La Habana. Año X.
10 al 16 de MARZO
de 2012

Correo Canal RSS Canal en Twitter Facebook Flirck You Tube

 

BÚSQUEDA AVANZADA   . . .

ENLACES

SUSCRIPCIÓN
 
 

 

María Teresa León y Cuba:
la viajera que no se fue
Aitana Alberti • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora

“Cuba estaba para Rafael dentro de un piano.” No por repetida es menos cierta esta apreciación de María Teresa León en Memoria de la melancolía, su libro autobiográfico, tal vez el más apasionante escrito por un miembro de la generación española del 27.


Que esta isla fue una presencia constante en la infancia de mi padre lo sabemos muy bien en Cuba. Desde hace años, esencialmente José María Vitier se ha encargado de popularizar el título de un poema: “Cuba dentro de un piano”,  perteneciente al libro 13 bandas y 48 estrellas, escrito durante un viaje que hicieron mis padres por diversos países de América, en 1935, que los trajo por vez primera a Cuba, dedicado “a Juan Marinello y a todos los poetas antimperialistas de América”. El concierto de José María, homenaje a Rafael Alberti, es por transparencia un homenaje mayor a la riqueza musical infinita que atesora esta isla, en el corazón de un instrumento llegado de los más refinados salones europeos, y del cual él es un virtuoso.

Así como el niño Rafael, a comienzos del siglo XX,  escuchaba en las calles de su Puerto de Santa María natal, a orillas de la bahía de Cádiz, guajiras y sones traídos por los barcos que llegaban de las Antillas, y se le confundían fandangos y habaneras interpretados al piano por mi abuela, la niña María Teresa, un año más chica, recuerda, en el austero corazón de Castilla la Vieja: “...que el primer contacto con la isla de Cuba, en el sueño primero de mi vida, se lo debo a la tata María que nos arrullaba y dormía entre sus brazos de aragonesa fuerte cantándonos habaneras. /.../ Y es que un aliento cubano respiraba por toda mi casa. Era el aliento de mi padre, el olor a hombre de su habano y que lo llevó, poco a poco, a la angina de pecho.”

Ángel León Lores, mi abuelo paterno, era —según las fotografías que andando el tiempo trajo mi abuela doña Oliva a Buenos Aires, ya muy mayor y viuda, allá por 1949—  un muy apuesto coronel de caballería del Regimiento de Húsares de la Princesa. Apenas egresado de la Academia Militar, el joven oficial, sevillano de nacimiento, novio de una señorita burgalesa de buena familia, fue enviado a combatir a la guerra de Cuba. Pese a haber regresado a España derrotado y enfermo, con el vientre lleno de parásitos, la Perla azul del mar de las Antillas siempre fue su paraíso perdido. “Cuando se enfadaba —escribe mi madre—solía decir: Yo me debí quedar allí. No sé para qué volví de la Isla”.

Existe otra historia familiar mucho más conmovedora, la de un pariente de mi abuela materna que acompañaba como médico al ejército español. Un día, después de un combate con las tropas mambisas insurrectas, en una zona devastada de la manigua más profunda encontró a una niña de uno o dos años abrazada al cuerpo de su madre muerta. Pues bien, este hombre sensible y generoso, demostró honrar altamente el juramento de su profesión, pues se la llevó a España y a su muerte, la joven mulata, sensible y bella, que mi madre conoció, fue su heredera universal.

Si la Tata María arrullaba a mamá con habaneras y otros ritmos lejanos, mi abuela doña Oliva los repetía conmigo cuando viajó a la Argentina, montándose por primera vez en su vida en un avión, para conocer a su nietecita americana. Recuerdo esta nana, absolutamente increíble, citada solo parcialmente por mi madre, cuya música recuerdo, pero mi desafinación extrema me impide cantarles. Dice así:

Los de San Quintín

han matado a Maceo.

No revivirá si es verdad

que está muerto.

No revivirá. No revivirá.

La guerra se acabará. 

“El barco iba acercándose al puerto  /de La Habana/ mientras Rafael oía el piano de su infancia y yo las coplas habaneras acunándome.” Así empiezan a devanarse en Memoria de la melancolía los recuerdos de Cuba.

