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Por quince años ya El
ciervo encantado ha
mantenido vivo el raro y
precioso cardinal que
descubrió para la escena
cubana desde 1996.
Proyecto laboratorio,
grupo concentrado en
búsquedas rigurosas de
una cubanidad que, al
tiempo que no olvida su
esencia poética sabe
multiplicarla en una
teatralidad cada vez más
comprometida con lo
circundante en términos
de conflicto y
espectáculo, tiene en
Nelda Castillo una
directora que ha hecho
de la tenacidad y la
persistencia parte de
una poética que la
singulariza e identifica
en cada uno de los
estallidos que han
venido a ser sus
estrenos. Polémicos,
desacralizadores, tensos
como la cuerda que los
une a otras maneras de
la realidad, son la hoja
de vida de El ciervo
encantado. Con ella
cruzo estas palabras
para, desde el diálogo,
encontrar fuentes y
certezas que luego
redescubro en el
escenario, como parte de
un camino que para ella
no admite división, ni
concesión. Con Nelda,
que es, más que actriz y
directora, encarnación
de todo lo que emite y
transfigura El ciervo
encantado.
|

Visiones de la
cubanosofía |
De los juegos familiares
de la infancia a los
escenarios debió haber
una imagen teatral que
se fundió a tu memoria y
anhelo de llegar al
teatro que tal vez
perdure hoy en ti como
una señal, no sé si
pública o secreta, que
alienta en tus
espectáculos. ¿Qué
juegos y señales son
esas, cómo perviven en
tu confrontación diaria
con los espectáculos?
No recuerdo nada
referente al teatro en
mi infancia ni
adolescencia, pero sí
tuve desde niña obsesión
con el cine, podía ver
sin parar tandas hasta
de ocho películas en el
día lo que era muy raro
para mi edad. Pero creo
que mi primera conexión
orgánica con el teatro
viene de la afición a la
pandilla, un poco
gracias a que mi madre
me tuvo muy mayor y ya
no tenia muchas fuerzas
para controlarme, por lo
que me pasaba el día
entero mataperreando con
una pandilla, metida en
los matorrales buscando
caracoles, e inventando
todo tipo de juegos y
aventuras. Mi pandilla
era un montón de varones
que extrañamente se
dejaban dirigir por mí
sin sentir ningún
complejo. Creo que ahí
empezó esa vocación por
crear o descubrir otra
dimensión de la realidad
acompañada de un equipo
en profunda complicidad.
El Teatro Musical de
La Habana fue una
estación en tu formación
como actriz. Quien tenga
la vista aguda acaso
pueda descubrir
elementos aprendidos
allí que sigan
palpitando en tus
puestas. ¿Qué aprendiste
en el elenco de El
velorio de Pachencho,
Mi vieja dama o
Pedro Navaja? ¿El
gusto por la mezcla
irreverente de canto,
movimiento y drama viene
desde ahí, como un
sentido espectacular que
has ido filtrando y
llega a espectáculos
como De dónde son los
cantantes, entre
otros?
Es curioso que mi primer
encuentro con el público
fuera cantando. En la
adolescencia me dio el
impulso y busqué
un
guitarrista un poco loco
pero muy talentoso y
canté en un festival
nada más y nada menos
que Siboney. Me
sorprendió la reacción
del público pues fue un
éxito arrollador con una
canción tan poco
apropiada para un
auditorio tan joven. Con
esta misma canción me
presenté en el teatro
Sauto de Matanzas con mi
guitarrista, loco y
talentoso. El Lírico de
esa ciudad, que era una
agrupación bastante
digna en ese entonces, me propuso pertenecer a
su elenco, lo cual no
ocurrió por supuesto
pues era aún muy joven.
Fui a parar al Musical
de La Habana por
necesidad de un vínculo
laboral para continuar
mis estudios en el ISA
por el curso de
trabajadores, y gracias
a que cantaba me
aceptaron. Para mí esta
estancia fue muy
importante pues tuve la
oportunidad de estar
cerca de una de las
figuras más increíbles
del teatro cubano,
Carlos Pous, ya en sus
últimos momentos.
