La Habana. Año X.
11 al 17 de FEBRERO
de 2012

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El día que le dijeron no a Mister Hershey

Humberto Arenal (La Habana, 1926-2012)

Cuando trajeron al mecánico de La Habana hacía más de un mes que la locomotora estaba rota en el patio del central. Ninguno de los mecánicos de allí la había podido arreglar. Hasta que el gallego Narváez dijo que él conocía a un mecánico que trabajaba en los talleres de Ciénaga, allá en La Habana, estaba segurísimo de que la podía arreglar, desde 1926 ese hombre había tomado un curso por correspondencia en frenos de aire de locomotoras y era el único mecánico en toda Cuba que tenía destreza para arreglarlos.

La primera vez que lo dijo nadie le hizo caso, pero cuando insistió y alguien se lo informó a Mister Hershey, ordenó que lo mandaran a buscar enseguida. Lo importante era arreglar el equipo. Él pagaría lo que fuera si era realmente tan buen mecánico.

Dio órdenes a uno de sus ayudantes para que le avisara cuando llegara. Él quería verlo trabajar. Al día siguiente el mecánico llegó. Se lo dijeron a Mister Hershey y fue a verlo trabajar. Rápidamente se dio cuenta de que sabía lo que estaba haciendo. El mecánico habló poco. Examinó la maquinaria durante un largo rato y después aseguró que él la podía arreglar.

—La trata como si fuera una persona o no sé qué —dijo el gallego Narváez entre contento e intrigado—. ¿Vieron cómo la tocaba y la miraba? No sé. Yo creo que hasta le habla y todo.

Mister Hershey le preguntó en inglés al mecánico cuánto tiempo le llevaría arreglarla y cuánto cobraría por el trabajo. El secretario se lo tradujo.

—Dígale que no sé bien todavía. Tengo que desarmar los frenos para ver lo que tiene. Después se lo diré. Depende.

Mister Hershey preguntó de qué dependía.

—Del trabajo que tenga que hacer. No creo que sea mucho. Hoy mismo yo creo que lo puedo terminar. Todavía no sé. A lo mejor me tengo que quedar hasta mañana. Dígale que no se apure, mucho no le va a costar.

Se lo dijo sonriendo con un poco de sorna, sin dejar de mirar a Mister Hershey que lo observaba un tanto desconfiado, pero comenzando a sentir admiración y respeto por aquel hombre que hablaba con tanta convicción y firmeza, aunque sin ostentación. Dijo que estaba bien y se fue a su despacho. Después ordenó que cuando terminara el trabajo le avisaran.

Comenzó enseguida, ayudado por otro mecánico que seguía sus instrucciones, a un ritmo igual y lento. Tomó agua con frecuencia y café en dos ocasiones. Nada más. Los otros mecánicos se sentaron cerca para verlo trabajar, y a él no le importó. Pero no contestó ninguna de las preguntas que le hicieron. Parecía como si estuvieran de más. No descansó ni cinco minutos. Por la tarde tenía terminado el trabajo. Alguien se lo fue a decir a Mister Hershey. Cuando mandó a probar la locomotora, el maquinista le dijo que funcionaba muy bien y él mismo lo pudo comprobar; después sonrió complacido. Entonces le dio un golpecito en el hombro al mecánico y dijo en su mal español que después quería hablar con él. Antes de retirarse le preguntó cómo se llamaba.

—Enrique —dijo el mecánico sonriendo también.

Mister Hershey está sentado en la alta silla. Tiene el auricular del teléfono en la mano izquierda y lee con interés los papeles que sujeta con la derecha. El secretario lo mira muy serio, con una libreta en la mano izquierda y un lápiz en la otra. Mister Hershey ahora está vestido de blanco, todo de blanco. Los zapatos, los calcetines, el pantalón, la camisa. Menos la corbatita negra de lacito, de seda, que tiene anudada con gran cuidado. En el cenicero de plata que hay sobre la gran mesa de caoba humea un oloroso habano. Mira la fotografía de la mujer rubia que está sobre la mesa. La mujer sonríe con discreción. Hay también muchos papeles, una escribanía de mármol y oro, y dos teléfonos. Un gran ventilador de paletas pende sobre él.

