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En un momento de su
vida, Renato Rosaldo
tuvo que enfrentarse a
una disyuntiva: ¿Sería
antropólogo o poeta?
Luego descubrió que la
respuesta idónea, como
ocurre en la mayoría de
los casos, era la más
sencilla: antropoeta.
Varias veces, más de las
que uno cree en
realidad, nos
encontramos ante este
tipo de dicotomías. El
destino traza una línea
en el suelo y nos obliga
a elegir. Somos, al
final, la suma de
nuestras decisiones. Lo
que sucede con Rosaldo
es que nació en la
dualidad.
Hijo de padre mexicano y
madre estadounidense;
primer llanto en
Illinois y veranos en
Guadalajara; idioma
materno: inglés, idioma
paterno: español;
licenciatura en Historia
de la Literatura
Española y doctorado en
Antropología; blanco en
el sur y moreno en el
norte; mayoría de este
lado y minoría en el
otro; chicano
universitario militante
y catedrático de
estudios latinos;
observador y parte del
fenómeno. Estos años de
investigación han sido,
en el fondo, una excusa
para llegar entender
quién es, conocerse a sí
mismo.
Propósito nada fácil,
pues era el único
estudiante de origen
mexicano en Harvard y,
como es lógico, no
existían los programas
de estudios sobre
latinos. Eso vendría
después de los
altoparlantes, las
barricadas, el
movimiento chicano y los
grupos radicales de los
60 y 70. A pesar de lo
que digan acerca del
fracaso, Renato asegura
que gracias a las
presiones de aquellos
años hoy tienen un
departamento en la
Universidad de Nueva
York dedicado a los
estudios sobre latinos,
afrodescendientes,
asiáticos, sexualidad,
género y demás minorías.
Para hacerse una idea:
los departamentos se
conforman por varios
programas. A este tipo
de estudios son los
primeros en retirarle el
presupuesto ante
cualquier síntoma de
recesión económica, y un
solo programa resulta
bastante fácil de
eliminar. En cambio,
anular un departamento
es más complejo debido a
su magnitud, el de
Rosaldo lo integran 27
personas. Haber logrado ese
estatus se debió, en gran
medida, a su trabajo. Ya
lo dije: no solo es
investigador, también
participa del fenómeno.
Académicos engolados
podrían objetar que el
acto de involucrarse lo
descalifica para hacer
investigaciones serias,
rigurosas, objetivas. Él
cree exactamente lo
contrario: la cercanía
le ofrece una
perspectiva
privilegiada.
“Considero que este es
mi aporte más
significativo, en muchos
casos se podría decir
que hago autoetnografía.
Veo mi forma de
participar y llego a
comprender cosas que
jamás entendería alguien
de fuera, noto que
entiendo problemas
porque he participado,
los problemas surgen en
el proceso activista,
pero no son visibles
desde fuera. A veces, el
hecho de ser
participante abre
puertas, hay otras que
también se cierran, pero
lo reconozco, y lo
importante es reconocer
las ventajas y
desventajas de ese
proceso”.
Habla con el ritmo de
los mexicanos, tan
despacio que al
principio exaspera, pero
uno acaba por
acostumbrarse. Ahora, se
inclina sobre la mesa y
extiende el índice
mientras asegura que no
cree en la objetividad.
Sabe que para entender
el mundo no hay que
mirarlo necesariamente a
distancia de entomólogo.
Esa es una noción
positivista que tiende a
separarlo todo, como si
la realidad fuera una
suma de elementos
inconexos, como si el
investigador no formara
parte de ella.
Lo importante, asegura,
es reconocer que hay
varias distancias y
saber cuándo es
necesario cambiar de
perspectiva; a veces
cerca, otras, un tanto
más lejos. En todo caso,
analizar las reacciones
propias, las marcas en
la piel, le ha ayudado a
comprender mejor.
Esto fue algo que
aprendió de la manera
dura, en Filipinas, con
los ilongotes.
Los ilongotes son una
tribu que vive en una
meseta a 145 kilómetros
al noreste de Manila. Se
dedican a la caza del
venado y el cerdo
salvaje; cultivan arroz,
papa, mandioca y
verduras; se agrupan en
matrimonios de hombres y
mujeres que conforman
clanes o, como suelen
llamarlos, bertans.
Pero la costumbre más
peculiar de este pueblo,
y la más famosa, es su
afición a la cacería de
cabezas. Cabezas
humanas, desde luego.
Rosaldo y su esposa
Michelle convivieron
entre ellos desde 1967
hasta 1969. Grabaron sus
voces, estudiaron su
lengua, sus hábitos, sus
creencias y, faltaría
más, la ceremonia de la
decapitación.
Los hombres de la tribu
salían en partidas
armadas —aunque son una
sociedad bastante
igualitaria, jamás
participaban mujeres— y
caminaban durante días
con sigilo, hambre y
fatiga, hasta encontrar
el lugar idóneo para la
emboscada. Allí solo
había que esperar al
primer despreocupado. La
víctima perdía la cabeza
en mucho menos tiempo
del que tomó prepararlo
todo. Contrario a lo que
suele creerse, el cráneo
no constituía un trofeo,
una vez separado del
cuerpo era arrojado
lejos, a modo de
exorcismo.