Llegaba muy temprano, se
sentaba al lado de su
neceser, donde
guardaba su peluca, su
maquillaje y otros
objetos sagrados, muy
callado y apagado, para
después verlo en el
escenario, a una
distancia que lo podía
tocar, con una vida, una
fuerza y una gracia
descomunal.
En esa misma época,
producto de no tener
casa, tuve la
oportunidad de convivir
durante diez años con
uno de los seres que más
ha tenido que ver en mi
formación como artista,
mi profesora de canto
Margarita Horruitinier,
muy conocida en el mundo
del bel canto. A
su lado descubrí la
ópera y una técnica
vocal que he aplicado
mucho en mi
investigación, pero algo
más importante que una
técnica, aprendí a su
lado a respirar el
verdadero espíritu de un
artista, que tiene que
ver con el alma y la
sensibilidad.
La formación en el
ISA es otra estación, en
la cual encuentras a
compañeros de generación
y trabajo que luego
conformarían el rostro
del Buendía. Desde las
aulas a espectáculos
como El lazarillo de
Tornes, El
pequeño príncipe,
Monigote en la arena
y Las perlas de tu
boca, ¿qué significó
la participación en ese
momento tan singular de
nuestra historia teatral
reciente? ¿Qué
significa, en la memoria
y en tu presente, ese
paso por el núcleo
dirigido por Flora
Lauten?
Mi entrada al ISA en el
segundo año de su
creación fue desde un
traslado de carrera. En
ese entonces estaba
pasando por una profunda
crisis de comunicación
que se agudizaba,
manteniéndome casi en un
mutismo absoluto. Sentí
entonces que el teatro
me podría ayudar a
expresarme de alguna
manera, y me presenté a
los exámenes sin previa
preparación. Para mi
asombro aprobé, recuerdo
que el profesor era
ruso. En el primer y
segundo año sufrí una
tremenda decepción, pues
no podía concebir que
aquello fuera el teatro.
Mi profesora Ana Viña me
aconsejaba que volviera
a cambiar de carrera
pues decía que yo no era
actriz sino una
intelectual (?). Las
revolturas de finales de
los 70 y principio de
los 80 me separaron por
dos años de la escuela y
al retornar de esta
"pausa" forzada me
encontré con Flora en el
curso de trabajadores.
Momento muy importante,
pues descubrí un espacio
de absoluta libertad
para encontrar mi propia
voz, donde los caminos y
las vías para liberar
mis esencias eran toda
una aventura, en la que
iba acompañada de una
nueva pandilla,
resucitando de nuevo un
poco mi infancia. Como
decía Borges "El otro,
el que uno era debe de
estar muerto". Esa fue
la experiencia con Flora
y los compañeros del
Buendía: reencontrar el
camino que había
perdido, o sea a mi
misma.
|

Un elefante
ocupa mucho
espacio |
Un elefante ocupa
mucho espacio
demostró que en Cuba
podía hacerse teatro
para niños sin apelar a
la convención. El que
mantengas ese
espectáculo, en una
nueva versión, dentro de
tu repertorio activo ya
con El ciervo encantado,
tal vez quiera decir que
mantienes con ese
montaje una relación que
sobrepasa circunstancias
y accidentes. El mundo
del circo, esa otra zona
de periferia que has
mirado con atención como
lo has hecho con el
legado del bufo y el
propio musical, se
reinventa ahí con otra
fuerza. ¿Por qué vuelves
a Un elefante...,
como necesidad o
nostalgia, como
espectáculo que demanda
un training o
abre a otros públicos tu
trabajo sobre el actor y
el disfrute teatral?
Un elefante...
es un ritual de
iniciación al cual acudo
siempre que necesito
incluir a un nuevo
actor. No solo porque
represente para mí un
entrenamiento básico
(conexión con el propio
cuerpo, el espacio, los
demás actores y el
público), sino además
por su significado. El
elefante simboliza el
alma del teatro,
conformado por la
bailarina, el mago, los
clowns y los
animales. Un cuerpo y
alma creado por todos,
siempre se puede caer
pues el riesgo es
inevitable y necesario,
pero es responsabilidad
de todos que se vuelva a
levantar. Volver a él es
siempre un baño de
purificación, de
conexión con lo
esencial, y una limpieza
de las cáscaras del ego
y la representación.
