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La rumba ha sido para
Amado de Jesús Dedeu el
bazar de todos los
sueños; por eso recuerda
los tiempos de su niñez
naufragando en la
pobreza y vuelven
nítidas las imágenes; la
de la madre con su
infinita ternura, la del
altar en el solar
iluminado por los dioses
africanos, la del tambor
con su voz ancestral.
En 1945, cuando Antonio
María Romeo introduce el
danzón cantado, Portillo
de la Luz estrena
Realidad y fantasía
y Fernando Ortiz publica
El engaño de las
razas, nace Amado de
Jesús Dedeu con el sino
del investigador,
percusionista, cantante
y compositor que hoy es.
Su infancia corrió en el
solar Los Palitos, en la
calle Salud, que
pertenece al barrio de
Guadalupe. Pronto gustó
de las buenas timbas, y
aunque aquello se veía
con prejuicio, se armó
de las mejores razones
para acudir a cada cita
y traspasar aquel
delirio de hogueras que
lo seduciría para
siempre.
Sintió que parte de su
mundo estaba en esas
manos callosas, que a
veces sangraban batiendo
la conga hasta el
amanecer; en esas voces
que cantaban historias
con rostros de amantes y
corazones desgarrados.
Con el tiempo no quiso
ser más espectador
porque se sentía
protagonista.
“Desde fiñe se me
hicieron familiares las
figuras de Caballerón,
Manguín, Tío Tom,
Guillermón. Los
instrumentos los fui
aprendiendo de la mano
de Miguelito, a quien
llamaban Cheo, el
Muerto, porque en una
ocasión lo invitaron al
restaurante El Pacífico
y se tomó una sopa de
aletas de tiburón y,
como le cayó mal, se
desmayó. Mi amigo tenía
más experiencia que yo
en el canto, y me
guiaba: “Coloca la voz
así”, “entra suave con
esta frase”…
“Me aprendí muchas
rumbas viejas, e incluso
un danzón que cantaba mi
abuela, al que llevé a
ese ritmo. Decía:
“…tienes corazón de
roca, miel de amores en
la boca y veneno en tu
mirada”. Íbamos a
rumbear sobre todo a Los
Sitios, San Leopoldo,
Pueblo Nuevo; en esos
trajines conocí a Los
Pluma, a Maza, a quien
llamaban El vive bien,
por el popular guaguancó
que hablaba de un hombre
que vivía acomodado, era
aquello de la sopita en
botella, que en su época
se escuchaba en todas
las victrolas.
Luego hice dúo con
Manuel del Pino, El
Moro, y uno de nuestros
escenarios principales
fue el solar El África,
núcleo de rumberos. Nos
anunciábamos con un
llamado: “Pero, señores
presentes, oigan bien/
si la mujer con su
humano proceder/ el
hombre sin saberla
comprender llegan a una
niebla y se pierden en
la oscuridad…” Por esa
fecha el difunto Maza
empezó a incorporar a la
rumba números famosos de
otro género. Nosotros lo
hicimos con “Cuando
calienta el sol” y “Yo
soy aquel” y algunas
canciones de Los
Zafiros. Y sí, gustó
aquella manera de
interpretar.
En 1968 El Moro y yo
conocimos en el barrio
de Jesús María a
Guillermo Triana y a
Lázaro Rizo, y antes que
salieran Los Ébanos de
Milí, empezamos a cantar
a cuatro voces,
recibíamos infinidad de
invitaciones a las que
siempre asistíamos,
porque cuando la timba
suena nadie, que de
verdad lleve esta música
en la sangre, falta.
“Algo muy interesante
que ocurrió en mi vida
fue el encuentro con
Santos Ramírez, El Niño,
director de la comparsa
El Alacrán, quien me
enseñó melodías y
secretos de la rumba,
difíciles de penetrar.
Fue un excelente
cantante, uno de los
mejores que he oído
tanto por su fraseo,
como por lo original de
sus interpretaciones.
Clave y Guaguancó
Repiqueteo de tambores,
Clave y Guaguancó ensaya
en la casa de Amado, su
director, con quien
hablo sobre la historia
de la gustada
agrupación. Confieso que
me sorprendió conocer
cómo surgió.
El mismo grupo de amigos
se daba cita el 2 de
noviembre en el
cementerio de Colón
todos los años. Algunos
llevaban pequeños ramos,
tal vez cortados en un
jardín ajeno; a otros
solo lo acompañaba el
sentimiento de
homenajear a los seres
queridos ausentes para
siempre.
Entre aquellos asiduos
visitantes al lugar en
tan señalada fecha como
el Día de los Fieles
Difuntos se encontraba
Agustín Pina, decimista
del coro Los Dichosos;
todos terminaban
recordando a los
rumberos famosos.
