La Habana. Año XI.
23 al 29 de JUNIO
de 2012

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Conservar y continuar la herencia titiritera, caminar sobre el filo de un cuchillo
Rubén Darío Salazar • La Habana

Herencia, palabra cuyo sinónimo es sucesión, legado, debiera tener en el teatro de títeres de nuestro país un significado mayúsculo. Debe ser hermoso para cualquier artista que oficia sus habilidades en el retablo, conocer sobre su origen, el día del llamado a la iniciación, quienes fueron sus principales responsables, estar al tanto de cada recodo del camino transitado por quienes nos anteceden, repasar cada sitio construido o abandonado, donde seguro quedan huellas de un pasado que nos compromete y nos entrega hoy en las manos tantas preguntas como respuestas sobre la esencia de nuestra amada profesión.

Desconocer el paso por nuestra isla de saltimbanquis y juglares en la época de la colonia, venidos en barcos desde lejanas tierras, tan solo para buscar fortuna a través del entretenimiento a los primeros pobladores de la Tierra más hermosa que ojos humanos vieron, es sencillamente no entender el principio de las cosas, la fuerza de los muñecos en la arrancada de un futuro teatro. A la palabra herencia le sigue el vocablo evolución, maniobra del tiempo que permitió que recibiéramos desde aquellos inaugurales años a compañías con más de un integrante, dúos, tríos, cuartetos de volatineros, inventores de artilugios escénicos que encendieron las miradas de niños y mayores, porque no había un público específico para los títeres en aquel momento. Entre los nombres de Buenaventura Pascual Ferrer y Vittorio Podrecca, cómicos de la legua, procedentes del llamado Primer Mundo y visitadores de nuestro país en diferentes períodos, median demasiados aplausos, alegrías y tristezas, datos que cuando no se tienen en cuenta, nos hacen fallar en nuestros análisis sobre quienes somos, y exponer criterios que rondan lo ingenuo y lo vacío acerca de la posible verdad del nacimiento y principio de nuestro arte titeril.

Alejo Carpentier, Alejandro García Caturla, Modesto Centeno, Pepe Camejo, Carucha Camejo, Pepe Carril, María Antonia Fariñas, Eurípides La Mata, Beba Farías, Dora Carvajal, Nicolás Guillén, Vicente Revuelta, Clara Ronay, Tomás Gutiérrez Alea, Andrés Castro, Roberto Diago, Paco Alfonso, Nancy Delvert, Roberto Fernández, Glauca Diago, Georgina Almanza, Tomás Oliva… y otros que se me enredan en la madeja tempranera de nuestra  trayectoria titiritera, deberían ser nombres imprescindibles a la hora de citar, exponer, clarificar, ubicar y promover. No conocer quiénes fueron, apaga los faroles que ellos con su propio ejemplo colocaron en las vías añejas de lo que en la actualidad sucede en  escena; enceguece la mirada de quienes alzan las manos mirando al cielo con sus muñecos de guante heredados de aquellos que no sabemos su nombre ni su vida, mucho menos de sus aportes. Sucede lo mismo con los que animan en perspectiva hacia la tierra, moviendo otra vez los hilos de las marionetas que abrieron una brecha por donde pasaron personas que después se volvieron maestros, hombres y mujeres imprescindibles en su hora vital, artistas que desgraciadamente ya no están.

El investigador y dramaturgo Freddy Artiles insistía una y otra vez en repasar cualquier fenómeno titiritero nacional. Se divertía casándolo con sucesos universales, ubicando ecos de aquí allá o de allá aquí, en un toma y daca iluminador. Lo  hizo Carucha en artículos esclarecedores, aparecidos en nuestras revistas especializadas en arte, también lo hizo Carril, inquieto siempre, creador de espectáculos y publicaciones artesanales, sin saber que esos documentos nos enseñarían después el color de nuestro linaje, su relevancia, su razón. Pedro Valdés Piña, Armando Morales, Julio Cordero, siguieron de manera indistinta, el vicio compartido de actuar, animar e historiar. ¡Cuántas veces esos papeles amarillos, fotos desvaídas y apuntes hechos por ellos nos han enfocado el sendero, como si tuviéramos una lámpara de límpido y duradero aceite! ¿Cómo no hablar entonces de herencia, de estirpe, de escuela, de familia con orgullo?

¿Cuántos titiriteros de hoy conocen la labor de Luis Interián en el Teatro de Muñecos de La Habana? ¿Cuántos han hurgado en la acción de aquel grupo de titiriteros nombrado Los Solari, extranjeros afincados por amor y trashumancia en Cuba? Nos dedicamos a investigar la larga historia del bunraku japonés o las sombras de Java y de la China, antes de cuestionarnos asuntos tan sensibles como la aportación académica de la mítica Escuela de Güira de Melena, la fundación de los guiñoles provinciales en los 60 o el daño irreparable que significó la destrucción de la labor artística del trío Camejos-Carril en el Teatro Nacional de Guiñol (1963-1971), así como de otras células creativas que comenzaban a identificar las formas de un retablo nacional en pleno y lógico ascenso. Es imposible hablar de conservación o de rescate de lo que no se ama por desconocimiento, de lo que no se defiende por ignorancia, de lo que no se blasona por soberbia ingenua y fuera de lugar.