Un personaje en
particular va ligado a
la memoria de muchos de
lo que te respetamos. El
Chivo, de Las perlas
de tu boca, es un
ejemplo cálido de
construcción de un
personaje que trasciende
incluso el espectáculo
en el cual se le
aplaudía para funcionar
como una máscara viva y
trascendente. Salido del
taller de máscaras del
Buendía, ¿cómo nació el
Chivo? ¿Cómo vuelves a
él, a veces en un café,
o acaso en procesos de
trabajo que el
espectador no conoce?
¿Cuánto hay de ti misma
en ese personaje?
El Chivo nació de un
taller que inició Flora
al descubrir un libro
muy importante, Impro,
de Keieth Joston, donde
se explica en uno de sus
capítulos la técnica de
Máscara y Trance. Dentro
de una atmósfera de
juego y expansión
fabricamos las máscaras
y buscamos todo tipo de
trapos y tarecos. La
técnica de la máscara es
un proceso delicado y
difícil pues tiene que
ver con lo mágico, con
lo sobrenatural. Hay que
estar muy dispuesto a la
creencia y entrega
total, para que entonces
ocurra lo que el autor
señala: "la máscara
desenmascara". No es
fácil deponer el ego, la
personalidad, pues
estamos llenos de
defensas, incluso mucho
más allá de lo que
sabemos o queremos.
Lograr ser habitado por
uno de esos seres supone
la liberación de
nuestras propias
esencias, de lo que
realmente somos. Para mí
fue extraordinario.
Descubrí, gracias al
Chivo, que esa principal
esencia en mí era la
inocencia. Estallando en
mil pedazos todas mis
defensas, parapetos y
lastres. Cambiándome la
vida, o mejor dicho,
dándome a la vida. El
primer texto del Chivo
al salir a escena era:
"Estoy vivo", afirmación
que me ha servido por
supuesto para todo lo
que ha venido después.
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Monólogo en
homenaje por los
15 años de El
ciervo
encantado,
El Chivo, mítico
personaje
asumido por
Nelda Castillo
en
Las perlas de tu
boca, obra de
1989, con el
grupo Teatro
Buendía |
Las ruinas circulares
anunciaba ya lo que con
un poco más de tiempo se
fundaría bajo el nombre
de El ciervo encantado.
El espectáculo, como Un
elefante... rompía
convenciones. Borges,
Cervantes, fuentes
culturales diversas, se
multiplicaban en el
empeño de un espectáculo
que recorrió varios
países. ¿En qué medida
fue un punto de giro en
tu trayectoria? ¿Qué
aprendiste a dejar atrás
cuando mostraste el
montaje por vez primera
al público? ¿Qué ganaste
con él en tanto
experiencia?
Al graduarme, y no
existir aún Buendía, fui
a trabajar al grupo
infantil de Plaza, e
inmediatamente el
director me dio la
posibilidad de dirigir
una obra. Monté
Galápago,
de Salvador
Lemis, que se estrenó en
el Guiñol Nacional, pero
al mismo tiempo
trabajaba con Flora como
asistente de dirección y
actriz en el ISA, para
la graduación de sus
muchachos con Lila la
Mariposa.
Después
logré la inclusión de
Flora y sus ex alumnos
al grupo Plaza, donde se
formó entonces el
Buendía. A partir de ahí
dirigí Un
monigote en la arena,
que hizo una gira
maravillosa por Oriente
junto al Rey de los
Animales dirigido
por Carlos Celdrán. Y
luego en el 90 pude
volver a dirigir, en
este caso Un elefante
ocupa mucho espacio.
Como ves, hasta ese
entonces hacía solo
teatro para niños. Luego
de estas experiencias no
fue consciente la
elección de trabajar
para adultos. Fue un
punto de giro orgánico,
pues me apasioné
tremendamente con el
ensayo literario que dio
inicio a esa aventura (Vida
de Don Quijote y Sancho,
de Miguel de Unamuno).
