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“Estoy muy contento de
presentar en el Festival
de cine francés en Cuba
una película que ha sido
producida en este
contexto, La nueva
guerra de los botones”,
declaró el realizador Christophe
Barratier ante el
repleto cine Charles
Chaplin el martes 1ro.
de mayo. Muy recordado
en nuestro país por su
ópera prima, Los
coristas, Barratier
ha dirigido además el
cortometraje de 2001
Les Tombales, con
Lambert Wilson y Carole
Weiss y la cinta
Faubourg 36,
estrenada en 2008. Unas
horas antes que Barratier recibiese
junto con Nouredine
Essadi la Distinción por
la Cultura Nacional,
La Jiribilla
conversó con este
reconocido
productor de cine del
país galo sobre su más
reciente largometraje y
sobre el Festival que
este año arriba a sus 15
ediciones.
En Los coristas,
explora las relaciones
que se establecen en el
mundo infantil, mundo al
que regresa con La
nueva guerra de los
botones. ¿Por qué le
interesa tanto este
período de la vida de
los seres humanos?
Tengo el sentimiento de
ser todavía un niño, es
muy difícil darme cuenta
de que tengo 48 años
porque cuando era joven
era muy solitario, con
un mundo de mucha
imaginación. Imaginaba
guiones, historias,
estaba escribiendo
historias siempre. Hacer
películas es algo serio
pero para mí es casi un
juego. Quizá es para
mantenerme en mi niñez
que hago películas con
los niños. Por otro
lado, es algo
extraordinario encontrar
un chico o una chica de
ocho o diez años y
convertirte un poco en
un escultor, al inicio
tienes un niño y al
final tienes un actor.
Es algo que me encanta.
¿No influye en ese hacer
viable la carrera de
alguien también su
mirada como productor,
no solo como realizador?
Sí, por supuesto, es
verdad que en todas mis
películas hay actores
debutantes, pero también
actores experimentados
como Gerard Jugnot, muy
reconocido en Francia, y
es un placer trabajar
con actores de gran
nivel, de mucha
experiencia y el
encuentro con los
debutantes hace saltar
chispas, como un fuego
artificial.
Se refería a que para
La nueva guerra de los
botones había
recurrido a la novela
original y no a la
versión anterior de la
película, ¿qué
importancia tiene que el
cine mantenga este
permanente diálogo con
la literatura?
En el caso de La
guerra de los botones
es un libro de gran
calidad, pero para la
adaptación nos faltaba
un conflicto. Como libro
se lee muy bien, es muy
divertido, sin embargo,
faltaba un nudo
dramático. He trasladado
la época a la Segunda
Guerra Mundial porque
con la Guerra Mundial
teníamos un peligro en
los alrededores que no
hay en la novela. Esos
chicos viven un período
de conflicto pero en el
campo de Francia los
alemanes estaban un poco
lejos, estaban
fundamentalmente en las
ciudades y quizá en el
sur había pequeños
pueblos que no habían
visto muchos alemanes,
pero se siente que hay
un conflicto, un
ambiente de tragedia.
Cuando hacemos una
adaptación, hacemos una
traición y si tienes un
libro que es una obra
maestra es muy difícil
hacer una buena película
porque la novela tienen
una importancia con la
cual es muy difícil
competir; mas cuando
tenemos un libro
simpático que no es
considerado una obra
maestra, es más fácil
intentarlo, porque no
estamos paralizados por
la importancia del
texto.
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La
nueva guerra de los
botones
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Este año se celebra el
aniversario 15 del
Festival de Cine Francés
en Cuba, ¿cuánto se ha
enriquecido la idea
original de aquel primer
Festival?
El nacimiento del
Festival fue una
casualidad. Fui invitado
en 1997 a presentar una
película, Microcosmos,
que había producido y no
sabía nada de Cuba ni de
su público. A menudo
cuando viajábamos con
las películas a
Sudamérica, por ejemplo
a Chile o Argentina,
había cien personas en
la sala, de estas 50
eran franceses y era una
experiencia simpática,
pero recuerdo que cuando
entré en el Chaplin vi
mil 500 personas lo cual
era una locura para una
película francesa, sobre
todo para un documental.
Estaba sorprendido.
Le dije entonces a Nouredine Essadi —quien
estaba a cargo de esta
semana de cine francés—
que podíamos volver con
actores. Al principio
era una pequeña
experimentación, y uno de
los primeros invitados
fue Pierre Richard. Poco
a poco esta experiencia
se fue transmitiendo en
Francia, encontramos
financiamiento y se
convirtió en este
Festival.
¿Cuánto cree que ha
servido este evento para
el conocimiento mutuo de
ambos pueblos?
Hay 150 talentos
franceses (actores,
directores) que han
venido aquí y cada una
de esas personas tienen
un recuerdo
extraordinario porque
conocen gran parte del
mundo, pero cuando se
habla de Cuba rememoran
las salas de cine, el
ambiente, la recepción
increíble del público y
ellos tienen una imagen
muy positiva, aunque
sean capaces de percibir
a este país en su
complejidad. Nunca digo
cuando se trata de Cuba,
“Cuba es un paraíso del
turismo, es para
divertirse solamente o
para ir a la playa de
Varadero”. Hay muchos
viajes que hemos hecho a
otros sitios para presentar películas
y luego para
recomendarlos
hablo
de la playa;
en Cuba los artistas
invitados van a la playa
pero sobre todo vienen a
ver a la gente, es un
viaje totalmente
excepcional para ellos.
Para los cubanos
representa la
posibilidad de conocer a
los actores y de ver
películas extranjeras en
buenas condiciones
técnicas.
Después de tantos viajes
de ida y vuelta, ¿qué
representa Cuba en lo
personal para Christophe
Barratier?
Vengo aquí una vez al
año, en Francia tengo mi
trabajo, mi vida, así
que no puedo decir que
me siento cubano, pero
cada vez que salgo del
avión, cuando siento el
olor especial de La
Habana, me siento
relajado, puedo pensar
en muchas cosas y,
definitivamente, en Cuba
me siento como en mi
casa. |