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Sentados sobre el brazo
derecho de “El David”
—pieza realizada en el
2009 y que durante unos
seis meses estuvo
encajada (cual
embarcadero) en
balneario de Varadero y
que ahora forma parte de
la exposición
Sacrificio en la
encrucijada—,
transcurrió el siguiente
(y apresurado) diálogo
entre Kcho y esta
periodista.
La conversación se
sucedió minutos después
de una breve conferencia
de prensa en la que
Alexis Leiva Machado
(Isla de la Juventud,
febrero 1970), conversó
sobre Sacrifico en la
encrucijada que
desde el domingo 12 de
febrero y hasta el 11 de
abril puede verse en la
tercera planta del Gran
Teatro de La Habana, un
espacioso, hermoso e
iluminado salón, pero
que nada tiene que ver
con una galería de arte.
¿Qué pretendes con esta
muestra?
Mi deseo mayor es que
los cubanos conozcan mi
trabajo. Realmente lo
que le ha llegado a la
gente de mí es solo un
eco: “Kcho está
en tal museo o en más
cual subasta”, pero
nunca el público cubano
—y en parte esa
responsabilidad es mía—
ha tenido la oportunidad
de ver mi trabajo en
esta dimensión. Por eso
hice esta exposición,
para compartir en una
sola línea de
pensamiento lo que
narro, lo que siento y
lo que soy como artista,
es decir, cuáles son mis
preocupaciones y cuáles
son mis caminos como
creador. Esta es una
exposición cuidada hasta
el más mínimo detalle,
aquí nada es por gusto y
quiero que la gente
cuando venga aquí sienta
que va a aprender algo.
¿Crees que eso sea
posible, es decir, que
la gente entienda con
claridad todos tus
mensajes?
Creo que sí porque el
cubano es muy
inteligente y, a la vez,
muy sutil de
pensamiento.
Esa misma sutileza de
pensamiento ha llevado a
decir que tu obra es lo
mismo con lo mismo…
No lo creo y, además,
eso nunca me lo han
dicho. Y el que diga eso
es porque no conoce mi
obra: ese es el lío y
por eso digo que la
gente ve a Kcho
como un eco y eso,
quizá, se deba a que
vieron en la televisión
unos cuantos ladrillos,
pero nunca un cubano ha
visto mi obra de manera
integral. Por ejemplo,
la gente comenta que hay
una obra mía en el MOMA
y otra en el Reina
Sofía, pero no la han
visto. Creo que uno de
los mayores logros de
esta exposición es que
puedes ir estudiando,
paso a paso, mi
desarrollo como artista.
No te puedes guiar por
lo que ves en la
televisión —que repiten
y repiten hasta el
cansancio un mismo spot
hecho hace ya unos años
atrás—: uno es
responsable de eso y por
eso Sacrificio en la
encrucijada da la
medida totalizadora de
todo mi trabajo.
¿Cuáles son tus temas?
Mis temas son varios.
Por ejemplo, “El
carrusel” creo que lo
expresa todo porque es
la historia de Cuba, que
es una isla. Toda
nuestra historia vino
por el mar. ¿Por qué los
barcos?, pues porque la
vida de los cubanos está
dibujada por el mar y no
entiendo por qué no se
quiere aceptar eso.
Nuestra isla emerge de
una roca que sale del
mar, las primeras
plantas vinieron por
mar, los aborígenes se
dice que llegaron en
canoa, la Virgen de la
Caridad llegó y apareció
en el mar, la esclavitud
también fue traída en
barco. Todo; el yate Granma, la inmigración…
todo tiene que ver con
el mar que nos rodea.
A lo largo de la
historia del arte, los
artistas se han pintado
a sí mismos ¿qué
quisiste transmitir con
tu “Autorretrato”?
Me estoy retratando a mí
mismo. Yo no boto nada y
todo lo guardo; tengo
contenedores de cosas
que parecen basura, pero
no lo son porque
considero que son
desechos de mi vida. El
ser humano es el único
en el planeta tierra que
tiene una sensibilidad
suficiente que le
permite convertir la
basura en otra cosa, en
arte.
La ropa que aparece en
“Autorretrato” es vieja
y debería terminar en la
basura, pero la guardo y
la reutilizo y, poco a
poco, le voy
incorporando más cosas a
la obra. Tengo una pieza
que está en el Museo de
Indianápolis que se
llama “Obras escogidas”
y que está conformada
por mis libros de la
primaria hasta los que
utilicé en la Escuela
Nacional de Arte —hay
textos de física, de
matemáticas, de
marxismo, de geografía,
¡de todo!—. Se trata de
construir algo para
transmitir una energía
con cosas que,
aparentemente, son
basura y que puedes
tener metida en una
caja. Pero no es así.
Sin duda eres un artista
de la plástica exitoso.
Se ha dicho que después
de Wifredo Lam eres el
que más te has
posicionado en los
circuitos
internacionales…
Más que vender lo
importante es entender
que el mercado del arte
es como un oleaje, es
como el mar: cambiante
y, sobre todo, en época
de crisis. Pero Lam es
grande no porque vendió
o vende caro sino porque
culturalmente hablando
él expresa en su obra
esencias de la cultura y
se las mostró al mundo.
Lam dijo varias veces
que si algún valor tenía
su obra era que había
desconocido al
Modernismo y eso es muy
importante. Es decir,
Lam es grande
culturalmente hablando.