Le dice en inglés al secretario que siempre tiene que esperar más de la cuenta para hablar con New York. Odia a estas estúpidas operadoras cubanas. Lo ha conversado algunas veces con su amigo el Coronel Behn, presidente de la Cuban Telephone Company, cuando se encuentran en el bar del American Club en La Habana.

—Yes sir —dice el secretario.

Él no puede perder su tiempo. Tiene millones de cosas que hacer.

Yes sir.

—No digas siempre yes sir, por favor.

 —Yes sir.

Ah, you! —dice y levanta los brazos.

Alguien toca a la puerta de entrada.

—¿Quién es? —pregunta el secretario, mirando en esa dirección.

Se oye una voz masculina que pregunta si puede entrar.

Mister Hershey le dice en inglés que lo deje pasar y el otro obedece. Entra Enrique con su uniforme azul de mecánico, con una gorra en la mano. Tiene el uniforme, la gorra y parte de la cara cubiertos de grasa, pero las manos están limpias.

—¿Usted me llamó?

—Sí, Mister Hershey quiere hablar con usted.

—Usted dirá.

Tell him to come closer —habla sin dejar de leer los papeles.

—Dice que se acerque.

El hombre se acerca y observa con interés a los otros dos, especialmente a Mister Hershey.

Ask if they paid him.

—Quiere saber si ya le pagaron.

—Sí, ya. Lo tengo aquí. Gracias —y se toca el bolsillo derecho del pantalón.

Is he satisfied?

—¿Está satisfecho?

—Sí, cómo no —sonríe.

Mister Hershey dice que ellos también están satisfechos con su trabajo. Que le han informado que hizo un buen trabajo, y rápido. A él le gustan los hombres así.

El otro sonríe levemente.

—¿Cuánto ganar al mes de salario? —dice Mister Hershey.

El otro hace una breve pausa.

—Cincuenta y ocho pesos con diecinueve centavos al mes con los descuentos.

Entonces dice que él le pagará cien dólares al mes si viene a trabajar allí como mecánico con él.

Niega con la cabeza, mientras el secretario traduce las palabras de Mister Hershey. Sin pensarlo mucho, tratando de sonreír para no parecer brusco, dice:

—Dígale que no, que gracias, que yo se lo agradezco, pero que no, que mi familia toda vive en Jesús del Monte, toda la vida hemos vivido allí, en una casa vieja, pero buena, de mampostería y todo.

Where is that? —dice mister Hershey mirándolo por primera vez.

—Quiere saber dónde está eso.

—¿Qué cosa?

—Ese pueblo donde usted vive.

—No, no es un pueblo. Es un barrio muy antiguo de La Habana. Nosotros siempre hemos vivido allí. La familia de mi mujer ha vivido siempre allí también. Es una casa vieja pero muy bonita, digo, eso pensamos nosotros. Tiene un patio grande con árboles frutales y canteros de flores y todo.

Hace una larga pausa y los mira.

—Nosotros nos sentimos muy felices allí, la verdad. Habla despacio, con convicción, pensando cada frase, queriendo que llegue el pleno sentido de lo que dice, pero sin esforzarse por convencerlos. Ahora se queda mirando a Mister Hershey, que lo mira también.

Entonces Mister Hershey le contesta con energía, escogiendo las palabras como un buen vendedor que no quiere perder un buen cliente.

