La Habana. Año X.
3 al 9 de MARZO de 2012

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entrevista con María Magdalena Campos-Pons

Magda en la estación del regreso

Romy Martínez • La Habana

Fotos: Abel (Casa de las Américas)

Llegar a un contexto diferente supone separaciones, distancias, angustias. Por eso, el reencuentro con los orígenes puede ser una intensa experiencia. Este es el caso de María Magdalena Campos-Pons, artista cubana graduada del Instituto Superior de Arte en la década de los 80. Interesada en problemáticas concernientes a la raza y al género, Magdalena ha canalizado sus preocupaciones a partir de diversas manifestaciones artísticas como la pintura, la fotografía, la instalación. Luego de establecerse en EE.UU., la experiencia de la emigración, de las distancias y los alejamientos se convirtieron en tópicos recurrentes en su obra.

Magdalena volvió a Cuba después de más de 20 años sin presentar su obra en nuestro país. Para esta ocasión, se exhibieron piezas muy significativas para su experiencia personal y su trayectoria artística. La Galería Latinoamericana de la Casa de las Américas fue el espacio que acogió la muestra 1478 MB, título de una pieza concebida enteramente en Cuba y a su vez, nombre de la exposición. Con motivo de esta visita a nuestro país la creadora compartió varias características de su obra y explicó sus intereses con esta exposición.

Después de más de 20 años sin una presentación pública de tu obra en Cuba. ¿Cómo te sientes con esta exposición?

Muy emocionada, muy satisfecha de haber tenido el privilegio de que me hayan invitado. Es un momento que he esperado por mucho tiempo. En todos estos años que he tenido tantas oportunidades en otras partes del mundo, siempre, siempre he hablado mucho de Cuba. Siempre tengo a Cuba en mi corazón. Me siento muy feliz por haber tenido la oportunidad de venir y hacer una obra nueva aquí, 1478 MB, realizada totalmente en Cuba con materiales cubanos y con la textura del país. Todavía estoy en ese momento de tratar de asimilar, de procesar toda la experiencia de regresar, de ver tantos amigos. Agradezco a la Casa de las Américas, a Marcia Leiseca quien me invitó, a Silvia Llanes quien fue la curadora de la muestra, a Lourdes Benigni con quien empecé el proyecto antes. Ha sido un grupo muy lindo. A todos los muchachos jóvenes que he conocido en mis viajes previos y que han expresado amor y respeto por mi obra.

¿Cómo surgió la idea de la exposición? ¿Qué te motivó para realizarla?

Me invitaron a hacer una exposición personal en Cuba después de mi show en el MoMA. Pensé que no estaba lista todavía. Estaba resolviendo mis propias ideas, mis propias contradicciones de cómo me reincorporaba, reentraba a lo que estaba pasando en Cuba, con mi vida y con mi experiencia afuera. Siempre recuerdo lo que decía mi madre, que las cosas pasan cuando tienen que pasar. No dejarlo al azar, pero dejar que el tiempo y las oportunidades confluyan. Vine muchas veces acá por cuestiones familiares que no tenían nada que ver con mi arte. Mi madre y mi hermano fallecieron y, por tanto, tuve que venir muchas veces a Cuba.

En los momentos en que yo venía de regreso, siempre tenía amigos y gente conmigo. Marcia siempre ha estado en contacto conmigo. Cuando estuve muchos años sin venir, la única carta que recibí fue de Marcia. En una ocasión, ella me dijo “por qué no haces una exposición en Cuba” y pensé que era interesante. Auque también tenía compromisos en otras partes del mundo, tengo un itinerario muy ocupado, pero dije: “vamos a pensarlo”. En alguna de esas conversaciones ella me dijo: “a ver si te invito a que vengas a hacer la exposición durante el Premio Casa de las Américas”. A eso no pude decir que no. Y aunque este es un momento muy ocupado, traté de encontrar el espacio.

He tenido también la colaboración de mis colegas en Boston. Estoy enseñando esta semana. Debería estar dando una clase en la escuela del Museo de Bellas Artes de esa ciudad, pero ellos me han apoyado mucho. Sienten mucho respeto por lo que estoy haciendo aquí y también por lo que estoy haciendo allá.

Esto es una pequeña compilación. Es como un bocadito pequeñísimo de lo que ha sido mi trabajo todos estos años. Traté de cubrir todas las áreas en las que trabajo: video, performance, fotografía, instalación, papel. Me hubiera gustado traer alguna de mis pinturas, pero no pude. Estoy satisfecha con esta obra. No sé si se queda acá o si se va a EE.UU. o a Europa, no sé cuál será su destino; pero me gusta mucho. La gente ha respondido muy bien.

