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Si se observa cómo están
las cosas para la
política de Obama tanto
interna, como externa,
no resulta difícil
pronosticar que tiene la
reelección muy
comprometida.
Recientemente, en la
Cumbre de Cartagena no
ha hecho más que
desdecirse de lo que al
principio de su mandato
declaró que sería su
política hacia América
Latina y el Caribe.
Pero una reelección
presidencial no depende
simplemente de cómo le
vaya al presidente en su
política, si ha
acumulado triunfos o
fracasos; sino de las
condiciones bajo las que
despliegue la campaña,
las perspectivas de los
acontecimientos que lo
puedan perturbar en sus
propósitos, la fuerza
del discurso político,
la posición presidencial
como punto de apoyo y
las perspectivas del
potencial oponente. Los
votantes cuentan, pero
las elecciones
presidenciales en los EE.UU., han devenido
cada día más una
negociación, siempre más
compleja, entre las
elites políticas y los
ciudadanos que ejercen
el voto, porque la
abstención, que siempre
es alta, también ocupa
su lugar dentro del
mecanismo electoral
presidencial.
En primer lugar, está
demostrado por la
historia electoral
norteamericana, que
siempre desde la
posición presidencial se
tienen más
oportunidades, que desde
la oponente, sobre todo
teniendo en cuenta que
desde la posición del
Ejecutivo (Presidente o
Vicepresidente) se
presentan las ventajas
para manejar las
situaciones políticas
internas, como no las
tiene ningún oponente.
Esto sucede, en
principio, porque quien
maneja el discurso
político desde el
ejecutivo, tiene más
posibilidades de
impactar en los votantes
potenciales que quien lo
hace desde la oposición.
Si se toma en
consideración el papel
determinante que tiene
la economía en la
posible reelección
presidencial, y la
capacidad del presidente
para manipular las
cifras y los discursos
esperanzadores, se puede
llegar a la conclusión
de que en manos del
presidente está el
manejar con mayores
posibilidades el punto
clave de la política
interna, sin olvidar que
las elecciones son en
principio y de manera
determinante un asunto
interno y no de política
exterior.
Desde tal punto de mira,
la economía
norteamericana,
atraviesa uno de sus
peores momentos en los
últimos cuatro años,
pero no parece estar tan
mal como estuvo hasta el
2011. Obama ganó la
presidencia en medio de
una crisis económica que
se expandía por el resto
de los países aliados;
pero ahora, en el 2012,
a pesar de estar en
niveles de crecimiento
aun muy bajos y con
altos niveles de
desempleo, no parece
encontrarse en su peor
situación. Aunque no
tiene la holgura de
manejar la crisis
interna acudiendo a las
posibilidades que antes
le brindaban los
aliados, porque tanto
Europa como Japón, se
encuentran hoy en
similar o peor situación
que la de EE.UU.
Obama ha desplegado
políticas que
desencantaron a muchos
de los que lo
reeligieron en el 2008,
pero esas mismas
políticas le han ganado
otros adeptos, que
podrían estar dispuestos
a sustituir el voto de
los desencantados, por
cuanto Obama no escatimó
esfuerzos para traspasar
abundantes recursos
financieros a los
propios responsables de
la crisis.
Si esos desencantados
son negros y en algunos
casos no blancos, el
desengaño podría verse
compensado por otras
razones que tienen más
que ver con haber
logrado tener a un negro
en la presidencia, a
pesar de la situación
difícil que atraviesa la
economía. Por lo que ser
negro, ahora emerge como
una ventaja para Obama,
mucho más de lo que lo
fue en el 2008.
Si a lo anterior
agregamos alguna mejoría
económica anunciada y
alguna real, sobre todo
en el nivel del
desempleo, entre los
negros no serían tantos
los que no estarían
dispuestos a votar por
Obama en el 2012. Me
atrevo a asegurar que el
hecho de que Obama sea
negro, para muchos de su
raza, es más importante
que el desencanto que
hayan podido sufrir.
