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A mí no me gusta el
hábito de nuestra
prensa, que tantos malos
hábitos tiene… de
acompañar el nombre de
los escritores que lo
han obtenido con la
coletilla de “Premio
Nacional de Literatura”,
como si fuera un título
nobiliario que estamos
estrenando. Ello está
entrando ya a formar
parte de la burocracia
de la literatura.
A mí me parece que
Roberto Fernández
Retamar o Pablo Armando
Fernández, son algo más
que “Premio Nacional de
Literatura”, declamado
con voz protocolar por
el locutor de turno: son
autores de libros como
Historia antigua
y Los niños se
despiden, y han
animado la vida cultural
cubana desde
publicaciones como
Casa de las Américas
y Lunes de Revolución,
revistas a las que ellos
mismos han insuflado
vida. Es eso lo que los
periodistas tienen que
indagar y proclamar,
porque eso es lo que
merece ser destacado y
lo que de veras podrían
interesarle a quienes
vayan a leerlos, no la
decisión de un jurado
que, como todos los
jurados, tiene
compromisos y
aversiones, aciertos y
desaciertos.
El premio quiere,
fraudulentamente,
suplantar a la persona,
al artista.
Los que venimos
transitando por la
literatura cubana desde
los años sesenta, nos
quejábamos siempre de lo
poco que escribía
Ambrosio Fornet, y nos
quejábamos porque muchos
pensábamos que Ambrosio
tenía mucho que decir y
de hecho lo decía: solo
que convirtiéndose en
uno de los grandes
cultivadores de la
oralidad que teníamos.
Además ―y mucho antes―
de ser Premio Nacional
de Literatura, Ambrosio
era un Notable de la
Conversación, género que
no se premia y título
que no se da, pero que
en Cuba se cultiva
ampliamente al margen de
posibles galardones,
aunque en muy pocos
casos con las
excelencias de la
conversación de Pocho.
Habría que decir que su
primer libro, un libro
de cuentos, A un paso
del diluvio, editado
en Barcelona en 1958,
por esos años sesenta no
lo conocía casi nadie y
muchos no sabíamos ni
que existía. Todavía hoy
muchos cubanos
desconocemos esos
relatos que claro que
―como ocurre con las
obras de los autores que
han obtenido el máximo
reconocimiento oficial
de la literatura
cubana― precisa de su
pronta reedición.
Muchos sabíamos que
Pocho había estudiado en
Madrid, en los años en
que la tiranía
batistiana clausuró la
Universidad de la
Habana, y él mismo,
alguna que otra vez, en
sus inagotables
conversaciones, dejaba
constancia de aquella
etapa madrileña de su
vida.
Cuando yo escribí la
historia del tropo
poético, que ha
terminado por llamarse
La otra imagen y
de cuya primaria e
inacabada versión
Ambrosio editó un
fragmento en los años en
que trabajó en la
Dirección de Extensión
Universitaria, aquí en
La Habana, recuerdo que
me llamó la atención
(quiero decir, me haló
las orejas) por lo mal
que yo trataba ―en
aquella primera versión―
al crítico y poeta
español Carlos Bousoño,
quien había sido su
profesor en Madrid, y de
quien Ambrosio aún se
mostraba
intelectualmente
agradecido. Ocurría que
yo también le debía a
Bousoño. Su Teoría de
la expresión poética
había sido uno de los
libros que me animó a
reflexionar sobre la
escritura poética, así
como lo fueron sus
consideraciones sobre la
obra del gran poeta
español Vicente
Aleixandre. A la altura
de los años setenta, ya
discrepaba yo de muchas
de las lecciones del
maestro, pero el llamado
de tención de Ambrosio
me hizo reconsiderar el
asunto y actuar con
mayor justicia. En la
versión definitiva del
libro, la inevitable
crítica al estudioso,
profesor y poeta
español, pasa por el
justo tamiz de
reconocimiento a lo que
su trabajo había
significado para muchos
aspirantes a filólogos,
muchos filólogos hechos
y, por supuesto, para
mí.
Ese era uno de los
matices del trabajo de
Ambrosio que no siempre
puede advertir quien no
le ha conocido de cerca.
Ambrosio ha sido un
eficaz crítico para
varios escritores
cubanos, especialmente
narradores, por lo
general, claro, más
jóvenes que él. Y,
cuando digo crítico no
me refiero a quien
eventualmente publica
una nota sobre un libro.
Aquí, crítico es el
consejero con el que el
novelista va venciendo
todos los obstáculos
que, infaliblemente, van
a salirle el paso.
Fui testigo ―un testigo
lateral, ciertamente―,
de lo que significó
Fornet para las primeras
novelas de Jesús Díaz (Las
iniciales de la tierra
y Las palabras
perdidas), que a mí
me parecen las mejores
que escribió.
En los años sesenta,
Ambrosio Fornet era
sobre todo el crítico de
la narrativa cubana
contemporánea. Recuerdo
sus discrepancias de las
opiniones del crítico
norteamericano Seymour
Menton, que fuera uno de
los primeros y más
serios llamados de
atención sobre el
desarrollo de nuestra
narrativa de la
Revolución.
Pero la preocupación y
las consideraciones de
Ambrosio arrancaban
desde mucho más atrás.
Yo, que a lo largo de mi
vida he centrado mi
actividad crítica en el
estudio de la poesía, no
comencé exactamente por
esos derroteros líricos.