Así surgió el show, como una invitación casi personal de Marcia. Ella me decía: “siempre hablas de Cuba, por qué no vienes”. Siempre pienso en Cuba, siempre tengo deseos de buscar una manera de hacer algo aquí productivo, que sea beneficioso para la generación joven, para los artistas de mi generación que están aquí. Me interesa buscar una manera de que haya un diálogo, una fluidez de conversación entre los diferentes grupos y generaciones que están acá.

Durante la inauguración estuve muy emocionada con la gente que estaba. Cuando empecé, después del performance, a mirar las caras yo decía “algunos no los reconozco pero a otros sí”. Mis maestros de la escuela media, mis maestros de la escuela superior, poetas que respeto tanto, escritores, músicos, teatrólogos. Esa es la belleza, la textura de la cultura cubana que tiene una densidad y una amalgama, que no se encuentra en muchas otras partes. Esta experiencia fue muy linda para mí.

La fotografía es un arte instantáneo, rápido y tú refuerzas esa fugacidad con el uso de la cámara polaroid que no permite retoques ni transformaciones en la foto. La obra es el instante que se captó y además una pieza única. ¿Por qué prefieres esta técnica antes que la analógica o la digital?

La fotografía documental pretende captar el instante y siempre la fotografía lo hace. Pero en la que he trabajado es una propuesta de fotografía construida. No es una del azar, de un momento que capturas porque fue extraordinario, lo viste, tenías el lente listo y lo capturaste. Las mías son preconcebidas. Son como una escena. Están más relacionadas con el lenguaje cinematográfico, el lenguaje del script. Hay un texto hecho. Hay un programa estructurado, para lo que quiero construir. Mi fotografía es de performance.

Escogí polaroid por dos razones: cuando llegué a estudiar al Colegio de Arte de Massachussets tenían allí una de estas cámaras. La cámara polaroid se creó por el científico Land en Cambridge, Boston. Hay pocas de este tamaño, ahora solamente seis. Estoy usando la que está en Nueva York. El principio de la foto que uso tiene un formato grande y es similar al pequeño que tiene una instantaneidad no solamente de tomar la imagen, sino también del resultado. Veo la imagen que capturo tres minutos más tarde. Eso me da la oportunidad de rectificarla completamente, decir no, esto no era lo que quería hacer exactamente, déjame reestructurarlo, ajustarlo y hacerlo de nuevo. La fotografía analógica requiere otra cosa, irse a la alquimia, requiere más tiempo. Pienso que ahora también se pueden hacer cosas con fotografía digital. Tengo un archivo muy grande de imágenes digitales. Cuando estuve en Italia hice algunas fotos, un grupo de trabajo totalmente digital. Quizá cuando haga una exhibición muy grande en Cuba, las enseñe. Cuando trabajé con digital hice lo que llamo yuxtaposiciones: uso fragmentos de sitios, de texturas, de espacios, de lugares, de gente. Me interesa la idea del fragmento. También en la polaroid.

Polaroid es un filme único, es como una superficie de silk, de pintura. La emulsión de polaroid tiene un terminado que no tiene ninguna otra fotografía. Entonces también me interesa, como material. Me atrae la materialidad del filme por sí mismo, no solamente la instantaneidad. Cuando hago un retrato en polaroid, es del tamaño del cuerpo. Todo eso me interesa. Con buena suerte, quizá pueda traer una cámara a Cuba. Estoy negociando esto hace un tiempo. Cuesta mucho dinero, pero posiblemente aparezca un sponsor, un benefactor, que ayude a traerla. Hacer una sesión de polaroid, de una semana, en La Habana.

He apreciado en varias de tus obras la unión de dibujo, pintura y, por supuesto, fotografía. ¿Por qué te interesa la combinación de visualidades propias de diferentes manifestaciones de las artes plásticas?

Uso un término para hablar de mi obra que es baroque-minimal. Estaba pensando en estos dos períodos, el barroco y el minimalismo y lo que significan ambos en el contexto del canon del arte del Occidente, donde pertenecemos nosotros de alguna manera. Cuba es barroca aunque ya el barroco pasó como período histórico, pero hay una cantidad de superposiciones, de materias, de ideas, de texturas, de superficies, que hace a Cuba barroca. También la mentalidad del cubano es barroca, en la improvisación, la sobrevivencia. Esta es la manera en que yo lo interpreto. Pienso esto por primera vez. Esta idea de acumulación de tiempo, de acumulación de historia, no es solamente nuestra pero nos llega por circunstancias especiales, y yo, por el tiempo en que crecí en Cuba, lo recuerdo de una manera específica.

