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Llegar a un contexto
diferente supone
separaciones,
distancias, angustias.
Por eso, el reencuentro
con los orígenes puede
ser una intensa
experiencia. Este es el
caso de María Magdalena
Campos-Pons, artista
cubana graduada del
Instituto Superior de
Arte en la década de los
80. Interesada en
problemáticas
concernientes a la raza
y al género, Magdalena
ha canalizado sus
preocupaciones a partir
de diversas
manifestaciones
artísticas como la
pintura, la fotografía,
la instalación. Luego de
establecerse en EE.UU.,
la experiencia de la
emigración, de las
distancias y los
alejamientos se
convirtieron en tópicos
recurrentes en su obra.
Magdalena volvió a Cuba
después de más de 20
años sin presentar su
obra en nuestro país.
Para esta ocasión, se
exhibieron piezas muy
significativas para su
experiencia personal y
su trayectoria
artística. La Galería
Latinoamericana de la
Casa de las Américas fue
el espacio que acogió la
muestra
1478 MB,
título de una pieza
concebida enteramente en
Cuba y a su vez, nombre
de la exposición.
Con motivo de esta
visita a nuestro país la
creadora compartió
varias características
de su obra y explicó sus
intereses con esta
exposición.
Después de más de 20
años sin una
presentación pública de
tu obra en Cuba. ¿Cómo
te sientes con esta
exposición?
Muy emocionada, muy
satisfecha de haber
tenido el privilegio de
que me hayan invitado.
Es un momento que he
esperado por mucho
tiempo. En todos estos
años que he tenido
tantas oportunidades en
otras partes del mundo,
siempre, siempre he
hablado mucho de Cuba.
Siempre tengo a Cuba en
mi corazón. Me siento
muy feliz por haber
tenido la oportunidad de
venir y hacer una obra
nueva aquí, 1478 MB,
realizada totalmente en
Cuba con materiales
cubanos y con la textura
del país. Todavía estoy
en ese momento de tratar
de asimilar, de procesar
toda la experiencia de
regresar, de ver tantos
amigos. Agradezco a la
Casa de las Américas, a
Marcia Leiseca quien me
invitó, a Silvia Llanes
quien fue la curadora de
la muestra, a Lourdes
Benigni con quien empecé
el proyecto antes. Ha
sido un grupo muy lindo.
A todos los muchachos
jóvenes que he conocido
en mis viajes previos y
que han expresado amor y
respeto por mi obra.
¿Cómo surgió la idea de
la exposición? ¿Qué te
motivó para realizarla?
Me invitaron a hacer una
exposición personal en
Cuba después de mi
show en el MoMA.
Pensé que no estaba
lista todavía. Estaba
resolviendo mis propias
ideas, mis propias
contradicciones de cómo
me reincorporaba,
reentraba a lo que
estaba pasando en Cuba,
con mi vida y con mi
experiencia afuera.
Siempre recuerdo lo que
decía mi madre, que las
cosas pasan cuando
tienen que pasar. No
dejarlo al azar, pero
dejar que el tiempo y
las oportunidades
confluyan. Vine muchas
veces acá por cuestiones
familiares que no tenían
nada que ver con mi
arte. Mi madre y mi
hermano fallecieron y,
por tanto, tuve que
venir muchas veces a
Cuba.
En los momentos en que
yo venía de regreso,
siempre tenía amigos y
gente conmigo. Marcia
siempre ha estado en
contacto conmigo. Cuando
estuve muchos años sin
venir, la única carta
que recibí fue de
Marcia. En una ocasión,
ella me dijo “por qué no
haces una exposición en
Cuba” y pensé que era
interesante. Auque
también tenía
compromisos en otras
partes del mundo, tengo
un itinerario muy
ocupado, pero dije:
“vamos a pensarlo”. En
alguna de esas
conversaciones ella me
dijo: “a ver si te
invito a que vengas a
hacer la exposición
durante el Premio Casa
de las Américas”. A eso
no pude decir que no. Y
aunque este es un
momento muy ocupado,
traté de encontrar el
espacio.
