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Alguien entre ustedes
pudiera preguntarse qué
autoridad tiene un
crítico literario para
hablar de una obra como
Cuba: Lo que nunca
dirán los medios, de
Salim Lamrani, que la
Editorial José Martí ha
tenido la feliz
iniciativa de poner al
alcance de nuestros
lectores. Mi autoridad
—si puede llamarse así—
proviene del hecho de
ser un lector
sistemático y entusiasta
de Salim, quien desde
hace tiempo me favorece
haciéndome llegar sus
crónicas y artículos,
los que yo me apresuro a
circular entre los
miembros más receptivos
de mi Directorio.
Y sucede que leyendo los
jugosos y polémicos
trabajos que forman este
volumen, descubrí que me
obligaban a adoptar la
mirada con que leo una
novela, por ejemplo,
porque están llenos de
personajes y conflictos,
y el choque de unos y
otros va generando,
párrafo tras párrafo,
una expectativa
creciente, más propia de
las obras narrativas y
dramáticas que del
ensayo y el periodismo.
Además, está muy
presente aquí el factor
de la “mirada”. Se trata
de lo que, en la jerga
de nuestro oficio,
llamamos el punto de
vista de un narrador
“omnisciente”, aquel que
narra en tercera
persona, pero cuyo
discurso, en este caso,
fluye en el tono
persuasivo y familiar
que caracteriza al
narrador en “primera”
persona, el que parece
dar “testimonio” de una
experiencia vivida. Si
nos fijamos bien,
encontraremos,
inclusive, desde el
título mismo, la promesa
de un narrador al acecho,
aquel que sabe qué
es lo que ocultan, qué
es “lo que nunca dirán
los medios”, dando a
entender así que en su
momento esos medios
serán “desenmascarados”.
Y en efecto, lo son,
gracias a una estrategia
discursiva que consiste
en subrayar el contraste
entre las palabras y los
hechos, entre lo que se
dice y lo que se calla,
entre los reclamos de
objetividad y el modo de
alinearse a una de las
partes en conflicto, la
que representa el gran
poder mediático.
Esto se pone
dramáticamente de
manifiesto en un caso
como el de Cuba, que a
juicio del autor debería
ser estudiado
dondequiera que se
investigue el fenómeno
de la desinformación.
Porque ahí se oculta un
misterio que convendría
despejar: ¿Cómo se
explica el contraste —lo
que el autor llama el
desequilibrio existente—
“entre la desastrosa
imagen de Cuba” que
promueven las
transnacionales de la
información y “el
prestigio de ese país a
través del mundo”?…
hecho este último —dicho
sea de paso—
espléndidamente
ejemplificado por el
discurso que Nelson
Mandela accedió a
ofrecer como prólogo del
libro. Estamos
precisamente ante el
enigma que el autor se
propone develar:
“Analizaremos en este
libro —dice— las
principales
problemáticas de la
realidad cubana para
ilustrar el abismo que
separa la compleja
realidad de ese país de
la que trasmiten los
medios occidentales”.
Aborda entonces —no solo
con argumentos
persuasivos, sino con un
impresionante despliegue
de documentación— temas
que van desde los
derechos humanos hasta
el terrorismo, desde la
aparición de las Damas
de Blanco hasta el
acceso de los cubanos a
Internet, desde la
emigración y la
disidencia hasta el
futuro de una Cuba sin
Fidel. Y en todos los
casos descubre un
trasfondo de
manipulación y doble
moral, empezando por el
que se puso de
manifiesto en la actitud
asumida por la Unión
Europea en 2005, previo
acuerdo con el
representante de
Washington, “para apoyar
la transición
democrática en Cuba”.
Que “la retórica de la
Unión Europea sobre el
tema de los derechos
humanos”, como
justificación de la
condena a Cuba, es “un
pretexto poco creíble”,
queda demostrado en el
informe de 2008 de
Amnistía Internacional.
