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Dicen quienes bien lo
conocieron que estaba
dominado por la
impaciencia. Y que era
amigo de sus amigos no
importa donde se
encontrara ni en las
circunstancias que
fueran.
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Miguelito Valdés |
Lo cierto es que en mi
natal Cayo Hueso,
todavía en los años 60 y
70 del pasado siglo se
reconocía a este
excepcional músico
cubano nacido el 6 de
septiembre de 1912
—aunque otros afirman
que en 1916— como uno de
los vecinos más
apreciados en este
popular barrio habanero,
cuna de soneros y
rumberos.
En lo que me toca, pude
ser testigo de una
acalorada conversación
en plena calle que tuvo
como centro a este ídolo
“cayohuesero”, hoy
injustamente olvidado.
Uno decía que Miguelito
quería ser cantante
cuando no levantaba una
vara del suelo, que
llevaba la música en la
sangre; otro precisaba,
para asombro de algunos,
que también gustó del
boxeo en sus días de
adolescente mientras se
ganaba la vida en un
taller de reparación de
autos.
“—Oye, te lo digo —decía
uno de los vecinos—,
Miguelito probó suerte
como boxeador y logró
buenos resultados en la
división welter. Cuando
aquello vivía en Cayo
Hueso, en el Pasaje
Aurora, cerca del solar
África, donde estaba
Chano Pozo, con quien se
escapaba para rumbear.
Yo era chamaco y me iba
con ellos. Y vi también
sus peripecias en el
boxeo. Claro, la música,
donde fue grande entre
los grandes, lo atrapó
para siempre.”
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Miguelito y
Chano |
Ya en los años 60 y los
70 de mis recuerdos,
Miguelito no vivía en
Cuba desde hacía
muchísimos años, y tal
vez no se imaginara que
en el barrio de Cayo
Hueso aún era un
personaje muy especial,
del que los más viejos
contaban historias suyas
con admiración y
respeto:
“Miguelito Valdés,
hombre a todo” como se
decía.
“De Chano nunca se
separó, ni en las buenas
ni en las malas”.
La verdad es que Miguel
Ángel Eugenio Lázaro
Zacarías Izquierdo
Valdés Hernández —tal
era su nombre— nació de
padre español y madre
yucateca en el barrio
habanero de Belén, pero
se crió en Cayo Hueso,
donde se mudó con su
familia siendo muy
pequeño.
Comenzó su carrera
artística en un sexteto,
en el cual cantaba y
tocaba diferentes
instrumentos, como la
guitarra, el tres, el
contrabajo y las
maracas. Entró como
cantante al Sexteto
Jóvenes del Cayo desde
su fundación en 1929.
Desde entonces,
Miguelito, hombre
inquieto como pocos,
pasó a integrar
sucesivamente numerosos
grupos musicales del
país. Estuvo en las
charangas de Ismael Díaz
y en la Gris, y con la
orquesta Habana. Hasta
incursionó con el
Sexteto Occidente de
María Teresa Vera.
Luego de su primer viaje
al exterior, con la
orquesta del chileno
Lucho Azcárraga, que lo
llevó a Panamá, ingresó
en Cuba en la de los
Hermanos Castro, en la
que permaneció hasta
1936.
Un año después, fundó
con un grupo de amigos
la orquesta Casino de la
Playa, de la que, sin
duda, fue su principal
atracción y con cuyas
grabaciones estableció
su popularidad dentro y
fuera de Cuba. Estas
obras, como dicen los
especialistas, expresan
su versatilidad y sus
magníficas dotes como
intérprete, dueño de un
estilo carismático y
personal en diversos
géneros de nuestra
música: bolero, afro,
son, rumba, guajira,
pregón, conga y
canciones.
No pasará mucho tiempo
para que Miguelito
quiera probarse en otras
latitudes y abandone la
Casino de la Playa para
viajar a los EE.UU.
Antes, trabaja por un
corto tiempo con la
Riverside, dirigida a la
sazón por Enrique
González Mantici.
A finales de abril de
1940, se estableció en
Nueva York, donde se
agrupaban numerosos
músicos cubanos. Allí se
presentó con la orquesta
del pintoresco catalán
Xavier Cugat en el
teatro Paramount y en el
exclusivo Hotel Waldorf
Astoria. Por cierto, la
orquesta de Cugat
trabajaba seis días a la
semana y realizaba
grabaciones una vez al
mes.
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Miguelito y
Xavier Cugat |
“Aunque no dejaba de
volver a su Habana, cada
vez que lo solicitaban
para alguna actuación de
relevancia —como dice el
periodista y amigo
Bladimir Zamora
Céspedes—, Miguelito se
enraizó en Nueva York y
al igual que en su patio
natal, no calentaba
demasiado su sillón en
sitio alguno. Por eso,
cuando consideró que no
era bien pagado por
Cugat, cogió la puerta y
se dispuso a otras
aventuras, cada vez más
seguro de que había
llegado a ser una figura
de trascendencia por sí
mismo.”
En 1942 cantó con
Machito y sus Afrocubans,
con quienes grabaría
después un importante
número de piezas para la
firma Decca. Tan
solicitado llegó a estar
Miguelito en Nueva York,
que en 1945 se quedó sin
voz y regresó a La
Habana consternado. Y
aunque los médicos
norteamericanos le
habían dicho que no
podría volver a cantar,
se repuso y se fue para
seguir cumpliendo con
sus múltiples
compromisos.
Miguelito Valdés llegó a
ser en los comienzos de
la década de los 50 del
siglo pasado uno de los
cantantes latinos más
respetados y mejor
pagados de Nueva York.
Participó, además, en
varias películas.
Fue llamado Míster
Babalú por la
interpretación de la
obra homónima de
Margarita Lecuona, que
lo consagró como uno de
los cantantes más
populares de América
Latina y en casi todo
EE.UU.
Murió el 9 de noviembre
de 1978 fulminado por un
ataque al corazón
mientras cantaba en el
Salón Monserrate del
Hotel Tequendama de la
capital colombiana.
El cubano Miguelito
Valdés, durante su larga
carrera artística, fue
aplaudido en los más
diversos escenarios y
países, no solo compuso
y cantó congas, sino
también otros géneros
como el bolero, el son,
la guaracha… “y todos
—al buen decir de
Bladimir Zamora
Céspedes— los supo
defender con su potente
timbre y con una
expresión de vecino de
toda la vida”.
No por gusto se crió en
el musicalísimo barrio
de Cayo Hueso. |