He tenido también la
colaboración de mis
colegas en Boston. Estoy
enseñando esta semana.
Debería estar dando una
clase en la escuela del
Museo de Bellas Artes de
esa ciudad, pero ellos
me han apoyado mucho.
Sienten mucho respeto
por lo que estoy
haciendo aquí y también
por lo que estoy
haciendo allá.
Así surgió el show,
como una invitación casi
personal de Marcia. Ella
me decía: “siempre
hablas de Cuba, por qué
no vienes”. Siempre
pienso en Cuba, siempre
tengo deseos de buscar
una manera de hacer algo
aquí productivo, que sea
beneficioso para la
generación joven, para
los artistas de mi
generación que están
aquí. Me interesa buscar
una manera de que haya
un diálogo, una fluidez
de conversación entre
los diferentes grupos y
generaciones que están
acá.
Durante la inauguración
estuve muy emocionada
con la gente que estaba.
Cuando empecé, después
del performance, a mirar
las caras yo decía
“algunos no los
reconozco pero a otros
sí”. Mis maestros de la
escuela media, mis
maestros de la escuela
superior, poetas que
respeto tanto,
escritores, músicos,
teatrólogos. Esa es la
belleza, la textura de
la cultura cubana que
tiene una densidad y una
amalgama, que no se
encuentra en muchas
otras partes. Esta
experiencia fue muy
linda para mí.
La fotografía es un arte
instantáneo, rápido y tú
refuerzas esa fugacidad
con el uso de la cámara
polaroid que no permite
retoques ni
transformaciones en la
foto. La obra es el
instante que se captó y
además una pieza única.
¿Por qué prefieres esta
técnica antes que la
analógica o la digital?
La fotografía documental
pretende captar el
instante y siempre la
fotografía lo hace. Pero
en la que he trabajado
es una propuesta de
fotografía construida.
No es una del azar, de
un momento que capturas
porque fue
extraordinario, lo
viste, tenías el lente
listo y lo capturaste.
Las mías son
preconcebidas. Son como
una escena. Están más
relacionadas con el
lenguaje
cinematográfico, el
lenguaje del script.
Hay un texto hecho. Hay
un programa
estructurado, para lo
que quiero construir. Mi
fotografía es de
performance.
Escogí polaroid por dos
razones: cuando llegué a
estudiar al Colegio de
Arte de Massachussets
tenían allí una de estas
cámaras. La cámara
polaroid se creó por el
científico Land en
Cambridge, Boston. Hay
pocas de este tamaño,
ahora solamente seis.
Estoy usando la que está
en Nueva York. El
principio de la foto que
uso tiene un formato
grande y es similar al
pequeño que tiene una
instantaneidad no
solamente de tomar la
imagen, sino también del
resultado. Veo la imagen
que capturo tres minutos
más tarde. Eso me da la
oportunidad de
rectificarla
completamente, decir no,
esto no era lo que
quería hacer
exactamente, déjame
reestructurarlo,
ajustarlo y hacerlo de
nuevo. La fotografía
analógica requiere otra
cosa, irse a la
alquimia, requiere más
tiempo. Pienso que ahora
también se pueden hacer
cosas con fotografía
digital. Tengo un
archivo muy grande de
imágenes digitales.
Cuando estuve en Italia
hice algunas fotos, un
grupo de trabajo
totalmente digital.
Quizá cuando haga una
exhibición muy grande en
Cuba, las enseñe. Cuando
trabajé con digital hice
lo que llamo
yuxtaposiciones: uso
fragmentos de sitios, de
texturas, de espacios,
de lugares, de gente. Me
interesa la idea del
fragmento. También en la
polaroid.
Polaroid es un filme
único, es como una
superficie de silk,
de pintura. La emulsión
de polaroid tiene un
terminado que no tiene
ninguna otra fotografía.
