|
El Centro Memorial
Martin Luther King, Jr.
celebró este 25 de abril
su aniversario 25 de
fundado. Con el
reverendo Raúl Suárez
Ramos —director de esa
emblemática organización
de la sociedad civil
cubana, y diputado a la
Asamblea Nacional del
Poder Popular por el
barrio de
Pogolotti—
conversamos sobre los
orígenes y los aportes a
la sociedad y la cultura
cubanas de este Centro
de inspiración
cristiana.
Antes de hablar de los
orígenes del Centro, no
creo cometer ningún
“pecado” si le pido que
comience hablándome en
primera persona…
Resulta curioso porque
los orígenes del Centro,
su propio nombre y mi
historia personal están
muy relacionados. Es
decir, el pensamiento y
la obra de Martin Luther
King están muy ligados a
mi identidad cristiana y
a mi vocación pastoral,
pues el triunfo de la
Revolución me desafió
éticamente. En aquel
tiempo era víctima de un
esquema
ideológico-religioso que
me impedía vivir a
plenitud, comprender y
practicar mi fe en la
nueva situación que se
abría para nuestro
pueblo.
De un lado, tenía un
incentivo fuerte para
integrarme a la obra de
la Revolución; sin
embargo, racionalmente
el anticomunismo, que
había sido introducido
tan profundamente en la
mente de tantos
cristianos cubanos, me
impedía participar en
las actividades
revolucionarias. En esas
circunstancias
personales, comencé a
conocer las ideas de
Martin Luther King,
Premio Nobel de la Paz,
un pastor negro,
bautista que luchaba por
los derechos civiles.
Claro, debido al
aislamiento que vivía
nuestro país en la
década del 60, me era
imposible adquirir
literatura que hablara
de él, pero al fin
comenzaron a llegar
algunos libros y en la
medida que fui
profundizando en su
pensamiento y su obra,
empezaron a aparecer
signos para comprender
el verdadero papel de un
cristiano con su
sociedad.
Esa fue la razón
principal por la que al
crear el Centro le
nombramos Memorial
Martin Luther King, Jr.,
cuyo fundamento estuvo
siempre muy unido a mi
deseo personal, al de mi
compañera Clarita, y al
de otros hermanos, de
buscar una base bíblica
y teológica que ayudara
a integrarnos al proceso
revolucionario sin
contradicción con
nuestra fe cristiana.
Beber del pensamiento de
Luther King me dejó una
enseñanza esencial: era
posible que un pastor
bautista como yo
dedicara su vida al
ministerio pastoral y a
la vez luchara por su
pueblo, por la justicia
social, por la equidad y
la dignidad humanas sin
necesidad de abandonar
su fe. Así llegué a
identificarme plenamente
con el pensamiento del
pastor bautista negro.
En un momento de muchas
contradicciones, me
preguntaba cómo cambiar
esquemas teológicos
presentes en mi realidad
eclesial y el que había
heredado de la
Convención Bautista del
Sur de los EE.UU. que
era muy racista, de una
subjetividad muy
intimista y una pastoral
que se dedicaba casi
totalmente al intramuros
eclesial, donde vivir la
fe significaba vivirla
solo en lo religioso.
Entonces me decía: cómo
vencer ese esquema. Eso
fue un proceso donde el
pensamiento de Martin
Luther King desempeñó un
papel importantísimo,
así como también la
teología latinoamericana
de la liberación y la
reflexión que se
desarrollaba en el
ámbito teológico en la
Cuba de aquella época.
A ese proceso personal,
que fue conflictivo,
agónico, viene a
contribuir decisivamente
la manera en que Fidel
Castro analiza las
coincidencias entre el
movimiento de Jesús de
Nazaret y el movimiento
socialista. Aquella
interpretación genuina,
sincera, expuesta de
modo explícito me hizo
ver con mayor claridad
que no hay que oponer a
la Revolución los
sentimientos religiosos
ni oponer a los
creyentes por sus ideas
revolucionarias.
|

Raúl Suárez
junto a Fidel en
un desfile por
el 1ro. de Mayo |
El año 1984 fue
significativo, comenzaba
lo que se conoce como la
política de
rectificación de errores
y tendencias negativas.
Vino Jesse Jackson a
Cuba, Fidel visitó
nuestra iglesia local
—la Bautista Ebenezer de
Marianao—; un año
después, en 1985 se
publicó el libro
Fidel y la religión,
del fraile dominico
brasileño Frei Betto.
Fue una época de mucha
apertura y comprensión,
se creó el clima
propicio para el
nacimiento del Centro.
Junto con el
conocimiento de la vida
y obra de Martin Luther
King, iniciado desde
nuestra iglesia y las
actividades
desarrolladas en Cuba
sobre su pensamiento,
Clara Rodés y yo, junto
con hermanos y hermanas,
iniciamos la
construcción de un local
que llevaría por nombre
el del pastor bautista
negro, defensor de los
derechos civiles y de la
no violencia pacífica.
