inaugura la década
de los 70. El
florecimiento económico
del socialismo en los
tempranos 80, se
descabezaría con la
caída del muro de
Berlín, más la vuelta de
180 grados que significó
la caída del campo
socialista y con ello el
inevitable período
especial que marcó el
inicio y gran parte de
los 90 en la vida
cubana. Arribó el cambio
de siglo y con él las
ciberguerras, Internet,
el mundo globalizado, la
crisis mundial de la
economía. También generó
estancamiento en nuestro
quehacer artístico
titiritero, junto con la
aparición de batallas
estériles por implantar
conceptos personales de
creación. ¿De qué
continuidad podremos
hablar a la vuelta de
diez años? ¿No entienden
los titiriteros de hoy
que conseguir una
poética de trabajo no es
cerco, sino emblema
estético y faro de un
quehacer que siempre
puede mejorarse?
Los que cargamos el
teatro de títeres en
nuestras manos y en la
espalda como casa de
tortuga, caminamos sobre
el filo de un cuchillo.
Sobrevienen tiempos
duros tras largos años
de regalía
institucional. ¿Qué
estamos esperando los
directores a la cabeza
de nuestros grupos, que
nuestros superiores nos
propongan cursos,
estrategias de trabajo y
acciones que podemos
preparar nosotros mismos
e intercambiar con
otros, en una práctica
que en Cuba fue siempre
símil de transparencia e
intercambio enriquecedor
entre colegas? Recuerdo
a Yulki Cary yendo de La
Habana a Pinar del Río,
para montar un
espectáculo con el
guiñol de allí. Valdés
Piña viajando hacia el
Guiñol de Mayabeque.
Armando montando
espectáculos en la Isla
de la Juventud o en
Guantánamo. Mario
Guerrero saliendo de
Camagüey hacia Las Tunas
para adiestrar a lo que
fuera el primer núcleo
de Teatro Tuyo. René
Fernández, de Matanzas,
dejando mediante clases
y talleres nuevas
simientes en Sancti
Spíritus.
Recientemente
titiriteros de toda
Cuba, jóvenes en su gran
mayoría, pudieron
intercambiar
conocimientos en la 11na
edición del Taller
Internacional de Títeres
de Matanzas, con
maestros internacionales
de la talla de Toni
Rumbau, de España;
Marcelo Andrade, de
Brasil, y Ana Laura
Barros, de Argentina.
Recuerdo tantas acciones
de intercambio y fluidez
cultural generadas en
nuestro país ayer y hoy,
que me pregunto una y
otra vez si la
continuidad de una
herencia es solo la
permanencia frente a un
grupo de la cabeza
mortal de un líder, o
también la suma de su
ejemplo dinamitado en
nuevos grupos, nuevos
especialistas de las
particularidades del
teatro con figuras, el
estímulo de nuevos
enamoramientos de una
profesión maravillosa,
enriquecida de manera
coherente, afirmadora de
un arte inclasificable,
que solo hallará su
muerte instantánea en
las riendas, las
fórmulas, el
individualismo
conceptual y la
prepotencia humana. ¿Por
qué caminamos sobre el
filo de un cuchillo que
solo ha servido para
rebanar nuestra herencia
hasta reducirla a
instantes en algunos
pocos libros y alguna
que otra imagen temerosa
en conferencias llenas
de desespero?
El arte titiritero es un
asunto de traspasos y
transferencias, de
transmisiones que nos
llegan en todas las
direcciones del planeta,
de América, Europa,
África, Asia u Oceanía.
Oficio que primero se
cocina en nuestro
terruño, abonado con la
sangre y los muñecos de
los maestros que
partieron sin un regreso
físico, pero que
continúan aquí con su
legado histórico y
entrañable. Mañana,
cuando los dioses sean
imágenes virtuales o
quizá vuelvan a ser
pequeñas marías en las
iglesias medievales,
estarán ahí,
gravitando, las
preguntas de siempre.
¿De dónde venimos,
quiénes somos y hacia
dónde vamos? Puede que
nuestros hijos entren a
un museo, abran un
libro, miren un álbum de
fotos digitales o de
cartón, o aprecien en un
material audiovisual
nuestros rostros,
jóvenes otra vez, tan
románticos y
guerrilleros como
nuestros ancestros. Temo
que si seguimos como
vamos, nadie,
absolutamente nadie
pueda encontrar nada.
Apuesto entonces, con
todos mis colegas, a
trabajar para que así no
sea. |