Era el 15 de abril de 1935. Venían en un barco, el Siboney, desde Nueva York. En ese accidentado y larguísimo viaje, que los llevó desde el Mar Negro a Roma y luego a EE.UU., a México y a diversos países asomados al mar Caribe, incluida La Habana, Rafael escribió “Verte y no verte”, poema elegíaco dedicado a su gran amigo, el  torero Ignacio Sánchez Mejías, cuya muerte, en 1934, corneado por un toro en una placita pueblerina de segundo orden, había enlutado a los amantes del toreo en el mundo entero. Tal vez recordándolo, mamá escribió esta sorprendente reflexión sobre sus conciudadanos:

“¡Ah! Los españoles, esa gente sin definición posible. El español no sabe qué hacer con la perfección, como no sea torear un toro. Cuando es insensato alcanza cimas prodigiosas y cuando se arrepiente de su insensatez, está dispuesto a todas las tristezas, a todas las penitencias. Estamos fabricados a fuerza de fracasos históricos que no sé si hicieron al español heroico o testarudo.”

Pero antes de seguir adelante, debo rendir homenaje a un gran intelectual cubano recientemente desaparecido, que los tres queríamos y admirábamos desde siempre: el poeta y ensayista Ángel Augier. Para conocer hasta los más minuciosos detalles de la relación de mis padres e incluso la mía, con Cuba, debemos remitirnos a su monumental obra investigativa: Alberti en Cuba, de la que sería muy de agradecer una segunda edición, pues la existente —de la editorial Arte y Literatura—, se remonta al ya lejano 1999 y solo es posible adquirirlo, a cambio de dinero fuerte, a algún librero de la Plaza de Armas.


Junto con Rafael Alberti y Pablo Neruda

No puedo dejar de referirles un gesto muy bonito que tuvo Ángel conmigo al final de su vida. Un día me mandó de regalo un gran bulto de papeles. Eran las fotocopias de toda la documentación que había encontrado en publicaciones  cubanas y extranjeras, utilizadas para la redacción de su libro. Contando con una información tan rigurosa, es mi obligación aconsejar a los interesados en la relación de mi padre y de mi madre con Cuba que lo busquen y lo lean.

La mía, esta tarde, solo será una aproximación desde la orilla del amor filial a la mujer que tuve la suerte de tener por madre; desde mi admiración como lectora, y mi devoción más absoluta por su vida, de la que fui testigo durante mi niñez y juventud en Buenos Aires y en Roma, hasta 1970, año en que me fui a vivir a España.

Aunque me sea muy doloroso, debo mencionar la tragedia que significó para nuestra familia y para mí, la destrucción indetenible de su maravillosa memoria, que se fue diluyendo hacia el olvido de todo, hasta de la palabra,  durante los últimos 15 años de su vida.

En su larga andadura sobre la Tierra, que abarca 88 años del siglo XX, María Teresa León visitó dos veces la isla de Cuba junto al poeta que significó para ella, la muy hermosa señorita burgalesa con afanes literarios, malcasada y con dos hijos pequeños, el descubrimiento deslumbrante del amor.

Pero era una pasión que conjugaba todos los amores: el físico, el risueño, el literario y el político. No es fácil hallar una pareja más unida y cómplice en obra y pensamiento, larga trayectoria compartida que los llevó a hacerse miembros del Partido Comunista de España, a vivir toda la guerra en el Madrid sitiado y a 38 años de exilio entre Argentina e Italia.

Cuando escribe Memoria de la melancolía en Roma, a fines de la década de los años 60, para María Teresa, obligada viajera del exilio desde 1939, Cuba no es solo la isla que visitara en 1935, sometida entonces al gobierno de un oscuro sargento devenido general, Fulgencio Batista, sino la Cuba sorprendente y esperanzada del segundo viaje, a fines de marzo de 1960, faro del mundo progresista, comandada por unos jóvenes visionarios, que habían derrotado a ese mismo general sanguinario y vencerían poco después por la armas a la mayor potencia militar del mundo.

