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Cuando trajeron al
mecánico de La Habana
hacía más de un mes que
la locomotora estaba
rota en el patio del
central. Ninguno de los
mecánicos de allí la
había podido arreglar.
Hasta que el gallego
Narváez dijo que él
conocía a un mecánico
que trabajaba en los
talleres de Ciénaga,
allá en La Habana,
estaba segurísimo de que
la podía arreglar, desde
1926 ese hombre había
tomado un curso por
correspondencia en
frenos de aire de
locomotoras y era el
único mecánico en toda
Cuba que tenía destreza
para arreglarlos.
La primera vez que lo
dijo nadie le hizo caso,
pero cuando insistió y
alguien se lo informó a
Mister Hershey, ordenó
que lo mandaran a buscar
enseguida. Lo importante
era arreglar el equipo.
Él pagaría lo que fuera
si era realmente tan
buen mecánico.
Dio órdenes a uno de sus
ayudantes para que le
avisara cuando llegara.
Él quería verlo
trabajar. Al día
siguiente el mecánico
llegó. Se lo dijeron a
Mister Hershey y fue a
verlo trabajar.
Rápidamente se dio
cuenta de que sabía lo
que estaba haciendo. El
mecánico habló poco.
Examinó la maquinaria
durante un largo rato y
después aseguró que él
la podía arreglar.
—La trata como si fuera
una persona o no sé qué
—dijo el gallego Narváez
entre contento e
intrigado—. ¿Vieron cómo
la tocaba y la miraba?
No sé. Yo creo que hasta
le habla y todo.
Mister Hershey le
preguntó en inglés al
mecánico cuánto tiempo
le llevaría arreglarla y
cuánto cobraría por el
trabajo. El secretario
se lo tradujo.
—Dígale que no sé bien
todavía. Tengo que
desarmar los frenos para
ver lo que tiene.
Después se lo diré.
Depende.
Mister Hershey preguntó
de qué dependía.
—Del trabajo que tenga
que hacer. No creo que
sea mucho. Hoy mismo yo
creo que lo puedo
terminar. Todavía no sé.
A lo mejor me tengo que
quedar hasta mañana.
Dígale que no se apure,
mucho no le va a costar.
Se lo dijo sonriendo con
un poco de sorna, sin
dejar de mirar a Mister
Hershey que lo observaba
un tanto desconfiado,
pero comenzando a sentir
admiración y respeto por
aquel hombre que hablaba
con tanta convicción y
firmeza, aunque sin
ostentación. Dijo que
estaba bien y se fue a
su despacho. Después
ordenó que cuando
terminara el trabajo le
avisaran.
Comenzó enseguida,
ayudado por otro
mecánico que seguía sus
instrucciones, a un
ritmo igual y lento.
Tomó agua con frecuencia
y café en dos ocasiones.
Nada más. Los otros
mecánicos se sentaron
cerca para verlo
trabajar, y a él no le
importó. Pero no
contestó ninguna de las
preguntas que le
hicieron. Parecía como
si estuvieran de más. No
descansó ni cinco
minutos. Por la tarde
tenía terminado el
trabajo. Alguien se lo
fue a decir a Mister
Hershey. Cuando mandó a
probar la locomotora, el
maquinista le dijo que
funcionaba muy bien y él
mismo lo pudo comprobar;
después sonrió
complacido. Entonces le
dio un golpecito en el
hombro al mecánico y
dijo en su mal español
que después quería
hablar con él. Antes de
retirarse le preguntó
cómo se llamaba.
—Enrique —dijo el
mecánico sonriendo
también.
Mister Hershey está
sentado en la alta
silla. Tiene el
auricular del teléfono
en la mano izquierda y
lee con interés los
papeles que sujeta con
la derecha. El
secretario lo mira muy
serio, con una libreta
en la mano izquierda y
un lápiz en la otra.
Mister Hershey ahora
está vestido de blanco,
todo de blanco. Los
zapatos, los calcetines,
el pantalón, la camisa.
Menos la corbatita negra
de lacito, de seda, que
tiene anudada con gran
cuidado. En el cenicero
de plata que hay sobre
la gran mesa de caoba
humea un oloroso habano.