Además, ya para ese
entonces contaba con un
trío de actores (José
Antonio Alonso, José
Juan Rodríguez y Carlos
Cruz), con los cuales
venía investigando un
training específico
desde Un elefante...,
y que con Las
ruinas... logré
profundizar y
desarrollar,
perfilándose así un
lenguaje personal.
Las ruinas...
fue el último
espectáculo que dirigí
dentro del Buendía. Ese
proceso me confirmó la
necesidad de buscar mi
propio camino. Aprendí a
desprenderme de una
experiencia muy
importante de la cual
fui fundadora, pero dar
ese salto al vacío era
imprescindible para
continuar mi crecimiento
como artista, y por
supuesto construir mi
propia utopía.
Fundar es, también,
romper una convención.
El ciervo encantado,
nacido en 1996, se ha
convertido en un
laboratorio intenso de
mezclas culturales, de
aprendizaje y reto,
donde tu propia noción
de una dramaturgia
espectacular
interconecta training
e investigación, desde
un centro que es lo
cubano dinamitado y
reimaginado. ¿Cómo
definirías tú misma al
grupo: como un proyecto
en movimiento, un centro
de investigación, un
camino todavía abierto?
Siento al grupo como un
espacio de conocimiento
y crecimiento, sobre la
base fundamental de la
investigación en la
memoria inscrita en el
cuerpo del actor,
siempre infinita,
siempre cambiante, pero
afincándonos y
cuestionándonos en el
ahora, que es donde
realmente vivimos.
Severo Sarduy fue una
brújula que te acompañó
durante un par de
montajes. De dónde
son los cantantes y
Pájaros de la playa
forman parte de un
díptico en el cual la
imagen del escritor
cubano exiliado aportó
otros cardinales para
relacionar Cuba,
diáspora, periferia,
teatro y literatura
desde las claves de tu
desempeño como
directora.
¿En qué medida esos
espectáculos dilataron
las relaciones del grupo
con esos referentes? ¿En
qué medida fue Severo
una brújula, un alter
ego, que los encaminó
hacia un destino de otra
intensidad?
Las primeras referencias
de Sarduy las tuve
cuando alguien me
comentó que su obra,
De donde son los
cantantes, podría
interesarme teniendo en
cuenta mi lenguaje
teatral e interés
fundamental del grupo en
las exploraciones de lo
cubano. Pero no fue
hasta 1997, cuando me
disponía a entrar en un
nuevo proceso, que tuve
la inspiración de buscar
la novela, y ver si me
seducía. Y
prácticamente sin
concluir la primera
lectura supe que
este
era el texto que
necesitábamos. Desde
entonces no hemos
abandonado a Sarduy y,
creo, él tampoco ha
querido abandonarnos.
Además del gran artista,
creador de una obra
monumental a la cual nos
acercamos humildemente
para crecer, Severo es
en nosotros una
presencia, alguien muy
cercano con el que hemos
compartido desde
momentos de
trascendencia creativa
hasta el sellado —con
las propias manos del
actor que lo encarnó en
escena—, de la tumba de
su madre que los
sepultureros tuvieron a
bien dejar abierta, en
el cementerio Colón de
La Habana.
|

Pájaros de la playa |
En principio yo quería
trabajar las dos
novelas, pero en el
proceso me di cuenta de
que eran dos voces
distintas que reclamaban
obras separadas, no
obstante investigar
Pájaros... sirvió
como complemento sobre
todo para el personaje
de El Cristo que para
nosotros es una
premonición de su
enfermedad, deterioro y
muerte. También Severo
abrió en nosotros la
inquietud de trabajar
con otros autores de la
diáspora, y rescatarlos
para el hoy de la
cultura cubana, lo cual
ha permitido que muchos
jóvenes sobre todo,
conozcan esas obras.
Para De dónde son los
cantantes utilizamos
además otros textos del
propio Sarduy, bien como
fuentes pasivas de la
investigación, como en
la propia estructura
verbal de la dramaturgia
espectacular. Ejemplos
de ambos casos son
Aforismos, El Cristo de
la rue Jacob, La
simulación, Barroco,
Corona de frutas,
Escrito sobre un cuerpo,
Un testigo fugaz y
disfrazado, Un testigo
perenne y delatado, Big-Bang
y algunas entrevistas.