Entonces también me
interesa, como material.
Me atrae la materialidad
del filme por sí mismo,
no solamente la
instantaneidad. Cuando
hago un retrato en
polaroid, es del tamaño
del cuerpo. Todo eso me
interesa. Con buena
suerte, quizá pueda
traer una cámara a Cuba.
Estoy negociando esto
hace un tiempo. Cuesta
mucho dinero, pero
posiblemente aparezca un
sponsor, un
benefactor, que ayude a
traerla. Hacer una
sesión de polaroid, de
una semana, en La
Habana.
He apreciado en varias
de tus obras la unión de
dibujo, pintura y, por
supuesto, fotografía.
¿Por qué te interesa la
combinación de
visualidades propias de
diferentes
manifestaciones de las
artes plásticas?
Uso un término para
hablar de mi obra que es
baroque-minimal.
Estaba pensando en estos
dos períodos, el barroco
y el minimalismo y lo
que significan ambos en
el contexto del canon
del arte del Occidente,
donde pertenecemos
nosotros de alguna
manera. Cuba es barroca
aunque ya el barroco
pasó como período
histórico, pero hay una
cantidad de
superposiciones, de
materias, de ideas, de
texturas, de
superficies, que hace a
Cuba barroca. También la
mentalidad del cubano es
barroca, en la
improvisación, la
sobrevivencia. Esta es
la manera en que yo lo
interpreto. Pienso esto
por primera vez. Esta
idea de acumulación de
tiempo, de acumulación
de historia, no es
solamente nuestra pero
nos llega por
circunstancias
especiales, y yo, por el
tiempo en que crecí en
Cuba, lo recuerdo de una
manera específica.
Cuando me fui de Cuba,
tenía 27 años. A los 27,
ya eres quien eres. Todo
lo demás lo acumulo, lo
superpongo. Pero cuando
me fui, ya era la
Magdalena que soy ahora.
Al mismo tiempo siempre
he tenido algo en mi
identidad, en mi
personalidad, que es muy
austero, simple, plano,
mínimo. Pienso con un
garabato y con una
línea. Me interesa al
mismo tiempo el momento
en que el garabato se
convierte en una ve y
cuando se convierte en
línea. El garabato es
una línea simple, plana
y de pronto se
descompone. Es como la
voluptuosidad del
barroco y la simplicidad
del minimalismo. En mi
trabajo hay una
acumulación de
materiales, de
lenguajes. Quiero de
alguna manera atreverme
a tomar el riesgo de
ponerlo junto. Claro
cuando hago esto la
gente me dice “estás
loca”. Tengo muchos
problemas con eso, por
ejemplo cuando quiero
aplicar para una beca y
tengo que decir es
dibujo o es pintura, o
es fotografía. ¿Qué es
mi obra? Es otra cosa.
Es esta otra entidad que
es también la condición
de la diáspora. Creo que
es más que
posmodernidad. La
posmodernidad funcionó
en los 80, en los 90,
pero lo que vivo ahora,
lo que vives, nuestra
experiencia es otra. Es
quizá más de ocupación,
de acumulación de cosas,
porque tienes que tomar
decisiones. No todo
puede ser pintura. No
todo puede ser dibujo.
En las obras que están
en la Casa me gusta
particularmente “Árbol
de familia II” y “Árbol
de familia III”.
Realizo un dibujo que no
está hecho ni por una
fotografía ni por un
modelo. El dibujo está
hecho en un viaje de
Boston a Nueva York como
recordaba a mi padre.
Sin ninguna referencia.
