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Mi sed no es de ahora,
es desde que tuve uso de
razón. Quizá mis amigos
babalawos y
santeros tengan razón y
yo soy hija de Yemayá,
la reina de las aguas.
Ver llover me fascina y
también que me resbale
el agua por mi cuerpo.
El mar, ¡ay, el mar!, ese
es el gran cofre de mis
secretos, de mis amores
contrariados, de mis
sueños rotos, de mis
nostalgias y de mis
alegrías.
Precisamente, frente al
mar, en Boca Ciega, hace
unos años tuve una
visión terrible: de
pronto dejó de ser azul,
y de él salían pomos,
latas, matas podridas…
Quizá todo se debió a
que un hombre muy
inteligente, tanto que
yo pensaba que había
encontrado un buen
interlocutor, no
entendió que aquella
reservación la hice por
él, solo por él, y
cuando traté de darle la
dirección cometió un
error imperdonable, del
que más vale no
acordarse. Lo cierto es
que por esa razón u
otra, tuve la sensación
de estar en otro
momento, ese en que me
aterra que el mar pierda
su azul.
Pasado un tiempo, en el
mismo lugar con mi hija
putativa, su esposo y su
niño —un príncipe rubio
que apenas nos dejaba
conversar— hablábamos de
Al Gore, el
exvicepresidente
norteamericano que
desarrollaba entonces
una permanente batalla
por el cuidado de la
naturaleza, una
contradicción en un
hombre que perteneció a
la elite gobernante del
país que más contamina
el ambiente.
Y por supuesto, hablamos
de Fidel, de sus
discursos, de sus
advertencias desde hace
décadas que,
lógicamente, no tienen
la repercusión mediática
de lo dicho por Gore:
nuestro Comandante en
lucha permanente contra
los grandes medios, el
otro inserto en su mundo
que fabrica mentiras de
todo tipo y oculta
verdades que están ahí a
la vista en casi todas
las playas, como en Boca
Ciega donde los
lugareños hablan de una
cantidad de piedras en
la actualidad que nunca
existió, o de residuos
de combustible que
llegan a la orilla o de
que ya no se ven
pececitos en el agua.
Quienes me conocen saben
que tengo obsesión por
ese líquido compuesto
por dos átomos de
hidrógeno y uno de
oxígeno, H2O.
No soporto escuchar una
gota de agua caer de una
llave defectuosa. Ese
método de tortura de la
china imperial, para mí
sería irresistible.
Sufro en las calles
cuando veo el agua
limpia correr por una
rotura, mientras quizá
frente a ese lugar no
entre ni un poquito. Les
grito a los choferes de
pipa que van dejando su
estela en la calle sin
importarles que botan un
elemento indispensable
para la vida humana.
Lo grave del asunto
“agua” es precisamente
que sin ella un ser
humano no puede vivir.
El uso del combustible
comenzó en la Edad media
tardía y como sustancia
utilizada en motores en
el siglo XIX. Y hasta
entonces la vida en el
planeta existía, no
hacía falta ni gasolina
ni petróleo. Claro, no
se podrían realizar las
operaciones quirúrgicas
de la actualidad ni
remontarse al cielo en
un avión ni habría
electricidad ni cocinas
de gas… pero sí habría
VIDA.
Supongamos que toda el
agua desaparece en un
segundo del planeta
¿cuántas horas de
existencia le quedarían
al poderosísimo Obama?
Quizá menos que a uno de
esos africanos que vemos
por la televisión,
hechos hueso y piel nada
más, que caminan
kilómetros por un poco
del más común y preciado
de los líquidos.
Hace un tiempo que he
dejado de leer noticias
sobre el deshielo en los
polos, los incendios en
Australia y Rusia, la
intensidad de las
lluvias en unos lugares
y la sequía en otros, el
agujero de ozono, la
subida del mar… y otros
tantos hechos que le
están advirtiendo al
hombre que pare, que
cese de agredir a Gea,
que mantenga la
posibilidad de una vida
plena para sus
descendientes.
Mientras escribo estas
líneas quizá ya esté
planificado un ataque
contra Irán. ¡Cuidado!
Ese puede ser el
principio de un fin más
cercano, pero esta
guerra cotidiana, cruel
e inconsciente contra
nuestra gran casa, que
es la Tierra, tendrá
consecuencias
desastrosas más temprano
de lo que el común de la
gente imagina: dentro de
50 años una botella de
agua será tan o más cara
que una de gasolina.
Confiemos en la
inteligencia humana, esa
que nació cuando una
mano usó un palo para
tumbar una fruta, luego
reprodujo en las
cavernas con colores lo
que veía afuera y
también trató de imitar
el cantar de los
pájaros. O quizá ¡quien
sabe! nos invadan
extraterrestres más
civilizados que nosotros
y nos ayuden. Lo cierto
es que es ahora o nunca,
o los terrícolas asumen
su responsabilidad o
desapareceremos de la
Tierra como los
dinosaurios en su
momento. |