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Colaborar y crear
alianzas fue una de las
primeras reacciones de
las mujeres contra el
patriarcado. Ante el
autoritarismo, el
personalismo y la
competencia de la
masculinidad hegemónica,
ellas han sabido tejer
sus redes de apoyo hasta
labrar, para todas, una
historia de lucha a
favor de sus derechos.
Múltiples son los
ejemplos en que las
asociaciones femeninas y
feministas han servido
para promover procesos
históricos y culturales
a favor de una mayor
visibilidad y
participación de las
mujeres. En especial,
América Latina cuenta
con el paradigma de las
Madres y Abuelas de la
Plaza de Mayo en
Argentina, cuyo accionar
cotidiano pudo develar
muchos de los crímenes
de la dictadura que
sufrió ese país entre
las décadas del 70 y 80
del siglo XX.
No por azar ha sido la
imagen de una de las
manifestaciones de las
Madres la que identifica
el cartel de la 19
edición del Coloquio
internacional del
Programa de Estudios de
la Mujer (PEM) de Casa
de las Américas, que
este año ha dedicado su
espacio al tema:
“Mujeres, circuitos de
colaboración y
asociacionismo en la
cultura y la historia de
la América Latina y el
Caribe”. Entre el 20 y
el 24 de febrero se
reunieron en la Casa
especialistas de varias
naciones, entre ellas
EE.UU., Italia, Canadá,
México, Argentina,
Francia, Chile, Jordania
y Puerto Rico, para
debatir sobre las
posibilidades y las
condiciones en que se ha
fraguado la colaboración
femenina en nuestras
naciones.
La directora del PEM de
Casa de las Américas,
Luisa Campuzano, resaltó
que se trata de un
interés común puesto que
la necesidad de
asociarse, de construir
redes y grupos de
solidaridad en todos los
órdenes de la vida es
consustancial al
desarrollo humano. La
estudiosa aseguró que en
esta edición se advierte
una notable
representación de la
variedad de alianzas que
caracteriza la historia
y la cultura de América
Latina y el Caribe. Así,
el Coloquio ha servido
también para rendir
homenaje a figuras y
proyectos paradigmáticos
en este sentido, no solo
de Cuba, sino de toda la
región latinoamericana.
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Las temáticas abordadas
recorrieron distintos
períodos históricos y
procesos creativos. El
análisis de redes y
asociaciones como las
Madres y Abuelas de la
Plaza de Mayo, el Frente
Cívico de Mujeres
Martianas de Cuba, las
mujeres del Partido
Nacionalista
Puertorriqueño en el
siglo XX, y de las más
informales creadas a
partir de la solidaridad
profesional como sucedió
con la cubana Domitila
García a mediados del
siglo XIX cubano; el
estudio de la literatura
femenina y la alusión de
esta colaboración
femenina en las obras de
autoras como Gioconda
Belli, Cristina Rivera
Garza, Claudia
Darrigandi, Isadora
Aguirre,
Georgina Herrera y
Gertrudis Gómez de
Avellaneda; el
acercamiento a figuras
históricas como Manuela
Sáez, Mercedes Cabello,
Rita Cetrina Gutiérrez,
Eva Canel, Mercedes
Matamoros y María Elena
Moyano; la sociabilidad
y resistencia de las
prostitutas de la
seudorrepública en Cuba
y las blancas judías en
Argentina; el papel de
las redes femeninas de
apoyo en la conciliación
familia/empleo; y la
presentación de los
proyectos contemporáneos
que trabajan el tema de
estudios de la mujer en
Cuba, fueron algunos de
los asuntos examinados
en el evento.
Palabras de resistencia
unieron las voces de la
poetisa cubana Georgina
Herrera y la
investigadora
cubanoamericana Flora
González M., quien leyó
la ponencia “Soy
Georgina Herrera: El
acto de nombrarse
mediante el testimonio y
el retrato poético”. A
través del análisis de
varios poemas de Herrera
y del testimonio de su
vida, Golpeando la
memoria, de la
historiadora Daisy
Rubiera, González
resaltó las cualidades
estilísticas de la
escritora, así como la
recuperación que hace de
todo el universo
simbólico ganado de su
herencia africana para
afianzarse en una
identidad racial y de
género.