“No se trata de afirmar
que no existe en Cuba
ninguna violación de los
derechos humanos.
Existen, según el
Informe… Pero en el
continente americano,
desde Canadá hasta
Argentina, las
violaciones de los
derechos humanos son
realmente aterradoras y
Cuba es el país que
menos denuncias acumula
de parte de esa
organización”.
Si hay condenas, por
tanto, y las mismas se
proyectan ruidosamente
sobre Cuba, no se trata
de la defensa de
derechos conculcados,
sino de la
implementación de una
campaña contra la
existencia misma de la
Revolución. Pero el
lenguaje, lo sabemos,
tiene sus coartadas:
hasta mediados de 2008
la Unión Europea
insistió en que su
propósito era promover
en Cuba “una sociedad
civil más democrática y
mejor organizada”.
Magnífico. ¿Qué pasaría
—se pregunta Salim— si
Cuba financiara a los
independentistas del
País Vasco o a los de
Córcega como medio de
acelerar “la transición
democrática” en España y
Francia? Y aquellos
pintorescos diputados
italianos que apoyaban a
los disidentes en Cuba,
¿tendrían el valor de
apoyar, por ejemplo, a
los colombianos o los
hondureños? El doble
rasero se pone en
evidencia una y otra
vez, inclusive para los
implicados. Según un
informe de junio de
2007, redactado por la
Comisión (europea) de
Cuestiones Jurídicas y
Derechos humanos, sus
respectivos gobiernos
no están en condiciones
de juzgar a los demás:
“Bruselas —afirma la
Comisión— carece
totalmente de
legitimidad moral y
ética para dar lecciones
sobre los derechos
humanos”.
Algo similar podría
decirse de
organizaciones como
Reporteros sin
Fronteras, que “también
desempeña un papel
fundamental” en el
proceso de satanización
de Cuba. La
Organización asegura que
se limita a defender la
libertad de prensa, pero
—se pregunta Salim— ¿es
neutral y objetiva o
está defendiendo una
determinada agenda
política e ideológica?
Imposible responder sin
tener en cuenta que
Reporteros sin Fronteras
está financiada en parte
por la National
Endowment for Democracy,
que según un artículo
publicado en el New
York Times el 31 de
marzo de 1997, fue
creada cinco años antes
“para hacer públicamente
lo que la Agencia
Central de Inteligencia
(CIA) hizo
subrepticiamente durante
décadas” y que “gasta
treinta millones de
dólares al año en apoyar
partidos políticos,
sindicatos, movimientos
de disidentes y medios
informativos en decenas
de países” ¿Se podrá ser
neutral cuando uno de
los patrocinadores de
esa neutralidad milita
agresivamente en un
bando?
Un infalible detector de
mentiras y de verdades a
medias recorre de
principio a fin las
páginas de este libro.
Se trata, creo yo, del
más amplio registro y
desmontaje publicado
hasta hoy sobre la
campaña de
desinformación que
desarrollan los enemigos
abiertos o encubiertos
de la Revolución cubana.
Para la mayoría de sus
lectores extranjeros,
Cuba: lo que nunca dirán
los medios será una
revelación; para
nosotros es una
invitación a seguir
reflexionando sobre los
desafíos de la lucha
ideológica en un
contexto
desproporcionado, que
bien podría ilustrarse
con la leyenda de David
y Goliat.
Ojalá que esta obra se
convierta en texto de
consulta obligada para
nuestros estudiantes de
periodismo, en material
de referencia para
nuestros politólogos, y
en una grata,
enriquecedora lectura
para el aficionado a
escudriñar los múltiples
rostros del explosivo
mundo en que nos ha
tocado vivir.
Palabras en la
presentación del libro
Cuba: Lo que nunca
dirán los medios, de
Salim Lamrani. Sala José
Antonio Portuondo,
Fortaleza de San Carlos
de la Cabaña. Sábado 18
de febrero. |