Pues Obama representó
para la población no
blanca en los EE.UU.,
mucho más que haber
logrado tener un
presidente negro en la
Casa Blanca. Obama logró
capitalizar siglos de
lucha contra el racismo
y la discriminación, por
lo que ahora muchos
están dispuestos a
perdonarle y darle otra
oportunidad, sobre todo
si se trata de que un
blanco republicano
vuelva a tomar la
presidencia.
Otro factor para tomar
en consideración, de
manera muy importante,
es que el Partido
Republicano no ha
logrado diseñar aun un
candidato que pueda
oponérsele a Obama. El
único que parece estarle
apuntando a la silla
presidencial no ha
logrado hacerlo con
fuerza y sí con muchos
inconvenientes. Mitt
Romney no presenta las
mismas ventajas para
oponérsele a Obama, que
está presentando para
ser el candidato del
partido Republicano; por
lo que a estas alturas
de la contienda por la
presidencia, los
republicanos se
encuentran en el
atolladero de
presentarle este
oponente al actual
presidente, que solo
parece tener
posibilidades para ser
únicamente el candidato
del partido y no quien
derrote a Obama.
Esto aumenta las
posibilidades de Obama
para lograr compensar,
con una campaña
inteligente, la
decepción y frustración
que les ha traído a
muchos votantes
demócratas, el
incumplimiento de las
promesas que hizo
durante la campaña; así
como su tendencia a
beneficiar a los grandes
intereses económicos y
ceder espacio político a
los sectores más
reaccionarios de la
política norteamericana.
Esto también equivaldría
a decir que benefició a
los sectores que seguían
a Bush, que casi se
puede decir, con mayor
seguridad votarían más
por Obama que por un
candidato republicano,
porque no pensamos que
estos sectores
encuentren mayor
seguridad para sus
intereses en un Romney,
que en Obama, que ya les
demostró lo que puede
hacer por ellos.
Mientras, lo que Obama
haría en un segundo
mandato está aún por
ver.
En términos de política
exterior, esta última
raramente ha sido
determinante en una
elección presidencial.
Solo recordamos el
impacto que tuvo el
fracaso del rescate de
los rehenes en Irán
durante el proceso
electoral de 1980 para
la reelección de James
Carter; por lo que, a
pesar de que actualmente
los acontecimientos
externos tienen un mayor
impacto dentro de la
sociedad norteamericana
que 30 años atrás, de
todos modos estos nunca
han sido determinantes
en los resultados de una
elección presidencial.
Solo podrían tener
impacto de ser muy
dramáticos, al afectar
de modo directo la vida
interna norteamericana y
tener lugar a pocos días
de una votación
presidencial.
Recordemos el impacto
que tuvo la captura de
Bin Laden y su posterior
asesinato. Hoy nadie se
acuerda de ello; por lo
que el acontecimiento no
va a tener la más mínima
influencia sobre los
votantes en las próximas
elecciones de noviembre
de 2012. Si Obama
lograra hacer con el
Presidente sirio, lo
mismo que con Bin Laden
a pocos días de las
elecciones, sería
diferente.
Los acontecimientos
militares en que EE.UU.
está envuelto, aunque
múltiples y ninguno de
ellos exitoso, no van a
tener ningún impacto en
la actitud de los
votantes hacia Obama.
Además, están teniendo
lugar a mucha distancia
de EE.UU. y no forman
parte de la preocupación
de los votantes
potenciales, como pueden
serlo la situación
económica, la cuestión
migratoria, el desempleo
y las manifestaciones
contra Wall Street.
Todo ello significa que,
a pesar de las
dificultades que
atraviesa la presidencia
norteamericana, incluso
de popularidad, los
peligros que encierran
las situaciones bélicas
generadas por EE.UU. y
las divisiones internas
generadas por la
economía, Obama tiene
posibilidades de ser
reelegido a la
presidencia en el 2012.
Notas:
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