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Cuando un músico
presenta al público su
más reciente propuesta
discográfica, esto
implica el riesgo de una
rigurosa valoración que
abarca tanto el aliento
artístico de esta obra
en sí misma, como la
inevitable comparación
con sus trabajos
anteriores. En el caso
que nos ocupa, el disco
Ay, la vida, de
Santiago Feliú de 2009
(Sello Colibrí), no por
esperado, deja de
sorprendernos al llenar
los requisitos más
exigentes que le otorgan
una indiscutible
evaluación de cinco
estrellas en lo relativo
al conjunto conformado
por los excelentes
arreglos musicales, la
personalísima poética de
sus textos y una
soberbia interpretación
a la que, a estas
alturas, ya deberíamos
estar acostumbrados.
En pocas ocasiones,
somos testigos del hecho
donde el arribo a la
media rueda por parte
del cantautor coincide
con la realización de
una obra que resume el
universo de sus
inquietudes creativas,
pero desde la
perspectiva de la
madurez alcanzada. Es la
mesura propia del sabio
sumido en profundas
meditaciones, calma que
pudiera aparentar
indiferencia cuando en
realidad no conoce del
reposo para almas como
la suya. Desde sus
comienzos como trovador,
Santiago no ha cesado de
clamar por la vida como
un valor supremo
trascendental cuya
esencia radica en el
interior de cada ser
humano, mensaje para el
cual se ha apropiado de
códigos musicales que le
identifican.
Es el conjuro de la
belleza de una melodía
casi ingenua, pero
salvada por esa intensa
necesidad del sentir por
los demás. En tal
sentido, a su música la
distingue una
espiritualidad tan sana,
que sinceramente resulta
imposible concebirla
como soporte de lo
grotesco. Giros
melódicos de un
optimista aliento,
representan como un
resplandor de luces
inmutables ante la
oscuridad que proviene
del extravío de
referencias en la
humanidad alienada.
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Precisamente, las
canciones que conforman
este disco Ay, la
vida, constituyen un
valladar para sustentar
nuestra resistencia
desde la esperanza por
la vida. A través de una
poética francamente
difícil de aprehender,
plantea un discurso
moral donde la escala de
valores en positivo
aparece plasmada en
hermosas imágenes,
expresadas con la mayor
vehemencia. Ejemplo de
semejante magnificencia
es “Sostener mi amor”,
escultural obra
interpretada junto a
Silvio Rodríguez, que
parece como tallada a
mano durante los
gloriosos años 60 para
continuar, todavía hoy,
asombrando por su
perfección.
Con la diversidad
estilística requerida
para marcar la
diferencia, Santiago
exhibe toda una muestra
de sus herramientas como
reparador de
sensibilidades mustias
al utilizar reflexivos
conceptos a favor del
sentido de vivir,
aglutinadores de
voluntades
indoblegables, que
encontramos en las
canciones, más bien en
los haikus por la
brevedad y elegancia que
distingue a “Demasiado
amar”, “Otras cosas que
también” y “Marionetas
de Cupido”.
En otra cuerda de un
mismo sentimiento, la
pieza “Planeta Cuba”,
sintetiza problemáticas
de los nacidos en esta
Isla, cuyas vivencias en
más de cinco décadas,
nos han dado el derecho
de defender la utopía no
como reflejo de sueños
inalcanzables, sino de
oportunidad de derechos
iguales para todos los
habitantes del planeta.
Artistas del rango de
Santiago Feliú,
consciente de la
dimensión del peligro
sin precedentes para la
historia de la Humanidad
en estos momentos, asume
con la mayor urgencia su
responsabilidad ante la
sociedad al reconocer de
hecho con la realización
del disco Ay, la vida
que se encuentra entre
aquellos privilegiados
que, por sentirse
obligados, no dudarán de
hacer lo que sea
necesario para alcanzar
un mundo diferente. Ante
semejante reto, es el
propio Santiago en la
pieza “Resumiendo”,
quien afirma que
mientras se viva hay que
salvar la vida, honroso
empeño en que nuestro
añejo trovador no se ha
equivocado jamás. |