Desde muy joven me tocó
ser una cara visible de
la cultura cubana; con
solo 25 años de edad
entré al MOMA y el único
que estaba allí era Lam
con “La Jungla” y en
cada museo del mundo en
que he estado, ya Lam
estaba. Es decir, Lam ha
sido la persona que me
ha hecho el camino
posible.
Pero, de todas maneras
es una responsabilidad.
Lo es, pero es una
responsabilidad que no
tiene que ver con el
comercio, ¿sabes que Wifredo Lam desfiló en
la primera marcha del
pueblo combatiente que
se hizo en Cuba?
Sí, ¡y lo recuerdo en
silla de ruedas!
Con eso tengo que ver
con Lam, mucho más que
con el mercado.
¿Qué sueños tienes?,
¿qué te falta por hacer
que te gustaría?
Seguir trabajando. Estoy
convencido de que el
arte es una
responsabilidad y el
trabajo lo es todo para
mí. Trabajo todos los
días porque todos los
días pienso y hago
dibujos en mis
cuadernos. A mí me queda
mucho por hacer y no
creo que mi vida se
inició el día en que el
Museo de Arte Moderno
compró una obra mía y
terminó cuando me
invitaron a exponer en
la Bienal de Venecia.
No. Quiero reiterar que
considero, firmemente,
que esta es la
exposición más
importante de mi carrera
y está ocurriendo en
Cuba y no en otro lugar
del mundo. Y es que me
he propuesto que la
gente comprenda cómo
surgen y cómo se
desarrollan mis ideas.
Es como desnudarse en
público, ¿no te da
vergüenza?
No, en absoluto, no me
da vergüenza que la
gente vea cómo trabajo.
Lo digo porque, por lo
general, los artistas
muestran lo que
consideran mejor y no el
proceso de trabajo…
Yo lo que quiero mostrar
son todas mis energías.
En esta exposición estoy
exhibiendo “El
carrusel”, que estuvo
emplazada en la Plaza de
San Francisco de Asís en
la pasada Bienal y
también en Austria e,
igualmente, “Núcleos del
tiempo” se vio en el
2004 en una pequeña expo
en la galería Villa
Manuela, aquí, en La
Habana y también en
Salzburgo, Austria en
2005, todo lo demás es
nuevo, es inédito y
jamás ha sido mostrado.
¿Acaso no faltará un
poco de dibujo en
Sacrifico en la
encrucijada?
No hace falta porque
están los cuadernos y
eso es lo primordial. En
Bellas Artes hay dibujos
míos y la gente los ha
visto, sin embargo mis
cuadernos son algo muy
íntimo y que nadie
conocía hasta ahora.
¡Hasta el MOMA me los
quería comprar! Pero
aquí están. El domingo
12 cumplo 42 años y voy
a continuar creciendo
como artista, como ser
humano, como hombre.
¿Te sientes más cómodo
haciendo obra instalativa o
bidimensional?
Siempre me siento cómodo
porque todo forma parte
de un proceso de pensar.
Si tuvieras
que reconocer tu
mayor influencia, en el
arte, ¿quién sería?, ¿a
quién legitimas como
tu maestro?
¡A muchos! Desde la
persona que me dio las
asignaturas elementales
hasta artistas
desconocidos. No creo
que un artista pueda
decir que la influencia
mayor ha sido de un
determinado maestro; en
un artista influyen
muchas cosas. En mi
caso, por ejemplo,
reconozco a mis primeros
maestros y a todos les
agradezco, como por
ejemplo a Juan Carlos
Garriga, Otto Pandolfi,
Agustín Villafaña. Pero,
insisto, uno acumula del
camino de mucha gente y
eso es lo más
importante.
¿Qué obra
quieres hacer?...
aquella que ni siquiera
te has atrevido a
revelar.
Sinceramente, eso va con
el tiempo. No tengo la
menor idea de lo que voy
a hacer cuando tenga 50
años, pero lo que sí te
aseguro es que voy a
seguir creciendo. Te
pongo un ejemplo: “El
David” fue una obra
complicadísima de
pensarla y de
construirla y todo el
mundo me decía: ¡tú estás
loco! Y aquí está. Eso
me demuestra que puedo
ir mucho, mucho, mucho
más allá.
¿Por qué dices que la
prensa cubana es
lagrimosa?
Porque lees un artículo
sobre cualquiera y todo
es para alabar. Estás en
Italia, por ejemplo, y
pones Cubavision
Internacional y ves un
reportaje en el que uno
que estudió cultura
física se dice un gran
artista. Ese tipo de
cosa es muy frecuente.
Pero contigo también la
prensa ha sido muy
benévola…
No quiero que sea
benévola sino que sea
prensa. En otros países
a la prensa la sigue
todo el mundo y se
convierte en la policía
de los artistas, en la
policía de los políticos
y en la policía de los
ciudadanos. A veces
suceden cosas en el
mundo que por todos los
medios se trata de que
no lleguen a los
periódicos ni a la
televisión porque la
prensa en poder y es muy
fuerte.
Ese pedacito de Cuba que
es la Isla de la
Juventud ¿qué es para
ti?
¡Todo! Es el lugar a
donde siempre quiero
regresar. Tengo 42 años
y nunca he cambiado. Aún
hoy mi dirección está en
la Isla de la Juventud y
muestro mi carnet de
identidad con tremendo
orgullo. Yo en la Isla
no soy el artista, ni el
diputado, soy
—simplemente— el hijo de
Marta y eso para mí es
una felicidad tremenda.
Mi madre no solamente me
marcó a mí sino a mucha
gente y allí en la Isla
se le recuerda todo el
tiempo. Sigo siendo el
hijo de Marta, ¡y me
encanta!
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