Un escenario, ocupado
por actrices y actores
rotundamente
neurotizados por las
circunstancias,
caracteriza al magnífico
grupo de relatos que,
bajo el sugerente título
de Carroza para
actores, Ediciones
UNIÓN regala esta vez al
público.
Aunque su autora, Karla
Suárez, utiliza con
acierto diferentes voces
narrativas, y los
cuentos aparecen
agrupados según el orden
de una sinfonía clásica,
el hilo que enlaza a los
protagonistas está
permeado por una cierta
neurosis que, como ya
apunté, parece deberse
más al entorno que a un
desequilibrio endógeno,
propio de cada quien.
De la primera parte,
`Allegro
ma non troppo´,
integrada por tres
breves historias,
quisiera destacar la
manera en que,
cumpliendo el objetivo
para el cual sirve una
introducción, se nos
presentan a los tres
primeros miembros de
este abanico de seres
discretamente
desequilibrados que nos
acompañarán en las 190
páginas del libro.
Señalo que ninguno de
los personajes resulta
violento, alarmante ni
obviamente esquizoide,
sino que todos han sido
bautizados por una
suerte de varita mágica
social que los convierte
en peculiares, siempre
dentro del círculo de la
desdicha. Una mujer que
colecciona personas,
otra que escucha
blues tras las
paredes y una tercera
que vive en París junto
a un imbécil añorando La
Habana, constituyen
botones de muestra de a
qué debemos enfrentarnos
a partir del
`Adagio´.
Quizá los mejores
cuentos de los 12 del
libro se encuentran en
esta segunda parte,
aunque es justo
reconocer que otros de
las siguientes secciones
de la sinfonía merecen
comentarios aparte. Me
refiero a
“La
estrategia”,
del
`Andante´,
y a
“Las
notas falsas”,
del
`Andante
Cantabile´.
En
`Adagio´,
me parece reconocer
digno homenaje a dos
grandes maestros: O.
Henry y Cortázar. El
fracaso del encuentro
entre un hombre y una
mujer (“Fin de siglo”)
recuerda a otra
malograda reunión que no
ocurre (“La cita”, de O.
Henry), aunque cada una
de estas narraciones se
inscribe en el contexto
que les corresponde. En
“La cita”, dos
amigos deben encontrarse
después de 20 años, y en
“Fin de siglo” son dos
personas de sexo
opuesto, dependientes de
ordenadores. En ambos
casos, se logra la
necesaria tensión que,
aunque prepara al lector
para el desenlace, este
resulta sorpresivo por
la intensidad alcanzada.
El cuento que da título
al libro es realmente
sobrecogedor. En la
misma cuerda de
antihéroes y de
antiheroínas, aquí son
dos desgraciados quienes
nos llevan de la mano
hasta el oscuro sótano
de una iglesia, donde la
aspirante a actriz se
consagra al máximo,
conocedora y hasta feliz
de la suerte que le
espera. Una narración
muy cinematográfica, al
estilo de Black Swan,
donde el arte supera al
aspecto pedestre de la
existencia humana, y
exige el sacrificio más
sublime. El último de
los cuentos del
‘Adagio’, “La baby
sitter”, narrado con voz
masculina, rinde tributo
al gran Cortázar
(“…quizás por este afán
de encontrar
asociaciones, me
recordaba a la Maga…”),
a la vez que a O. Henry
otra vez, despertando en
nosotros una ternura
insospechada, una
complicidad que no
esperábamos.
“La estrategia”, del
‘Andante’,
sobresale entre los
cuentos siguientes
debido a la atmósfera de
cinismo que se alcanza
entre tres personajes
ambiguos. Un sicólogo,
una joven promesa de la
literatura y una pintora
cuya afinidad sexual no
es develada hasta el
final, componen un trío
que juguetea con la
perversión. Sin llegar a
constituir un ambiente
opresivo, es ciertamente
una narración que a
propósito mueve los
hilos del retorcimiento,
muy en contraste con el
tono entre patético y
dulce que alcanza “Las
notas falsas”, del
‘Andante cantabile’.
Me parece excelente que
sea este cuento el que
se encargue de cerrar el
libro, como un modo de
suavizar las aristas
fuertes que las
desdichas de sus otros
personajes han mostrado.
Aquí, un hombre —parecía
una mujer quien narraba,
pero no— es responsable
de barrer el teatro
cuando ya todos se han
ido, y centra su labor
en el acto de recoger
las notas falsas, una
verdadera osadía. Sin
mostrar fastidio por su
destino, este personaje,
tan importante para el
teatro como el mejor
actor o la mejor
intérprete de ópera,
expone sus teorías como
quien habla de física
cuántica, con todo el
poder de la convicción y
del conocimiento
adquirido después de
muchos años de estudio y
de observación. Es una
delicia escucharle
decir, por ejemplo
“¿alguna vez se ha
puesto a pensar en la
tristeza que deben
sentir un Mi o un Si?”
porque, sin lugar a
duda, es este el final y
no otro el que merece un
libro tan majestuoso
como “Carroza para
actores”. Con una
sensibilidad desbordada,
concluimos el deleite de
la lectura sabiendo que
sí, que a este celador
del teatro, tan
neurótico como el resto
del elenco pero
convencido de su
utilidad —a diferencia
de los demás—, le asiste
la razón al invocar una
gran última sinfonía de
notas falsas, porque es
con ellas y no siempre
con las buenas con las
que se construyen las
obras maestras.
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