La Habana. Año X.
25 de FEBRERO
al 2 de MARZO de 2012

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Un bayamés fue el “Padre del periodismo
en el Virreinato de Nueva Granada”
Cira Romero • La Habana

Manuel del Socorro Rodríguez nació en la villa de Bayamo, entonces perteneciente a lo que se denominaba Departamento Oriental. Algunos aseveran fue en 1754, otros en 1758. Los que afirman fue en este último año se apoyan en un documento tenido, al parecer, a la vista: su inscripción de nacimiento en el libro de bautismo de blancos de la parroquia local.  Era hijo de familia pobre. Durante seis años sirvió como monaguillo en la iglesia San Juan Evangelista de dicho lugar, y al morir su padre trabajó como maestro. Sus diestras manos gustaron de la talla en madera, la pintura y el dibujo. Participó en las obras de carpintería que dieron lugar al altar mayor de la catedral de Bayamo. Pero él aspiraba a más, y con ejemplar constancia robó muchas horas a su descanso para autoeducarse.

En 1783 elevó un memorial al rey español Carlos III —uno de los representantes de la doctrina del Despotismo Ilustrado, entonces en apogeo en Europa— con la súplica de que se le concediera un empleo literario, previo “riguroso examen en ciencias, literatura y bellas artes”. Oída su solicitud, debió escribir distintos trabajos en prosa y en verso solicitados por un jurado integrado por profesores del habanero Seminario de San Carlos. El  15 de octubre de 1788, ante la mirada atónita de sus árbitros, el joven se desenvolvió con singular destreza al desarrollar los temas indicados: el primero fue un “Elogio a Carlos III”, en prosa, que años después, en 1829, se publicó, en Nueva York, en la revista El Mensajero Semanal, y el segundo lo tituló “Las delicias de España”, en verso, aparecido en 1843 en las Memorias de la Sociedad Económica de Amigos del País, y en 1856 en Crónica, de su suelo natal. Pero al momento de presentarse al examen aludido, Manuel del Socorro no era un total desconocido en los predios intelectuales. En 1784 había dado a conocer su Romance heroico al rey de España y un Soneto a José de Gálvez; y en el mismo año de haber sido sometido a la mencionada prueba publicó Las endechas de D. Antonio Solís defendidas de la crítica del académico don Juan de Iriarte y su Sermón en elogio de San Francisco de Sales y Santa Juana Francisca Fremiont de Chantal, que prestigiaron su recién comenzada carrera en el mundo de las letras.

Fueron tales los méritos alcanzados, que José de Ezpeleta, Capitán General de la Isla entre 1785 y 1789, lo invitó a acompañarlo a Bogotá, donde había sido nombrado Virrey de Nueva Granada. En aquellos años el territorio de la actual Colombia, sumado a otros extensos parajes aledaños, formaba parte de dicho virreinato. Manuel del Socorro debió llegar a Bogotá, su principal centro político y cultural, hacia 1789 o 1790. Gracias a sus conocimientos, pero sin subestimar el apoyo con que contaba, casi de inmediato comenzó a destacarse en los medios intelectuales. Fue nombrado bibliotecario y posteriormente, con la anuencia del monarca español, director de la Biblioteca de Santa Fe de Bogotá, en cuyos predios instauró una tertulia literaria. En 1791 fundó en esa capital El Semanario y el Papel Periódico de la Ciudad de Santa Fe de Bogotá, semejante, este último, a nuestro Papel Periódico de la Havana, aparecido en Cuba un año antes. No eran los primeros periódicos que veían la luz en el virreinato,  pues lo antecedió una efímera Gaceta de Santa Fe de Bogotá, que no pasó del tercer número. En su Papel..., aparecido regularmente hasta 1797, dio a conocer trabajos sobre adelantos científicos, poemas, críticas de las costumbres, ya de su autoría o de otros colaboradores, así como avisos y edictos. Fundó también Correo Curioso (¿1799?), El Redactor Americano (1806), El Alternativo del Redactor Americano (1807), Extracto de las últimas noticias venidas de Europa (1807), Últimas noticias (1809) y La Constitución Feliz (1810).

Pero la fama adquirida por Manuel del Socorro Rodríguez en Bogotá y, en general, en los ámbitos socioculturales del virreinato, no fue solamente por haber ayudado de manera decisiva a dar consistencia y estabilidad a la prensa, sino también por la publicación de más de veinte libros, lo mismo en prosa que en verso, muestras de sus afanes. En la primera se destaca su  Descripción histórica de la fundación del Monasterio de la enseñanza de la Ciudad de Santafé [sic] de Bogotá en 1783-1802 y sus Ilustraciones críticas de todas las historias particulares que se han escrito de los reinos y provincias de América (1796); en verso son ejemplos sus poemas El triunfo del patriotismo (1800) y Las delicias de España. Cultivó con mayor frecuencia la oda, con numerosos títulos dados a conocer. Se le atribuyen más de seiscientas poesías, mientras numerosos epigramas de su autoría permanecen inéditos. 