Junto a esos estuvo
también Tres tristes
tigres, de Cabrera
Infante, que aportó la
referencia al contexto
de una noche cubana de
clubes, cabarets y
teatros de variedades
que se ha metamorfoseado
y convertido en un
grotesco de ausencias.
Paralelamente a esta
línea digamos
bibliográfica vinculada
directamente con el
entrenamiento actoral,
la investigación se
desarrolló también desde
estudios menos formales,
pero que fueron vitales
para la conformación del
ámbito de la obra.
En cuanto a
Pájaros... a primera
vista la novela podría
parecer una reflexión
sobre el deterioro y la
muerte física. Pero muy
pronto descubrimos que
se trata de todo lo
contrario, Pájaros de
la playa es una
profunda reflexión sobre
el sentido de la vida y
la agonía existencial
del ser humano. Entonces
se fue conformando el
entrenamiento que
reclamaba el texto —que
siempre es una
revelación. En este
sentido los actores
trabajaron partiendo de
sus propias enfermedades
morales y espirituales.
Aparejado al estudio de
otros textos como La
era del vacío,
de
Guiles Lipovetsky;
Dioses en el desempleo,
de Joseph M.
Villagrasa;
Ensayo
sobre el cansancio,
de Peter Handke;
o La
enfermedad como camino,
de Thorwald Dethlefsen y
Rüdiger Dahlke. Y esta
investigación,
eminentemente
individual, tuvo por
necesidad su expresión
en otro espacio: el del
sanatorio y su
atmósfera, la isla.
Así, el montaje de
Pájaros de la playa
fue un proceso de muchas
decantaciones, donde
fueron convocados
también otros textos
como Leprosorio,
de Reinaldo Arenas —que
fue vital en la
contextualización del
tema—, y la Subida al
monte Carmelo, de San
Juan de la Cruz, para
finalmente llegar a una
estructura sin
significado unívoco y
desprovista de toda
intención narrativa,
descriptiva o
moralizante. Un cuerpo
teatral que es para
nosotros una gran
oración expuesta siempre
al cambio, a la muerte.
Y bueno, en Visiones
de Cubanosofía
también utilizamos un
texto suyo, Hueco
Negro, del libro
Big Bang.
Además, la investigación
con la obra de Severo me
ha permitido profundizar
en lo estilístico y
conceptual del barroco
como alternativa ante el
egoísmo y la
racionalidad de nuestros
tiempos. El barroco
supone una actitud de
entrega máxima, una
explosión del deseo, sin
la mojigatería y
ambición acaparadora que
signa nuestra era. El
barroco que investigamos
en nuestro trabajo es la
posibilidad, a través de
la imagen, el texto y
los sonidos, de dar
espacio a múltiples
posibilidades de
lectura. También a nivel
formal-conceptual me
interesa mucho la
simultaneidad visual,
sonora y de sentidos en
la escena, y ese es
también un elemento muy
barroco. O sea la idea
fundamental es no
carecer de nada, sino
por el contrario
derrochar energía,
placer, emoción,
sensaciones, ideas,
sentimientos..., y esto
para todos: creadores y
espectadores.
En Pájaros de la
playa el propio
Sarduy habla de un
"teatro barroco vacío",
porque lo que está
en
estudio es el proceso
del ser humano ante la
muerte, que representa
un cambio, un vacío que
incluye todas las
posibilidades. Por eso
se entiende que el vacío
es como el lleno más
completo porque es la
posibilidad del todo. La
idea de un teatro
barroco supone un
abigarramiento extremo,
pero el concepto de
vacío crea una
contradicción muy
interesante, pues
implica la posibilidad
de un lleno en potencia
que cada espectador
puede manipular a su
antojo.
Visiones de
Cubanosofía es un
espectáculo sobre el
cual me resisto a
escribir, porque no
quiero imaginarlo
acabado, sino creciente
y siempre provocador.
