La Habana. Año X.
11 al 17 de FEBRERO
de 2012

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La casa en un morral

Un libro sobre la familia y la supervivencia, un libro del amor

Analía Casado • La Habana

Múltiples son los títulos que regresan sobre pasajes estremecedores de la Guerra Civil Española, y se insertan en lo terrible de la fractura de un país donde se retratan la muerte y el sufrimiento atravesado por la nación española en esa etapa. La casa en un morral. Voces de los niños de la Guerra Civil Española, de Raúl Hernández Ortega, nuevo libro a cargo de Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, viene a descubrirnos —desde el testimonio de cinco hermanos que fueron niños durante el conflicto bélico, que vivieron la crudeza del exilio, la ruptura del hogar, la separación de la familia y la terrible incertidumbre por el porvenir— aquellos años de dolor, noticias imprecisas, comidas frugales, caminos infinitos, y cartas, muchas cartas, que el autor ha incluido en este texto y, sin duda, ayudan a dibujar y rescatar, atmósferas, paisajes, escenarios.

Pero ¿cómo llega Raúl Hernández Ortega a esta historia? La relación entre el escritor de San Antonio de los Baños y los Posada Medio supera desde sus mismos comienzos —en tiempo y afectos— la que habitualmente puede observarse entre un investigador y su objeto de estudio.

En realidad no soy historiador ni investigador, me acerqué al tema de la Guerra Civil Española por un problema sentimental. Yo tendría unos diez años e iba a la escuela con algunas de las hijas de la familia asturiana. Un día, no recuerdo cuál de ellas me comenta que su papá es español, y los cubanos siempre tenemos —tal vez por esa circunstancia del agua por todas partes, como decía Virgilio— una curiosidad peculiar por esas cosas, en el aula todos éramos cubanos. Otro día una me dijo: “Un tío mío cuando la guerra se perdió”, y aquello me llamó la atención, me sonó a novela.

Decías que es el primer libro que pensaste escribir.

Siempre fui muy curioso y esta familia, como es lógico, conserva tradiciones asturianas, en la manera de comer, por ejemplo. En la casa lo mismo te encontrabas un automóvil viejo o un libro interesantísimo, que una lámpara art nouveau, una escultura o un sombrero que parecía de Napoleón. Aquello estaba lleno de historias. Y este libro es de esas cosas que uno quiere hacer y va aplazando, pero cuando vi las cartas que los hermanos habían escrito durante su infancia, me dije que tenía que hacer el libro de los Posada Medio. Me gusta escribir desde los afectos, desde las percepciones y sensaciones, disfruto la poesía, aunque en este caso fui muy respetuoso y no metí la mano en nada: ahí todo lo que se cuenta fue lo que dijeron ellos y de la manera en que lo dijeron.

¿Cómo está organizado este volumen?

Mi interés no era exactamente la Guerra Civil Española, sino estos seres humanos que tuvieron que vivir la penuria de la guerra. Por eso, el libro está hecho desde la perspectiva de la infancia. También cuenta con un prólogo de la Dra. Áurea Matilde Fernández, toda una autoridad en el tema, en primer lugar porque ella misma fue una niña de la guerra y es asturiana, como los Posada Medio; además, ha dedicado toda su vida al estudio de la historia. Después de estas palabras introductorias escribí Había una vez…, donde hago el cuento del surgimiento de este texto, dividido en tres capítulos: “La casa”, “El morral” y “Cuba”.

En “La casa” estos cinco hermanos evocan los recuerdos que tienen de Villaviciosa, en Asturias: la casa como espacio de olores, colores, sabores, juegos, afectos, sueños, pasiones… todo lo que formaba parte del mundo tangible e intangible de esa primera infancia, y cómo se ve interrumpido de manera tajante, a tal punto que tienen que arrancar las cortinas de la casa, hacer unos jolongos, echar ahí unas cuantas cosas y marcharse.

