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Manuel del Socorro
Rodríguez nació en la
villa de Bayamo,
entonces perteneciente a
lo que se denominaba
Departamento Oriental.
Algunos aseveran fue en
1754, otros en 1758. Los
que afirman fue en este
último año se apoyan en
un documento tenido, al
parecer, a la vista: su
inscripción de
nacimiento en el libro
de bautismo de blancos
de la parroquia local.
Era hijo de familia
pobre. Durante seis años
sirvió como monaguillo
en la iglesia San Juan
Evangelista de dicho
lugar, y al morir su
padre trabajó como
maestro. Sus diestras
manos gustaron de la
talla en madera, la
pintura y el dibujo.
Participó en las obras
de carpintería que
dieron lugar al altar
mayor de la catedral de
Bayamo. Pero él aspiraba
a más, y con ejemplar
constancia robó muchas
horas a su descanso para
autoeducarse.
En 1783 elevó un
memorial al rey español
Carlos III —uno de los
representantes de la
doctrina del Despotismo
Ilustrado, entonces en
apogeo en Europa— con la
súplica de que se le
concediera un empleo
literario, previo
“riguroso examen en
ciencias, literatura y
bellas artes”. Oída su
solicitud, debió
escribir distintos
trabajos en prosa y en
verso solicitados por un
jurado integrado por
profesores del habanero
Seminario de San Carlos.
El 15 de octubre de
1788, ante la mirada
atónita de sus árbitros,
el joven se desenvolvió
con singular destreza al
desarrollar los temas
indicados: el primero
fue un “Elogio a Carlos
III”, en prosa, que años
después, en 1829, se
publicó, en Nueva York,
en la revista El
Mensajero Semanal, y
el segundo lo tituló
“Las delicias de
España”, en verso,
aparecido en 1843 en las
Memorias de la
Sociedad Económica de
Amigos del País, y
en 1856 en Crónica,
de su suelo natal. Pero
al momento de
presentarse al examen
aludido, Manuel del
Socorro no era un total
desconocido en los
predios intelectuales.
En 1784 había dado a
conocer su Romance
heroico al rey de España
y un Soneto a José de
Gálvez; y en el
mismo año de haber sido
sometido a la mencionada
prueba publicó Las
endechas de D. Antonio
Solís defendidas de la
crítica del académico
don Juan de Iriarte
y su Sermón en elogio
de San Francisco de
Sales y Santa Juana
Francisca Fremiont de
Chantal, que
prestigiaron su recién
comenzada carrera en el
mundo de las letras.
Fueron tales los méritos
alcanzados, que José de
Ezpeleta, Capitán
General de la Isla entre
1785 y 1789, lo invitó a
acompañarlo a Bogotá,
donde había sido
nombrado Virrey de Nueva
Granada. En aquellos
años el territorio de la
actual Colombia, sumado
a otros extensos parajes
aledaños, formaba parte
de dicho virreinato.
Manuel del Socorro debió
llegar a Bogotá, su
principal centro
político y cultural,
hacia 1789 o 1790.
Gracias a sus
conocimientos, pero sin
subestimar el apoyo con
que contaba, casi de
inmediato comenzó a
destacarse en los medios
intelectuales. Fue
nombrado bibliotecario y
posteriormente, con la
anuencia del monarca
español, director de la
Biblioteca de Santa Fe
de Bogotá, en cuyos
predios instauró una
tertulia literaria. En
1791 fundó en esa
capital El Semanario
y el Papel Periódico
de la Ciudad de Santa Fe
de Bogotá,
semejante, este último,
a nuestro Papel
Periódico de la Havana,
aparecido en Cuba un año
antes. No eran los
primeros periódicos que
veían la luz en el
virreinato, pues lo
antecedió una efímera
Gaceta de Santa Fe de
Bogotá, que no pasó
del tercer número. En su
Papel...,
aparecido regularmente
hasta 1797, dio a
conocer trabajos sobre
adelantos científicos,
poemas, críticas de las
costumbres, ya de su
autoría o de otros
colaboradores, así como
avisos y edictos. Fundó
también Correo
Curioso (¿1799?),
El Redactor Americano
(1806), El
Alternativo del Redactor
Americano (1807),
Extracto de las últimas
noticias venidas de
Europa (1807),
Últimas noticias
(1809) y La
Constitución Feliz
(1810).
Pero la fama adquirida
por Manuel del Socorro
Rodríguez en Bogotá y,
en general, en los
ámbitos socioculturales
del virreinato, no fue
solamente por haber
ayudado de manera
decisiva a dar
consistencia y
estabilidad a la prensa,
sino también por la
publicación de más de
veinte libros, lo mismo
en prosa que en verso,
muestras de sus afanes.
En la primera se destaca
su Descripción
histórica de la
fundación del Monasterio
de la enseñanza de la
Ciudad de Santafé [sic]
de Bogotá en 1783-1802
y sus Ilustraciones
críticas de todas las
historias particulares
que se han escrito de
los reinos y provincias
de América (1796);
en verso son ejemplos
sus poemas El triunfo
del patriotismo
(1800) y Las delicias
de España. Cultivó
con mayor frecuencia la
oda, con numerosos
títulos dados a conocer.
