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Una de las definiciones
de complejo es la que es
el conjunto o unión de
dos o más cosas, en este
caso, defino el complejo
genérico como la
agrupación de dos o más
géneros con
características afines. Argeliers León, en su
libro Del canto y el
tiempo (1974) para
definir los complejos
del son y de la rumba,
considera la diversidad
de formas de expresión
que estos géneros
adoptan en diferentes
regiones.
El proceso que lleva a
la formación de estos
complejos genéricos
puede explicarse a
través del análisis de
todos los elementos
estructurales que,
descomponiéndose y
recomponiéndose en
sucesivas etapas
históricas, cooperaron a
la gestación de los
formatos estilísticos e
instrumentales que
actualmente poseen.
No incluyo la conga ni
la música carnavalesca
en el complejo de la
rumba por considerar que
la formación histórica
de las actuales congas y
comparsas partieron de
las comparsas del siglo
XIX y XX, sus conjuntos
instrumentales fueron
evolucionando desde la
utilización de conjuntos
instrumentales que
empleaban guitarras o
bandas militares o voces
solas, entre otras,
hasta la formación de
tres estilos de congas
con sus patrones
rítmicos y conjuntos
bien definidos uno de la
zona occidental, otro de
la camagüeyana y otro de
la oriental.
El complejo de la rumba
abarca la columbia, el
guaguancó y el bambú. El
guaguancó se presenta en
varios estilos entre los
que se hallan la rumba
de santo y la cruzada
con palo. En la columbia
se destacan la jiribilla
y la rumba de botella,
que son más bien
variantes danzarias al
igual que la rumba de
santo, para su
acompañamiento se
emplean básicamente dos
tipos de conjuntos: uno
formado por tumbadoras y
otro por cajones.
En cuanto a su
antigüedad, se tienen
referencias de la
existencia de la rumba
desde mediados del siglo
XIX ya que era usual
emplearla en los
programas teatrales,
costumbre que se mantuvo
en el teatro vernáculo y
en los circos hasta bien
avanzado el siglo XX. A
este tipo de rumba se le
llama “de teatro” o “de
pañuelo”.
Cada uno de estos
géneros posee sus
características propias
y ha sufrido
transformaciones, se han
interrelacionado entre
ellos y con otros
géneros musicales, y
cada región tiene
modalidades propias.
Algunos autores han
tratado de deslindar los
elementos de antecedente
africano presentes en
ellos, pero resulta
realmente muy difícil;
es más lógico considerar
que, con sus variantes
regionales, son el
resultado de un proceso
de transculturación, o
sea, una neoculturación,
para emplear la
terminología propuesta
por Ortiz.
La práctica de estos
géneros se extiende por
casi todo el país, con
una mayor incidencia en
las áreas urbanas de la
zona occidental, y es el
guaguancó el que más se
baila; también el de
mayor complejidad
musical, debido tal vez
al desarrollo de los
coros de guaguancó
surgidos a finales del
siglo XIX, a imitación
de los coros de clave,
que poseían una
organización interna y
representaban los
barrios en los cuales
vivían sus integrantes;
en la ciudad de La
Habana fueron famosos
los coros de guaguancó
Los Roncos, Paso Franco,
El Capirote, Los
Amaléanos, El Rápido y
El Rápido Fiñe (de
niños), entre otros
muchos. Como un ejemplo
reproduciremos un Canto
de desafío de Paso
Franco y la contestación
de Los Roncos:
Canto de desafío de Paso
Franco:
Están reunidos todos
Los clarines del Pilar.
Vamos a ver quién vence
aquí,
Quién vence a quién.
Las aves maravillosas
dicen así:
En la lucha por la vida,
no te asombres,
Hombre no es el que
luchar no sabe,
Como nació para volar el
ave,
Así nació para luchar el
hombre.
Canto de contestación de
Los Roncos:
¡Qué miedo le tenemos a
esa gente!
¡Más miedo le tenemos a
su violencia!
Y de algunos seres su
inconsecuencia.