No tenía una fotografía
vieja. Estaba pensando
cómo era mi papá y ahí
lo dibujé, en ese
momento. Eso está
vinculado a la historia
de la academia, de
aprender a dibujar con
virtuosismo y ser capaz
de dibujar con
virtuosismo. Y al mismo
tiempo la memoria. Yo le
preguntaba a mi hermana
“¿esto realmente se
parece a papi?” Y ella
me dijo que sí. Cuando
mi hijo lo vio dijo:
“abuelo Sotero”. Es lo
que recuerdo. Estoy
tratando de jugar con
todo esto, de construir
los parámetros de qué es
lo que se espera de esos
medios. Supuestamente si
es dibujo con
representación tienes
que tener un modelo. Yo
estoy dibujando sin
modelo, de lo que
recuerdo. Es ficción
porque la memoria
siempre inventa, cambia,
deforma, reconstruye,
añade, quita, pone cosas
que no estaban, se
distorsiona. Eso me
interesa.
La serie Árbol de
familia no es
solamente mi familia. Va
a ser al final toda la
gente que me importa,
toda la gente que me
influenció. Puede ser
Immanuel Kant, pude ser
Sartre, puede ser Frida
Kahlo, Lygia Clark. Son
como abanicos. Es como
un pedacito de papel que
rompo y lo pongo en un
pedazo de madera. Y
quizá en un momento sea
una instalación
grandísima.
La fotografía y la
pintura se vincularon
intensamente al final
del siglo XX. Y también
en mi trabajo trato de
hacerlo. No de la manera
en que lo están
realizando Andrea
Gorski o Strauss. Estoy
pintando porque soy
pintora también. Y
mientras hago estas
polaroid que son en el
momento, pinto. Hay
superficies húmedas,
secas y cambio y las
cubro y las modifico.
También pinto en otras
obras que son solamente
pintura.
Me interesa la historia
de los harapos, de
remendar porque es lo
que estamos haciendo:
remendando el tiempo,
reparando todo lo que
hemos sufrido, todo lo
que nos hemos lastimado
con las separaciones,
con echarle culpa al
otro, con tirarnos
tierra uno a otro y
destruir lo que era
fundamental. Estamos
remendando la distancia.
Eso es lo que hay que
hacer: enmendar la
relación de Cuba con
EE.UU. que está rota. Y
remendar el corazón, que
se rompe con todo esto.
Y abrir. Y después que
todo se remiende vamos a
ver qué pasa. Pero
mientras tanto estoy en
el momento de remendar y
zurcir. Eso es lo que
estoy haciendo. Y la
obra que está en la Casa
de las Américas es una
obra de remendar y
zurcir.
En tu obra hay varios
símbolos que se repiten.
Quisiera que me hablaras
de tres, de los ojos,
del garabato y de las
grullas. ¿Qué significan
para ti?
Mi padre fue una persona
muy importante en mi
vida. Era bellísimo
físicamente y eso no es
memoria era verdad. Era
un tipo muy elegante,
alto, negrísimo, con una
nariz y unos labios muy
finos. Pienso que se
parecía a
Gandhi, pero alto. Fue
un tipo muy humilde.
Trabajó en el campo todo
el tiempo y siempre
llevaba consigo una
alforja, un machete en
la vaina, unas botas con
polainas, porque tenía
su caballo y el
garabato. Siempre.
Llegaba a la casa cuando
yo era chiquita, se
quitaba las botas y yo
le lavaba los pies. Por
eso en el video
Sacred bath están
lavando unos pies. Esto
es memoria de mi padre.
Recuerdo el sonido de
las polainas. Cuando yo
iba con él a cortar
hierba, él me cantaba
una canción en yoruba.
Cuando llegábamos al
lugar donde íbamos a
buscar las hierbas,
ciguaraya, anacahuita,
lo que fuera, él decía
“con permiso” y tiraba
maíz o tiraba unos kilos
y después cortaba las
hierbas. Nunca cortó
plantas sin pedir
permiso. Fue el primer
ambientalista que
conocí. Respetó la
naturaleza. Si vas a
tomar una hoja, pides
permiso, das la ofrenda
a la madre tierra y
después te beneficias.
De ahí viene el
garabato.