Agustín Pina, Flor de
amor, llamado así porque
siempre en el ojal de su
chaqueta llevaba una
rosa, contaba que en
1945, cuando finalizaba
la Segunda Guerra
Mundial, en el mismo
camposanto habanero
surgió la idea de formar
un piquete para los
fines de semana tomar
unos rones y rumbear.
Allí estaban Agustín
Gutiérrez, del coro Paso
Franco, Martín Rivas, El
gallego, Gustavo
Martínez y Mario Alán,
entre otros.
Nacía Clave y Guaguancó,
que comenzó como
aquellas agrupaciones de
coros de clave y rumba
originadas a finales del
siglo XIX y principios
del XX, y a cuyo
desarrollo tanto aportó
Ignacio Piñeiro. Fue
rápido el ascenso y
pronto gozó de
popularidad en las
distintas barriadas
habaneras. Su fama hizo
que fueran contratados
para diversas fiestas
particulares, además de
actuaciones en La
Tropical. Luego el
conjunto de rumberos
languideció, pues varios
de sus integrantes, como
Agustín Gutiérrez y
Mario Alán, pasaron a
septetos de son. Después
de 1959 los musicólogos
Argeliers León, Odilio
Urfé y esa enciclopedia
viviente que se llamó
Eduardo Robreño lograron
reorganizar nuevamente
la agrupación, que
volvió al panorama
musical con renovados
bríos.
En sus distintas etapas
pasaron por Clave y
Guaguancó figuras
estelares del género
como Roberto Maza, El
vive bien; Alberto
Zayas, El melodioso;
Rolando Rodríguez,
llamado Malanga, uno de
los grandes conocedores
del complejo rumba;
Calixto Callava,
inspirado compositor, y
el legendario Miguel
Chapottin.
La reestructuración
llevó a sus filas a la
pareja de bailes formada
por Peky Pérez y
Angelita y a los
cantantes Gloria Mora y
Ramón Ordóñez; aunque
con el tiempo los
integrantes han ido
variando.
No solo folclor
Para Amado la rumba no
es una pieza de museo
porque como todo hecho
folclórico tiene que
evolucionar. “Tiene que
caminar con los tiempos
porque si no se estanca;
lo importante es saber
tocarla, puedes usar los
instrumentos más
rudimentarios, y si no
vives esa atmósfera, ni
la sientes muy dentro
del corazón, no aflora
como es. Y eso lo
precias cuando un
extranjero la toca; tal
vez la melodía sea fiel
y esté en clave, pero le
falta esa voz orgánica,
interior, que yo
resumiría con una
palabra: sabor.
“Además, el género está
en constante evolución
tanto en las letras como
en los instrumentos. Hay
aportes nuevos como los
de Francisco Hernández,
Pancho Quinto, quien
tocaba el cajón y
simultáneamente el batá,
enriqueciendo así el
espacio sonoro.
“Clave y Guaguancó ha
hecho un trabajo de
renovación al incorporar
el arará, yoruba,
bantú, carabalí, abakuá,
todo lo cual lo
diferencia de otros
conjuntos que cultivan
el género.
“En el ámbito musical,
si lo analizamos
morfológicamente,
tenemos la base
tradicional de la rumba,
es decir, la célula
rítmica no se altera,
pero cambia el timbre,
el color… Nos interesa
el trabajo de fusión y
hemos hecho muchos temas
en ese sentido con
jazz, rap, flamenco
y elementos de la música
campesina.
“En el repertorio hay
piezas para rendir
homenaje a Rita
Montaner, Beny More,
Merceditas Valdés y
Celina González…”
Clave y Guaguancó fue
seleccionado en 1993
como uno de los diez
mejores de América
Latina entre 700
concursantes del área
para optar por el Premio
Découvertes de Radio
Francia Internacional.
En 1994 recibió mención
de honor por la Naird
Award.
El colectivo tiene
grabados los discos
Cantaremos y bailaremos,
Déjala en la puntica
y La noche de la
rumba. También ha
participado en los CD de
los cantantes Anais
Abreu y Pío Leyva y en
La rumba soy yo.
All star de la rumba
cubana (Premio
Grammy Latino 2001) y
La rumba de fin de siglo.
El grupo, con un estilo
muy bien definido, ha
tenido excelentes
críticas en los países
de Europa. En la gira de
1999 por Inglaterra, los
rumberos hicieron un
concierto único en el
Barbican Center de
Londres con el excelente
músico africano Manu
Dibango. Además, Amado y
otros integrantes han
tenido la oportunidad de
realizar talleres sobre
nuestro folclor en
EE.UU. A ese país y a
Canadá viajaron en 1996
con la saxofonista Janne
Bunnett para promocionar
la placa Chamalongo
en la que tocan varios
números.
Con Amado Dedeu al
frente, Clave y
Guaguancó continúa su
camino de
experimentación y
búsqueda dentro de la
rumba, género entrañable
para todos los cubanos.
Tomado
del libro Pasión de
rumbero, de María
del Carmen Mestas.
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