No cantamos si no
demuestran ser
prudentes,
Porque no queremos
llevar
A nuestros hogares
tristezas,
Y que la prensa mencione
Y escriba con rostro
acontecido:
¡Qué barbaridad!
¡En fiesta de color,
muertos y heridos!
No cantamos si no
demuestran ser
prudentes.
El Paso Franco fue un
coro de guaguancó que
representaba a los
barrios habaneros de
Carraguao y El Pilar;
fundado en 1901, sus
integrantes pertenecían
a los juegos ñáñigos
Efori Sun, Efori Buma y
Enseniyén (de blancos).
Los coros de guaguancó
se componían de dos
decimistas, un director
y los tonistas, entre
todos escogían las voces
e instrumentistas,
componían los cantos y
dirigían los ensayos.
Muchos compositores,
como Ignacio Piñeiro se
dedicaron a componer
para este tipo de
agrupaciones, pero
sucede con este género
lo mismo que en cierta
medida ocurre con otros
de igual raigambre
popular: el creador se
diluye y pasa a un
segundo plano mientras
que su obra se
populariza rápidamente;
también es usual
encontrar quien se
proclame como creador de
alguna canción que ya
existía con anterioridad
y cuyo verdadero autor
se perdió con el tiempo.
Lo importante es que
estos cantos trascienden
su época y se mantienen
por años en la memoria
de quienes sienten como
verdadero su mensaje.
El Bando azul de
Matanzas aparece como
fundado en 1910 y
vinculado al cabildo
arará. Según se infiere
de los datos compilados,
comenzó siendo un coro o
bando de clave y derivó
a uno de guaguancó:
Soy Bando Azul,
Soy grupo azul.
Sigo demostrando
Mi grandeza.
Yo soy Azul y seré,
De este bando no me iré,
Y contigo, madre niña,
Siempre estaré.
Además de su función
artística (en cuanto el
arte sirve de
sublimación a los
sentimientos), los coros
de guaguancó resultaban
un elemento aglutinador
de las clases pobres en
cada barrio. Cada
organización poseía un
gallardete y una “moña”
de cintas que la
identificaba, y podían
llegar a tener hasta 60
voces tanto masculinas,
como femeninas.
El acompañamiento
instrumental variaba,
aunque era común un
pequeño tambor de parche
clavado o dos cajones;
uno de mayor tamaño
(donde usualmente se
envasaba el bacalao) y
otro pequeño (de
velitas). El cajón mayor
o salidor era cerrado y
con unos huecos en los
costados, el menor era
el quinto o repicador
que improvisaba toques
sobre la base rítmica
que mantenía el otro
cajón. El tocador del
salidor tenía unas
pequeñas marugas de
metal hechas de latón.
Además sonaban cucharas
entrechocadas, claves,
viola (banjo con parche
y sin cuerdas),
marímbula y guitarra.
Los cantos eran
antifonales. El tonista
improvisaba décimas y el
coro repetía un
estribillo; generalmente
se enfrentaban dos o más
coros en representación
de sus barrios los
domingos y días
festivos. El carácter de
los cantos podía llegar
a ser ofensivo y
terminar con una riña, o
amistoso, con
intercambio de las
“moñas” representativas
de cada barrio.
Por los años 30, este
tipo de organización
comienza a decaer hasta
casi desaparecer en los
50, aunque no ocurrió
así con las agrupaciones
instrumentales, que se
mantienen con un coro
mínimo y que, además, se
extienden hacia otras
provincias; así se crean
grupos de guaguancó en
Guantánamo y Santiago de
Cuba, por el traslado de
rumberos matanceros
hacia estas ciudades.
El conjunto instrumental
sufre variaciones en su
composición; los
llamados grupos de cajón
actuales no emplean la
viola, utilizan tres
cajones: salidor,
llamador y requinto (de
mayor a menor), catá,
clave y en algunas
agrupaciones el chequeré
como influencia de la
música de santería, lo
que también se puede
notar en la utilización
de algunas palabras y
melodías en los cantos.