“El morral” cuenta los tres años que vivieron en Francia, luego en Cataluña, después nuevamente en Francia, hasta que llegan a Cuba. En este acápite se encuentran cartas llenas de sentimiento, de inmediatez: ahí relatan si en el momento de escribir estaban cazando grillos o buscando coles para comer; son cartas escritas desde la inocencia, pero donde también se cuenta del frío, del hambre, de lo que están sufriendo.

“Cuba” narra cómo fueron acogidos en San Antonio de los Baños, pueblo cubano en el que los Posada Medio se establecieron desde su llegada a nuestro país en 1940. En este capítulo, los hermanos explican cómo descubrieron el color y el sabor de estas tierras, cómo se sienten cubanos. Ellos llegaron luego de tres años difíciles: pasaron por campos de refugiados, cruzaron Los Pirineos a pie, en medio de esos avatares nace el más pequeño de los hermanos. Es una historia bien interesante y sobre todo hay dos personajes que merecen especial atención: Doña Teresa y Herminia (La chata), madre y tía de estos cinco muchachos, pilares de esta odisea.

Para mí no es un libro sobre la guerra, es un libro sobre la familia, sobre la supervivencia, es un libro del amor.

La casa en un morral privilegia una secuencia cronológica…

Me pareció que como teníamos cinco testimoniantes, de mover demasiado los planos temporales el lector pasaría mucho trabajo tratando de enterarse de lo que estaba sucediendo. “La casa” y “Cuba” están compuestos por testimonios puros, se intercalan uno u otro hermano porque a veces resulta interesante ver la opinión que tiene cada uno de un mismo hecho que compartieron; mientras, en “El morral”, que es el capítulo más intenso y quizá más interesante, se van intercalando los testimonios de los sucesos con lo que escribían ellos en las cartas a su padre.

¿Cuáles fueron los procesos de selección del material y las entrevistas?

Hace mucho tiempo estoy cerca de la familia, y justamente en el 2009, preparando un evento por los 80 años de Pepe Posada —caricaturista y primer artista que conocí— descubro que existían todas estas cartas. Me quedo fascinado cuando veo que hay tantas, algunas con dibujos. A partir de ese momento hice un diseño, lo presenté como proyecto al Centro Pablo, y obtuve el Premio Memoria. Un año después dispongo de tiempo para hacer las entrevistas, ya había transcrito todas las cartas, había confeccionado mapas de las rutas que habían seguido, había mirado decenas de fotos y hecho una selección de las que serían incluidas en el libro. Luego transcribí todas las entrevistas y seleccioné los materiales que iba a utilizar. Las cartas las escogimos siguiendo un criterio cronológico, de presencia de los cinco hermanos y de la madre.

El título, La casa en un morral, es una idea recurrente dentro de los testimonios recogidos.

En Cuba estamos muy acostumbrados a la palabra exilio, y hay muchos exilios. En primer lugar fuimos territorio español de ultramar, muchísimos españoles vinieron, y luego chinos, judíos y muchísimas personas de distintos lugares del mundo. Y hasta el día de hoy de aquí se está yendo gente a cualquier rincón del planeta. Pero en realidad soy bastante conservador: hace más de 50 años nací en San Antonio y aunque me he ido a estudiar y trabajar fuera de este pueblo, siempre he regresado; me cuesta pensar que mis nietos no van a crecer en el mismo ambiente que yo. Por otro lado, para mí las casas son espacios sagrados: en la casa tienes el rincón donde te sientas a pensar, a tomar el fresco, donde pones tus libros, donde tienes un pajarito que te canta. Tengo mi casa en mi cabeza, y eso de arrancar e irte a no sé dónde es un poco andar como el caracol, con la casa a cuestas, con la casa en un morral: es meterlo todo en un saco, irte, sin saber a dónde o por cuanto tiempo, empezar a sacar cosas y armar lo que dejaste. Claro, algunas cosas caben en un morral, y otras, evidentemente, no.

 
 
 
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2012.