Una Cuba que bebe de
Fernando Ortiz, de
textos marginados de la
Gran Historia, del
centro de espiritualidad
que es Orígenes y
la fe religiosa, se
reconstruye con cada
función. ¿Hasta qué
punto ese espectáculo es
el inicio de una nueva
etapa, si lo es, que
continúa con el
desgarramiento y la
búsqueda de una belleza
descarnada que se
prolonga hasta
Variedades Galiano?
Ese compromiso con
repensar a Cuba desde
una escena cada vez más
cercana al performance,
¿de dónde proviene,
cómo alienta y sostiene
El ciervo encantado en
cada nuevo espectáculo?
¿Cómo crees que llega a
un público que ha
probado su fidelidad a
tus propuestas?
Después de una obra de
introspección, con un
tema profundamente
existencial que fue
Pájaros de la playa,
Visiones...
representa una nueva
etapa, con puntos de
contacto con El
ciervo encantado y
De dónde son los
cantantes, pero con
una preocupación más
política, un compromiso
más conciente con una
realidad. Sentido que
nos lleva hacia un nivel
aún más profundo y de
urgencia en
Variedades... Como
dijera Virgilio Piñera:
“más abajo, más abajo y
el mar picando en las
espaldas”.
Para mí es
mucho más inspirador
trabajar desde pretextos
no teatrales y variados
al mismo tiempo: textos
literarios,
investigaciones,
imágenes plásticas,
lugares, música o
sonidos, etc. Me siento
mucho más libre en ese
ámbito donde las
fronteras son borrosas o
inexistentes, para
sumergirme en la
dificultad que es
escribir la obra en el
escenario, con los
cuerpos y sensibilidad
de los actores en
vínculo con esos
materiales diversos,
hasta lograr componer
una sola voz.
La
propia obra de Sarduy es
un ejemplo indiscutible
de pertenencia a un
territorio vasto donde
convergen orgánicamente
varias artes y son
invisibles las
fronteras. Y creo que
nuestro vínculo creativo
con su obra encuentra su
organicidad en ese
ámbito ilimitado de
encuentros a partir de
un fuerte sustrato
físico. Pues esos seres,
entidades o potencias
creados por él tienen el
importante antecedente
de una experiencia
corporal que nace en el
centro pélvico. El hecho
de que Sarduy bailara
desnudo, buscando las
palabras, es de una
organicidad impactante.
Severo movía el cuerpo
(danzaba), dejando
avanzar la energía
proveniente de su centro
pélvico para acceder a
determinado estado sico-físico
y despertar su memoria
corporal. Y como la
memoria no esta solo en
la cabeza, sino en la
totalidad del cuerpo,
sus obras no pueden ser
lineales, cronológicas o
moralistas, pues tienen
un origen físico, nacen
de la memoria
fragmentada y
desprejuiciada que
almacena el cuerpo,
donde están inscritas
todas nuestras
experiencias y las de
nuestros ancestros.
Incluso él entendía su
pintura como una espacie
de caligrafía creada a
partir de movimientos
repetitivos para la
meditación.
De modo similar trabajo
a los actores de El
Ciervo..., a partir
de un entrenamiento
encaminado no a crear
habilidades, sino un
entrenamiento negativo
cuyo objetivo principal
es eliminar los
bloqueos, las tensiones
y armaduras que impiden
la libre circulación de
la energía desde el
centro y que permite a
los actores acceder a un
estado especial de
libertad, una
disponibilidad para la
creación desde sus
esencias. Un
entrenamiento orgánico
—pues involucra todo el
organismo—, en función
de lograr la
autoexpresión del todo
(mente, cuerpo,
espíritu). El actor
entonces se convierte en
un médium, el vehículo
vibrante que conecta al
espectador con niveles
sutiles de la realidad.
De ahí el carácter
ritual y sacrificial de
nuestros espectáculos,
donde tanto actores como
espectadores son parte
de una experiencia de
vida, no de una
representación. La
acción ocurre, no
aparenta ocurrir y los
actores son, no
representan ser. De ahí
la conexión con lo
performativo.