En unas cinco páginas, esa mujer envejecida que va camino de las sombras, tragedia que intuye en este mismo libro, evoca con gran intensidad emocional esas dos Cubas tan diferentes entre sí.

En otros momentos de Memoria de la melancolía, cuyas cerca de 300 páginas fluyen como el río de la conciencia, sin divisiones en capítulos, con unos dobles espacios intercalados de vez en cuando, única respiración que se permite la recordante para señalar un cambio de lugar, de persona verbal, de personaje o de época, se hace referencia a amigos cubanos, conocidos en París, como Alejo Carpentier; o Nicolás Guillén, en el Madrid sitiado; o Juan Marinello y Regino Pedroso, confinados en el Castillo de El Príncipe.

Un punto culminante en el primer viaje, del que existe una rara e inusual fotografía, fue la visita a las mujeres presas políticas en la cárcel de Guanabacoa. Cuando mi padre vino a La Habana, en 1991, al finalizar el multitudinario acto de presentación de su libro Poesía escogida, lo abordaron unas ancianas: eran algunas de aquellas mujeres, que 50 años antes, dos escritores españoles progresistas habían tenido la osadía de visitar en su presidio.

En la segunda crónica de las cuatro que envió desde la guerra, publicadas en la revista habanera Carteles con el título “España bajo las bombas”, Alejo Carpentier escribió: “...de pronto, caemos en brazos de amigos, de entrañables amigos, que no veíamos desde hacía meses, desde hacía años”. Y empieza nombrando a “María Teresa León, esa bellísima mujer, de una energía extraordinaria, que ha puesto todas las fuerzas de su inteligencia al servicio de la causa republicana”.

En la segunda visita, a finales de marzo, como la primavera, mis padres regresan a Cuba. Esta vez lo hacen desde la Argentina y a un país que vive una experiencia única en el mundo. Debo confesar con mucha tristeza que yo preferí quedarme en Buenos Aires, al cuidado de unos entrañables amigos, porque había descubierto el amor y a mis escasos 18 años ningún descubrimiento de otro tipo podía ser más importante. Pero el amor pasó y yo me perdí algo único: un largo viaje que me hubiera descubierto América: en Venezuela, el Salto del Ángel, desde una  vieja avioneta conducida por un temerario piloto de la selva, explicado con indudable temor por Miguel Otero Silva; una corrida de toros apoteósica de Luis Miguel Dominguín, en Colombia; las maravillas del imperio incaico, en el Perú; y Cuba, en los albores de esta Revolución, con la presencia viva de sus jóvenes líderes, de sus escritores, de sus músicos, y de un pueblo, que recién estrenaba su marcha hacia el futuro.

Estoy convencida de que una de las mayores satisfacciones de mi vida y, sin duda, mi mayor orgullo, es haber propiciado en Cuba, mi hogar desde 1984, la publicación de varios libros de María Teresa León.

El primero, Memoria de la melancolía, en 2001, por la casa editora Abril, con prólogo de Rafael Alberti y epílogo de Lina de Feria.

En 2005, la editorial Gente Nueva presentó una muy hermosa edición de Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, ilustrada por José Luis Fariñas, con epílogo de Fina García Marruz y excelente edición de Esteban Llorach.

La Consejería de Cultura de la Embajada de España auspició, en 2009, la publicación de Gustavo Adolfo Bécquer, una vida pobre y apasionada, por la Colección Sur Editores del Festival Internacional de Poesía de La Habana, con prólogo de Benjamín Prado. Por último, en 2010, Arte y Literatura publicó la tercera de sus cuatro biografías noveladas: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, también prologado por Benjamín Prado, con una cuidadosa edición de Dania Pérez Rubio.

Pero existen otras publicaciones de María Teresa León más secretas, por así decirlo, pues se trata de tiradas de unos 200 ejemplares que se entregaron precisamente en esta sala Federico García Lorca, a los asistentes a Fe de Vida, el espacio que conduzco desde la inauguración del Centro, en 2005, pertenecientes a la colección Cuadernillos Fe de Vida, que he podido editar gracias a la generosidad del Instituto Cubano del Libro, y que alcanza al día de la fecha, la no desdeñable cifra de 23 títulos.

