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Marina Abramović, la
artista serbia
considerada uno de los
mitos de la historia del
performance, visita por
primera vez a Cuba durante
la Oncena Bienal de La
Habana. Apenas unas
horas después de haber
arribado a la Isla,
ofreció al público una
charla sobre su
concepción del arte, su
formación y
procedimientos de
trabajo y respondió las
preguntas del público.
Sobre su presencia y
primeras impresiones en
Cuba, Abramović
comentó:
“este país es mucho más
que palmeras y sol, me
trae muchos recuerdos
del lugar donde nací. Mi
parte favorita de este
encuentro con Cuba es
que la vida no está tan
mediada por la
tecnología, y eso
permite la interacción
más directa entre las
personas. La gente se
mira a los ojos, eso
hace la diferencia con
otros lugares del
mundo”.
La artista arriba a este
país luego de haber
presentado en el MOMA de
Nueva York el
performance The
artist is present,
cuya documentación podrá
verse aquí el domingo
13. Este es el último de
los trabajos de
Abramović
en el que el
cuerpo constituye el
principal terreno de
exploración artística.
En los años 70, con los
llamados Ritmos,
Marina protagonizó
performances con los que
levantó sucesivos
escándalos en el mundo
del arte.
Su experimentación se
basa desde ese momento
en la resistencia del
cuerpo y la fuerza de la
mente, una indagación
que continuó de la mano
de Ulay hasta 1988. En
el trabajo conjunto, la
búsqueda de la artista
serbia se amplió hacia
la relación hombre-mujer
y el desgaste físico y
del espíritu. Tras la
famosa ruptura de la
pareja, consumada luego
de tres meses de
recorrido por la Muralla
China, Abramović
ha
dedicado la mayor parte
de su obra al encuentro
de la libertad
individual y la relación
con los otros, a través
del performance y
apoyándose de otros
medios como el video y
la instalación.
“¿Cómo se da cuenta uno
de que es artista?
Responder a esta
pregunta sería como
explicar por qué los
seres humanos respiran.
Ser artista es sufrir
una suerte de fiebre,
lleva sacrificio y mucha
dedicación”, comentó
Marina durante su charla
en La Habana. Para ella,
es importante entender
que el medio permite
expresar las ideas
propias, “el performance
es solo una herramienta,
es la estructura mental
y física que se presenta
a un público en un lugar
y un tiempo
determinados. El
auditorio es el que
completa el trabajo; la
misión del artista es
dialogar con él.”
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Conocida por llevar a
cabo experiencias
extremas, la Abramović
fundamenta sus métodos
de trabajo explicando la
necesidad de que el
artista adquiera una
preparación mental que
le permita generar una
energía en el público.
“Una presentación que
dura dos, cuatro o seis
horas, siempre provocará
algo en los otros, y
ello es lo que permite
superar el dolor”. “El
sufrimiento del cuerpo
debe entenderse
realmente como algo
externo, parte de la
‘concha’ que constituye
el cuerpo propio. Los
seres humanos tenemos
mucho miedo de sentir
dolor, pero si logramos
comprender esto, la
mente puede lograr
controlarlo.”
The artist is present
demandó de Marina una
preparación física muy
rigurosa en la que tuvo
que modificar incluso
sus hábitos de
alimentación, con el fin
de poder resistir los
tres meses que duró el
performance en el museo
neoyorkino. “Me tuve que
preparar como hace un
cosmonauta para un viaje
de la NASA —explicó—.
Aprendí a vaciar mi
mente por completo, a
lograr un estado en que
la mente está
desocupada, pero llena
de significado”.
Cuando habla de los
límites de su
resistencia y de los
límites de su propuesta
artística, Abramović
se
refiere a la existencia
de una “energía de
reserva” que aparece
siempre ante el peligro.
A los 66 años, su
creatividad no parece
correr riesgo alguno.
Por eso no es
extraño que rompa sus
propios récords, como un
deportista que busca
superar sus marcas.
Sin embargo, el arte
para Marina Abramović
no
es una carrera, sino una
misión: “el artista
tiene una función muy
importante en la
sociedad, debe ser su
siervo y su oxígeno. Hoy
el arte tiene que
molestar y hacer
preguntas, tiene que
elevar el espíritu
humano”.
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