La esencia del títere es tan quimérica como las novelas de caballería, tan atrevida como los deportes de alto riesgo, tan popular como las comidas y bebidas criollas, tan provocadora como el sexo y la política. Por eso sobrevivió la profesión. No se puede matar la vida que nace en un títere por obra y gracia del propio hombre. Cada grupo de teatro subvencionado por este país, protector de los derechos culturales de la población, debería convertirse en una academia de arte y ética no en simple fábrica, después no habrá ni opción ni tiempo para hablar de continuidad, la palabra que sumo yo a los términos herencia y evolución. El teatro no puede acabar en nosotros mismos, cuando eso ocurre la tarea de rescate o de nacimiento se torna lenta y traumática, o en su diferencia, abrupta e ignorante de todo lo que ya se vivió, como si se prendiera fuego de forma cínica e irresponsable a los recuerdos más especiales de nuestra memoria titiritera.

Cada década es una lucha denodada entre sociedad y universo. La televisión llegada en los 50 se vio enseguida llena de títeres, pero estos fueron marcados por la fuerza tecnológica de un medio que llevó a los titiriteros, aún actuando en vivo, a usar sus voces en grabaciones. Los 60 se vieron tan dinamitados por la onda luminosa de la naciente Revolución, como marcados por el llamado quinquenio gris que inaugura la década de los 70. El florecimiento económico del socialismo en los tempranos 80, se descabezaría con la caída del muro de Berlín, más la vuelta de 180 grados que significó la caída del campo socialista y con ello el inevitable período especial que marcó el inicio y gran parte de los 90 en la vida cubana. Arribó el cambio de siglo y con él las ciberguerras, Internet, el mundo globalizado, la crisis mundial de la economía. También generó estancamiento en nuestro quehacer artístico titiritero, junto con la aparición de batallas estériles por implantar conceptos personales de creación. ¿De qué continuidad podremos hablar a la vuelta de diez años? ¿No entienden los titiriteros de hoy que conseguir una poética de trabajo no es cerco, sino emblema estético y faro de un quehacer que siempre puede mejorarse?

Los que cargamos el teatro de títeres en nuestras manos y en la espalda como casa de tortuga, caminamos sobre el filo de un cuchillo. Sobrevienen tiempos duros tras largos años de regalía institucional. ¿Qué estamos esperando los directores a la cabeza de nuestros grupos, que nuestros superiores nos propongan cursos, estrategias de trabajo y acciones que podemos preparar nosotros mismos e intercambiar con otros, en una práctica que en Cuba fue siempre símil de transparencia e intercambio enriquecedor entre colegas? Recuerdo a Yulki Cary yendo de La Habana a Pinar del Río, para montar un espectáculo con el guiñol de allí. Valdés Piña viajando hacia el Guiñol de Mayabeque. Armando montando espectáculos en la Isla de la Juventud o en Guantánamo. Mario Guerrero saliendo de Camagüey hacia Las Tunas para adiestrar a lo que fuera el primer núcleo de Teatro Tuyo. René Fernández, de Matanzas, dejando mediante clases y talleres nuevas simientes en Sancti Spíritus.

Recientemente titiriteros de toda Cuba, jóvenes en su gran mayoría, pudieron intercambiar conocimientos en la 11na edición del Taller Internacional de Títeres de Matanzas, con maestros internacionales de la talla de Toni Rumbau, de España; Marcelo Andrade, de Brasil, y Ana Laura Barros, de Argentina. Recuerdo tantas acciones de intercambio y fluidez cultural generadas en nuestro país ayer y hoy, que me pregunto una y otra vez si la continuidad de una herencia es solo la permanencia frente a un grupo de la cabeza mortal de un líder, o también la suma de su ejemplo dinamitado en nuevos grupos, nuevos especialistas de las particularidades del teatro con figuras, el estímulo de nuevos enamoramientos de una profesión maravillosa, enriquecida de manera coherente, afirmadora de un arte inclasificable, que solo hallará su muerte instantánea en las riendas, las fórmulas, el individualismo conceptual y la prepotencia humana. ¿Por qué caminamos sobre el filo de un cuchillo que solo ha servido para rebanar nuestra herencia hasta reducirla a instantes en algunos pocos libros y alguna que otra imagen temerosa en conferencias llenas de desespero?

El arte titiritero es un asunto de traspasos y transferencias, de transmisiones que nos llegan en todas las direcciones del planeta, de América, Europa, África, Asia u Oceanía. Oficio que primero se cocina en nuestro terruño, abonado con la sangre y los muñecos de los maestros que partieron sin un regreso físico, pero que continúan aquí con su legado histórico y entrañable. Mañana, cuando los dioses sean imágenes virtuales o quizá vuelvan a ser pequeñas marías en las iglesias medievales, estarán  ahí, gravitando, las preguntas de siempre. ¿De dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos? Puede que nuestros hijos entren a un museo, abran un libro, miren un álbum de fotos digitales o de cartón, o aprecien en un material audiovisual nuestros rostros, jóvenes otra vez, tan románticos y guerrilleros como nuestros ancestros. Temo que si seguimos como vamos, nadie, absolutamente nadie pueda encontrar nada. Apuesto entonces, con todos mis colegas, a trabajar para que así no sea.
 
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.