Cuando me fui de Cuba, tenía 27 años. A los 27, ya eres quien eres. Todo lo demás lo acumulo, lo superpongo. Pero cuando me fui, ya era la Magdalena que soy ahora. Al mismo tiempo siempre he tenido algo en mi identidad, en mi personalidad, que es muy austero, simple, plano, mínimo. Pienso con un garabato y con una línea. Me interesa al mismo tiempo el momento en que el garabato se convierte en una ve y cuando se convierte en línea. El garabato es una línea simple, plana y de pronto se descompone. Es como la voluptuosidad del barroco y la simplicidad del minimalismo. En mi trabajo hay una acumulación de materiales, de lenguajes. Quiero de alguna manera atreverme a tomar el riesgo de ponerlo junto. Claro cuando hago esto la gente me dice “estás loca”. Tengo muchos problemas con eso, por ejemplo cuando quiero aplicar para una beca y tengo que decir es dibujo o es pintura, o es fotografía. ¿Qué es mi obra? Es otra cosa. Es esta otra entidad que es también la condición de la diáspora. Creo que es más que posmodernidad. La posmodernidad funcionó en los 80, en los 90, pero lo que vivo ahora, lo que vives, nuestra experiencia es otra. Es quizá más de ocupación, de acumulación de cosas, porque tienes que tomar decisiones. No todo puede ser pintura. No todo puede ser dibujo.

En las obras que están en la Casa me gusta particularmente “Árbol de familia II” y “Árbol de familia III”. Realizo un dibujo que no está hecho ni por una fotografía ni por un modelo. El dibujo está hecho en un viaje de Boston a Nueva York como recordaba a mi padre. Sin ninguna referencia. No tenía una fotografía vieja. Estaba pensando cómo era mi papá y ahí lo dibujé, en ese momento. Eso está vinculado a la historia de la academia, de aprender a dibujar con virtuosismo y ser capaz de dibujar con virtuosismo. Y al mismo tiempo la memoria. Yo le preguntaba a mi hermana “¿esto realmente se parece a papi?” Y ella me dijo que sí. Cuando mi hijo lo vio dijo: “abuelo Sotero”. Es lo que recuerdo. Estoy tratando de jugar con todo esto, de construir los parámetros de qué es lo que se espera de esos medios. Supuestamente si es dibujo con representación tienes que tener un modelo. Yo estoy dibujando sin modelo, de lo que recuerdo. Es ficción porque la memoria siempre inventa, cambia, deforma, reconstruye, añade, quita, pone cosas que no estaban, se distorsiona. Eso me interesa.

La serie Árbol de familia no es solamente mi familia. Va a ser al final toda la gente que me importa, toda la gente que me influenció. Puede ser Immanuel Kant, pude ser Sartre, puede ser Frida Kahlo, Lygia Clark. Son como abanicos. Es como un pedacito de papel que rompo y lo pongo en un pedazo de madera. Y quizá en un momento sea una instalación grandísima.

La fotografía y la pintura se vincularon intensamente al final del siglo XX. Y también en mi trabajo trato de hacerlo. No de la manera en que lo están realizando Andrea Gorski o Strauss. Estoy pintando porque soy pintora también. Y mientras hago estas polaroid que son en el momento, pinto. Hay superficies húmedas, secas y cambio y las cubro y las modifico. También pinto en otras obras que son solamente pintura.

Me interesa la historia de los harapos, de remendar porque es lo que estamos haciendo: remendando el tiempo, reparando todo lo que hemos sufrido, todo lo que nos hemos lastimado con las separaciones, con echarle culpa al otro, con tirarnos tierra uno a otro y destruir lo que era fundamental. Estamos remendando la distancia. Eso es lo que hay que hacer: enmendar la relación de Cuba con EE.UU. que está rota. Y remendar el corazón, que se rompe con todo esto. Y abrir. Y después que todo se remiende vamos a ver qué pasa. Pero mientras tanto estoy en el momento de remendar y zurcir. Eso es lo que estoy haciendo. Y la obra que está en la Casa de las Américas es una obra de remendar y zurcir.

En tu obra hay varios símbolos que se repiten. Quisiera que me hablaras de tres, de los ojos, del garabato y de las grullas. ¿Qué significan para ti?