Un espíritu tan sagaz como el de José Martí no permaneció indiferente ante la magna obra del bayamés. En el tomo 21 de sus Obras Completas (edición de 1975), dedicado a recoger sus Cuadernos de apuntes, bajo el título “Manuel del Socorro Rodríguez” figura un conjunto de anotaciones, a veces inconexas, como ocurre con todo proyecto de trabajo, pero de donde pueden obtenerse algunas ideas de mayor elaboración por parte de nuestro Héroe Nacional acerca de este singular periodista. De ellas extraemos las siguientes reflexiones, donde, quizá apurado al anotarlas, acudió al uso de abreviaturas propias:

Reunió cuantas obras pudo sobre la Historia de Nueva Granada, y toda cosa que en la tierra hubiera escrito sobre ella [...] Hizo una defensa del “Poema Heroico de San Ignacio de Loyola” — de Hernando Domínguez de Camargo [...] Vergara dice: “El Messía de la Cerda [Pedro Messía de la Cerda, gobernador de Nueva Granada entre 1761 y 1773] había traído a Mutis [se refiere a José Celestino Mutis, médico y botánico de origen español, establecido en ese virreinato desde 1760]. Ezpeleta [José de Ezpeleta, virrey entre 1789 y 1797] trajo al literato que más debe admirar la posteridad granadina, y cuya memoria debe ser eterna, como la de ningún otro, en esta nación: hablamos del insigne D. Manuel del Socorro Rodríguez.

Y continúa:

Era este prócer de n/ periodismo natl. de la villa de Vallamo o Bayamo, y en la I. de C., de prof. carpintero, y mantenía con este trabajo manual mantener su familia, compuesta de dos hermanas, y estudiaba al mismo tpo. humanidades. Presentóse solicitando que se le examinara en ellas: la novedad de su solicitud hizo q. fuera aceptada, y en el examen se le señaló tesis para un sermón, que improvisó, granjeándose muchos aplausos. No sabemos con qué motivo se relacionó con el Sr. Ezpeleta: ello es que al separarse este del Gbno. de esa Isla trajo a Rodríguez y llegaron juntos a esta capital. Ezpeleta lo nombró al punto Bibliotecario con un sueldo de 280 $ anuales. Rodríguez ocupó desde entonces hta. su muerte un cuarto en el mismo edificio: satisfecha y colmada su honrada ambición, aceptó de lleno su misión, y no la desmintió nunca. Dedicóse a hacer literatura en la Nueva Granada, fomentando a muchos jóvenes [...] Era de tan noble carácter que desde que encontró su modesto acomodo en esta ciudad se declaró hijo suyo, y apenas se pasan dos fojas en su abundante colección de periódicos, en q. no se le encuentre proponiendo proyectos en beneficio de Bogotá: ya ideando una sociedad literaria, ya una biblioteca nacional, y una edición de las obras de los granadinos: ya desenterrando noticias curiosas en honra nuestra.

Recuerda Martí en sus apuntes que Manuel de Socorro era “ferviente realista”, pero al proclamarse la independencia, y luego la República, “Rodríguez se hizo republicano, porque no creyó que le era permitido sostener opiniones contrarias a las de su cara patria adoptiva”. Concluye con la siguiente valoración: “Sano, honrado e ingenuo. Sobre toda ponderación, sencillo. Dado a formas corteses y muy culto, de modo que nos parece verle alisado y limpísimo, hablando con su palabra melosa y saludando con sus urbanidades extremadas. [...] Era cortesano en el hábito y americano en el espíritu”.

En mayo de 1819 falleció Manuel del Socorro Rodríguez. Para la historia de la cultura cubana su nombre es apenas una mención, pero para Colombia tiene una alta significación. Lo pude constatar cuando en 1992 fui designada por la Unión de Periodistas de Cuba para participar en los actos por el  bicentenario de la fundación del Papel Periódico de la Ciudad de Santa Fe de Bogotá. En esa oportunidad visité la sede de la Biblioteca Nacional, donde aprecié una exposición con una muestra de sus libros y originales de algunos números de los periódicos fundados por él. Constaté en las sesiones de trabajo una marcada voluntad de exaltar las distintas aristas de este hombre insular, de humilde cuna, que en tierra ajena, hecha suya, era apreciado en su valía como periodista, poeta e historiador.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.