Mira la fotografía de la
mujer rubia que está
sobre la mesa. La mujer
sonríe con discreción.
Hay también muchos
papeles, una escribanía
de mármol y oro, y dos
teléfonos. Un gran
ventilador de paletas
pende sobre él.
Le dice en inglés al
secretario que siempre
tiene que esperar más de
la cuenta para hablar
con New York. Odia a
estas estúpidas
operadoras cubanas. Lo
ha conversado algunas
veces con su amigo el
Coronel Behn, presidente
de la Cuban Telephone
Company, cuando se
encuentran en el bar del
American Club en La
Habana.
—Yes sir —dice el
secretario.
Él no puede perder su
tiempo. Tiene millones
de cosas que hacer.
—Yes sir.
—No digas siempre yes
sir, por favor.
—Yes sir.
—Ah, you! —dice y
levanta los brazos.
Alguien toca a la puerta
de entrada.
—¿Quién es? —pregunta el
secretario, mirando en
esa dirección.
Se oye una voz masculina
que pregunta si puede
entrar.
Mister Hershey le dice
en inglés que lo deje
pasar y el otro obedece.
Entra Enrique con su
uniforme azul de
mecánico, con una gorra
en la mano. Tiene el
uniforme, la gorra y
parte de la cara
cubiertos de grasa, pero
las manos están limpias.
—¿Usted me llamó?
—Sí, Mister Hershey
quiere hablar con usted.
—Usted dirá.
—Tell him to come
closer —habla sin
dejar de leer los
papeles.
—Dice que se acerque.
El hombre se acerca y
observa con interés a
los otros dos,
especialmente a Mister
Hershey.
—Ask
if they paid him.
—Quiere saber si ya le
pagaron.
—Sí, ya. Lo tengo aquí.
Gracias —y se toca el
bolsillo derecho del
pantalón.
—Is he satisfied?
—¿Está satisfecho?
—Sí, cómo no —sonríe.
Mister Hershey dice que
ellos también están
satisfechos con su
trabajo. Que le han
informado que hizo un
buen trabajo, y rápido.
A él le gustan los
hombres así.
El otro sonríe
levemente.
—¿Cuánto ganar al mes de
salario? —dice Mister
Hershey.
El otro hace una breve
pausa.
—Cincuenta y ocho pesos
con diecinueve centavos
al mes con los
descuentos.
Entonces dice que él le
pagará cien dólares al
mes si viene a trabajar
allí como mecánico con
él.
Niega con la cabeza,
mientras el secretario
traduce las palabras de
Mister Hershey. Sin
pensarlo mucho, tratando
de sonreír para no
parecer brusco, dice:
—Dígale que no, que
gracias, que yo se lo
agradezco, pero que no,
que mi familia toda vive
en Jesús del Monte, toda
la vida hemos vivido
allí, en una casa vieja,
pero buena, de
mampostería y todo.
—Where is that?
—dice mister Hershey
mirándolo por primera
vez.
—Quiere saber dónde está
eso.
—¿Qué cosa?
—Ese pueblo donde usted
vive.
—No, no es un pueblo. Es
un barrio muy antiguo de
La Habana. Nosotros
siempre hemos vivido
allí. La familia de mi
mujer ha vivido siempre
allí también. Es una
casa vieja pero muy
bonita, digo, eso
pensamos nosotros. Tiene
un patio grande con
árboles frutales y
canteros de flores y
todo.
Hace una larga pausa y
los mira.
—Nosotros nos sentimos
muy felices allí, la
verdad. Habla despacio,
con convicción, pensando
cada frase, queriendo
que llegue el pleno
sentido de lo que dice,
pero sin esforzarse por
convencerlos. Ahora se
queda mirando a Mister
Hershey, que lo mira
también.
Entonces Mister Hershey
le contesta con energía,
escogiendo las palabras
como un buen vendedor
que no quiere perder un
buen cliente.
Dice que él le daría
ciento cincuenta dólares
y una casa, con muebles
y todo. Un precioso
bungalow donde puede
vivir muy cómodo con
toda su familia. Con un
patio grande donde
podría sembrar frutales,
flores, todo lo que
quisiera. Un lugar muy
bello allá arriba en la
loma. La casa sería suya
dentro de unos pocos
años. El la pagaría
mensualmente, es decir,
como si fuera un
alquiler.