El ritual cumplía
funciones específicas
dentro de la estructura
social. Para los jóvenes
—problemáticos, osados e
impacientes como todos—
era una especie de
ceremonia iniciática
donde, guiados por los
de más experiencia,
demostraban que ya
habían llegado a la
adultez. En cuanto a los
mayores, era una forma
de expiar el dolor
provocado por alguna
pérdida, generalmente la
de un ser querido. El
rito terminaba en una
celebración jactanciosa
de cantos y bailes, una
catarsis en toda regla.
Al intentar describir su
comportamiento, los
ilongotes afirmaban que
la ira, el dolor, la
rabia, llevaba a los
hombres a la
decapitación. Más
sencillo: hacer rodar
cabezas, calmaba los
nervios. A Renato esta
explicación le sonaba
demasiado simple, tenía
que haber algo más. Pero
aquella incursión
dejaría demasiadas
preguntas pendientes.
En 1972 el gobierno
filipino decretó la ley
marcial y las
decapitaciones
comenzaron a castigarse
con el fusilamiento. De
modo que los ilongotes
tuvieron que acudir a
otros recursos para
lidiar con la muerte. El
más popular: el
cristianismo. Una
religión cuya recompensa
estaba en la otra vida y
ofrecía soluciones
alternativas al vacío de
la nada.
Dos años más tarde,
cuando Rosaldo y
Michelle regresaron, un
amigo de la tribu les
explicó el motivo de las
conversiones: “Lo que el
hombre busca en realidad
en la nueva religión no
es la negación de
nuestra muerte
inevitable, sino una
forma de superar su
aflicción. Con el
advenimiento de la ley
marcial, la cacería de
cabezas no da una
posibilidad para
ventilar su ira y con
ello reducirla. Si
continuara con su forma
de vida ilongota, el
dolor de su pena sería
insoportable”.
En esa misma ocasión,
los nativos quisieron
escuchar una cinta que
los dos antropólogos
habían grabado en su
viaje anterior. Primero,
se oyó a un tío abuelo
fanfarroneando por su
éxito en una cacería de
cabezas; poco después,
no se pudo escuchar más
nada. Varios miembros de
la tribu comenzaron a
llorar, pidieron que
callaran al equipo y que
los dejaran solos. El
hombre cuya voz
alardeaba desde la
cinta, había muerto.
La nostalgia y la pena
por que ya ningún
muchacho se haría hombre
cazando cabezas,
mezcladas con el
recuerdo del pariente
fallecido, provocaron
tal reacción. Creyeron
que podían lidiar con el
dolor, pero no fue así.
La rabia, una vez más,
les desataba el instinto
de las decapitaciones.
Por tanto, era saludable
que sus amigos blancos
no anduviesen cerca.
Rosaldo guarda silencio.
Luego cruza las manos
sobre el libro, en la
cubierta se lee:
Cultura y Verdad. Nueva
propuesta de análisis
social. Todo está
ahí. El misterio de las
cabezas cortadas.
“Siendo tan joven, no
pude entender sus
palabras —me dice,
siempre despacio, las
cejas enarcadas y los
labios contraídos en una
especie de sonrisa que
mueve a la simpatía—.
Buscaba una explicación
más compleja de la que
ellos pudieron ofrecer.”
No sería hasta el 11 de
octubre de 1981 que
llegaría a comprenderlo
del todo. Ese día,
mientras exploraba unas
montañas al norte de
Luzón, también en
Filipinas, Michelle
Rosaldo cayó por un
precipicio a 20 metros
de altura. Su cuerpo sin
vida aparecería horas
más tarde en un río
cercano.
“Entonces entendí que el
llanto puede tener
muchísima rabia dentro.
No hay palabras para
explicarlo, quién sabe
por qué uno siente tanta
ira, las palabras no son
adecuadas para
entenderlo. Cuando lo
experimenté llegué a
comprender a fondo lo
que sentían los
ilongotes y por qué no
había otra explicación
además de aquella
demasiado sencilla que
ofrecían ellos: detrás
de esta rabia, no hay
otra cosa.”
Incluso me confesó —con
su mirada cándida,
bonachona, cómplice— que
tiempo después, cuando
un señor de una compañía
de seguros se negó a
considerar la muerte de
Michelle como un
accidente de trabajo y a
pagar la correspondiente
indemnización; él, un
profesor, un
antropólogo, un poeta,
tuvo la sádica fantasía
de cortarle la cabeza.
—Claro, una cosa es la
fantasía y otra el hecho
—dijo, con una risita
contagiosa.
—En el fondo el hombre
no tenía la culpa
—apunté tímidamente yo,
solidario con el gaznate
ajeno.
—Claro, se trataba de un
funcionario y no era
culpable como para
llegar a ese nivel de
venganza. No me acerqué
al hecho, pero entendí
el sentimiento más a
fondo.
La impotencia, la ira,
la frustración, la
negación de lo
inevitable. Ante ella
algunos se encogen de
hombros, otros se
encierran, otros hacen
de plañideras, los menos
cortan cabezas. Pero
todos, absolutamente
todos, contraemos el
puño con rabia. Porque
la muerte es el menos
natural de los fenómenos
naturales; uno es capaz
de asimilarla, quizá
hasta entenderla, pero
aceptarla, lo que se
dice aceptarla, nunca.
Ese es el secreto de la
decapitación de los
ilongotes. Y el motivo
por el cual un hombre,
que nunca ha dejado de
sonreír a pesar de todo,
que hace chistes
mientras cojea rumbo al
mar, que escribe poemas
sobre las minorías;
puede llegar a imaginar
que sostiene, bien en
alto, una cabeza humana.
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