La Habana. Año X.
11 al 17 de FEBRERO
de 2012

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¡Qué sed tan grande tengo!
Paquita Armas Fonseca • La Habana
Ilustración: Zardoyas

Mi sed no es de ahora, es desde que tuve uso de razón. Quizá mis amigos babalawos y santeros tengan razón y yo soy hija de Yemayá, la reina de las aguas. Ver llover me fascina y también que me resbale el agua por mi cuerpo. El mar, ¡ay, el mar!, ese es el gran cofre de mis secretos, de mis amores contrariados, de mis sueños rotos, de mis nostalgias y de mis alegrías.

Precisamente, frente al mar, en Boca Ciega, hace unos años tuve una visión terrible: de pronto dejó de ser azul, y de él salían pomos, latas, matas podridas… Quizá todo se debió a que un hombre muy inteligente, tanto que yo pensaba que había encontrado un buen interlocutor, no entendió que aquella reservación la hice por él, solo por él, y cuando traté de darle la dirección cometió un error imperdonable, del que más vale no acordarse. Lo cierto es que por esa razón u otra, tuve la sensación de estar en otro momento, ese en que me aterra que el mar pierda su azul.

Pasado un tiempo, en el mismo lugar con mi hija putativa, su esposo y su niño —un príncipe rubio que apenas nos dejaba conversar— hablábamos de Al Gore, el exvicepresidente norteamericano que desarrollaba entonces una permanente batalla por el cuidado de la naturaleza, una contradicción en un hombre que perteneció a la elite gobernante del país que más contamina el ambiente.

Y por supuesto, hablamos de Fidel, de sus discursos, de sus advertencias  desde hace décadas que, lógicamente, no tienen la repercusión mediática de lo dicho por Gore: nuestro Comandante en lucha permanente contra los grandes medios, el otro inserto en su mundo que fabrica mentiras de todo tipo y oculta verdades que están ahí a la vista en casi todas las playas, como en Boca Ciega donde los lugareños hablan de una cantidad de piedras en la actualidad que nunca existió, o de residuos de combustible que llegan a la orilla o de que ya no se ven pececitos en el agua.

Quienes me conocen saben que tengo obsesión por ese líquido compuesto por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, H2O. No soporto escuchar una gota de agua caer de una llave defectuosa. Ese método de tortura de la china imperial, para mí sería irresistible. Sufro en las calles cuando veo el agua limpia correr por una rotura, mientras quizá frente a ese lugar no entre ni un poquito. Les grito a los choferes de pipa que van dejando su estela en la calle sin importarles que botan un elemento indispensable para la vida humana.

Lo grave del asunto “agua” es precisamente que sin ella un ser humano no puede vivir. El uso del combustible comenzó en la Edad media tardía y como sustancia utilizada en motores en el siglo XIX. Y hasta entonces la vida en el planeta existía, no hacía falta ni gasolina ni petróleo. Claro, no se podrían realizar las operaciones quirúrgicas de la actualidad ni remontarse al cielo en un avión ni habría electricidad ni cocinas de gas… pero sí habría VIDA.

Supongamos que toda el agua desaparece en un segundo del planeta ¿cuántas horas de existencia le quedarían al poderosísimo Obama? Quizá menos que a uno de esos africanos que vemos por la televisión, hechos hueso y piel nada más, que caminan kilómetros por un poco del más común y preciado de los líquidos.


Hace un tiempo que he dejado de leer noticias sobre el deshielo en los polos, los incendios en Australia y Rusia, la intensidad de las lluvias en unos lugares y la sequía en otros, el agujero de ozono, la subida del mar… y otros tantos hechos que le están advirtiendo al hombre que pare, que cese de agredir a Gea, que mantenga la posibilidad de una vida plena para sus descendientes.

Mientras escribo estas líneas quizá ya esté planificado un ataque contra Irán. ¡Cuidado! Ese puede ser el principio de un fin más cercano, pero esta guerra cotidiana, cruel e inconsciente contra nuestra gran casa, que es la Tierra, tendrá consecuencias desastrosas más temprano de lo que el común de la gente imagina: dentro de 50 años una botella de agua será tan o más cara que una de gasolina.

Confiemos en la inteligencia humana, esa que nació cuando una mano usó un palo para tumbar una fruta, luego reprodujo  en las cavernas con colores lo que veía afuera y también trató de imitar el cantar de los pájaros. O quizá ¡quien sabe! nos invadan extraterrestres más civilizados que nosotros y nos ayuden. Lo cierto es que es ahora o nunca, o los terrícolas asumen su responsabilidad o desapareceremos de la Tierra como los dinosaurios en su momento.
 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.