Se le atribuyen más de
seiscientas poesías,
mientras numerosos
epigramas de su autoría
permanecen inéditos.
Un espíritu tan sagaz
como el de José Martí no
permaneció indiferente
ante la magna obra del
bayamés. En el tomo 21
de sus Obras
Completas (edición
de 1975), dedicado a
recoger sus Cuadernos
de apuntes, bajo el
título “Manuel del
Socorro Rodríguez”
figura un conjunto de
anotaciones, a veces
inconexas, como ocurre
con todo proyecto de
trabajo, pero de donde
pueden obtenerse algunas
ideas de mayor
elaboración por parte de
nuestro Héroe Nacional
acerca de este singular
periodista. De ellas
extraemos las siguientes
reflexiones, donde,
quizá apurado al
anotarlas, acudió al uso
de abreviaturas propias:
Reunió
cuantas obras pudo sobre
la Historia de Nueva
Granada, y toda cosa que
en la tierra hubiera
escrito sobre ella [...]
Hizo una defensa
del “Poema Heroico de
San Ignacio de Loyola” —
de Hernando Domínguez de
Camargo [...] Vergara
dice: “El Messía de la
Cerda [Pedro Messía de
la Cerda, gobernador de
Nueva Granada entre 1761
y 1773] había traído a
Mutis [se refiere a José
Celestino Mutis, médico
y botánico de origen
español, establecido en
ese virreinato desde
1760]. Ezpeleta [José de
Ezpeleta, virrey entre
1789 y 1797] trajo al
literato que más debe
admirar la posteridad
granadina, y cuya
memoria debe ser eterna,
como la de ningún otro,
en esta nación: hablamos
del insigne D. Manuel
del Socorro Rodríguez.
Y continúa:
Era este prócer de n/
periodismo natl. de la
villa de Vallamo o
Bayamo, y en la I. de
C., de prof. carpintero,
y mantenía con este
trabajo manual mantener
su familia, compuesta de
dos hermanas, y
estudiaba al mismo tpo.
humanidades. Presentóse
solicitando que se le
examinara en ellas: la
novedad de su solicitud
hizo q. fuera aceptada,
y en el examen se le
señaló tesis para un
sermón, que improvisó,
granjeándose muchos
aplausos. No sabemos con
qué motivo se relacionó
con el Sr. Ezpeleta:
ello es que al separarse
este del Gbno. de esa
Isla trajo a Rodríguez y
llegaron juntos a esta
capital. Ezpeleta lo
nombró al punto
Bibliotecario con un
sueldo de 280 $ anuales.
Rodríguez ocupó desde
entonces hta. su muerte
un cuarto en el mismo
edificio: satisfecha y
colmada su honrada
ambición, aceptó de
lleno su misión, y no la
desmintió nunca.
Dedicóse a hacer
literatura en la Nueva
Granada, fomentando a
muchos jóvenes [...] Era
de tan noble carácter
que desde que encontró
su modesto acomodo en
esta ciudad se declaró
hijo suyo, y apenas se
pasan dos fojas en su
abundante colección de
periódicos, en q. no se
le encuentre proponiendo
proyectos en beneficio
de Bogotá: ya ideando
una sociedad literaria,
ya una biblioteca
nacional, y una edición
de las obras de los
granadinos: ya
desenterrando noticias
curiosas en honra
nuestra.
Recuerda Martí en sus
apuntes que Manuel de
Socorro era “ferviente
realista”, pero al
proclamarse la
independencia, y luego
la República, “Rodríguez
se hizo republicano,
porque no creyó que le
era permitido sostener
opiniones contrarias a
las de su cara patria
adoptiva”. Concluye con
la siguiente valoración:
“Sano, honrado e
ingenuo. Sobre toda
ponderación, sencillo.
Dado a formas corteses y
muy culto, de modo que
nos parece verle alisado
y limpísimo, hablando
con su palabra melosa y
saludando con sus
urbanidades extremadas.
[...] Era cortesano en
el hábito y americano en
el espíritu”.
En mayo de 1819 falleció
Manuel del Socorro
Rodríguez. Para la
historia de la cultura
cubana su nombre es
apenas una mención, pero
para Colombia tiene una
alta significación. Lo
pude constatar cuando en
1992 fui designada por
la Unión de Periodistas
de Cuba para participar
en los actos por el
bicentenario de la
fundación del Papel
Periódico de la
Ciudad de Santa Fe de
Bogotá. En esa
oportunidad visité la
sede de la Biblioteca
Nacional, donde aprecié
una exposición con una
muestra de sus libros y
originales de algunos
números de los
periódicos fundados por
él. Constaté en las
sesiones de trabajo una
marcada voluntad de
exaltar las distintas
aristas de este hombre
insular, de humilde
cuna, que en tierra
ajena, hecha suya, era
apreciado en su valía
como periodista, poeta e
historiador. |