Hice una obra en 1993
llamada “Los
instrumentos del
hierbero” que es sobre
mi padre. Aprendí muchas
cosas de las hierbas con
él. Sé que si te hieres,
le abres un hueco al
almácigo y te echas su
savia. Es un
antibiótico, no se te
infesta la herida. Se
cura, se cierra. Esto lo
usaban los mambises en
el campo. El almácigo
tiene una piel como de
cobre. En el mi video le
doy un hachazo a un
árbol, y el árbol llora,
pero no es que llora, es
que echa la savia.
Aprendí eso con mi
padre. De ahí viene el
garabato que es además
un instrumento usado por
los campesinos y los
negros que vinieron a
trabajar a este país,
para unir las hierbas
antes de cortarlas. El
garabato también es el
instrumento de Elegguá
para abrir el camino y
limpiar. Todo eso junto.
El símbolo es mi padre,
Elegguá, todo lo demás.
Los ojos también son de
mi padre. Él me dijo
siempre que yo tenía
ojos en la espalda. Y
esa imagen se me quedó.
Pero la idea es este
sentido de percepción
que es más que los ojos.
Que cuando cierras los
ojos, tu cuerpo también
puede ver. Y eso me
interesa para el
performance, para la
instalación. Es una
experiencia del cuerpo
entero, no es solo una
experiencia perceptiva.
He hecho ojos no sé
desde cuánto tiempo. Hay
ojos en todas mis obras,
pienso desde el año 1985
o algo así.
Me interesan mucho los
pájaros. Mira que estoy
hablando tanto de mi
padre, debe estar
mirándome. Debe estar
ahora mismo ahí enfocado
a nosotros mirándonos.
Mi padre cogió un zunzún
con la mano. Casi que es
imposible. Como nací en
el campo, siempre estuve
rodeada de pájaros.
Tenía mi propio gallito
quiquiriquí. Mi padre
traía el animal que nos
comíamos. Al mismo
tiempo era esa relación
de que veneras lo que
consumes. Un ciclo casi
perfecto.
Hice una serie de
trabajos sobre el año 95
o 94, llamada Nido.
Los pájaros se mueven y
tienen un ciclo
migratorio muy
interesante. Ellos se
van a otro sitio en las
estaciones pero regresan
a la casa de nuevo en la
estación oportuna. Como
yo, soy un pájaro que me
voy y regreso de nuevo a
la casa. Los pájaros
hacen casas en
diferentes sitios de
acuerdo a la estación,
de acuerdo al tiempo.
Hay una metáfora ahí que
me interesa. Esa idea de
transitoriedad. Los
pájaros como el artista
son judiciosos y buscan,
reconstruyen su casa con
cualquier cosa. Si ves
un nido, no solamente
tiene ramas, tiene
papeles, metales, todo
lo que ellos encuentren
que pueda construirle la
casa. Se hace de lo que
ellos encuentran que le
da la oportunidad de
construir esta forma
baroque-minimal.
Y al final crean este
nido sólido, capaz de
proteger a sus hijos, a
los nuevos pájaros.
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Las grullas son aves de
buena suerte. Hay una
leyenda japonesa que
dice: si construyes mil
grullas de papel y pides
un deseo, se te cumple.
Entonces estoy en este
momento haciendo mis mil
grullas de papel. No sé
cuántas tengo todavía,
serán unas cien o 200.
Cuando regrese a EE.UU.
tengo que contarlas. Hay
muchas grullas en estas
fotos. Hay muchas
grullas en el fondo.
Cuando tenga las mil,
vamos a ver si se me
cumple mi deseo.
Sé que piensas venir en
la próxima Bienal. ¿Me
hablas un poco sobre
este proyecto?
Vengo en la Bienal con
un proyecto llamado FEFA.
Siempre me gusta
trabajar con ideas que
se unen. FEFA se
decodifica como Familia
en el Exterior, Familia
Afuera, Family Abroad
o Familia Aquí, o la
Familia está Aquí. |