De mi madre publiqué El canario vuela y otros textos inéditos y un  pequeño libro capital: La historia tiene la palabra, su invaluable testimonio personal como responsable directa del salvamento del tesoro artístico de España durante la guerra civil.

Asimismo, en una hoja volante, con una introducción de Luis Suardíaz,  publicamos Carta a una madre española: de María Teresa León a Emilia Gorriarán, madre de Camilo Cienfuegos, texto a todas luces inédito, encontrado en Buenos Aires por mi sobrina Isabel, en la papelería de mi hermano Gonzalo de Sebastián.

Hace menos de un mes, durante la Feria del Libro, presentamos en la UNEAC el estuche de cuatro Cds con la versión radial de Cervantes, el soldado que nos enseñó a hablar, selección y dirección de la actriz y directora  Susana Oviedo. Gracias a la generosidad de Susana, de esta joya, interpretada por grandísimos actores españoles, se entregaron copias a las más importantes bibliotecas de La Habana y de toda la Isla. Próximamente se transmitirá por Habana Radio y alguna otra emisora provincial, con los derechos donados para Cuba.

Me van a perdonar si sigo con este tema, tan apasionante para mí, de dar a conocer la obra de mi madre, ahora pensando en un futuro próximo.

En 2013, para celebrar el 110 aniversario de su natalicio, el Instituto Cubano del Libro ha incluido la segunda edición de Memoria de la melancolía en su plan de publicaciones especiales. Mantiene el epílogo de Lina de Feria, y lleva un nuevo prólogo, ya escrito y entregado, de la doctora Cuqui Blanco, entusiasta mariateresiana. Asimismo, estamos haciendo lo imposible para que se publiquen dos textos más: Contra viento y marea, que mi madre, gran admiradora de Galdós, califica de “Episodios internacionales”.  Novela que tiene la particularidad de que su primera parte transcurre enteramente en Cuba, en los años del machadato, y la segunda en la guerra civil;  y también un raro libro, sumamente novedoso y original, destinado a las mujeres argentinas de los 50, pero válido para todas, las de entonces y las de ahora, titulado Nuestro hogar de cada día.

En la última página dedicada al recuerdo de la Isla de Cuba, María Teresa dice tomar los datos que acaba de reseñar, referidos a la política históricamente anexionista de los EE.UU. con respecto a la Isla ya desde los tiempos de Jefferson, que estaban “escritos en una libreta vieja y rota conservada por mí. No sé si son exactos”. Y continúa: “Me gusta tocarla, porque pienso en Playa Girón y en la Sierra Maestra y en el asombro fraternal de nuestro segundo viaje a Cuba, al verla tan liberada como una muchacha surgida de las aguas”.

Hace dos días apenas llegué de Buenos Aires. En la casa donde vivimos los últimos años en la tan solidaria ciudad austral con los exiliados de España, develamos una placa recordatoria. El Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, designada por la UNESCO Capital Mundial del Libro, pronunció unas sentidas palabras, y yo otras, muy emocionadas, ante un conmovido grupo de amigos de la infancia; de admiradores de todas las edades; de simples curiosos y de algunos ancianos que llevaban en sus lágrimas el reflejo vivo de María Teresa León y Rafael Alberti entre aquellas paredes, y en las calles del que siempre fuera nuestro barrio porteño.

Desde hace unos años, en La Habana también hay una placa parecida, diseñada y fundida en bronce por el escultor español Kieff Grediaga, que descubrimos Ángel Augier y yo. Está a la izquierda de la puerta del actual Hotel Saratoga, muy cerca del Capitolio, donde María Teresa y Rafael, resplandecientes de belleza y juventud, posaron para unas fotografías inolvidables. Y así perdurarán en el tiempo y en el alma de esta ciudad, que es y será la mía para siempre.


Intervención en el Ciclo de Conferencias Viajeras en La Habana. Trayectos de ida y vuelta. Marzo de 2012, Centro Cultural Dulce María Loynaz.

 
 
 
 
.
© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.