Por eso mi trabajo es
oblicuo y sucede en una
frontera muy borrosa. Me
interesa descubrir, es
el proceso como fuente
de descubrimiento y
conocimiento lo que me
apasiona, y siempre el
punto de partida queda
muy lejos de lo que
llegamos a compartir con
el público, y que
también sigue
transformándose. Además
es oblicuo en tanto
nunca busco una "imagen
plástica" a priori,
ni un estilo, o un tipo
de espectador. El
principio regente para
mí es una necesidad
primaria de
autoexpresión y
comunicación. Y veo el
hecho de poner una obra
como lo interpreta el
maestro Suzuki en su
obra La suma de los
ángulos internos
refiriéndose al trabajo
del actor "No
existe ni la mala ni la
buena actuación. La
actuación debe juzgarse
partir del grado de
profundidad de lo que
motiva al actor a
situarse en un
escenario".
Desde que empecé a
dirigir he tenido esta
tendencia aglutinadora
de caos y ordenamiento,
pero creo que los 11
años que radicamos en la
Facultad de Artes
Plásticas del ISA fueron
muy importantes por el
vínculo permanente con
estudiantes y
profesionales de todas
las manifestaciones;
pero sobre todo con los
artistas plásticos con
los que me siento muy
conectada en lo que se
refiere a una inquietud
por lo conceptual y
social y su relación con
la forma en todo tipo de
soportes.
En cuanto al público
siento que nuestras
propuestas pueden ser en
principio
extrañantes
o perturbadoras para el
espectador. No obstante,
creo que hemos ido
creando y entrenando un
público (no de masas),
que, en su mayoría
conformado por jóvenes,
crece y nos sigue.
Del mismo modo que para
nosotros cada proceso es
una experiencia de vida
en que se pretende
alcanzar un estado
máximo de expresión y
cambio, queremos que
para el espectador
también asistir a
nuestras obras
constituya algo
semejante, donde el
tiempo y el espacio
adquieran una dimensión
que induzca a la
reflexión y la acción.
Cuando pusimos
Visiones... en Mayo
Teatral, escuchamos a un
niño de diez
años
decir a la salida:
“Mamá, Martí está vivo”.
Eres una actriz que
actúa a través de tus
intérpretes. Aunque
alguna vez me gustaría
volverte a ver en
escena, quiero cerrar el
diálogo preguntando por
tus colaboradores más
fieles, que cada día se
ganan más respeto de mi
parte. ¿Cómo se conectan
las energías de Eduardo,
Lorelis y Mariela con
tus anhelos? ¿En qué
sentido son cómplices,
canales, móviles,
fuerzas que te impulsan
al otro límite, a
quebrantar la otra
convención que reventará
con el próximo
espectáculo?
Es un reto mantener por
mucho tiempo un grupo de
gente joven vivo e
interesado. Siempre
trabajando en total
resistencia, no solo por
las dificultades
materiales y
precariedades de todo
tipo, sino por el rigor
y exigencias con que
trabajamos diariamente,
sobrepasando cada día
nuestros propios
límites, y creando una
conciencia de
responsabilidad y
necesidad de compromiso
con todo lo que acontece
en la vida de un grupo
de teatro, desde limpiar
el piso, hacer una
conexión eléctrica,
mantener un
entrenamiento riguroso o
un espectáculo vivo.
Y esta manera de
trabajar en resistencia
con un equipo reducido
es mi elección, pues a
pesar de que sea un
desgaste aparente
reafirma, para todos, el
verdadero sentido
artesanal del teatro y
la conexión sensible de
todas sus partes.
Defensa que se expresa,
creo yo, también en las
obras. Vivimos en
tiempos en que todo
pareciera estar diseñado
para fragmentar y
dividir: el hombre se
diluye en pensar una
cosa, decir otra, y
hacer lo contrario,
envilecido por lo que es
fácil y rápido, desde la
comida hasta las
relaciones humanas.
Entonces un grupo como
El ciervo encantado,
significa un camino de
resistencia a esa
desintegración, pues
cada día intentamos
reunir los pedazos de
cada uno y de todos para
estar conectados y
presentes, y desde esta
conciencia crear una
resonancia hacia otros
cuerpos.
Versión integral de una
entrevista aparecida en
Entretelones en el año
2010. |