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Otros homenajes llegaron
desde la recuperación de
personalidades como
Domitila García de
Coronado, autora de la
primera antología
femenina cubana en el
año 1868: Álbum
poético fotográfico de
escritoras y poetisas
cubanas. La
investigadora Catharina
Vallejo la sitúa como
precursora del
asociacionismo en Cuba
pues alcanza este
trabajo a través de su
relación con amigas,
conocidas y la búsqueda
de las que publicaban en
periódicos. “Es un
ejemplo nada más, porque
el campo literario
estaba dominado por los
hombres y solo con el
trabajo de una mujer se
les conoció como
escritoras cubanas”,
refirió. Las formas de
asociación de las
mujeres en ese período
de crisis colonial se
concibieron, según
Vallejo en función de
superar las dicotomías
clásicas del pensamiento
occidental y, por tanto,
el estudio de estas
agrupaciones de mujeres
del siglo XIX supone una
manera de cuestionar
estas divisiones. Las
tertulias, el trabajo
con niños, las charlas,
entre otros aspectos del
espacio privado,
sirvieron para que ellas
se expresaran a partir
de un genuino capital
cultural y social,
aunque resultó complejo
concretar experiencias
de este tipo. Otras
maneras de asociarse
llegaron también desde
recursos textuales y
paratextuales, pues las
escritoras se dedicaba
poemas
o se prologaban las
obras, en evidencia del
reconocimiento común.
En opinión de la
investigadora canadiense
Catharina Vallejo el
Coloquio celebra una
forma de trabajo en
conjunto y no en
competición, “para
recordar cuánto se ha
podido lograr con la
colaboración. Sobre todo
en el mundo de hoy, que
se basa en la
competencia, el
asociacionismo es una
alternativa para
demostrar que se logran
mejor las cosas si
colaboramos”.
MAGIN de regreso
Entre lo más
significativo del
Coloquio estuvo la
recuperación de la
experiencia de la
Asociación de Mujeres
Comunicadoras MAGÍN,
surgida en Cuba desde
1993 y desactivada en
1996. Sin lugar a dudas,
fueron ellas
protagonistas de uno de
los momentos
fundamentales en el
desarrollo del activismo
de género y feminista en
la historia reciente
cubana. La mesa “Fraguar
alianzas para estrechar
brechas de género”,
dedicada a recuperar la
memoria de esta
importante agrupación
femenina, reunió a
varias de las “magineras”,
quienes valoraron la
trascendencia de los
estudios, capacitaciones
y productos
comunicativos realizados
en aquella etapa.
La historiadora Daisy
Rubiera definió a esta
asociación como una
“experiencia excepcional
que puso sobre la mesa
de la agenda pública el
concepto de género, y
con él, los estereotipos
sexistas, los roles y
atributos sexuales, las
brechas de género, el
trabajo invisible, el
feminismo y, sobre todo,
la autoestima”.
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Surgida a raíz del I
Encuentro Iberoamericano
Mujer y Comunicación,
organizado por la
Editorial Pablo de la
Torriente Brau de la
Unión de Periodistas de
Cuba y por la Federación
de Mujeres Cubanas, el
grupo encabezado por la
periodista Mirta
Rodríguez Calderón buscó
propiciar una mirada de
género a los distintos
asuntos de la vida
nacional. Así lo recordó
Irene Esther Ruiz, una
de las integrantes de
las más de un centenar
de profesionales de los
medios, académicas,
profesionales de la
salud, escritoras y
artistas, diputadas y
delegadas del Poder
Popular, que
coincidieron en el
proyecto. El 15 de marzo
fue la fecha
seleccionada para
presentar al comité
gestor del grupo, como
homenaje a la periodista
Ernestina Otero, quien
en ese día de 1939 fundó
junto con otras colegas
la Asociación Nacional
Femenina de Prensa.