Recuerdo con alegría que
al ser presentada la
propuesta del nombre
frente a los miembros de
nuestra iglesia local,
el aplauso fue rotundo
sobre todo porque el
centro, que entonces
nacía, se ubicaba en
Pogolotti, un barrio
negro, humilde y obrero.
Nosotros nos ganamos a
nuestro pueblo más
cercano, a nuestro
barrio; pero el barrio
también nos ganó a
nosotros.
¿Cuáles fueron los
propósitos esenciales
que marcaron la
fundación del Centro
aquel 25 de abril de
1987?
Originalmente fueron,
por una parte, promover
la concepción y el
desarrollo de un
pensamiento
socioteológico. Es
decir, que la fe
cristiana no se
convirtiera en algo
etéreo, abstracto sino
como dijera el Che al
hablar del amor: hay que
expresarlo en acciones
concretas. Nosotros
decimos lo mismo de la
fe: podemos convertirla
en algo visible,
palpable, cercana a las
múltiples y complejas
realidades materiales y
espirituales de las
personas, de nuestro
pueblo.
Por otra, también
partimos de buscar
aquellas esferas,
espacios donde hacer
realidad el ejercicio
humano y cristiano de
ser útiles a nuestra
sociedad. Y así fue
surgiendo el servicio a
la comunidad: cómo
trabajar con los niños,
con las personas de la
tercera edad. Luego vino
nuestro contacto con la
educación popular, el
trabajo con las iglesias
y el movimiento
ecuménico cubano, con la
solidaridad
internacional, con
organizaciones y
movimientos sociales de
América Latina, con los
propios ciudadanos de
los EE.UU. en un
programa de
sensibilización “pueblo
a pueblo” para que
conocieran de primera
mano la realidad de
nuestro país, los
efectos del inhumano
bloqueo impuesto por la
nación del Norte contra
nuestra pequeña Isla. En
ese sentido, han sido
muy importantes, en
todos estos años, las
Caravanas de la Amistad
de Pastores por la Paz.
Nuestro Centro nació de
una profunda inspiración
cristiana y sustenta su
quehacer en los valores
del Reino de Dios y del
proyecto revolucionario
cubano: la justicia
social, la paz, la
solidaridad, una
participación consciente
y una comunicación
liberadora que invita al
diálogo de saberes y
toma en cuenta la
diversidad de rostros y
pensamientos que nos
caracteriza como cubanos
para seguir
construyendo, juntos,
espacios de servicio y
participación
comprometida con nuestra
sociedad.
La Iglesia Bautista
Ebenezer fue el espacio
institucional que nos
permitió hacer realidad
este sueño. El inicio de
nuestro pastorado en
Marianao en 1971 fue el
punto de partida de una
nueva pastoral. Sin la
comprensión y el
acompañamiento
consecuente de los
hermanos de nuestra
iglesia jamás hubiéramos
logrado lo que ha sido y
es nuestro Centro.
Fue en el interior de
nuestra congregación
donde se fraguó la
motivación, el
compromiso y las
primeras acciones en
nuestro barrio.
Pogolotti se convirtió,
con su acogida y su
firmeza solidaria, en el
espacio social que nos
permitió una nueva
visión sobre el
ministerio diacónico de
la iglesia. Su población
sencilla y humilde nos
ofreció la conciencia y
convicción de sentirnos
parte esencial del
pueblo.
¿Cuáles son los aportes
esenciales que el Centro
ha hecho a la sociedad
cubana?
Me parece que fue ayer
cuando el primer
secretario del Partido
en Marianao, el
compañero Ceballos, y el
entonces presidente de
la Asamblea Municipal
del Poder Popular,
Carlos Franco, llamaron
a nuestra puerta y en la
sala del viejo caserón
de la casa pastoral nos
extendieron la mano del
compañerismo, a la vez
que nos invitaban, a
Clarita y a mí, a dar un
recorrido por distintos
lugares del territorio y
solicitar nuestra
cooperación y
solidaridad. Con estas
experiencias y otros
acontecimientos de la
vida nacional, en el año
1985 comenzamos a
demoler la “casa vieja”
y colocar los cimientos
de la nueva
construcción.
Inaugurado el Centro,
una de nuestras primeras
decisiones y acciones
fue invitar a nuestro
vecino, Bartolomé
Menéndez, para que nos
ofreciera una
conferencia sobre su
hermano Jesús Menéndez.
Durante sus primeros
años el Centro estaba
centrado en cursos de
capacitación teológica a
pastores y laicos de
algunas iglesias
bautistas y
pentecostales.
El trabajo realizado a
partir de los primeros
años de la década de los
90 por el Centro
Memorial Martin Luther
King y a través del
Programa de Educación
Popular y Acompañamiento
a Experiencias Locales
—con la colaboración de
más de 350 personas en
todo el país— es una
evidencia de lo mucho
que podemos alcanzar en
este momento histórico
para los cubanos.
