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Ars longa, vita brevis:
“El arte es largo,
la vida es breve”, nos
enseñó la cultura
grecolatina.
Y según afirmaba uno de
sus más brillantes
exponentes, el fabulista
griego Esopo “Cuando se
necesitan brazos, el
socorro en las palabras
no sirve de nada”. Pero
en verdad las palabras
han resuelto más de un
conflicto desde que el
humano aprendió a
manejarlas con destreza.
Cuando descubrió que
además podía resumir su
experiencia en frases
cortas, convirtiéndola
en sabiduría de
bolsillo, creó entonces
el refrán. Con el tiempo
sistematizó conceptos y
creó el proverbio. Más
tarde necesitó mostrarse
civilizado y elaboró
sentencias que encierran
“una doctrina o una
moralidad”, y al
comprender que debía
ajustarse el cinturón de
la cordura inventó la
máxima para recordarse a
sí mismo lo que debía
hacer o no en cada caso.
Y cuando se volvió
esclavo de las musas el
humano
poetizó su sapiencia y
entonces produjo
epigramas.
El denominador común de
todas las variantes es
la economía de palabras;
y la esencia que las
embellece está en el
ingenio.
Y el ingenio, en verdad,
define.
Tal vez sea el refrán el
que mejor simbolice toda
la gnosis humana según
estos cánones.
Se asegura que la
palabra refrán proviene
del idioma occitano
—hablado aún en algunas
regiones de Francia—, y
al parecer significó en
sus orígenes estribillo.
Pero los diccionarios
modernos conceptualizan
al refrán como “dicho
didáctico o sentencioso
de uso popular y
estructura invariable”.
Y de eso se trata.
A Cuba nos llegaron de
modo marinero navegando
en el habla castellana
de los conquistadores,
es decir popular y
arraigado en tradiciones
del mediterráneo en el
que vertieron sus
saberes “cien pueblos,
de Algeciras Estambul”.
Y Cuba tiene ya su
propio refranero,
pulido y “aplatanado”.
La profesora habanera
Romelia Llerena recién
regaló a los lectores
su Breve Refranero
Popular Cubano
(Editorial Academia) con
más de 300 refranes en
los que el rastro
patrimonial de siglos se
enreda en la realidad
cubana. Como dijo un
grande de las letras:
son tantas huellas que
ya no hay huellas.
Pero entre tantos
refranes hay algunos más
cubanos que otros.
Pensemos sino en aquel
que advierte la edad de
alguien con una frase
maciza: “Es
más viejo que el Morro”.
El viejo castillo a la
entrada de la bahía
habanera es referente
incuestionable de
identidad y permanencia.
Otros dos, por
referirse a sucesos y
toponimia cubanos
entronizados en el
imaginario popular,
pudieran tener
sucedáneos en la
Argentina o en el
Brasil, pero cuando se
dice que aquello
“acabó como la
fiesta del Guatao”
o
“Se quedó como el
gallo de Morón, sin
plumas y cacareando”,
no solo hay una
experiencia cubana. Hay
todo una simbología en
la historia nacional.
En cambio
“Chivo que rompe
‘tambó’, con su pellejo
paga”
tiene impronta
africana: chivo es el
nombre cubano con que
llamamos a las cabras
machos y cuyo pellejo
curado era ideal para
los tambores de los
esclavos.
El refrán fue usado por
el gran Ignacio Villa
Bola de Nieve en una
memorable canción llena
de cubanía que advierte
divertido que “quien la
hace, la paga”.
Se dice que es muy
hispana la admonición
“Los niños hablan cuando
las gallinas mean”, pero
no conozco muchos
latinoamericanos que
hayan escuchado el
refrán, muy común en los
campos cubanos.
Y en verdad de lo que se
trata es que lo cubano
está no solo en el
gracejo sino en el uso
de vocablos que lo
siembran en el
imaginario popular.
De todos los conocidos
tal vez haya —como ya
dijimos— algunos más
cubanos que otros.
Los lectores dirán:
—“Por alto que vuele el
aura, siempre el pitirre
la pica”.
—“La Yagua que esta pá
uno, no hay vaca que se
la coma”.
—“Todos los pájaros
comen arroz pero el totí
siempre carga con la culpa”.
—“Está como platanito
para sinsonte”.
—“Se echó a Malanga y
su puesto de viandas”.
—“La caña está a tres
trozos”. |