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Dice el Evangelio que
Cristo se apartó a
Getsemaní y puso allí su
faz en oración frente al
Padre. La oración es una
profunda forma de la
poesía humana. Si la
poesía no “cambia” al
mundo (como querría el
francés Rimbaud), al
menos es buena para
reformarlo, ella tiene
un poder llamémosle
salvador, “crístico”, y
esto lo descubrió el
poeta nicaragüense
Ernesto Cardenal (1925)
desde las tres
vertientes centrales de
su poesía: la íntima
amorosa, la social
comprometida incluso
políticamente, y la que
me gustaría más llamar
“cristiano-cósmica”, que
con el simple término de
“religiosa”, o “de fe” o
solo “cósmica”. Toda su
poesía es de fe.
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Desde el influjo de la
lírica de lengua
inglesa, Cardenal fue
uno de los primeros
poetas hispanoamericanos
que se lanzó de cuerpo
entero al tono
conversacional, porque
deseó hacer poesía
comunicativa, de
servicio, que hablase
directamente al hombre y
a la mujer como se haría
desde el oficio
sacerdotal, aquel que
aprehendió en el
monasterio de Getsemaní,
en los EE.UU., donde la
lectura de Ezra Pound y
el casi inevitable
influjo del coloso Walt
Whitman, lo llevaron a
un verso abierto y
franco, que él quiso
llamar “exteriorista”.
Defendió teóricamente su
definición en contra de
una poesía cuyo
intimismo abusaba de "besos",
"labios" y "lampos" granjeados
del modernismo
posdariano.
Leo a Cardenal desde mi
juventud, desde los
Salmos hasta ese
libro que he releído
tanto y que nunca
termino de leer llamado
Cántico cósmico.
Creo que este libro me
ha influenciado más que
como poeta, como
“especulador”, como
persona que quiere
pensar en una Energía
Inteligente que obre en
el cosmos desde el Big
Bang, y que como en la
“Cantiga 11. Gaia”, se
descubra que “la
criatura viva más grande
de la tierra es la
Tierra”, en tanto la
poesía se torna
teorización,
intelectividad,
resonancias de ideas,
palabras e ideas: poema
(especulación), fuerza
inspiradora que puede
hacernos cambiar incluso
nuestra íntima
concepción del mundo. Y
ya es bastante obrar
sobre el mundo
haciéndonos cambiar de
concepción.
Cuando terminé por
primera vez, hace muchos
años (1990), de leer
Cántico cósmico, me
pregunté qué hacían
tantos académicos de la
lengua española que no
ponían incluso el Premio
Cervantes a los pies de
este poeta universal.
Fueron llegando premios,
no le han faltado al
Cardenal de la poesía.
Ahora se engalana el
Reina Sofía con su
nombre. Pero a mí luego
me importaron poco los
premios que él merecía
en tanto leía versos
como: “No hay tabú
sexual en la naturaleza
/ ni hay ‘natural’ ni
‘antinatural’”, que
parece reducirse luego
a: “…transfiguración en
lugar de sexualidad”, o
una idea estremecedora:
“Yo solo sé decir que si
el tiempo es simultáneo
/ (pasado, presente y
futuro simultáneos) / no
hay nada enterrado en el
olvido”. Ideas de franca
especulación que van
desde la metafísica a la
física contemporánea:
“Los electrones a través
nuestro contemplan las
galaxias”. Un
pensamiento cristiano
transformado en
solidaridad: “Yo soy tú
y tú eres yo. / Yo soy:
amor”. O la idea de que
la selección natural
solo elije a los
pacíficos, y que hay que
morir para que nazcan
otros. Filosofía, fe e
“inspiración” poética se
dan la mano de una forma
más fuerte que la que ya
nos había dado en sus
Salmos: “Como el
Universo es redondo / lo
más lejano que podemos
ver con un telescopio /
es nosotros mismos
mirando un telescopio /
donde está la imagen de
nosotros mismos mirando
un telescopio”.
Verdaderamente, a lo
largo de los años he
tenido oportunidades de
acercarme a él en Cuba,
hacer que alguien nos
presente, darle la mano,
saludarlo, decirle
algunas palabras,
enviarle quizá mi libro
Aguas tributarias,
que tal vez le gustaría.
Siempre me paralizó un
respeto “sagrado” ante
el poeta Ernesto
Cardenal. ¿Sería
timidez, demasiada
admiración, algún no sé
qué que se me quedaba
balbuciendo? Lo cierto
es que lo conozco mucho,
porque lo conozco en el
alma de su letra, como
uno puede conocer hoy a
Quevedo, a Antonio
Machado, a Fernando
Pessoa. Un gran poeta
como él debe recibir con
orgullo todos los
premios terrenales, pues
recibió el don de la
poesía y lo acrecentó
para el servicio humano,
y ojalá que este haya
sido para él el primero
de los Premios
Celestiales.
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