Por la facilidad en la
adquisición, afinación y
empleo para otros
géneros musicales, cada
día se incrementa el uso
de las tumbadoras para
interpretar este tipo de
música, en agrupaciones
que por lo general se
integran con dos
tumbadoras, un quinto,
claves y cajita china.
El guaguancó, la
columbia y el bambú
utilizan el ritmo
binario y los modos
mayores, y se encuentran
formados por dos planos
tímbrico, uno en el
registro medio que
mantiene un tejido
rítmico estable sobre el
cual el quinto en un
plano agudo realiza sus
improvisaciones. En
cuanto a la estructura
formal, por lo general
el guaguancó presenta el
lalaleo o vocalización
inicial, se narra alguna
historia y
posteriormente se canta
un estribillo o
capetillo alternando con
improvisaciones, y es lo
que se denomina como
rumba propiamente y se
baila.
El yambú y la columbia
suelen ser mucho menos
elaborados musicalmente,
no presentan el lalaleo
inicial y el texto es
más corto; la diferencia
fundamental estriba en
el tempo, que
suele ser más lento en
el bambú que en el
guaguancó y más rápido
en la columbia que en el
guaguancó, aunque
algunos estudiosos
consideran que la
diferencia fundamental
entre guaguancó y
columbia no estriba en
el tempo, sino en
las configuraciones
polirrítmicas que son
más complejas en la
columbia, debido sobre
todo a la interrelación
rítmica existente entre
el bailador solista que
bailando establece una
controversia con las
improvisaciones del
quinto, para lo cual
ambos ponen en juego
toda su maestría.
En el bambú, también
conocido como rumba
del tiempo´e España,
el baile es más pausado,
de solista o de pareja,
pero no se “vacuna” como
en el guaguancó, o sea,
no se realiza el gesto
mimético que simboliza
la posesión sexual y que
el hombre ejecuta con la
mano o el pie mientras
la mujer trata de
cubrirse con la falda
—el juego es constante y
una buena rumbera no se
deja “vacunar”—; lo más
común en el bambú es que
se practiquen
movimientos para
escenificar el texto del
canto. Conocidos son los
yambú de Mamá Abuela,
Tus condiciones y
otros, como María la
Nieve, de la
agrupación Los
muñequitos de Matanzas:
Yo tengo una amiga
Que es muy fiel,
Ella tiene un miedo,
caramba (bis),
De dormir sola.
Estribillo:
María la Nieve, la
picarona,
Tiene miedo, caramba
De dormir sola.
En
la Columbia, el baile
imita movimientos que se
ejecutan en diversas
ocasiones, como jugar
pelota, por ejemplo; es
propio de un solista
(generalmente un
hombre). En Cárdenas se
baila con cucluillos y
se ejecutan pasos por el
solista que recuerdan
los de los íreme abakuá.
En La Habana hemos
encontrado algunos
textos de columbias y
guaguancós que emplean
palabras abakuá en sus
textos, en Mariel y en
Regla (barrios del
Caimán, Las cinco
esquinas y La Loma):
Ven a Regla, crucero,
Ven si quieres
compartir,
Un tercio, asere
co´,
Sentado en la esquina de
la fai (five),
Si quieres, tú puedes
compartir,
En la barra de Chicho
Te puedes divertir.
Allí estará Lázaro “el
Isué”,
Neno y Empegó,
Mundito y el hijo de
Martel.
Con este grupo te puedes
deleitar,
Te cantará un bonito
giagiancó,
Mi Regla te felicita,
ebodemió, mi asere co´.
Regla tiene un mambo que
sube
Y sabe a caña.
También hemos encontrado
un tipo de rumba cruzada
con palo, por ejemplo la
siguiente columbia, de
Nueva Paz, provincia de
La Habana, que se
interpreta con un grupo
de cajones:
Solista: E oru su laye
laye
tana nberío
awé.
Coro: Oru su maye
laye.
Solista: E Manana, tana
nberío awé
Oru su laye
laye.