Mi trabajo de grado para
la licenciatura en
letras, fue un estudio
sobre la narrativa
cubana de testimonio en
la segunda generación
republicana: estoy
refiriéndome a los
cuentos de Carlos
Montenegro, Enrique
Serpa y Pablo de la
Torriente Brau. Para esa
tesis, así como para
conocer mejor el devenir
de lo narrativo cubano
hondamente vinculado a
nuestras circunstancias
sociales, no encontré
por esos años mejor
aliado que En blanco
y negro, el libro
que Ambrosio Fornet
publicó en 1967.
Ambrosio es un auténtico
sociólogo de la
narrativa, que es acaso
la modalidad literaria
que más orgánicamente se
imbrica en la
presentación de las
peculiaridades
definitorias de una
sociedad cualquiera.
Leyendo las páginas de
En blanco y negro,
uno siente el vínculo
orgánico que hay entre
lo que cuentan nuestros
narradores y el proceso
de cambio que lentamente
van propiciando,
organizando, ayudando a
constituir y a la vez
protagonizando los
intelectuales cubanos.
Y acaso para no
mostrarme declaradamente
parcial a Pocho, voy a
decir que no me parece
igualmente acertado su
juicio para valorar la
poesía. Al fin y al
cabo, profesionalmente
no lo ha hecho nunca o
casi nunca.
Pero Ambrosio Fornet ha
sido también (y es una
de sus facetas más
firmes y sostenidas)
editor. Integró con
Edmundo Desnoes una
dupla esencial en el
trabajo de la Editorial
Nacional, entonces bajo
la sabia dirección de
Alejo Carpentier.
Fornet y Desnoes
(estaban tan unidos que
algunos les llamaban
Fornoes y Desnet)
poblaron las librerías
cubanas y los estantes
de las casas de los
jóvenes escritores con
libros rotundos como los
Relatos, de Franz
Kafka; Retrato del
artista adolescente,
de James Joyce; la
fabulosa antología
Cuentos norteamericanos,
escogida por José
Rodríguez Feo, o El
guardián en el trigal,
de Jerome D. Salinger.
Estoy convencido que esa
política editorial no
fue, únicamente, poner
en poder de sus posibles
lectores un manojo de
obras que marcan
decisivos cortes en el
panorama literario
mundial: fue mucho más.
Fue trazar una estética,
marcar un paradigma en
la expresión literaria
después de la cual, el
escritor y los lectores
cubanos perseguirían
siempre lo mejor. El
desolador quinquenio
gris no pudo contra lo
que ya se había hecho.
Pero Ambrosio Fornet fue
también un incisivo
evaluador de nuestra
vida cultural. Desde la
Editorial Nacional,
desde el Comité de
Colaboración de la
revista Casa,
desde la asesoría a los
guiones que se iban
aprobando en el ICAIC y
que constituirían el
basamento de los nuevos
filmes, incidía también
en lo que ocurría en
nuestra vida cultural.
Ese lamentable momento
de nuestra vida cultural
que mencioné y que hoy
conocemos como
“Quinquenio gris”, fue
bautizado por el crítico
agudo, ocurrente,
chispeante, que ha sido
siempre Ambrosio. Creo
que lo puso en
circulación oralmente,
en un encuentro de
narradores y críticos
efectuado en Santiago de
Cuba, abriendo la década
de los ochenta, pero
tenía caracterizado el
fenómeno desde mucho
antes.
Estoy viéndome, sentado
con Ambrosio en el banco
de una parada de
autobuses de la calle 17
en El Vedado, no puedo
precisar si en los años
setenta o en los
ochenta, y Ambrosio
contándome el proceso de
incubación del
Quinquenio, del freno
que él y algunos otros
de nuestros escritores
quisieron ponerle al
proceso que, obviamente
iba a dañar nuestra vida
cultural. Pero los
impulsores del
quinquenio no lo
permitieron.
Algunos centros de
nuestra cultura
resistieron lo más
adecuadamente que
pudieron, aquel alud de
dogmatismo oficializado.
Es el caso del ICAIC,
donde andaba Fornet
evaluando los guiones
que se iban a filmar, o
la revista Casa
que, de todos modos,
tuvo que disolver su
extraordinario Comité de
Colaboración, en el que
figuraban Julio
Cortázar, Roque Dalton o
el propio Ambrosio
Fornet.
Quisiera señalar que el
trabajo de Fornet ha
tenido gran importancia
en el conocimiento que
vamos teniendo de una
literatura escrita por
cubanos fuera de Cuba, y
especialmente, en
Estados Unidos.
Varias publicaciones
cubanas han publicado
textos que constituyen
una muestra de esa
literatura de Cuba que
es una sola aunque se
produzca fuera de la
Isla.
Algunos autores
cubanoamericanos
creyeron que ese
acercamiento implicaba
una suerte de
“rendición” por parte de
los cubanos que hemos
sostenido y sostenemos
la Revolución cubana.
Creo que el paso del
tiempo, desde entonces,
ha demostrado que esa
aproximación es un acto
en defensa de nuestra
cultura y no un
repliegue ideológico.
Ese diálogo tendrá que
ser en condiciones de
igualdad y mutuo
respeto. Creo que en
ello ha tenido también
su parte Ambrosio
Fornet.
Y nada más. Quiero
sumarme con estas
palabras al homenaje que
a Ambrosio Fornet le
está rindiendo la
cultura cubana porque él
es un autor, un hombre,
esencial para su
despliegue
contemporáneo, mucho más
de lo que a primera
vista podría parecer, e
incluso más allá de lo
que la palabra impresa
puede decir.
Jueves
23 de febrero de 2012 |