Mi padre fue una persona muy importante en mi vida. Era bellísimo físicamente y eso no es memoria era verdad. Era un tipo muy elegante, alto, negrísimo, con una nariz y unos labios muy finos. Pienso que se parecía a Gandhi, pero alto. Fue un tipo muy humilde. Trabajó en el campo todo el tiempo y siempre llevaba consigo una alforja, un machete en la vaina, unas botas con polainas, porque tenía su caballo y el garabato. Siempre. Llegaba a la casa cuando yo era chiquita, se quitaba las botas y yo le lavaba los pies. Por eso en el video Sacred bath están lavando unos pies. Esto es memoria de mi padre. Recuerdo el sonido de las polainas. Cuando yo iba con él a cortar hierba, él me cantaba una canción en yoruba. Cuando llegábamos al lugar donde íbamos a buscar las hierbas, ciguaraya, anacahuita, lo que fuera, él decía “con permiso” y tiraba maíz o tiraba unos kilos y después cortaba las hierbas. Nunca cortó plantas sin pedir permiso. Fue el primer ambientalista que conocí. Respetó la naturaleza. Si vas a tomar una hoja, pides permiso, das la ofrenda a la madre tierra y después te beneficias. De ahí viene el garabato.

Hice una obra en 1993 llamada “Los instrumentos del hierbero” que es sobre mi padre. Aprendí muchas cosas de las hierbas con él. Sé que si te hieres, le abres un hueco al almácigo y te echas su savia. Es un antibiótico, no se te infesta la herida. Se cura, se cierra. Esto lo usaban los mambises en el campo. El almácigo tiene una piel como de cobre. En el mi video le doy un hachazo a un árbol, y el árbol llora, pero no es que llora, es que echa la savia. Aprendí eso con mi padre. De ahí viene el garabato que es además un instrumento usado por los campesinos y los negros que vinieron a trabajar a este país, para unir las hierbas antes de cortarlas. El garabato también es el instrumento de Elegguá para abrir el camino y limpiar. Todo eso junto. El símbolo es mi padre, Elegguá, todo lo demás.

Los ojos también son de mi padre. Él me dijo siempre que yo tenía ojos en la espalda. Y esa imagen se me quedó. Pero la idea es este sentido de percepción que es más que los ojos. Que cuando cierras los ojos, tu cuerpo también puede ver. Y eso me interesa para el performance, para la instalación. Es una experiencia del cuerpo entero, no es solo una experiencia perceptiva. He hecho ojos no sé desde cuánto tiempo. Hay ojos en todas mis obras, pienso desde el año 1985 o algo así.

Me interesan mucho los pájaros. Mira que estoy hablando tanto de mi padre, debe estar mirándome. Debe estar ahora mismo ahí enfocado a nosotros mirándonos. Mi padre cogió un zunzún con la mano. Casi que es imposible. Como nací en el campo, siempre estuve rodeada de pájaros. Tenía mi propio gallito quiquiriquí. Mi padre traía el animal que nos comíamos. Al mismo tiempo era esa relación de que veneras lo que consumes. Un ciclo casi perfecto.

Hice una serie de trabajos sobre el año 95 o 94, llamada Nido. Los pájaros se mueven y tienen un ciclo migratorio muy interesante. Ellos se van a otro sitio en las estaciones pero regresan a la casa de nuevo en la estación oportuna. Como yo, soy un pájaro que me voy y regreso de nuevo a la casa. Los pájaros hacen casas en diferentes sitios de acuerdo a la estación, de acuerdo al tiempo. Hay una metáfora ahí que me interesa. Esa idea de transitoriedad. Los pájaros como el artista son judiciosos y buscan, reconstruyen su casa con cualquier cosa. Si ves un nido, no solamente tiene ramas, tiene papeles, metales, todo lo que ellos encuentren que pueda construirle la casa. Se hace de lo que ellos encuentran que le da la oportunidad de construir esta forma baroque-minimal. Y al final crean este nido sólido, capaz de proteger a sus hijos, a los nuevos pájaros.

Las grullas son aves de buena suerte. Hay una leyenda japonesa que dice: si construyes mil grullas de papel y pides un deseo, se te cumple. Entonces estoy en este momento haciendo mis mil grullas de papel. No sé cuántas tengo todavía, serán unas cien o 200. Cuando regrese a EE.UU. tengo que contarlas. Hay muchas grullas en estas fotos. Hay muchas grullas en el fondo. Cuando tenga las mil, vamos a ver si se me cumple mi deseo.            

Sé que piensas venir en la próxima Bienal. ¿Me hablas un poco sobre este proyecto?

Vengo en la Bienal con un proyecto llamado FEFA. Siempre me gusta trabajar con ideas que se unen. FEFA se decodifica como Familia en el Exterior, Familia Afuera, Family Abroad o Familia Aquí, o la Familia está Aquí.

 
 
 
 


GALERÍA de IMÁGENEs

1478 MB, exposición de la artista cubana María Magdalena Campos Pons

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M. M. López

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.