Mediante talleres,
capacitaciones, charlas
y la producción de
materiales
comunicativos, estas
mujeres lograron
incrementar las
capacidades en temas de
género dentro de la
sociedad cubana. Muchas
como Xiomara Blanco,
Maité Vera, Georgina
Herrera, entre otras,
introdujeron una mirada
más plural en los medios
cubanos.
Como señaló Ruiz “la
magia de MAGÍN está no
solo en la capacidad
para alumbrar las zonas
oscuras del
conocimiento, estaba en
el aire, en la luz, en
la armonía, alegría y
confraternidad que
éramos capaces de
construir entre todas,
cuando comprendimos que
otra mujer no era tu
rival, sino tu
contraparte; aprendimos
a romper los
estereotipos que
impedían ver sin
competencia a la amiga,
a la colega y, en
aquellos momentos
difíciles que todas
confrontábamos,
sentíamos la calidez que
generaba lo que hacíamos
y que después supimos
que se llama sororidad”.
Conocer para reconocerse
En otro de los paneles
se recapituló sobre el
desarrollo de los
estudios de género en
Cuba, principalmente a
partir de la década del
80 y en los 90, cuando
se fueron creando
espacios como las
Cátedras de la Mujer en
varias universidades del
país, la Cátedra
Gertrudis Gómez de
Avellaneda del Instituto
Cubano de Literatura y
Lingüística y el propio
PEM de la Casa. Aunque
en Cuba llegamos
tarde a los estudios de
género con respecto a
otros países del primer
mundo y de la región
latinoamericana, sí se
hizo desde una solidez
profesional muy seria,
comentó la socióloga
Marta Núñez, quien ha
realizado una
investigación sobre la
producción académica con
perspectiva de género en
los últimos 30 años. Al
respecto, la cientista
social subrayó el rol
desempeñado por los
estudios de género en la
Isla para desatar el
estudio sobre otras
desigualdades sociales.
Sobre el PEM de Casa de
las Américas
Luisa Campuzano refirió
que su proyección
internacional ha seguido
la estrategia de
“conocer para
reconocerse”. La edición
de las actas de los
Coloquios anuales, así
como la gestión de
textos sobre género y
feminismo para formar
una biblioteca temática
constituyen algunas de
las fortalezas y aportes
del Programa al estudio
de la mitad femenina en
la Isla.
El panorama
contemporáneo resulta
mucho más halagüeño
entonces en cuanto al
desarrollo académico de
estos temas, según la
crítica literaria Zaida
Capote Cruz. Desde su
perspectiva, las
Cátedras de la Mujer de
las universidades han
creado un espacio para
generar ideas,
contribuciones y
alianzas.
La presidenta de la
Cátedra Gertrudis Gómez
de Avellaneda significó
cómo los lazos
personales muchas veces
resultan más efectivos
que los formales.
“Estamos hablando de
asociacionismo
pensándolo con un modelo
esquemático tradicional,
pero existe otro tipo de
asociacionismo informal
que es más permanente y
más resistente a las
desactivaciones. Ese es
el que tenemos que
cultivar”. Se trata de
fomentar esas
estructuras no visibles
que garantizan el apoyo
femenino, funcionan de
manera permanente y
superan circunstancias
específicas.
Con ella, Núñez opinó
que existe
asociacionismo de dos
tipos: uno
institucional, pero otro
más alternativo y en
ocasiones más fuerte,
algo que a su entender
se vincula con la propia
identidad nacional. “El
asociacionismo en Cuba
es algo muy natural,
tanto las
institucionales como las
redes sociales”,
refirió.
La solidaridad femenina
sigue siendo una
necesidad en los tiempos
actuales, cuando la
presencia de las mujeres
en espacios de poder y
académicos resulta
significativa, pero se
les mantiene ligadas a
las responsabilidades
tradicionales del hogar
y la familia. Aprender
de esa cultura de
colaboración y apoyo es
también una estrategia
efectiva frente al
individualismo reinante
en el mundo
contemporáneo. Extender
las manos y no levantar
el puño, sabia lección
que desde el movimiento
de mujeres estalla en el
siglo XXI. |