Coro: Oru su laye
laye.
Variantes de la columbia
son el canto del cómo
no y el baile de
la botella de
Yaguajay, que se
acompañan de tumbadoras,
cencerros, cajones de
madera, taburetes,
cubos, cucharas, pomos o
botellas percutidos por
un alambre o hierro, dos
pedazos de madera en
forma de clave y una
tinaja; es un baile de
hombres solos que juegan
con una botella
alrededor de la cual van
bailando mientras que se
van improvisando cantos
a la manera de las puyas
congas que alternan con
la repetición de una o
dos palabras por el
coro: cómo no, ay ay
ay, o eh eh eh,
entre otras:
Adiós, tiburón, adiós.
Qué negro más malo,
adiós;
Que lo echen al mar,
adiós.
Caimán si pañuelo,
adiós…
En otras rumbas se
emplean las décimas,
como en la siguiente
columbia de Guanabacoa,
Ciudad de La Habana, que
utiliza una décima
disparatada:
Una tarde estaba yo,
Muerto de hambre y
merendando,
Me encontré una mata de
mango
Cargadita de ciruela´,
Me puse a tirarle
piedras,
Creyendo que era
avellanaÑ
Gritó la vieja Catana:
¡muchacho deja esas
nueces!
No le estés tirando
piedras,
Que son limones
franceses.
¡Aguanile quilonsé!
¡Aguanile may may!
Algunos santos como
Changó poseen sus
rumbas, en lengua yoruba
e interpretadas por
tambores batá en la zona
occidental, como esta
del Mariel en la
provincia de La Habana:
E a le o Changó llama a
la ko ilé,
Changó llama a la ko ilé,
Changó llama a lo ku
santú
E a la e Changó llama a
la ko ilé
Changó llama a la kon
batá,
Changó llama a la ko ilé
ma.
Estas rumbas se
interpretan en los
intermedios de los
bembés de la zona
central, tal es el caso
de la rumba de santo en
Placetas, Villa Clara.
En estos momentos se
cantan con tumbadoras y
antiguamente se
acompañaban de tambores
de bembé.
Según los entrevistados,
las que más rumbas
tienen son Ochún y
Yemayá, algunas en
yoruba.
El ritmo de esta rumba
es más rápido o
“trilla´o” que el de los
toques rituales, aunque
esto también depende del
oricha al cual se le
dedique la rumba. La
forma de bailar lleva
más movimientos de
hombros, piernas y saya,
y el paso más corto que
la rumba profana.
En Baraguá, Ciego de
Ávila, la rumba se toca
con tumbadoras o cajones
antes de los bembés
“para refrescar al
santo”. Estos guaguancós
no siempre se refieren a
un oricha, sino a algún
incidente ocurrido; no
es extraña la
utilización de décimas,
como en la siguiente, de
Pedro Betancourt, en
Matanzas:
Que pena me dio, mi
amiga,
Cuando me enteré
Que Obatalá te dio;
Te tiraste en la cocina
Atrás de un saco de
carbón
Y en tu canto me decías:
Ena babá cañeñe,
Ea tiene un muchacho
Que en su canto decía,
Ea tiene un muchacho.
La rumba se ejecuta en
compás de 2/4 y, según
plantean los
intérpretes, existe una
ligera variante rítmica
entre los esquemas de la
rumba habanera y la
matancera. Los cantos
son generalmente en modo
mayor.
Hacia los años 30 y 40
se interpretó por las
orquestas una llamada
rumba (heredera de las
rumbas de los circos)
que incorporaba algunos
de los elementos de la
rumba tradicional para
servir de marco a las
rumberas cabareteras que
invadieron las pantallas
cinematográficas de
aquella época, y pronto
pasó de moda; la conga
de salón pertenece
también a esta etapa
histórica entre los años
40 y 50.
Un verdadero y profundo
estudio de la rumba está
por hacerse, espero que
la proclamación de la
misma como patrimonio
nacional lleve de la
mano un proyecto para
realizar este estudio
pendiente y necesario.
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