Dice que él le daría ciento cincuenta dólares y una casa, con muebles y todo. Un precioso bungalow donde puede vivir muy cómodo con toda su familia. Con un patio grande donde podría sembrar frutales, flores, todo lo que quisiera. Un lugar muy bello allá arriba en la loma. La casa sería suya dentro de unos pocos años. El la pagaría mensualmente, es decir, como si fuera un alquiler.
Antes de que el secretario termine de hablar, Enrique está moviendo la cabeza de un lado a otro, y dándole vueltas a la gorra entre las manos.

—No, no, dígale que gracias, que muchas gracias, pero no puedo aceptar. Yo estoy contento allá, allá lo tengo todo, ¿me entiende?, todo.

Mister Hershey mira a su ayudante y agarra los papeles con fuerza mientras habla. Él no entiende qué carajo le pasa a este hombre. Que le pregunte, que le pregunte, qué es lo que quiere, le dice. Él necesita a este hombre allí. Y que no vaya a traducirle esto último, por favor.

—Mire, diga usted mismo lo que quiere. Él está dispuesto a oírle. Es su última oportunidad, aprovéchela. —Nada, yo no quiero nada, ya él pagó mi trabajo. Él no me entiende, digo, parece que él… —hace una pausa y los mira—…dígale, dígale que a mí no me gusta el campo.

What does he mean by “the country”? This is a very beautiful town. Better than any place in Cuba. We have everything here. This is a civilized place…

—¿Qué quiere usted decir con “el campo”? Esto es…

Enrique lo interrumpe:

—No, si yo no tengo nada contra el campo.

—Déjeme terminar, por favor —dice el secretario.

Enrique asiente.

—Este es un pueblo muy bello. Mejor que cualquier otro lugar de Cuba. Aquí tenemos de todo. Este es un lugar civilizado.
Él no quiere decir eso. Él sabe que es lindo el lugar y todo lo demás. Es otra cosa. Quizá no lo han comprendido. Su familia está acostumbrada a vivir allá, en Jesús del Monte. Desde sus abuelos o antes. ¿Lo entienden? Mire, quiero que le explique, que le explique eso bien para que no vaya a pensar lo que no es. Que se lo diga, por favor. Y algo más:

—Es que cuando cae la noche, cuando cae la noche yo me pongo triste si no estoy en mi casa allá en La Habana, en mi casa de Jesús del Monte. Yo no sé si usted me entiende. Explíqueselo.

Tell him that is all right. He can go.

—Dice que está bien. Que puede irse.

Los mira un momento.

—Está bien, hasta luego. Déle las gracias por todo. Se marcha de prisa.

Tomando los papeles de nuevo, Mister Hershey dice con rabia que no entiende lo que le pasa a este hombre.

—Yo tampoco —dice el otro—. Mira que decir que se pone triste por la noche si no está en su casa de La Habana, o de ese barrio de Jesús del Monte, o donde sea. Mira que despreciar esta oportunidad. Nunca he entendido a esta clase de gente. ¿Qué es lo que esperan de la vida?

Comienza a sonar el timbre del teléfono.

Hello, hello —dice tomando el teléfono–. This is Mister Hershey. I want to call immediately to New York. Hello, hello operator. This is Mister Hershey, miss, M-I-S-T-E-R H-E-R-S-H-E-Y.

 

Tomado de Cubaliteraria


Humberto Arenal: Narrador, periodista, crítico teatral y literario, director de teatro y guionista de cine. Nació en La Habana, en 1926. Se graduó de director teatral y dramaturgo en la universidad de Nueva York, y en el Instituto de Cine de la propia ciudad obtuvo los títulos de director cinematográfico y guionista. Entre otros textos ha publicado los libros de cuentos La vuelta en redondo (1962), Del agua mansa (1981) y las novelas El sol a plomo (1959), Los animales sagrados (1965), ¿Quién mató a Iván Ivánovich? (1996) y Allegro de habaneras (2004). Entre otros galardones posee la Medalla por la Cultura Nacional y la Orden Alejo Carpentier.

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218—0869. La Habana, Cuba. 2012.