Antes de que el
secretario termine de
hablar, Enrique está
moviendo la cabeza de un
lado a otro, y dándole
vueltas a la gorra entre
las manos.
—No, no, dígale que
gracias, que muchas
gracias, pero no puedo
aceptar. Yo estoy
contento allá, allá lo
tengo todo, ¿me
entiende?, todo.
Mister Hershey mira a su
ayudante y agarra los
papeles con fuerza
mientras habla. Él no
entiende qué carajo le
pasa a este hombre. Que
le pregunte, que le
pregunte, qué es lo que
quiere, le dice. Él
necesita a este hombre
allí. Y que no vaya a
traducirle esto último,
por favor.
—Mire, diga usted mismo
lo que quiere. Él está
dispuesto a oírle. Es su
última oportunidad,
aprovéchela. —Nada, yo
no quiero nada, ya él
pagó mi trabajo. Él no
me entiende, digo,
parece que él… —hace una
pausa y los
mira—…dígale, dígale que
a mí no me gusta el
campo.
—What
does he mean by “the
country”? This is a very
beautiful town.
Better than any place in
Cuba. We have everything
here. This is a
civilized place…
—¿Qué quiere usted decir
con “el campo”? Esto es…
Enrique lo interrumpe:
—No, si yo no tengo nada
contra el campo.
—Déjeme terminar, por
favor —dice el
secretario.
Enrique asiente.
—Este es un pueblo muy
bello. Mejor que
cualquier otro lugar de
Cuba. Aquí tenemos de
todo. Este es un lugar
civilizado.
Él no quiere decir eso.
Él sabe que es lindo el
lugar y todo lo demás.
Es otra cosa. Quizá no
lo han comprendido. Su
familia está
acostumbrada a vivir
allá, en Jesús del
Monte. Desde sus abuelos
o antes. ¿Lo entienden?
Mire, quiero que le
explique, que le
explique eso bien para
que no vaya a pensar lo
que no es. Que se lo
diga, por favor. Y algo
más:
—Es que cuando cae la
noche, cuando cae la
noche yo me pongo triste
si no estoy en mi casa
allá en La Habana, en mi
casa de Jesús del Monte.
Yo no sé si usted me
entiende. Explíqueselo.
—Tell
him that is all right.
He can go.
—Dice que está bien. Que
puede irse.
Los mira un momento.
—Está bien, hasta luego.
Déle las gracias por
todo. Se marcha de
prisa.
Tomando los papeles de
nuevo, Mister Hershey
dice con rabia que no
entiende lo que le pasa
a este hombre.
—Yo tampoco —dice el
otro—. Mira que decir
que se pone triste por
la noche si no está en
su casa de La Habana, o
de ese barrio de Jesús
del Monte, o donde sea.
Mira que despreciar esta
oportunidad. Nunca he
entendido a esta clase
de gente. ¿Qué es lo que
esperan de la vida?
Comienza a sonar el
timbre del teléfono.
—Hello, hello
—dice tomando el
teléfono–.
This is Mister Hershey.
I want to call
immediately to New York.
Hello, hello operator.
This is Mister Hershey,
miss, M-I-S-T-E-R
H-E-R-S-H-E-Y.
Tomado de
Cubaliteraria
Humberto Arenal:
Narrador, periodista,
crítico teatral y
literario, director de
teatro y guionista de
cine. Nació en La
Habana, en 1926. Se
graduó de director
teatral y dramaturgo en
la universidad de Nueva
York, y en el Instituto
de Cine de la propia
ciudad obtuvo los
títulos de director
cinematográfico y
guionista. Entre otros
textos ha publicado los
libros de cuentos La
vuelta en redondo
(1962), Del agua mansa
(1981) y las novelas El
sol a plomo (1959), Los
animales sagrados
(1965), ¿Quién mató a
Iván Ivánovich? (1996) y
Allegro de habaneras
(2004). Entre otros
galardones posee la
Medalla por la Cultura
Nacional y la Orden
Alejo Carpentier. |