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Cuando los integrantes
de la comisión nacional
que evalúa las
propuestas que consagran
manifestaciones de lo
que se ha dado en llamar
Patrimonio Intangible o
Inmaterial —imprecisa
denominación
universalmente aceptada
para diferenciar los
exponentes patrimoniales
materiales circunscritos
a un determinado sitio—
analizaron el expediente
presentado por la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba (UNEAC), muy
pronto, y sin que
mediaran dilaciones, se
rindieron ante la
evidencia de que la
Rumba —pongámosla así,
con mayúscula— merecía
sobradamente esa
condición.
Estaban —estábamos— ante
una manifestación de
singular fisonomía, viva
y permanente, enraizada
en la cultura popular y
en la memoria histórica
de la nación. Una
expresión que, como
pocas, quizá únicamente
comparable al complejo
del son, constituye un
rasgo distintivo y
definitorio de nuestra
identidad.
A decir verdad, la
inscripción de la rumba
como insignia de
nuestros valores
patrimoniales, no tiene
por qué sorprendernos.
Sus músicas, sus danzas,
sus variantes, sus
maneras de reflejar y
proyectarse en la vida
cotidiana de vastísimos
sectores de la población
cubana a lo largo de un
siglo y medio de
evolución hacen de la
rumba un fenómeno que
trasciende las
instancias del dato
folclórico
circunstancial. Como
dijo el poeta Miguel
Barnet al anunciar su
proclamación como
Patrimonio Nacional, a
la rumba no le hacía
falta esa coronación,
pues su reinado, desde
mucho tiempo antes, ya
se había establecido.
Solo era cuestión de
oficializar lo obvio y
sentar, de paso, las
bases para que en
futuras e inmediatas
consideraciones de
quienes en el seno de la
UNESCO avalan
merecimientos para el
registro en el
Patrimonio Mundial, ese
medular aporte cultural
cubano sea tomado en
cuenta.
No faltan, sin embargo,
quienes desde posiciones
elitistas y atávicas
ortodoxias académicas,
antes o ahora, le
nieguen la sal o traten
de minimizar y reducir
la verdadera dimensión
cultural de la
expresión. Si bien a
nadie se le ocurre ya
tildar a la rumba como
“cosa de negros”,
todavía, de vez en
cuando, asoma la oreja
peluda de los prejuicios
racistas cuando se le
intenta circunscribir a
un medio social con
determinadas
características
etnoculturales. Lo mismo
sucede cuando se
regionaliza su
localización, como si
solo en Matanzas o La
Habana hubiera rumba y
rumberos.
También, para ser
justos, en el seno de
los propios rumberos
alguna que otra voz ha
insistido en verse a sí
mismos como practicantes
de una manifestación
congelada en el tiempo.
La frase “la rumba no es
como ayer” resulta
engañosa. De entrada,
porque la rumba de hoy
no puede ser —ni es, por
suerte— como la de
antes, pues continúa su
desarrollo.
Y la vemos, la sentimos,
la disfrutamos en
Matanzas y La Habana, sí
señor, pero también en
Guantánamo y Pinar del
Río, en Camagüey y
Cienfuegos; ya está en
el solar y en los
edificios de microbrigadas, en la
escena de un teatro y en
el suntuoso Palacio que
a la vera del parque
Trillo, en Cayo Hueso,
le rinde honores. Y
desde los tiempos de
Caturla hasta los de
ahora mismo, con
compositores como Guido
López Gavilán, pasando
por las invenciones
electroacústicas de Juan
Blanco y los conciertos
para guitarra de Leo
Brouwer, entra, sale y
se fortalece en la
música de concierto, con
la misma intensidad con
la que cohabita en los
versos de Guillén —que
no es son solamente—, de
Tallet, de Marcelino
Arozarena, del Ambia. Y
los veteranos la cantan,
la gozan y la bailan con
los más jóvenes y hasta
con los niños que dan
sus primeros pasos en la
pista o acarician sus
primeros parches o se
sacan del pecho sus
primeras dianas. Y
rompe, como lo ha hecho
de antigua data, la
maldita circunstancia
piñeriana del cerco de
aguas en torno a la
Isla, para llevar vida a
Nueva York y París, a
Tokio y Roma.
Rumba eterna, cómo no,
de uno a otro confín de
la Patria. |