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Un evento de particular
significado para las
letras y las artes
ecuatorianas y cubanas
tuvo lugar en La Habana
entre el 25 y el 28 de
abril de 2012. Su
trascendencia puede
significarse por lo que
mostró en sus sesiones
de trabajo acerca de las
maneras de ser y de
hacer en el Ecuador de
hoy, por lo que tuvo de
intercambio profundo,
pero también —y es mi
lectura más estricta—
por lo que sembró de
germen y posibilidad
para contactos futuros
entre artistas,
escritores, lectores y
públicos inteligentes de
ambos países.
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En una semana donde Los
días de la danza y el
Festival de cine francés
—eventos de largo
arraigo en el panorama
cultural cubano—
captaban la máxima
atención de los
habaneros, junto a los
últimos juegos de la
Serie Nacional de
Béisbol, no escapó a la
mirada de los más
avezados escrutadores de
la programación
artística, la
importancia de la
realización de la Semana
Cultural del Ecuador en
Cuba, una iniciativa de
acercamiento desde la
creación artística que
merece elogio y
continuidad.
Organizada por el
Ministerio de Cultura de
Ecuador y la Embajada
del Ecuador en Cuba, con
la participación del
Ministerio de Cultura de
Cuba a través del
Instituto Cubano del
Libro, la Semana
Cultural del Ecuador en
Cuba centró su
fuerte presencia en las
letras, pero abarcó
también la música, el
cine, y puestas en
escena de teatro y
danza. Muchas de las
actividades tuvieron
lugar en el Centro
Cultural
Dulce María Loynaz,
principal institución
coordinadora por la
parte cubana, pero
también en la Basílica
Menor de San Francisco
de Asís, el Multicine
Infanta, la Sala Lumière,
la Casa del Alba
Cultural, la Casa de la
Poesía y la Casa
Guayasamín, donde se
realizó el recital de
clausura. Músicos como
el maestro Palacios y
Cecilia Tapia mostraron
su clase, y un nuevo
cine que puede mostrar
películas y documentales
como Abuelos,
internacionalmente
reconocido, mostró
credenciales de lo que
viene y lo que ya es.
En las letras, la
presencia entre nosotros
de seis autores
ecuatorianos de los más
contemporáneos, permitió
confirmar algo que se
viene oliendo en el
ambiente literario
latinoamericano: la
emergencia en Ecuador de
una literatura muy bien
plantada, que no
renuncia a su tradición,
realiza nuevas lecturas
de sus autores clásicos,
y crea desde ella misma
con rotundidad y
soltura, en diálogo vivo
con sus circunstancias,
individuales y
colectivas, nacionales,
regionales y globales, y
late con la emoción del
momento de cambio en que
vive inmersa. Una
literatura diversa por
sus temas, sus
contenidos específicos,
sus formas y su manera
de proyectarse ante el
público, con todo lo
valioso que tiene esa
diversidad cuando es
auténtica en su
expresión de lo
particular y no renuncia
sino que busca el
diálogo con el otro.
Las conferencias sobre
autores como Humberto
Salvador, Jorge Carrera
Andrade o Pablo Palacios
permitieron palpar cómo
se lee hoy una tradición
que mezcla autores muy
conocidos y reconocidos
(Carrera Andrade,
observado por la mirada
altamente cómplice de
Aleyda Quevedo y
Marialuz Albuja);
menos difundidos de lo
que a primera vista
parece (Palacios, bien
revelado por
Siomara España); y
alguien casi desconocido
fuera de los más
estrechos círculos de la
ciudad letrada, quizá
por ello mucho más
llamativo para su
reconsideración por los
nuevos (Salvador, tan
magistralmente
presentado por Juan
Secaira, probablemente
su más consistente
estudioso).
Muy significativas
también y
particularmente
emotivas, fueron las
presentaciones de Javier
Cevallos en la Casa del
Alba Cultural, en su
homenaje desde la escena
a Eloy Alfaro, y el
performance danzario
de Juan Carlos Miranda,
en la Casa de la Poesía,
para revelar la amplitud
de mirar de estos
artistas.
Intensas fueron las
varias lecturas poéticas
realizadas por estos
seis escritores: Albuja,
Ceballos, España,
Miranda, Quevedo y
Secaira mostraron cada
uno y todos de conjunto
la riqueza de sus voces
poéticas, presentadas
desde una variedad que
expresa mejor que
cualquier declaración su
no filiación a grupos o
tendencias artísticas
específicas. La Habana
fue, para varios de
ellos, el primer lugar
de encuentro personal, y
supieron aprovecharlo:
mostrando sus calidades,
intercambiando con sus
colegas, obsequiando
libros, dejando ver su
rasguño en la piedra.
Algunos eran conocidos
por los escritores y
lectores cubanos de
visitas anteriores pero
la mayoría fueron
revelaciones de estos
días.
Como buena muestra de
presencia colectiva y
vía para la continuidad
de lecturas más allá de
sus presencias, siempre
hubo a disposición del
público asistente
ejemplares del libro
De la ligereza o
velocidad que también es
perfume. Seis poetas
contemporáneos del
Ecuador, publicado
para la ocasión por el
Fondo Editorial del
Ministerio de Cultura
del Ecuador, que muestra
en su portada una
hermosa acuarela de
Miguel Betancourt, una
expresión del esfuerzo
editorial en los años
más recientes y de los
nuevos caminos que
intenta transitar la
cultura ecuatoriana,
apostando también por su
promoción desde el
servicio institucional y
el hacer ciudadano.
Por la parte cubana,
hubo presencia acogedora
y solidaria en todas las
sedes. La repercusión
alcanzada en los medios
de comunicación y
espacios digitales fue
favorable. Las revistas
Amnios y La
Letra del Escriba
han publicado o preparan
la publicación en sus
páginas textos de estos
autores, para ampliar el
diálogo con los lectores
del país. En varios de
sus espacios de
lecturas, los escritores
ecuatorianos solicitaron
la participación también
de poetas cubanos, lo
que permitió hacer más
estrecho el intercambio
artístico y la amistad
personal, ampliando la
posibilidad de que la
imagen actúe, en su
hacer infinito, y esta
Semana de la Cultura
Ecuatoriana en Cuba
trascienda más allá de
sus días, desde una
clave establecida en la
hermosa complicidad de
estas jornadas, hacia un
tiempo donde el arte y
la poesía funden un
mundo porvenir. |