Si hablamos de aportes,
uno sería el
“acompañamiento”
a nuestro pueblo, a las
iglesias, a la familia y
a diversos proyectos y
experiencias que se
están desarrollando en
el país.
Es muy correcto que el
programa de Educación
Popular y Acompañamiento
a las Experiencias
Locales hayan usado la
palabra “acompañar”
para animar una
parte de su quehacer.
Nosotros no llegamos
como unos extraños a
Pinar del Río ni a la
iglesia local de
Marianao ni a
Manicaragua ni a La
Marina, sino que somos
parte de esas
experiencias.
Con la gente de esos
territorios y sus
proyectos hemos formado
a sus líderes, hemos
compartido, los
conocemos. Juntos y
unidos a una experiencia
caminamos con ella.
¿Para qué? Para que la
gente desarrolle su
propio poder y
potencialidades, para
que sean sujetos
conscientes, creativos
y, de conjunto con los
demás, echen a andar.
Por tanto, en este
sentido, el Centro es en
primer lugar la
realización de un sueño,
como me gusta decir.
Con el tiempo nos dimos
cuenta de que además de
propiciar espacios de
formación presenciales,
es decir, en nuestra
sede en Pogolotti,
Marianao, también
podíamos ir a los
lugares y crear
capacidades en la gente
para que formara a otros
en sus sitios de
residencia y de trabajo.
Así surgieron los
primeros
“acompañamientos” a la
biblioteca municipal de
Jagüey Grande; luego
vino la experiencia de
Pinar del Río, de La
Marina, un barrio negro,
de los mal llamados
marginales.
Fuimos avanzando con un
resultado paralelo muy
positivo, que significa
que hemos desarrollado
ya un programa dirigido
a la formación de
educadores populares a
distancia.
Cuando en 1987 nos
atrevimos a pedirle a la
iglesia que el nuevo
local llevara por nombre
Martin Luther King, Jr.,
fue además de un gesto
de solidaridad con
nuestro barrio negro de
Pogolotti, uno de los
aportes más
significativos, no solo
en beneficio de nuestra
sociedad, sino del
movimiento afroamericano
porque con ello hemos
contribuido a la
recuperación de la voz
profética de Martin
Luther King. La sociedad
norteamericana está
enferma y ha querido
convertir al profeta en
un santo, claro el santo
es inofensivo, a nadie
le preocupa; pero lo que
sí causa inquietud
porque quema la
conciencia, es la
presencia de los
profetas. Y eso es lo
que el Centro ha tratado
de hacer en todos estos
años: recuperar para los
EE.UU., para Cuba y para
el mundo entero esa voz,
que fue el tambor mayor
de la justicia.
¿Para usted, en lo
particular, y para el
Centro Martin Luther
King, qué significa la
ecumenía?
Significa trabajar para
que en la casa ocupada,
es decir, ese espíritu
oikouméne del que
se habla en la Biblia,
se viva en armonía, en
justicia social tanto en
las iglesias, como en
los pueblos donde se
hallan las iglesias. Y
esa tradición ecuménica
la hemos heredado del
movimiento ecuménico
internacional, regional
y de nuestro Consejo de
Iglesias de Cuba. Uno de
los teólogos que más se
ha referido al valor del
ecumenismo, ha sido el
católico alemán Hans
Küng. Él sostiene que
sin una ética mundial no
hay sobrevivencia, sin
la paz no es posible esa
sobrevivencia, y ella no
se puede lograr sin el
diálogo entre las
diversas religiones. En
ese sentido, ha
trabajado durante todos
estos años, nuestro
Centro, una organización
macroecuménica de
inspiración cristiana
que promueve la unidad
más allá de las
fronteras de la Iglesia.
Don Pedro Casaldáliga,
el obispo catalán que
tantos años trabajó en
Brasil, dijo que el
primer requisito para
entrar en el diálogo
macroecuménico es una
identidad bien definida.
Si las convicciones y
los principios que
animan la vida han sido
el resultado de una
opción honesta,
auténtica, se puede
entrar en relaciones con
todas las personas.
Nuestro Centro, que se
encuentra en Pogolotti,
en Marianao, donde
muchas personas
practican religiones
cubanas de origen
africano, ha trabajado
junto al barrio en
proyectos de beneficio
social como el alumbrado
público, la construcción
y reparación de
viviendas, el
saneamiento ambiental, y
la promoción de una
cultura de respeto hacia
la naturaleza y las
relaciones armoniosas de
convivencia y
participación social.
¿Quieres mejor ejemplo
de ecumenía?
Al llegar a esta fecha,
como director siento un
profundo agradecimiento
por cada compañero,
hermano que encontraron
en este sueño un espacio
en el cual el sentido de
la vida, el amor y el
servicio a nuestro
pueblo pudieron
enriquecer la
comprensión y vivencia
de la expresión más alta
de la ecumenía humana,
que no se agota, ni se
reduce al intramuros
religioso eclesiástico,
pero sí en la obra
nuestra de cada día. |